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martes, 21 de julio de 2009

ENCERRADO


Cuando las luces agónicas, perdiendo remisas su brillo, ya saboreaban ese rito dulce de la muerte que su temblor incierto destrababa, la noche extraña invadió el cuarto cerrado, y en el espejo que colgaba de una de las paredes no pudo verse nada, pues a tal extremo habíalo invadido la oscuridad. Si alguien hubiera pasado junto a aquella puerta, si la curiosidad le hubiera impelido a escuchar en medio del silencio, tal vez habría podido confirmarnos la existencia de una respiración entrecortada, de cualquier leve movimiento que delatara el más débil hálito de vida. Pero aquella noche el corredor permanecía vacío y deleznable, ajeno al mundo, y ninguna presencia vendría a perturbar la soledad de aquel espacio.
Un perfil desnudo se escondía en la penumbra. La tiniebla le daba una forma imprecisa, era un cuerpo sin forma recorriendo a tientas un cuarto cerrado, unas manos que acariciaban el espejo inútil o caían sobre un desconocido rostro. Hacía frío. La fantasmal silueta no pudo evitar un estremecimiento de los pies a la cabeza. Se tumbó en el pavimento helado, flexionó las rodillas y encogió como mejor supo las piernas entre los brazos.
Allí, como un recién nacido, la figura dejaba pasar el tiempo. Agua de sal mojaba a veces el pómulo izquierdo y resbalaba con parsimonia hasta los labios. Su sabor. Con la piel pegada al suelo sentía cómo el frío atravesaba sin piedad sus entrañas. Silencio. Unos ojos acostumbrados a este mundo de incertidumbres no serían capaces de describirse a si mismos, pero aquella huella grotesca se resistía a desvanecerse en el olvido, en el sueño profundo de los muertos, y se palpaba monótona, impaciente, para comprobar una y otra vez que era, que existía de alguna manera física, que cada centímetro de aquel cuerpo aún le pertenecía. Silencio, ni un ruido, solamente el vacío negro que lo llenaba todo, la nada que acabaría ahogando, sí, que acabaría dominando para siempre, a la que jamás se plegaría, una nada sin reflejo que se parecía a la muerte.
No podía gritar, y aunque de nada le hubiera servido, aquella figura habría dado cualquier cosa por ser capaz de pronunciar una sola palabra. Su garganta no emitía sonido alguno que no se convirtiera en una especie de gutural estertor apagado, casi animal. Y no era un animal, o al menos así lo creía el espectro que tornaba de nuevo a tentarse para desprender de sí aquellas malditas dudas.
Se levantó del suelo de un salto. Quién era. Dónde estaba. Por qué tanta oscuridad, tanto silencio. Arrastró con pesadez aquel cuerpo alrededor del habitáculo. Intentó arrancar con desesperación las maderas que ocultaban las ventanas, pero nada podía hacer con aquellas manos. Golpeó luego lo que le pareció la puerta hasta que el dolor le hizo desistir del intento. No, no había nadie cerca, o de lo contrario ya habrían acudido al escuchar aquellos golpes tremendos que resonaban en el corredor como una tormenta de verano, aquel sonido bestial del dolor.
Quién demonios era, qué le estaba pasando. Debía estar al borde de la locura. El desasosiego acechaba, la confusión y el odio crecían en aquel ser que ignoraba cómo había llegado a parar a aquel lugar, que necesitaba saber, que quería escapar.
De pronto sus manos volvieron a encontrarse con el espejo. Lo tocaron, estaba frío. Nada se reflejaba en aquella noche total. Ceguera. Ningún esfuerzo de sus ojos bastaba para abrir un mínimo espacio a la imagen. Por un momento creyó recordar algo. La bala recorriendo el aire. Antes de apagar la luz. Cuando ya se detenía en la noche para siempre. La mirada del otro reflejada: tú… tú eres copia de una copia de una copia… Antes. Antes de que se apagara la luz. De que la bala alterara el tiempo. Aquella masa informe alzó entonces los brazos y los descargó con las fuerzas que le restaban sobre la superficie bruñida e inservible. La fina hoja se resquebrajó en incontables pedazos que cayeron sórdidos sobre su silueta. Un grito repulsivo surgió de su garganta. “Soy yo”, acertó a decir mientras caía al suelo, quebrantada para siempre la salida, humedad que repta en las muñecas, resuello que adivina, antes de sumirse en el negro pozo de la inconsciencia, la lóbrega e inexorable soledad de la muerte.


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