Húmedo encuentro
cuando el agua murmura
brillo en los ojos.
Muy buenas a todos. Ya estoy volviendo poco a poco.
Húmedo encuentro
cuando el agua murmura
brillo en los ojos.
Muy buenas a todos. Ya estoy volviendo poco a poco.
Empujado por los deseos de ir lejos, siempre más lejos, lejos. Me aguardan el skyline espacial, las murallas milenarias, la congestión habitual, las vacaciones sin descanso, tan esperadas.
Je, je.
Un saludo a todos.
Hasta la vuelta.
Silencio tú también nos oscureces,
silencio que nos vas levando elipses,
contén al hombre ejemplo
que desatiende el labio,
allá donde alacenas el rubor
si el intervalo calma
y sigiloso te redimes
sin el mar la voz los brazos.
Nosotros en el acabamiento, pero con esa curva de eslabón que va rompiéndose infinita, nosotros, tocados por el ron y el filo y las palabras y esa música, como si la gravedad hubiera alcanzado alguna vez, para siempre nuestra tristeza.
Carreteras desiertas,
dulce sabor empalagoso,
la imagen fallida del velo
se inmola. Agítense el pasado,
los jóvenes perdiendo el tiempo
enchufados a una vida sin calles.
Las neuronas señalan el abismo
en el que estar seguros.
Hueso resbala tras su siglo en el polvo:
mézclate con la tierra y descansa,
hay un puesto vacante a mi lado
cuando la mirada aburre. Baila.
Santa obviedad, qué resuelta pasa la nada.
La ciudad hiede a morfina,
algunos vuelan millas inocentes.
La semilla ya no crece en el cemento,
lamentable haz de luces descompuestas.
No necesito una esperanza
que rompa las reglas,
ninguna defensa absurda
de mi comportamiento.
¡Basta!, ya no hay nadie alrededor.
Desde tiempos de Plinio, Plutarco o Suetonio se han contado las vidas de los césares romanos. A través de crónicas, relatos o recreaciones dramáticas más o menos apegadas a los clásicos hemos sido informados de los caracteres, hechos vividos y comportamientos de una innumerable ristra de personajes: generales, lugartenientes, madres de bastardos, sátrapas agregados, reinas de Egipto, filósofos condenados, sacerdotes y aduladores, concubinas y, sí, césares. Pero a pesar de que la lista de emperadores fue larga hasta la definitiva caída de Roma, casi siempre han trascendido literariamente los infortunios del gran predecesor, Julio César, marcado por una trayectoria justa y una muerte trágica, la pax expansiva y cultural del primero, Octavio César Augusto, prototipo de estadista ideal, así como las depravaciones de Tiberio o las veces que el tartamudo Claudio logró esquivar la muerte, pero sobre todas, la vida y obra de malvados como Nerón y Calígula, ejemplos de la corrupción moral que proviene de un poder absoluto. De hecho me atrevería a decir que estos dos últimos superan, si hablamos de interés dramático y exceptuando los grandes acercamientos shakesperianos, a los dos primeros.
Aquí llega, apreciado cargamento que rebosa en las naves mecidas por un mar inhóspito, el fruto de la tierra donde crecen las Hespérides, aquí llega, untuoso, más dulce que los caldos nutridos con resina de la Argólida y Capadocia, más embaucador que los crispidos sabores de Judea.
Heredero de sudores y de esperas, audaz rebozo brotado entre los pámpanos que surgen a la orilla de flúmenes profundos, aquí llega, proclamando en su color el espíritu inefable de la Bética, como un jugo que se exprime y entremezcla con la sangre de los hombres, como un íngrimo hidromiel levantado por las vírgenes vestales.
Albo, denso, altivo, flébil líquido inconcluso, aquí llega, destinado, contenido insólito para estas ánforas de rojiza terra sigilatta que descienden ahora, transportadas por los robustos brazos de nubios porteadores, a la dársena del puerto, que abandonan inconscientes los estrados de la más antigua de las lonjas e ignoran, en su ciego deambular, el magnífico espectáculo de intercambios donde peces dorados y pólipos enormes se subastan entre una multitud de manos alzadas y sandalias que hollan pavimentos de mosaico con el rostro de Neptuno.
Lenta es la cadencia que el boyero impone a sus bestias, tanto como lo exige la exquisita carga que, asegurada con grandes cuerdas y protegida con el más mullido de los henos, ocupa una carreta renqueante cuyos ejes protestan a cada acometida sobre el irregular empedrado de la via ostiense. Lenta es la cadencia de un camino que, jalonado por pinos sabinos y tumbas olvidadas, discurre incesante hacia la ciudad eterna.
