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martes, 23 de septiembre de 2014

LA IMAGEN DEL VERANO (SEIS)

© Fotografía de Luis Morales
Ya es costumbre, lo sé, seleccionar una imagen entre todas las captadas por mi ojo electrónico este verano, cada vez más numerosas y variadas, tantas que su multiplicación incontrolada amenaza seriamente con colapsar todos mis discos duros. Antes de que esto ocurra, procedo, pues, a elegir una de ellas.
Si bien en otras ocasiones me he decantado por los espacios encontrados en mis viajes o en la figura humana que los puebla, en esta ocasión os muestro un objeto, o mejor, un campo lleno de objetos, un mundo entero en miniatura, una estructura resumida y metafórica del mundo, el yin y el yang, el bien y el mal elevados a su más alta potencia: un juego para maniqueos, estrategas y emperadores cuyas particularidades conocía mi hijo, por primera vez, este agosto ajedrezado.
Aunque no lo creáis se trata de una fotografía playera. La luz del Mediterráneo entraba por la inmensa ventana a primera hora de aquella mañana mientras mi hijo, al que le había explicado la noche anterior las cuatro reglas básicas del juego, colocaba correctamente las piezas en sus correspondientes casillas. 
Contemplé este acto silencioso y demoledor de la memoria mientras recordaba vagamente a otro niño y otro tablero y otro padre contemplándolos. Y entonces percibí las alargadas sombras que las piezas arrojaban sobre el tablero, tan misteriosas y amenazadoras, y supuse que en efecto el ajedrez es una magnífica metáfora del mundo, y que mi hijo está aprendiendo lo que eso significa a pasos de siete leguas. Y supe que aún hay esperanza al comenzar la primera partida y comprender que a las primeras de turno mi hijo se inventaba sus propias reglas.
Con esa imagen me quedo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA IMAGEN DEL VERANO (CINCO): EL HILO DE LA VIDA

© Fotografía de Luis Morales

Ahora que termina este verano extraño y lleno de novedades hay algo que me empuja a la rutina de revisar lo que me ha ido dejando en imágenes, como siempre, desde siempre, como si ese acto sirviera para congelar el tiempo. Y sin embargo el tiempo pasa, imparable, demostrando una vez más lo efímero de la belleza, de la felicidad, de la tranquilidad y también del dolor.
Así es, parece que hace ya un siglo desde que pulsé el botón, rodilla en tierra, o mejor dicho sobre la arena de la playa de la Barrosa, para captar a duras penas este picado de espaldas de mi hijo mientras se hacía con el control de su avión-cometa, sin pilas ni mandos teledirigidos, sin realidades virtuales ni pantallas insensibles, casi a pelo, con un simple hilo para dominar el viento.
Sin duda es la imagen del verano, de mi verano, porque en su aparente sencillez encierra muchas ideas, muchas miradas, muchos pasados: lo natural, el juego antiguo, la pasión por el cielo, por el aire y la luz del mar, las ganas de volar, el asombroso crecimiento del hijo, el niño explorando lo incierto, la juventud dominando, sí, el viento, el hombre aún ajeno a la parca que sujeta el hilo, el hilo de la vida...
De espaldas, cuando el sujeto es más vulnerable, ordena el pulsador para crear esta fantasía vertical en 3/4, robada a la realidad sin más retoques, y es bueno que así sea, culminando un camino de investigación personal que empezó hace años, la primera vez que visité el Louvre y me di cuenta de que todo el mundo fotografiaba a la Venus de Milo de frente, como si para reconocer la belleza nos sirviera más el rostro que la curva perfecta de su espalda, sí, la ligera inclinación de los hombros, la musculatura suavemente marcada en la piel de la piedra. Las esculturas clásicas fueron concebidas para ser contempladas en todos sus ángulos, y así lo han entendido la mayoría de los museos que las exponen hoy en día. Y sin embargo muchos visitantes obvian la rotonda, aniquilan el giro sin gestos, avanzan en línea recta hacia el rostro y clic, ya está, vayamos a otra cosa...
He pasado años fotografiando a las estatuas de espaldas para ver si se les escapaba un temblor, una respiración, desprevenidas. Pero también a infinidad de objetos, a muros, a espacios, a la gente. Y he descubierto, entre otras cosas, que es la mejor manera de conseguir que una imagen planificada resulte natural. 
El hilo de la vida, y este es el nombre que le he dado a la fotografía, es, por lo tanto, una cumbre en mis propios derroteros personales y, por supuesto, la imagen del verano 2013.
Que la haya presentado al Picglaze Photo Prize ha sido una casualidad y un atrevimiento del que es mejor no esperar gran cosa, como aguja en un pajar lleno de hermosas instantáneas. Ya ha pasado el tiempo de votar vía Internet por las mejores, pero si queréis verla en la sección del concurso podéis pinchar aquí. La suerte está echada en ese sentido. En el otro, el de detener la belleza y el tiempo y el viento... vosotros diréis, ahí os la dejo.