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martes, 9 de febrero de 2010

EXTENUANTE

Fotograma de Metrópolis (Metropolis, 1927), de Fritz Lang.

La noche se escapó a trompicones. La oscuridad consciente acentuó su tortura ante la imperturbable fragilidad de las cosas. Expertos incógnitos proferían sus jeremiadas financieras para estimular el trueque. Se urdía el advenimiento del amor sobre las bombonas de los balcones y las yogurteras que ondulaban sus tramas orquestales en los mástiles. Todas las mujeres llenaban las calles con su manifiesto. Las alfombras celestes percibían algo mejor que esa entrega disfrazada de abolición drástica. Se hacían homenajes a películas y escaleras. Las vanguardias estrangularon cuadros de estorninos en las ramas de los árboles, naturalezas muertas en las carnicerías. Intervalo de realidad, álgebra de la satisfacción y el hambre. Aquella esfera de estertores mundanos giraba abrumadora. Los asesinos desperezaron sus juguetes. Alguien desvalijó el museo de las marionetas. Los hilos cortados dejaban un rastro de flaccidez en las aceras. Giraba y giraba, crecía y crecía la jauría humana, escoltada cuesta abajo por charangas y chirimías. Los perros curiosos murmuraban sorprendidos a su paso. No había aire en las calles, sólo alabastros pintados y hoscos relojes sin sentencia. Los recolectores se recrearon siguiendo la corriente mientras buscaban yacimientos de grafito en sus faltriqueras. ¡Cómo prosperaba la gran albóndiga, cómo entrelazaba los miembros de unos y otros la extenuante orgía! Una niña gateaba al borde del abismo. Tocaba un acordeón sin dientes, la armónica entre sus acantilados. Sintió la acrobacia del bólido al rozarle un costado justo antes de transformarse en albatros. Ella no supo contármelo. La noche se escapó palmípeda, braceando a trompicones.

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