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sábado, 27 de septiembre de 2014

EL BESO


Si mi historia cifrara libros apaisados en la luz.
Si tu lengua donde abierto me derramo.
Desprendiérame para holgar en el olvido.
Vínculo de cuerpo brillante espera o bruñe
incrédulo alabastro de membrana discreta,
cúrvate osamenta inquilina en la delación,
como vida tu lengua, turbamiento imborrable.
Si una noche un viajero mascullara en el frío,
si el misterio desplazara un infinito aerolítico.
Como un golpe de nieve
llega del aire la tormenta. Si tu lengua.
Si desando inexorable
en el espacio la inquietud, el parto.
Si tu lengua queda atrás. Cuando la repetición
despierta una enésima sospecha.
Como un labio de papel toda la vida anáfora.

martes, 23 de septiembre de 2014

LA IMAGEN DEL VERANO (SEIS)

© Fotografía de Luis Morales
Ya es costumbre, lo sé, seleccionar una imagen entre todas las captadas por mi ojo electrónico este verano, cada vez más numerosas y variadas, tantas que su multiplicación incontrolada amenaza seriamente con colapsar todos mis discos duros. Antes de que esto ocurra, procedo, pues, a elegir una de ellas.
Si bien en otras ocasiones me he decantado por los espacios encontrados en mis viajes o en la figura humana que los puebla, en esta ocasión os muestro un objeto, o mejor, un campo lleno de objetos, un mundo entero en miniatura, una estructura resumida y metafórica del mundo, el yin y el yang, el bien y el mal elevados a su más alta potencia: un juego para maniqueos, estrategas y emperadores cuyas particularidades conocía mi hijo, por primera vez, este agosto ajedrezado.
Aunque no lo creáis se trata de una fotografía playera. La luz del Mediterráneo entraba por la inmensa ventana a primera hora de aquella mañana mientras mi hijo, al que le había explicado la noche anterior las cuatro reglas básicas del juego, colocaba correctamente las piezas en sus correspondientes casillas. 
Contemplé este acto silencioso y demoledor de la memoria mientras recordaba vagamente a otro niño y otro tablero y otro padre contemplándolos. Y entonces percibí las alargadas sombras que las piezas arrojaban sobre el tablero, tan misteriosas y amenazadoras, y supuse que en efecto el ajedrez es una magnífica metáfora del mundo, y que mi hijo está aprendiendo lo que eso significa a pasos de siete leguas. Y supe que aún hay esperanza al comenzar la primera partida y comprender que a las primeras de turno mi hijo se inventaba sus propias reglas.
Con esa imagen me quedo.

lunes, 15 de septiembre de 2014

EL BALCÓN DE JULIETA


JULIETA
¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué no expulsas a esa turba de turistas mistificadores, a esos que lo dejan todo perdido con sus candados y sus firmas en los muros, a los que no perdonan un selfie? Dime, Romeo, por qué no les confiesas que nunca existimos, que ni siquiera estamos ahora aquí, que Shakespeare no pisó jamás Italia, que este balcón de Verona es falso, que el anfiteatro de la ciudad sí es Historia y está bien conservado, que solo somos sombras, criaturas de tinta sobre papel, ilusiones de amor, ficciones, sueños de polvo y arte, moneda de cambio, estrategia de mercado.
ROMEO
No me creerían, Julieta. O en cualquier caso admitirían que nadie es perfecto.

