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lunes, 22 de febrero de 2016

EL NOMBRE DE LA ROSA, DE UMBERTO ECO



STAT ROSA PRISTINA NOMINE, 
NOMINA NUDA TENEMUS

De la rosa solo nos queda el nombre... Las cosas dejan de existir y solamente quedan las palabras. Una de esas cáscaras de plátano que el recientemente fallecido Umberto Eco fue dejando a lo largo de su primera y más exitosa novela para hacer tropezar a los exégetas y estudiosos de toda ralea. Algo que le gustaba hacer también, por ejemplo, a Gabriel García Márquez. La novela cerrando un círculo. La intertextualidad. El final que parece explicar el principio. 
Como el que ve la portada de Lumen y no puede dejar de ignorar el laberinto. La rosa es un símbolo de múltiples significados desde la Antigüedad en adelante... un objeto lógico propicio para impulsar la trampa y el macguffin que mantenga entretenidos a los sabios y los lectores ávidos por descifrar códigos secretos. De hecho es posible que en este afán decodificador resida el gran éxito de El nombre de la rosa (1980), una novela aparentemente difícil, que mezcla la historia con la filosofía y la intriga detectivesca. La oscuridad de la Edad Media. La luz de los libros. La represión intelectual y el escrutinio por parte de la religión, la efervescencia de las creencias. La transmisión de la cultura. La lucha entre el relativismo de las cosas y la conciencia de la culpa. Una de las grandes precursoras, sin duda, de lo que vino después, con Dan Brown y compañía. Códigos. 
Todos se obsesionaron por descifrar este libro, los personajes ocultos, los textos escondidos. Todos quisieron atravesar el espejo, el laberinto de la biblioteca borgiana en la que encontrar los libros prohibidos. El segundo libro de la poética de Aristóteles es un Aleph que muchos trataron encontrar, aunque la clave ya estaba formulada: la risa salva. El nombre de la risa. 
El obstáculo puesto por el autor fue increíblemente superado por una gran mayoría de lectores. Como en Divinas Palabras de Valle-Inclán, los numerosos pasajes en latín de El nombre de la rosa, la salvaron del ostracismo. Legiones de lectores pedían traducciones, pero como el mismo Eco se encargó de repetir una y otra vez, "cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa".


A Umberto Eco le pasaba como a Radiohead, a los que no dejan de pedirles Creep en los conciertos veinte años después del éxito masivo que obtuvo la dichosa canción. Al semiólogo, al crítico, al investigador consagrado, al autor de ensayos como La estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975), Lector in Fabula (1979) Kant y el ornitorrinco (1997) o La historia de la belleza (2005) le persiguieron ejércitos de lectores ávidos de saber más sobre El nombre de la rosa. Nunca más pudo librarse de aquellos demonios. Harto ya de tanta pregunta, Eco escribió Apostillas a 'El nombre de la rosa', un texto aclaratorio sobre los orígenes de su afamada novela que sin embargo no desvelaba los puntos fundamentales de su trama. Como debe ser. Cada lector que busque dentro de sí mismo sus propias conclusiones. 


Como podéis ver, este no pretende ser un análisis exhaustivo del libro, sino más bien poner por escrito de algún modo la curiosa forma en que, en distintas ocasiones, entré en contacto con el mismo. Mi experiencia de lector, algo que, creo, al final es lo más importante.
Baste decir, por ejemplo, que mi primer trabajo de maquetación propiamente dicha fue precisamente una portada de libro a elección propia. Fue en clase de literatura, en 4º de EGB (otra cosa de la que ya solo queda el nombre). Acaba de ver la película de Jean-Jacques Annaud (1986). Sí, para mí Adso de Melk siempre tendrá la cara de bisoño de Christian Slater y Guillermo de Baskerville se podría apellidar Connery. La portada, cuidadosamente diseñada a mano, mostraba a fray Guillermo en primer plano, apesadumbrado, la capucha calada, cargado de libros, mientras al fondo el fuego devoraba la torre de la abadía... todo muy bonito y bien pintado. En la parte inferior escribí con letras de molde el título de la novela y el nombre de su autor:

EL NOMBRE DE LA ROSA
HUMBERTO ECO

El detalle de la H muda y sobrante fue señalado con delicadeza por el profesor, que sin embargo no lo tuvo en cuenta a la hora de las calificaciones. Por lo tanto la historia de mi primera maquetación es también la historia de mi primera errata tipográfica. Mal empezamos. Hace unos años volví a ver aquella reliquia, algo arrugada y rota en uno de sus extremos, en casa de mis padres, en el baúl donde guardaban mis recuerdos. No sé si seguirán allí (los recuerdos, el baúl, la portada) después de la última reforma.



