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lunes, 3 de septiembre de 2012

DIEZ MINUTOS PARA PISAR VENECIA


La vida no tiene marcha atrás. Me despierta el olor a pies del compartimiento. Parece temprano. Los jóvenes me han abandonado, dejándose aquí las mochilas, los calcetines, las cantimploras, el paquete de fiambre abierto, los papeles del InterRail desperdigados por el movimiento sobre los asientos de falso cuero. Qué podría interesarles de un nonagenario que viaja solo, un pobre viejo. Ya no. Ya no hay respeto. Escucho su algarabía adolescente en el pasillo. Afuera una espesa niebla lo circunda todo. Mi mano restriega un círculo en la ventanilla, pero nada, la visibilidad es nula. Por encima el sol debe rozar encogido las tramas de algodón vaporoso. Hasta que los rayos calienten. Pero ahora sólo el tren que corta en el celaje como un filo. Me acomodo en el espacio vacío. Recuerdo el primer viaje, los ojos de mis hijos asombrándome, abrasados de preguntas. Mis tres hijos. Hace ya tanto tiempo. O dormidos, con el cuerpo descabalgado, apoyando las cabezas en los hombros de los otros. Hace tanto. Pero la vida no tiene marcha atrás, siempre avanza, la vida es este tren que me desliza hacia delante, rumbo a una ciudad cualquiera. Los muchachos se divierten entre chanzas, son felices en su instante detenido. Qué puede interesarles de un nonagenario como yo, del viejo chiflado que viaja solo. Cuántas cosas no he hecho. Cuántas cosas me faltan por hacer. El revisor me sorprende. Signore, arriveremmo in dieci minuti. Grazie mille. La bruma se va levantando. El tren reduce el paso hasta detenerse. Los rayos del sol inciden sobre la ventana. Los chavales vociferan en el pasillo, pasmados por el espectáculo. Fijo la mirada en el agujero que mi mano repitiera. Diez minutos para pisar Venecia. Por primera vez. Mi frente se desploma sobre el vidrio. Si pudiera… Pero la vida no tiene marcha atrás. La vida es este tren que se suspende a las puertas del Gran Canal, inmóvil sobre la fina lengua de balasto, serpiente mecánica que flota descansando sobre el mar. Antes de llegar a su destino. No muy lejos de allí, un gondolero con camiseta a rayas bosteza ante la breve espera.



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