viernes, 5 de septiembre de 2014

MEMORIA OLFATIVA


Aún siguen ahí:
el olor de la leche en el pecho de tu madre,
del tabaco negro en la mejilla de papá,
la mercromina sobre la herida infantil,
o ese soplo que se desprendía al abrir
la botella del calcio.
Aún siguen ahí
los aromas agitados por el viento del pueblo,
cuando, al caer la tarde, volvían los cerdos,
y la nata hervida en el fogón de la abuela,
y el heno y la mierda de la mula en el corral,
y el tomate recién cortado a navaja en el mismo huerto.
Aún siguen ahí
los misteriosos ambientadores de pino,
la naftalina en los armarios,
la fritanga que ascendía hasta la ventana desde el bar,
todo lo que se colaba en la rejilla de ventilación
del autocar
desde el fumadero de la fila de atrás.
Y ese linimento de las farmacias,
y ese olor a rancio ultramarinos,
y aquella zapatería que olía a pies,
y el bálsamo Floïd en la barbería,
y el inclasificable golpe en la nariz
al entrar en las letrinas de ciertos bares,
aquellos hoyos negros sobre blanco
en los que tanto costaba acertar.
Ahí, ahí siguen
la tinta de los libros nuevos en septiembre,
el plástico del forro transparente,
la madera arrebatada a los lápices
por los sacapuntas,
la blanda cera olorosa Manley,
la plastilina indigesta,
los chicles Boomer, el regaliz
en la tienda de las chuches,
el chorizo pamplonica en el eructo
de tu mejor amigo, gajes de recreo.
Y el pan recién hecho,
y la paella dominical,
las natillas caseras,
el café en la cafetera,
la naranja exprimida,
y otra vez el café, sí.
Ahí siguen la lavanda,
la tierra después de la tormenta,
pero también los calcetines húmedos,
secándose sobre la calefacción de los trenes.
La memoria de un patio en la hora de la siesta,
el tambor de detergente colgado en la pared,
el polvo desprendido en cada bote,
la piel sudorosa de los más altos,
los brazos en alto, mientras tú te defendías
de su defensa de axilas.
Y mucho más tarde
el submarino herbáceo en el asiento trasero,
el desinfectante en los cines dudosos,
las cáscaras de pipas,
los litros devueltos a las esquinas,
el vómito abismal.
Y el mar, siempre el mar,
el olor a mar.
Tú y el mar,
la piel de sal,
la piel con piel,
la mantequilla
a la que olieron
nuestros cuerpos
la primera vez.
Aún sigue ahí.
Lo que fue.
Lo que ya no es.

lunes, 25 de agosto de 2014

LOS CIEN AÑOS DE CORTÁZAR, EN EL ALEATORIO


Julio Cortázar cumpliría cien años mañana 26 de agosto de 2014. Cifra redonda e histérica. Obviamente, la red bulle en torno a una sacrosanta efeméride de la que el autor, casi seguro, desconfiaría. O no. Siempre me he preguntado qué hubiera experimentado Cortázar de haber podido utilizar las herramientas de las que nosotros disponemos ahora. Cruces, puentes, intertextualidad, el arte de lo efímero, los restos del pasado sobre el presente conformando un extraño conjunto... tal vez.
No voy a extenderme demasiado más. Me remito a mis comentarios, en este mismo blog, a la novela que ha marcado a varias generaciones: Rayuela, sobre la que planeé hace un año y medio a propósito del medio siglo de su publicación.
Sin embargo quiero recordar a todo el que esté interesado en hacer su homenaje personal a Cortázar que mañana mismo, en una iniciativa sin precedentes, se procederá a una lectura pública integral de Rayuela. Será en el Aleatorio (c/ Ruiz, 7, Metro Bilbao, Malasaña, MADRID). 
Allí mismo, desde las 9:00 horas del día 26 a las 3:00 horas del día siguiente, el micrófono estará abierto para leer, un capítulo por persona, ese texto situado entre la tierra y el cielo.
Para ello podéis enviar un email a rayuelaleatoria@gmail.com apuntando vuestra disponibilidad horaria aproximada. Los organizadores os confirmarán la hora y el capítulo a leer. Ánimo, aún estáis a tiempo.
Yo estaré por allí hacia las 23:00 horas, con un capítulo que amo especialmente, cuya lectura me sorprendió en su momento y que además ha sido el pretexto para algunas de las composiciones propias que más valoro. Por pura casualidad se me asignó en 148, posiblemente el mismo que yo hubiera elegido en el caso de poder haberlo hecho. Así que la magia es doble (o triple) si cabe: Cortázar, azar, aleatorio. ¿Quién da más?