Mucho tiempo después El nombre de la rosa vino a mis manos gracias a una oferta de RBA Editores para regalarme un verano lleno de descubrimientos y lectura activa. A mí, que acababa de dejar atrás un 3º de BUP de letras puras en el que había traducido todo lo traducible en latín y conocido de parte de un gran profesor los fundamentos de la filosofía, ambos conocimientos muy útiles para la vida moderna.  A mí, como podéis comprender, todavía no demasiado iniciado en los misterios de la juventud, con una perspectiva vacacional que se reducía a todo un mes de agosto en el sur, donde las siestas se prolongaban a dos horas y media. Que te llegue en esas circunstancias un texto así no tiene precio. Nunca más podría haberse dado una situación así. 
Lo que para otros fue una gran barrera para mí fue un reto. Mientras los demás roncaban pronto me puse a traducir con ayuda de mi diccionario latino-español/español-latino Vox todos los pasajes escritos en latín en el libro a medida que iban apareciendo durante mi lectura. Anotaba sin saber nada de anotación los números al pie de cada texto y luego los devolvía traducidos en las hojas de guarda del ejemplar. Aquellas fueron mis primeras glosas. Fue un mes fantástico en el que tal vez se despertó mi vocación filológica. Y luego, claro está, esa sensación de haber descifrado lo que otros se habían perdido. Sí, yo también había pisado la cáscara de plátano, tenía los dedos manchados de tanto pasar páginas, pero para bien.
No sé dónde tengo el libro anotado. Posiblemente descanse también en el baúl de mis recuerdos, pero si aparece me comprometo a mostrároslo como prueba de la veracidad de estos hechos.

En fin, que para mí El nombre de la rosa es un puntal fundamental en mi trato posterior con la literatura en todos sus ámbitos (como lector, como editor de textos, como maquetador, como aficionado a los libros, incluso como escritor...) y que una vez más tiene que venir la muerte a recordarme las cosas que me hacen vivir como soy y ser lo que ahora vivo. Salve Umberto. Gracias por salvarme de la boca del león.



Una de los aspectos que más me gustó de El nombre de la rosa es esa sensación de que el progreso se iba filtrando en la vida de los hombres a pesar de la aparente oscuridad total de aquel siglo XIII y la represión sin límites de nobles, monarcas y poderes religiosos con el único objetivo de mantener el control sobre las masas. A este respecto me gusta especialmente el pasaje de la novela que dejo aquí y ahora para cerrar este pequeño (o largo) homenaje. Si os fijáis en la imagen de Sean Connery lo entenderéis:

–No está escrito que los maestros vidrieros deban seguir haciendo ventanas y los orfebres relicarios, si los maestros del pasado han sabido producirlos tan bellos y destinados a durar muchos siglos. Si no, la tierra se llenaría de relicarios, en una época tan poco prolífica en santos de donde obtener reliquias –dijo bromeando Guillermo–. Y no se seguirá eternamente soldando vidrios para las ventanas. Pero he visto en varios países cosas nuevas que se hacen con vidrio, y me han sugerido la idea de un mundo futuro en que el vidrio no sólo está al servicio de los oficios divinos; sino que se use también para auxiliar las debilidades del hombre. Quiero que veas una obra de nuestra época, de la que me honro en poseer un utilísimo ejemplar.

Metió las manos en el sayo y extrajo sus lentes, que dejaron sorprendido a nuestro interlocutor.

Nicola cogió la horquilla que Guillermo le ofrecía. La observó con gran interés, y exclamó:

–¡Oculi de vitro cum capsula! ¡Me habló de ellas cierto fray Giordano que conocí en Pisa! Decía que su invención aún no databa de dos décadas. Pero ya han transcurrido otras dos desde aquella conversación.

–Creo que se inventaron mucho antes –dijo Guillermo–, pero son difíciles de fabricar, y para ello se requieren maestros vidrieros muy expertos. Exigen mucho tiempo y mucho trabajo. Hace diez años un par de estos Viteri ab oculis ad legendum se vendieron en Bolonia por seis sueldos. Hace más de una decada el gran maestro Salvirio degli Armati me regajó un par, y durante todos estos años los he conservado celosamente como si fuesen, como ya lo son, parte de mi propio cuerpo.

–Espero que uno de estos días me los dejéis examinar. No me disgustaría fabricar otros similares -dijo emocionado Nicola.

–Por supuesto –consintió Guillermo–, pero ten en cuenta que el espesor del vidrio debe cambiar según el ojo al que ha de adaptarse, y es necesario probar con muchas de estas lentes hasta escoger la que tenga el espesor adecuado al ojo del paciente.

–¡Qué maravilla! –seguía diciendo Nicola–. Sin embargo, muchos hablarían de brujería y de manipulación diabólica…

–Sin duda, puedes hablar de magia en estos casos –admitió Guillermo–. Pero hay dos clases de magia. Hay una magia que es obra del diablo y que se propone destruir al hombre mediante artificios que no es lícito mencionar. Pero hay otra magia que es obra divina, ciencia de Dios que se manifiesta a través de la ciencia del hombre, y que sirve para transformar la naturaleza, y uno de cuyos fines es el de prolongar la misma vida del hombre. Esta última magia es santa, y los sabios deberán dedicarse cada vez más a ella, no sólo para descubrir cosas nuevas, sino también para redescubrir muchos secretos de la naturaleza que el saber divino ya había revelado a los hebreos, a los griegos, a otros pueblos antiguos e, incluso hoy, a los infieles (¡no te digo cuántas cosas maravillosas de óptica y ciencia de la visión se encuentran en los libros de estos últimos!).

Primer día / Vísperas
ECO, UMBERTO, El nombre de la rosa, 1980



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