Pages

jueves, 11 de octubre de 2018

ESTA NOCHE EN SAMARKANDA


Además de ser aquel fantástico guionista que trabajó en distintas ocasiones con Luis Buñuel o que adaptó para el cine grandes historias como El tambor de hojalata de Günter Grass o La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Jean-Claude Carrière se dedicó también a recopilar numerosos relatos, leyendas y cuentos tradicionales de distintas culturas y épocas. Con todo el material recogido construyó El círculo de los mentirosos: cuentos filosóficos del mundo entero (1998), una antología que se ha convertido en un clásico. 
Mi contacto con el texto tuvo lugar a principios del milenio, cuando nuestro tutor de Realización Audiovisual nos lo incluyó como lectura obligatoria de su programa. Fue una grata e inesperada sorpresa encontrar esa forma de contar historias en un contexto tan aparentemente distinto al de la literatura, aunque, como muy pronto descubrí, las diferencias nunca fueron tan grandes.
En fin, que de entre todos aquellos relatos variadísimos siempre recuerdo "Esta noche en Samarkanda", una verdadera, breve y efectiva reflexión sobre el destino que ahora os dejo aquí:   

La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.

Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:

—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.

—¿Por qué?

—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.

—¿La muerte?

—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.

—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?

—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.

El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.

Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.

—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.

—Te escucho.

—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:

—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.

—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.

—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.

Recopilado en CARRIÈRE, JEAN-CLAUDE, El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, (Trad. Néstor Busquets) Barcelona, Lumen, 2008. 

viernes, 2 de marzo de 2018

TRAS LOS MONTES, EL VIAJE POR ESPAÑA DE THÉOPHILE GAUTIER


Hubo un tiempo en que vividores, poetas y artistas de la Europa del norte se empeñaron en dejarse caer hacia el sur para merodear extasiados entre las ruinas de otra época, cuando viajar seguía siendo una aventura y un signo de distinción social, un rito de aprendizaje y un último salto al vacío antes de sentar la cabeza, una revolución pautada y a la vez un riesgo indefinido. Cada cual vivía el Grand Tour a su manera: en el sol, en la Historia, en la belleza de las mujeres del sur, en el Parnaso, en la ebriedad proverbial de las tabernas...
Grecia, Roma, Italia entera, Egipto, y también España se convirtieron en objetos de peregrinación para estos jóvenes mistificadores dispuestos a recorrer el mundo con la cabeza llena de tópicos románticos y prejuicios aprehendidos en los libros. Es posible que el hecho de que todavía nos vean por ahí como toreros comedores de ajo venga de esa época de viaje y posterior crónica. 
Si os fijáis en la imagen que encabeza esta entrada podréis comprobar el aspecto que tenía el prolífico poeta, dramaturgo, y crítico francés Théophile Gautier cuando en 1840, con veintinueve tiernos años, decidió darse una vuelta de seis meses por la Península Ibérica en calidad de periodista y fotógrafo, acompañado por el coleccionista de arte Eugene Piot, en un recorrido que arranca en el Bidasoa y culmina en la costa catalana tras las huellas del Romancero, de Don Quijote, o del Lazarillo de Tormes, de Ribera, de Goya, pero también de Victor Hugo, de Merimeé o de Musset. 



La crónica del viaje está compuesta por una serie de artículos que fueron publicados en formato de libro en 1843 bajo el título de Tras los montes (Tra los montes) y reeditados en 1845 con el nombre definitivo de Voyage en Espagne. Enamorado de Granada, de la fiesta y de las mujeres españolas, Gautier compone un relato fresco y ameno, no exento de tópicos como el de la afición a los toros o el calor insoportable, pero que se lee con auténtico deleite gracias al tono acertado y mordaz que el poeta imprime ante lo que experimenta y descubre en el camino. Por ejemplo, a propósito de su estancia en Madrid, Gautier se apresura a narrar una tarde cualquiera en el paseo del Prado y describe de esta manera a las mujeres madrileñas ("En España hay rubias"), las cuales le sorprenden gratamente más allá de la mantilla, única prenda propiamente española...

El Prado ofrece un golpe de vista animadísimo, y como paseo es, desde luego, uno de los más bellos del mundo, principalmente por la afluencia de gente que por él circula todas las tardes de siete y media a diez. El sitio, sin embargo, es muy vulgar a pesar de los esfuerzos de Carlos III por embellecerlo. En el Prado se ven pocas mujeres con sombrero; sólo van con mantilla. Y yo creía que la mantilla española era una ficción en las novelas de Creval de Charlemagne, pero ahora veo que son verdad; suelen ser de encaje blanco o negro, más frecuente negro y se adhieren a la parte posterior de la cabeza sobre la peineta; el tocado lo complementan unas flores a los lados de la frente, adorno que resulta encantador. Con una mantilla, una mujer que no resulte bonita tiene que ser más fea que las virtudes teologales. La mantilla es la única prenda de la mujer verdaderamente española. Lo demás sigue la moda francesa. El traje tradicional es el más adecuado para el carácter y costumbres de las españolas. Ahora tiene una pretensión de parisianismo que el abanico corrige en gran parte. Todavía no he visto una mujer sin abanico en este país; las he visto que llevaban zapatos de raso sin medias, pero no sin abanico; el abanico las acompaña a todas partes, incluso a las iglesias, donde se ven mujeres sentadas o arrodilladas, viejas o jóvenes, que rezan y se abanican con fervor santiguándose de vez en cuando, según uso español: rápido y preciso, digno de soldados prusianos y mucho más complicado que el nuestro. En Francia se desconoce por completo el arte del abanico.

