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martes, 9 de abril de 2013

LA SONRISA DE JOSÉ LUIS SAMPEDRO


José Luis Sampedro se acaba de marchar después de 96 años y toda una vida dedicada al humanismo y la literatura. Es posible que muchos lo asocien a la figura de Stéphane Hessel (también recientemente fallecido), como prologuista del famoso ¡Indignaos! y firme defensor del movimiento 15-M. En efecto, siempre se ha mostrado crítico con los poderes económicos y políticos europeos que han permitido el vacío social y moral que ahora nos rodea. A favor del atrevimiento, absolutamente en contra del miedo que nos atenaza e inmoviliza.
Pero ahora que se ha ido a mí me gusta recordarlo al lado de la literatura, e imaginarlo como alguno de esos personajes suyos, fieles nutrientes de mi propia juventud alimentada de ficciones. Tal vez esté ahora allí, como el viejo calabrés que quiso ser, sentado en una sala de Villa Giulia:

En el museo romano de Villa Giulia el guardián de la Sección Quinta continúa su ronda. Acabado ya el verano y, con él, las manadas de turistas, la vigilancia vuelve a ser aburrida; pero hoy anda intrigado por cierto visitante y torna hacia la saleta de Los esposos con creciente curiosidad. «¿Estará todavía?», se pregunta, acelerando el
paso hasta asomarse a la puerta.
Está. Sigue ahí, en el banco frente al gran sarcófago etrusco de terracota, centrado bajo la bóveda: esa joya del museo exhibida, como en un estuche, en la saleta entelada en ocre para imitar la cripta originaria.
Sí, ahí está. Sin moverse desde hace media hora, como si él también fuese una figura resecada por el fuego y los siglos. El sombrero marrón y el curtido rostro componen un busto de arcilla, emergiendo de la camisa blanca sin corbata, al uso de los viejos de allá abajo, en las montañas del Sur: Apulia o, más bien, Calabria.
«¿Qué verá en esa estatua?», se pregunta el guardián. Y, como no comprende, no se atreve a retirarse por si de repente ocurre algo, ahí, esta mañana que comenzó como todas y ha resultado tan distinta. Pero tampoco se atreve a entrar, retenido por inexplicable respeto. Y continúa en la puerta mirando al viejo que, ajeno a su presencia, concentra su mirada en el sepulcro, sobre cuya tapa se reclina la pareja humana.

SAMPEDRO, J.L., La sonrisa etrusca (1985)

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