sábado, 23 de agosto de 2014

AMERICAN GIRL IN ITALY, DE RUTH ORKIN


Seguro que conocéis esta foto. Se titula "American girl in Italy", y fue captada en Florencia el año 1951 por una mujer, la fotógrafa Ruth Orkin.
La composición, impecable, abre el espacio en torno a la figura central de la muchacha con la maestría de los grandes pintores. Varias líneas diagonales imaginarias que parten de los ojos de los hombres aterrizan sobre Ninalee Craig, de 23 años, que muestra cierta indiferencia, atrapada en esa red de miradas. En la fotografía se palpan la tensión sexual y el efecto túnel. Las distintas actitudes de los hombres: el piropo, acción verbal indeseada, la mirada de soslayo, disimulada, la mano en la entrepierna, el codazo hacia el amigote, el silbido, el comentario que expresa sin duda pulsiones privadas colectivas.
La foto no estaba planificada, pero sí es cierto que Ruth Orkin hizo pasear varias veces a Craig por aquella acera. El resultado es una fotografía que siempre se ha visto bajo el prisma de la polémica sexista. Aunque posiblemente no fuera esa la intención de la autora, sino la contraria, es decir, ensalzar la libertad de la nueva mujer que comenzaba a emerger en aquellos tiempos.
Sin embargo...
Los italianos arrastran desde entonces ese sambenito. Paradigma de la Italia de posguerra, diréis, esa fama que siempre han tenido los italianos con las mujeres.
Pero no, claro que no, ese modo de mirar sigue vigente, y es universal.
La pulsión de los hombres persiste, en cualquier lugar y aunque haya pasado tanto tiempo. Solo cierto sentido de la civilización, tal vez la educación, impide que la cosa vaya a más, aunque no siempre.
Cada día podría conseguir una instantánea parecida a esta en mi calle, en todas las calles, a cualquier hora. No hay vez que un hombre no gire la cabeza para valorar el culo de la chica que acaba de pasar a su lado. Mi fotografía sería mucho peor, menos estética seguro, y posiblemente mucho más soez. Poco hemos cambiado. Las mujeres siguen siendo vistas como objetos. Las redes sociales y la tecnología de la que disfrutamos amplifican el hecho. Y los hombres, con la que está cayendo, siguen proclamando a los cuatro vientos sus fantasías, sus deseos, olvidándose de nuevo del respeto. ¿Será algo innato? ¿Tendremos alguna vez remedio?

martes, 29 de julio de 2014

VENUS BLONDE


Los labios que pasan y te fulminan la sangre,
cuántos, que han dejado la marca del vampiro
sobre tu cuello translúcido,
su inoportuno reguero de continencias,
el momentáneo ardor antes de hartarse
y recurrir a la puerta, abandonándote en lo oscuro,
buen pedestal para una Venus sin cabeza.
Cuántos labios,
cuántos ojos glaucos,
cuántos pasos interrumpidos
por el fuego en el cristal,
cuántos cuerpos rendidos ante ti,
zarandeados por la hiel que trastabilla las rutas
perdidas en los bares.
Ahora que fecundas de brumas lejanas mi noche
y te tengo para mí, no sé si quieres
que prolongue esta avidez vesánica
o espante de algún modo mi esperanza.
Paralizo el rito que te vence
con una indecisión sublime,
todo el mundo está conmigo
en esta purificación del tiempo,
amaga la felina garra
junto a tu cadencia fría
y así como te meto mano
brindo contigo, brindo por todos,
gélida,
te alzo en ángulo, hinco el codo
y te regalo también el labio,
mi propia marca de vampiro.

sábado, 19 de julio de 2014

LA NOCHE SE MUEVE: (VIII: CYBORG)


