Pages

viernes, 5 de septiembre de 2014

MEMORIA OLFATIVA


Aún siguen ahí:
el olor de la leche en el pecho de tu madre,
del tabaco negro en la mejilla de papá,
la mercromina sobre la herida infantil,
o ese soplo que se desprendía al abrir
la botella del calcio.
Aún siguen ahí
los aromas agitados por el viento del pueblo,
cuando, al caer la tarde, volvían los cerdos,
y la nata hervida en el fogón de la abuela,
y el heno y la mierda de la mula en el corral,
y el tomate recién cortado a navaja en el mismo huerto.
Aún siguen ahí
los misteriosos ambientadores de pino,
la naftalina en los armarios,
la fritanga que ascendía hasta la ventana desde el bar,
todo lo que se colaba en la rejilla de ventilación
del autocar
desde el fumadero de la fila de atrás.
Y ese linimento de las farmacias,
y ese olor a rancio ultramarinos,
y aquella zapatería que olía a pies,
y el bálsamo Floïd en la barbería,
y el inclasificable golpe en la nariz
al entrar en las letrinas de ciertos bares,
aquellos hoyos negros sobre blanco
en los que tanto costaba acertar.
Ahí, ahí siguen
la tinta de los libros nuevos en septiembre,
el plástico del forro transparente,
la madera arrebatada a los lápices
por los sacapuntas,
la blanda cera olorosa Manley,
la plastilina indigesta,
los chicles Boomer, el regaliz
en la tienda de las chuches,
el chorizo pamplonica en el eructo
de tu mejor amigo, gajes de recreo.
Y el pan recién hecho,
y la paella dominical,
las natillas caseras,
el café en la cafetera,
la naranja exprimida,
y otra vez el café, sí.
Ahí siguen la lavanda,
la tierra después de la tormenta,
pero también los calcetines húmedos,
secándose sobre la calefacción de los trenes.
La memoria de un patio en la hora de la siesta,
el tambor de detergente colgado en la pared,
el polvo desprendido en cada bote,
la piel sudorosa de los más altos,
los brazos en alto, mientras tú te defendías
de su defensa de axilas.
Y mucho más tarde
el submarino herbáceo en el asiento trasero,
el desinfectante en los cines dudosos,
las cáscaras de pipas,
los litros devueltos a las esquinas,
el vómito abismal.
Y el mar, siempre el mar,
el olor a mar.
Tú y el mar,
la piel de sal,
la piel con piel,
la mantequilla
a la que olieron
nuestros cuerpos
la primera vez.
Aún sigue ahí.
Lo que fue.
Lo que ya no es.

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Dádle voz al oráculo