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domingo, 23 de mayo de 2010

LOST (DE PERDIDOS AL RÍO)


Llegó el día en que después de perdernos hasta la chaladura en los meandros intelectuales y/o psicalípticos propiciados por sus prestigiosos guionistas asistiremos al final de Lost, esa serie que nos ha cambiado para siempre, transformando nuestra forma de ver la tele. Muchos recordamos los inicios titubeantes, el maltrato que recibieron los de Oceanic en Televisión Española (cambios de emisión, horarios imposibles, largos silencios), como si los directivos de la cadena estatal se hubieran puesto de acuerdo con esos prestigiosos guionistas para liarnos con sus estratagemas televisivas. También recordamos con media sonrisa esos finales de capítulos o de temporadas enteras que terminaban siempre con una imprecación en nuestros labios: ¡Cabrones, siempre dejándonos en ascuas!

Bueno, ahora termina todo con un despliegue interplanetario en el que se verán, al unísono en todo el mundo, los capítulos clave, en una gran fiesta que culminará esta madrugada de lunes con la emisión del episodio (doble) final. Los forofos de la serie podrán darse el atracón en casa, en Fox, en Cuatro, en muchos bares y hasta en algún cine. Todos estamos preparados para tan importante evento. Como si del Mundial de Fútbol se tratase, muchos madrugarán más de lo debido para verse en V.O.S. este final tan esperado. Sí... también en España habrá que tragarse los subtítulos, pero es lo que hay.

Algunos de sus seguidores ya se han vestido para una noche tan especial. Fernando Alonso, el hombre anuncio y ferviente admirador de la iniciativa Dharma, se ha pintado con betún el traje y promete no levantarse ni para ir al baño ni para jugar al Scalextric. Lionel Messi ha revelado que tenía un billete para el vuelo de Oceanic pero que en aquella ocasión Laporta no le dejó viajar. De madrugada tratará de descubrir lo que se ha perdido.




Lost altos mandatarios de nuestro país no escapan a los mundanales gustos del pueblo. Zapatero estudia contratar a los susodichos prestigiosos guionistas para que encuentren una solución menos enrevesada a su gestión de Gobierno. Por su parte, Esperanza Aguirre se apunta al bombardeo Dharma al tiempo que investiga sobre la naturaleza del humo negro. Nunca sabremos, en ambos casos, quién está del lado de los buenos o del lado de los otros, aunque mucho nos tememos que se hayan pasado al lado oscuro.




En fin, que estamos todos concentrados, emocionados, obsesionados, intrigados, devanados, archipreparados, recontraescarmentados ante la que puede ser una de las apoteosis del recién inaugurado milenio. La palabra exacta es expectantes. Eso sí, todos confiamos en un final digno de tan eterna espera, así que como a los prestigiosos guionistas de la serie se les ocurra sacar en el último plano a Antonio Resines diciendo que todo era un sueño y que esto es cine español, creo que ya pueden salir corriendo a esconderse, allá por los roquedales perdidos de Afganistán, o mejor, a su isla misteriosa.



En el fondo confiamos en que esto no sea así. Una buena serie necesita un buen final. Eso es lo que queremos. De lo contrario, puede quedársenos esa cara de idiotas (digo de perdidos) que arquetípicamente plasmó Berlanga en aquellos personajes que vieron pasar de largo la comitiva en Bienvenido Mister Marshall. Y después de seis temporadas no es plan. Al alcalde parece escapársele un <<¡Cabrones, siempre dejándonos en ascuas!>>


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