La noche se mueve. Estoy despierto en la oscuridad total. Sólo la onda verde, oscilante, permite intuir una presencia. La noche se mueve. Sé que llega la hora. La puerta se abre y una silueta sigilosa entra en la habitación. La jeringuilla brilla tenuemente al acercarse a mí. Pero no quiero, ya no quiero más, me niego a entregarme, me sublevo como nunca, concentro el fulgor de la rabia en el último esfuerzo y sin saber cómo arranco de cuajo las ataduras. La figura se detiene desconcertada un instante. No tiene tiempo de gritar porque descargo los dos puños sobre ella derribándola. Eufórico, me incorporo con lentitud, desprendiéndome de los cables entre tinieblas. Abro la ventana. Las nubes inundan el cielo. La noche se mueve, la oscuridad me acompaña. En los pasillos cunde la alarma. Cuando los celadores irrumpen salto al vacío con determinación desde el tercer piso y perplejo me levanto del suelo sin sufrir el menor daño. Palpo mi cuerpo en la tiniebla. Entonces comprendo que no siento, no hay tacto, mis manos tocan sin encontrar algo más que el helado acero de la nada, como si tuviera atrofiado el sistema nervioso. Huyo, huyo en la noche que se mueve sin saber hacia dónde me dirijo. Salto la valla furibundo y me pierdo en un bosque espeso, huyo arrastrado por la mente silenciosa, invulnerable. Tal vez me esté volviendo loco. No quiero encerrarme en el mutismo de los pensamientos, no. Sigo huyendo y grito, grito, para sentirme al menos vivo.
La noche se mueve, y es mi sustento tu recuerdo. Campo abierto. A lo lejos las luces de una ciudad. Hacia allí marcho, devorando los kilómetros frenético, buscando tu recuerdo. Acantilado a tu cuerpo exhalo permeabilidad, labro el labio para encontrarte más allá de la membrana dormida, donde no me escuchas. Llego a una casa en las afueras, su abandono confirma mis sospechas. Calla la mano que siempre ha intentado escribirte, renuncia mi mente ajena a las palabras. Derribo la puerta con violencia, me abalanzo sobre las escaleras que sorteo, de cuatro en cuatro, extenuando la pulsión de las zancadas. Que tu piel aparte este temblor, que haga legibles los garabatos de mi lengua trazadora. En el dormitorio la penumbra, las sábanas que hunde el polvo. Tu recuerdo. Soy voluntad coartada, circunstancia, síntoma brutal de los ambientes. El género de mi voz es hermético y disparatado, atrapa la gran trampa, se parece a la locura. Busco el interruptor. La lámpara chasquea y se ilumina, mortecina e hiriente. El disco de Coltrane rasga y zigzaguea las horas bajo la nube mínima de una aguja. Sobre la mesilla te encuentro, asida a mis brazos para decirme quién soy desde el pasado de esa foto imposible, perdida ya en el tiempo. Dime dónde estás. Mientras te respiro con terquedad comprendo lo que me violenta de un ardor tan desesperado. La noche se mueve. Levanto la vista y me veo reflejado en el espejo. La noche se mueve. Por primera vez me observo. Acaso el despertar. Dos ojos que brillan perplejos. Nos desfigure las vidas. Único rasgo humano que se distingue. Acaso volvamos a mirarnos con la insensata lucidez de los desconocidos. En el helado acero de un engendro mecánico.


Si quieres conocer el resto del relato, aquí tienes los enlaces:

La noche se mueve (I: Algo se mueve)
La noche se mueve (II: Minotauro)
La noche se mueve (III: Diagnóstico)
La noche se mueve (IV: Un nombre en un susurro)
La noche se mueve (V: Pastilla verde, roja, azul)
La noche se mueve (VI: Anestesia)
La noche se mueve (VII: Cobaya)

miércoles, 25 de junio de 2014

ANA MARÍA MATUTE, EN EL BOSQUE


Ahora que Ana María Matute (1925-2014) ha muerto podría extenderme largo y tendido sobre su vida y su obra, sobre lo que ha significado para mí como lector aspirante a escritor, sobre todo que he leído y lo que he dejado de leer. Pero no lo voy a hacer. Baste decir que todo empezó hace mucho con El polizón del Ulises (1965), "la historia de un muchachito que, un buen día, creció", y que culminó, también tiempo atrás, con Olvidado Rey Gudú (1996). 
La muerte siempre viene con homenajes, pero, como siempre he pensado, el mejor homenaje que se puede hacer a los escritores muertos es leer, seguir leyendo. En ese sentido lo que me pide el cuerpo es incorporar aquí el Discurso de Ingreso en la Real Academia Española de la Lengua que esta gran mujer pronunció allá por enero de 1998 antes de sentarse en el sillón K (mayúscula) que le aguardaba en la vetusta institución. Se titula En el bosque y no tiene desperdicio para los que aman la lectura. Iniciad el viaje a través de los libros, de los bosques misteriosos.


