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sábado, 27 de agosto de 2011

LA IMAGEN DEL VERANO (TRES)

© Fotografía de Luis Morales

De las innumerables instantáneas que he perpetrado a lo largo de estas vacaciones (ya) pasadas he elegido una que ni es la mejor técnicamente (obsérvese el hermoso cielo nebuloso y quemado), ni la más artística, emocional o impresionante. Tampoco resulta la más bella desde el punto de vista personal, y es que desde luego no es este el lugar adecuado para un álbum de familia.
En fin, lo que me interesa de esta imagen es la relación entre el espacio inanimado y su habitante humano, la paradoja que se produce cuando la disposición histórica del lugar propicia la transformación cotidiana de los hombres (y mujeres) que lo ocupan, aunque sea por unas horas, unos días, unos meses: un extraño viaje hacia atrás en el tiempo.
La foto está tomada en el castillo de Crèvecoeur-en-Auge, un pequeño pueblecito de la región de Calvados al que llegamos en nuestro primer día normando. En Francia es habitual encontrarse con castillos medievales restaurados, y este era el caso, un recinto amurallado y su manoir (conjunto de dependencias aledañas a modo de granja) al estilo normando (adobe y viga vista). Vamos, una reconstrucción de toda la vida, de esas que te hacen sospechar.
En condiciones normales la entrada a tan histórico-retórico lugar asciende a tres o cuatro euros, pero resulta que si vas en ciertos momentos especiales que ocurren una vez cada milenio (este año se conmemora el 1100 aniversario de la fundación de Normandía) puedes encontrarte con una entrada que dobla el precio y un folleto en francés a cambio de lo que véis. El recinto estaba repoblado por hombres en calzas y mujeres con cofia, emuladores de otros tiempos. Primero nos preguntámos cuánto cobrarían por aparecer de esta guisa, tan restaurados como el edificio. ¿En euros o en ducados? Luego nos sentimos raros, turistas españoles perdidos entre turistas franceses, sin entender ni papa de francés, sin entender apenas el folleto, sin entender ni papa de lo que estábamos comiendo (¿paté, hígado, vísceras?), sin entender ni papa de los chistes agraces que abocinaban la taberna y encontrando unos servicios nada medievales gracias al dibujo de la puerta.
He asistido de forma gratuita a celebraciones de este tipo en España (por ejemplo en Maderuelo, o en el mercado medieval de Alcalá de Henares), he visto batallas simuladas, artesanos disfrazados, arqueros disfrazados, herreros disfrazados, vendedores disfrazados, mesoneros disfrazados... pero lo que más me convenció y a la vez sorprendió de la pequeña pantomima de Crèvecoeur-en-Auge es que aquellos hombres y mujeres no se limitaban a llevar el traje. Vivían. Se divertían. Vociferaban. Digo que actuaban. Representaban algo, en efecto, un tipo de vida. Los rostros de las viejas se asomaban a las ventanas, los niños correteaban entre los animales, un cocinero elegía las hierbas para el potaje mientras en la sala principal los mozos alzaban sus copas o se enredaban en violentas discusiones ante los atónitos ojos de los visitantes del futuro.
La foto representa ese espíritu. Captados en un momento de relajación, los tres jóvenes murmuran. Al fondo, el viejo, antiquísimo, restaurado palomar. Otro tiempo colgado de los pequeños detalles (véase el zurrón del muchacho a la derecha). Y yo, como buen voyeur del siglo XXI, trato de leerles los labios, y en mi mal francés me invento significados, intrigas, conspiraciones montaraces: quedamos en el palomar a la caída del sol... el señor volverá tarde de batalla... tenemos ganas de mirar debajo de tus haldas, Jeanne... así lo llevas claro, petit Pierre, esta guerra ya va para cien años... Guillaume, saca el Camembert o el Brie o lo que traigas... yo pongo el pan y vosotros el vino... que esta noche holgaremos los tres, si Dios quiere...
¡Ahhhhhh, locus amoenus!


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