Aquí está, hija de los hijos de la loba, aquí está, dejando a la izquierda la pirámide Cestia, recorriendo las antaño zonas lacustres, aquí está, abriéndose paso entre zahúrdas y tabernas de arrabal destinadas a la plebe, ascendiendo entré ínsulas de barro y argamasa, cruzando las inútiles murallas, vislumbrando ya, en la cima de la colina, su destino capitolino, más allá del monumental estadio donde anoche se celebró la última de las grandes carreras, sorteado el foso que conduce a un barrio de hermosas villas marmóreas, todas ellas dotadas, sin excepción posible, de atrio, escalinata e impluvium.
Manos recias recogen la carga recién detenida, sujetan con fuerza las ánforas ahora despiertas, introducidas por la puerta trasera en el interior de las enormes cocinas. Hombres descomunales las colocan en la cavea, cerca del frescor de los muros, a la espera de un postrero esfuerzo. Aquí está, aturdido por el fragor de pasos y acarreos constantes, vertido del ánfora a la crátera por las sombras solícitas, portado por la más dulce de las esclavas dálmatas llegada jamás a palacio hasta el triclinium en el que se desenvuelve este banquete diletante, rotundo, afortunado, digno de los más labrados manjares de Apicio, para regar esta copa que ahora, con toda la humildad de mi siempre confesada estima, alzo ante ti, oh noble César, en la víspera de un inesperado destierro, invocando por última vez la memoria de Baco y proclamando su denodado triunfo antes de callar para siempre, oh Augusto, en ese silencio de días tristes que me espera, lo sé, en la lejana región del Ponto.
A menudo resulta complicado distinguir entre la propuesta meramente comercial y el designio artístico con que nace cada película, quizá porque en principio ambos elementos deberían ser las caras de una misma moneda: destreza y entretenimiento unidos en un efímero producto. No siempre sucede así. Hollywood nos tiene acostumbrados a esos taquillazos denostados por la misma crítica que luego ensalza dramas nórdicos o experimentos estonios que casi nunca superan la barrera de la versión original. La balanza se agita entre los dos aspectos, destreza y entretenimiento, con una virulencia incontrolable, mientras el público adolescente demanda mucho, mucho más o mucho, mucho menos.
Sin embargo, en contadas ocasiones y sin que sirva de precedente, surgen películas que se acercan a la conjunción deseada, autores que recogen lo mejor de nuestro tiempo para elaborar joyas personales que ante el éxito serán luego imitadas una y otra vez. Juntemos en el mismo saco un poco de animación y diseño, cierto dominio de la publicidad y el video-clip, la fascinación por el comic y el surrealismo, la escenografía futurista y un gran angular ojo de pez. Puede que por arte de magia todo se transforme en una película de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.
Esta pareja de locos franceses nos regaló en 1991 una comedia negra apocalíptica sobre carniceros convertida en objeto de culto: Delicatessen. La película creó escuela: humor, amor y misterio a todo color, oscilaciones rocambolescas entre los resortes de la "Nouvelle Vague" y el Freaks de Tod Browning. En España, por ejemplo, se advierte el mismo tono visual y estético en comedias como El milagro de P Tinto.
Su peculiar estilo fue incorporado años después al cine norteamericano, al que Jeunet y Caro aportaron la cuarta entrega de Alien (Alien:Resurrection). Luego, de regreso a Europa, Jean-Pierre Jeunet continuó su carrera en solitario por derroteros de éxito como Amélie o Largo domingo de noviazgo. Pero (como diría Michael Ende) esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento.
Antes de su aventura americana Jeunet y Caro realizaron uno de sus trabajos más destacados, La ciudad de los niños perdidos, oscura fantasía de enrevesado guión y fotografía impecable que narra las andanzas de un doctor que secuestra a niños para robar sus sueños. Recuerdo haberla visto en el cine antes que Delicatessen, en versión original y con poco público. También recuerdo mis búsquedas infructuosas del DVD, aliviadas hace muy poco. Recuerdo la sensación de poesía que desprendían aquellas imágenes, el barroquismo, la cara de botarate de un duplicado Dominique Pinon, la gigante tristeza de Ron Perlman (los dos actores fetiche de Jeunet y Caro).
La ciudad de los niños perdidos, una metáfora adherida a lo imposible, una parábola sobre nuestro destino forzoso en un mundo de adultos. Ahí van los datos técnicos y el trailer.
Título: La ciudad de los niños perdidos (1995)
Título original: La Cité des enfants perdus (Francia)
Dirección : Jean-Pierre Jeunet & Marc Caro.
Reparto : Ron Perlman, Daniel Emilfork, Judith Vittet, Dominique Pinon, Jean-Claude Dreyfuss, Geneviève Brunet, Mireille Mosse, Serge Merlin, Mapi Galán.
Aún siguen ahí: el olor de la leche en el pecho de tu madre, del tabaco negro en la mejilla de papá, la mercromina sobre la herida inf...