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miércoles, 5 de enero de 2011

ESCRITO EN EL AGUA, UN POEMA EN PROSA DE LUIS CERNUDA


Los huesos del poeta inglés John Keats yacen en una tumba del cementerio protestante de Roma. Sobre la lápida resuena en piedra su epitafio: "Here lies one whose name was writ in water" ("Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua"), una frase que resume a la perfección nuestro efímero paso por la vida. Casualidad o no, uno de los grandes poetas de la Generación del 27, Luis Cernuda, llamó Escrito en el agua a este poema que cerraba reflexionando sobre esa misma certeza existencial la primera edición de Ocnos (1942), una estilizada creación de poesía en prosa. El poema fue suprimido por el autor en ediciones (extendidas) posteriores porque actuaba como un tapón que bloqueaba por completo cualquier posible continuación.
Sin embargo (para mí) su lectura fue, es y seguirá siendo imprescindible.

ESCRITO EN EL AGUA

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.

Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desa­parecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.

¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incom­parable y perfecto.

Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.

CERNUDA, Luis, Ocnos (1942)

1 comentario :

  1. Qué bueno Luis Cernuda. Uno de mis poetas favoritos.
    Un beso Luis, y feliz año

    ;)

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