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martes, 18 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO III (LA CARTA)


Tal era mi estado la mañana de enero en la que recibí, de manos de mi fiel sirviente Collins, aquella maldita carta que nunca debí haber abierto. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que había sido remitida por el mismísimo Henry Troyiat-Mecir.
-¿Se encuentra bien, señor? –señaló mi buen Collins al observar el estremecimiento que sufrió mi cuerpo ante semejante novedad.
-Sí, sí, no se preocupe –le contesté tratando de recomponer el rostro-, no me ocurre nada. Puede retirarse, por favor.
-Bien, señor.
Collins depositó la bandeja del desayuno en una mesa cercana a la cama y se marchó cerrando reverencialmente las puertas del dormitorio al salir. Dejé pasar unos segundos eternos y después tomé la carta y la abrí febrilmente. Se trataba apenas de unas líneas, esbozadas con una caligrafía que reconocí al instante.

Querido amigo –comenzaba-, regreso de un largo viaje pleno de experiencias que, estoy seguro, no le serán indiferentes. Mi mayor y más ferviente deseo no es otro que poder contárselo todo en el más breve espacio de tiempo. Por ello le ruego encarecidamente que acepte una humilde invitación y acceda a cenar esta misma noche en mis dependencias de Hitfield Road. La señora Dickson, portera del edificio, está al corriente de todo, ella le indicará el camino hasta mis habitaciones.
Sé que la proposición le parecerá un tanto extraña, teniendo en cuenta mi prolongado silencio. No ha de preocuparse, todo tendrá su explicación, mas en su debido momento.
Una cosa más. Quisiera pedirle que no cuente nada de esto a los demás. Sólo en usted confío.
Espero que acepte mi más respetuoso afecto y que sepa excusarme por este mi imperdonable comportamiento.

Suyo, H.T.M.

Resultará fácil comprender el estado de turbación que experimenté después de leer aquellas enigmáticas palabras. No salía de mi asombro. A pesar de las dudas y objeciones que se agolpaban sin orden ni concierto en mi cabeza, tomé la decisión de aceptar la extraña propuesta de Henry y acercarme a su casa. Así es la incontenible curiosidad del espíritu humano.
Pasé la tarde en el club, y he de decir que resultó complicado evadirse de las propuestas de aquellos que allí encontré.
-Pero cómo –vociferó en alguna ocasión el bueno de Cunningham-. ¿Tampoco esta noche brindaremos con un buen par de cervezas? John, John… ¿Detrás de qué faldas andas?
También tuve que eludir las preguntas de Jenkins y Neville, preocupados por el aspecto decaído y disperso que ostenté durante toda la tarde. A ninguno dije nada sobre la carta recibida aquella mañana, ni tampoco sobre mis proyectos nocturnos. Me ausenté sobre las cinco y media, fingiendo un intenso dolor de cabeza. No puedo precisar el tiempo que estuve vagando por las calles de Londres antes de encontrarme frente al edificio del West End en el que se hallaba la morada de Henry.

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