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miércoles, 26 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO VI (INVISIBLE)


Todo cuanto relató Henry aquella noche, sentados los dos en los sillones, al amor de la lumbre y el brandy, podrá parecer la superchería de un loco o el cuento de un charlatán, pero después de todo lo que yo había visto no tuve más remedio que aceptarlo como cierto.
Supe de sus propios labios que llevaba años estudiando a escondidas las distintas variedades de lo oculto, y que en un viejo manuscrito anónimo cordobés había hallado no hace mucho tiempo una clave que, tras un análisis exhaustivo, le permitió desvelar el secreto de la invisibilidad.
Versado en las artes químicas, no tardó en iniciar los experimentos que le llevarían hasta aquel asombroso descubrimiento. Parece ser que después de numerosos intentos fallidos consiguió la combinación apropiada la noche anterior a su despedida social.
-Vagué aquella noche -me decía Henry- por las calles de la ciudad, desprovisto de ropa alguna. Nadie podía verme. ¡Era invisible, John, invisible! Regresé a casa y volví a mi estado normal bebiendo de nuevo una dosis de aquel brebaje. Entré en un estado de fuerte excitación. No podía creerlo, pero lo había conseguido, me había esfumado, podía cambiar cuando quisiera, volatilizarme a mi antojo.
Henry me explicó cómo empezó entonces a romper todos sus vínculos con el mundo. Primero con nosotros, sus amigos. Después con las clases. Tuvo el valor de confesarme sus correrías. Había descubierto su mayor pasión, la faceta más escondida en el interior de su carácter hasta aquel momento: Henry era un vouyeur empedernido. Todas las noches miraba y miraba sin ser visto, miraba hasta la extenuación, hasta el placer morboso. Se entremezclaba con la gente y observaba sus actitudes, se embriagaba viendo cómo hablaban, cómo comían, cómo fornicaban o se odiaban. Llevó hasta tal punto su depravación que, según me dijo, una noche se introdujo en la habitación de un moribundo para observar cómo agonizaba esperando la muerte. Esta era su gran pasión. Desde entonces el silencio se había convertido en su gran aliado.
Yo escuchaba sus palabras con avidez, con horror. Las creía, por muy disparatadas que llegaran a parecerme. Las temía, porque eran las palabras de un loco.
Me dijo que después de quince días de dosis continuadas aquella fórmula infernal se había convertido en una necesidad, en una droga que su cuerpo exigía constantemente. Por eso lo abandonó todo e ideó la farsa de un viaje para convencer a la señora Dickson de una ausencia prolongada. Durante todo el tiempo que siguió a su supuesta partida Henry había estado siempre allí, en aquella casa, es decir, siempre que no estaba mirando a alguien, parapetado en su invisibilidad.

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