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lunes, 2 de junio de 2008

LA IMAGINATIVA PROSPERIDAD DE CALCAÑARES

A menudo los viejos del lugar desenroscaban sus boinas bajo un sol que sumergía la sobremesa de la plaza en la indolencia y artríticos, desmadejados, jugaban a lanzarlas como frisbees a través de la galería de soportales, sombra única que enjaretaba el escueto edificio del ayuntamiento.
A este peculiar estado de las cosas había llegado la antaño populosa aldea de Calcañares. Los estragos de la diáspora se habían dejado notar en los últimos tiempos. Faltaban los estímulos, escaseaba la gente. Los jóvenes volaron un día en dirección a cualquier ciudad y no volvieron. Lo mismo sucedió con las acémilas. Quedaron los viejos del lugar, un par de tontos, el cura y algún que otro haragán incomprendido. Calcañares se había convertido en una aldea solitaria, casi fantasma.
Pero todo quiso cambiar. Alguien puso un bando en la puerta del ayuntamiento. El pueblo había entrado en negociaciones con una conocida empresa de calzado para establecer en su territorio una fábrica de zapatos de lujo. Aquel acuerdo marcaría un antes y un después en la historia de Calcañares. Reactivación, revitalización, rehabilitación, este era el lema de tan afortunada iniciativa.

Los autobuses descargaron en la plaza las recuas de peones encargados de levantar la factoría. Pronto hubo que habilitar espacios para su descanso y se aceptó la necesidad imperiosa de satisfacer sus necesidades básicas. Primero volvieron las putas a la calle Tiembles. Después se reabrió el bar con el novedoso nombre de Casa Pepita y pronto le siguieron la farmacia, la carnecería, y el estanco con estanquera incluida. Además se apuntaron al carro un par de kebabs, una gasolinera, cuatro sex-shops, catorce billares, media discoteca, un estudio de cine, ciento doce ETT’s, un chino, un kilo de caviar traído por un prospector iraní y veintidós sucursales bancarias. Los viejos del lugar dejaron su jueguecito de las boinas para dedicarse a los edificantes artes del dominó y la brisca. Pronto la fábrica funcionó a pleno rendimiento. La economía de Calcañares sufrió tal repunte que tuvo que volver el barbero. También tornaron los hijos que habían volado, y, lo que todavía resulta más impactante, la población de burros por metro cuadrado experimentó una proyección exponencial. Fue necesaria una reordenación de los terrenos, una recalificación del suelo urbanizable. Pronto Calcañares estuvo unida con la capital del país por medio dos autopistas de peaje y un tren de alta velocidad. El riachuelo que bañaba la vega fue embalsado para cubrir las necesidades hídricas de la emergente ciudad. Y, por supuesto, no se descuidó el turismo. Se diseminaron aquí y allá unos cuantos campos de golf, trece spa, un circuito de carreras, ocho áreas de botellón, mil doscientas pistas de paddle y treinta y tres campos de fútbol de hierba artificial.
El alcalde, que ahora vivía en Calcañares, establecía un régimen de parquímetros que regularía en aras al bien social, el estacionamiento en el centro histórico. Entre sus proyectos de futuro se vanagloriaba hablando del nuevo aeropuerto pero, sobre todo, de la atrabiliaria idea de traer el mar hasta Calcañares, con unos objetivos que no quedaron jamás del todo claros. No contó con la irrupción de la policía en las dependencias de la famosa zapatería, cuya actividad cesó de repente, precintados misteriosamente sus cierres.
La verdad es que después de aquello todo volvió a la normalidad, es decir, Calcañares volvió a ser la aldea que había sido, es decir, que se fueron hasta los burros. La Pepita cerró de nuevo, así que los viejos del lugar han tenido que volver a ocupar sus largas horas ociosas con algo de ingenio. Pero no, esta vez no han recurrido al lanzamiento de boinas. Grande fue el excedente de zapatos de tacón que quedó huérfano en la factoría arruinada. Así que ahora los más viejos del lugar remedan, subidos en los zancos, improvisados desfiles de moda en la galería de soportales, sombra única que enjareta el escueto edificio del ayuntamiento. Ciertamente, habían llegado a un acuerdo tácito por el que abandonaban cualquier pretensión de comprender aquel absurdo.

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