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sábado, 5 de septiembre de 2009

AFGANISTÁN (LA LUNA Y LA DESNUDEZ DE LAS NOCHES)


Hay una barrera efímera junto a la puerta, alejándonos de la abundancia. Los jóvenes licántropos han amarilleado los extremos del último tronco seco. Los que huían se llevaron sus barbas, sus mujeres. Sólo una elipse de racimos ilumina la noche en agosto. Es un verde ilegítimo. Roto por atisbos de ceniza, brasas de cigarrillo víctima anzuelo para francotiradores. El sendero carmín no es en esta hora el mismo sino una presunción de olores. Las casuchas dormitan blancuzcas. No hay ventanas, tal vez alguna algarabía horrible en el río que desciende encañonado.
Gracias a. Ciudad desnuda abre sus piernas. Su profundidad es tan oscura que apenas somos nada dentro de ella. Un reclamo. La cámara se desliza con el cuerpo a tierra. A esa altura digna de cualquier montículo. ¡Oh infelices y estupefactas aljamías, banderas híbridas y cordilleras de lápidas!
Zumbaban atroces los insectos. Te espera una bala resbalando a medio metro del talud. Aún puedo verte al otro lado del pantógrafo. Se arrastraban gusanos agolpándose en la recepción lobulada. Mañana. El cielo cernía su malestar ígneo sobre los primeros síntomas del desierto.


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