EN EL BOSQUE

DEFENSA DE LA FANTASÍA

Por Ana María Matute


Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar discursos. Apelo, pues, a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la única razón por la que he llegado hasta aquí: yo soy una contadora de historias.Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación en la literatura, que son para mí algo tan vital como el comer y el dormir, y que opongo a la aridez de la actitud que tan a menudo nos rodea, que se niega a ver la dimensión espiritual de lo material.

Así, es mi intención invitaros, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el «bosque» que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra.

Y desearía hacerlo bajo la invocación de «Alicia en el país de las maravillas», con los siguientes versos: «Recibe, Alicia, el cuento y deposítalo / donde el sueño de la Infancia / abraza a la Memoria en lazo místico, / como ajada guirnalda / que ofrece a su regreso el peregrino / de una tierra lejana».

El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos.

Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad. Desearía, pues, exhortaros a participar, durante el breve tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño.No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en éste.


Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo. Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí. Su mera imagen siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o escondidos en la espesura de los zarzales.

Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. «Cuando yo sea mayor –pensaba– haré esto». Ni siquiera sabía que «esto» era participar del mundo imaginario de la literatura.

Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra «bosque» en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque –misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente– encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el credo por las palabras.

Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán.

Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba.

Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez.

Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la primera historia contada. Es la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar (...)


Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente.

De la oscuridad surgía, gracias a las fantasías y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía, porque los llamados «cuentos de hadas» no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos:historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas «polìticamente correctas», porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos.

Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas.

Pero en esas leyendas, en aquellos «cuentos para niños» –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen, Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo– se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana.Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano. (...)

No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo. Tenemos que pensar que de alguna manera aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres que pisaron reciamente sobre el suelo y que hicieron frente a la brutalidad y a la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo...

El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada. No seamos tan descreídos, no tanto como para imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos encontrarnos, al final, con las manos vacías. No olvidemos que el diablo entra en todos los conventos, que Dios reside en todas las criaturas vivas del mundo, que la palabra descubre, desentierra del olvido o de la indiferencia futura aquello que nos hace distintos de las bestias.


Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida.

Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones..., porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad.

Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana.

Porque escribir, para mí, ha sido una constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí, hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente, pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre cuando escribo.(...)

Porque escribir es, qué duda cabe, un modo de la memoria, una forma privilegiada del recuerdo; yo sólo sé escribir historias porque estoy buscando mi propia historia, porque acaso escribir es la búsqueda de una historia remota que yace en lo más profundo de nuestra memoria y a la que pertenecemos inexorablemente.

Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido.

La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor.

Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad. Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro «yo» más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra «semejante», que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra «otro». Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito. (...)


Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos.

La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, que sencillo y verdadero.

Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse «tú» o «yo». (...)

La palabra «hermano», la palabra «miedo», la palabra «amor», son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo.Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar.

Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar.Porque las palabras –lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de «Alicia»–: «Invaden un País de Maravillas... / Es como ir por un caudal corriendo, / Ligero y tan fugaz como un destello...»

Porque «La vida, dime: ¿es algo más que un sueño?».

miércoles, 18 de junio de 2014

ULISES, DE ALFRED TENNYSON


El primer recuerdo poético que tengo sobre el poeta victoriano Lord Alfred Tennyson (1809-1892) se remonta a los años de universidad, y tiene que ver con el tratamiento de lugares comunes y la recuperación de una Edad Media evocadora durante el Romanticismo. No recuerdo cómo, pero llegó a mis manos un hermoso poema suyo, The Lady of Shalott, de evidente sesgo artúrico, que todavía me emociona.
Pasado el tiempo descubrí parte de su obra en relación a mi admirado Dante Alighieri. Así me topé con este Ulysses, poema de setenta versos blancos, inspirado no en el héroe homérico sino en el hombre que Dante había condenado al infierno en La Divina Commedia. Os dejo el original y una traducción al castellano de Randolph D. Pope. 

ULYSSES

It little profits that an idle king,
By this still hearth, among these barren crags,
Match'd with an aged wife, I mete and dole
Unequal laws unto a savage race,
That hoard, and sleep, and feed, and know not me.
I cannot rest from travel: I will drink
Life to the lees: All times I have enjoy'd
Greatly, have suffer'd greatly, both with those
That loved me, and alone, on shore, and when
Thro' scudding drifts the rainy Hyades
Vext the dim sea: I am become a name;
For always roaming with a hungry heart
Much have I seen and known; cities of men
And manners, climates, councils, governments,
Myself not least, but honour'd of them all;
And drunk delight of battle with my peers,
Far on the ringing plains of windy Troy.
I am a part of all that I have met;
Yet all experience is an arch wherethro'
Gleams that untravell'd world whose margin fades
For ever and forever when I move.
How dull it is to pause, to make an end,
To rust unburnish'd, not to shine in use!
As tho' to breathe were life! Life piled on life
Were all too little, and of one to me
Little remains: but every hour is saved
From that eternal silence, something more,
A bringer of new things; and vile it were
For some three suns to store and hoard myself,
And this gray spirit yearning in desire
To follow knowledge like a sinking star,
Beyond the utmost bound of human thought.

This is my son, mine own Telemachus,
To whom I leave the sceptre and the isle,—
Well-loved of me, discerning to fulfil
This labour, by slow prudence to make mild
A rugged people, and thro' soft degrees
Subdue them to the useful and the good.
Most blameless is he, centred in the sphere
Of common duties, decent not to fail
In offices of tenderness, and pay
Meet adoration to my household gods,
When I am gone. He works his work, I mine.

There lies the port; the vessel puffs her sail:
There gloom the dark, broad seas. My mariners,
Souls that have toil'd, and wrought, and thought with me—
That ever with a frolic welcome took
The thunder and the sunshine, and opposed
Free hearts, free foreheads—you and I are old;
Old age hath yet his honour and his toil;
Death closes all: but something ere the end,
Some work of noble note, may yet be done,
Not unbecoming men that strove with Gods.
The lights begin to twinkle from the rocks:
The long day wanes: the slow moon climbs: the deep
Moans round with many voices. Come, my friends,
'T is not too late to seek a newer world.
Push off, and sitting well in order smite
The sounding furrows; for my purpose holds
To sail beyond the sunset, and the baths
Of all the western stars, until I die.
It may be that the gulfs will wash us down:
It may be we shall touch the Happy Isles,
And see the great Achilles, whom we knew.
Tho' much is taken, much abides; and tho'
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are;
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will
To strive, to seek, to find, and not to yield.


TENNYSON, A., Poems II, (1842)

ULISES

De nada sirve que viva como un rey inútil
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo
leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
la vida hasta las heces. Siempre he gozado
mucho, he sufrido mucho, con quienes
me amaban o en soledad; en la costa y cuando
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia
irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;
pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.
Formo parte de todo lo que he visto;
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye
una y otra vez cuando avanzo.
¡Qué fastidio es detenerse, terminar,
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra
sería del todo insuficiente, y de la única que tengo
me queda poco; pero cada hora me rescata
del silencio eterno, añade algo,
trae algo nuevo; y sería despreciable
guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,
más allá del límite más extremo del pensamiento humano.

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco,
a quien dejo el cetro y esta isla.
Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar
en esta labor, para civilizar con prudente paciencia
a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente
a que se sometan a lo que es útil y bueno.
Es del todo impecable, dedicado completamente
a los intereses comunes, y se puede confiar
en que sea compasivo y cumpla los ritos
con que se adora a los dioses tutelares
cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;
allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.
La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
los resonantes surcos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente, hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que mucho se ha perdido, mucho queda; y, a pesar
de que no tenemos ahora el vigor que antaño
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.


TENNYSON, A., Poemas II, (1842)