Las españolas lo realizan a maravilla. Entre sus manos juega, se abre y se cierra con tal viveza y velocidad que no lo haría mejor un prestidigitador. Hay magníficas colecciones de abanicos. Recuerdo una que constaba de más de cien de diferentes clases; los había de todos los países y de todos los tiempos; de marfil, de nácar, de sándalo, de lentejuelas, con acuarelas de la época de Luis XIV y de Luis XV, de papel de arroz, del Japón y de la China. Algunos cuajados de rubíes, de diamantes y de piedras preciosas mostraban, además, buen gusto en su lujo y justificaban esta manía del abanico, que es encantadora para una mujer bonita. Los abanicos, al abrirse y cerrarse, producen una especie de rumor, que constantemente repetido compone una nota flotante en todo el Paseo, que para el oído francés constituye un ruido original. Cuando una mujer se encuentra a algún conocido le hace una seña con el abanico al mismo tiempo que le dice la palabra abur

Ahora es preciso que digamos algo de las bellezas españolas. Lo que nosotros consideramos en Francia como el tipo español no existe en España, o por lo menos, yo no lo he visto. Al hablar de mantilla y mujer nos imaginamos un rostro largo y pálido de grandes ojos negros, con curvas y finas cejas de terciopelo, nariz un poco arqueada y labios rojos como una granada; todo ello con un tono cálido y dorado, semejante al que alude aquel romance: Elle est jaune comme une orange.

Este tipo es más bien árabe que español. Las madrileñas son encantadoras, en toda la amplitud de la palabra; de cada cuatro, tres son bonitas; pero no responden a la imagen que nosotros podemos formar. Son pequeñas, lindas y bien formadas; frágiles de cintura, pie diminuto y hermoso pecho; pero la piel es demasiado blanca; los rasgos, por delicados, se acentúan poco; los labios, en forma de corazón, dan al conjunto una similitud con los retratos característicos de la época Regencia. Muchas tienen el pelo castaño claro y no es difícil, al dar un par de vueltas por el Prado, encontrar siete u ocho clases de rubias, de todos los matices, desde el rubio grisáceo al rojo fuerte, el rojo de la barba de Carlos V. En España hay rubias; sería erróneo no creerlo así. También abundan los ojos azules; pero gustan menos que los negros.

Nos costó cierto trabajo acostumbrarnos a ver mujeres escotadas como para ir a un baile, con los brazos desnudos, zapatos de raso, el abanico y las flores. Y más, verlas así en un sitio público, paseándose sin dar el brazo a ningún hombre; aquí esto no es costumbre, a no tratarse de un pariente cercano o del marido. Se contentan solamente con ir a su lado, al menos durante el día, pues de noche parece que la etiqueta es menos rigurosa, particularmente con los extranjeros que no pueden conocerla muy bien...


GAULTIER, THÉOPHILE,
Tras los montes, Viaje a España, Cap. VIII. 

viernes, 2 de febrero de 2018

EL HAMBRE ESTÁ EN EL PAN DE CADA DÍA


El hambre sabe al pan de cada día,
la mano que gobierna está cautiva,
el sueño se diluye en la alegría,
la luz nace en el ojo del que mira,
la voz baila en el labio de la huida,
la luna reflejada en la caricia,
la rosa se marchita en la mejilla,
el surco que has llenado con tu tinta,
el cielo que atardece las mentiras,
la vida está muriéndose de risa,
la sombra se desliza en la sombrilla,
la duda está en la noche concedida,
la carga que soporta quien camina,
la tierra que se rompe en la caída,
la llama que me abraza posesiva,
el viento que no fluye ni se hincha,
el mar que me atraviesa,
el mar que me atraviesa,
el mar que me atraviesa la escotilla,
el tiempo que en su vuelo me aniquila,
el niño que olvidó la pesadilla,
la esfera que dibuja tu sonrisa,
la madre que no pudo con la herida,
la sangre que destruye la cuchilla,
la ola va arrastrando las cenizas,
la arruga de la piel desguarnecida,
el cuerpo que responde a la injusticia,
el hambre, el hambre, el hambre,
el hambre está en el pan,
el hambre está en el pan de cada día.

Morales, L.

viernes, 15 de diciembre de 2017

NO ME HABLES DE POLÍTICA


Todo es política. Nada es política. Política ficción, imaginación política, políticamente correcta desilusión de la diatriba política, una decisión política, otra decepción política, alguna canción política entre tanta tertulia política, mi hermana política, la casta política, el debate, el desgaste político y el chanchullo político, doy un respingo político, se me corrompe la actualidad política, se me enlonga el pinzamiento de la pinza política, se me va la pinza, sí, se me cae de la nariz y aquí huele a política, no tengo olfato para la política, lo mío es in-competencia política, in-comparecencia política, in-consistencia política de la política sin consecuencias, intercesión de la política de la cesión, ascenso político, vértigo político, cálculo político, pacto político, reparto político, comisión política, res pública política, la cosa política, agenda política para un año políticamente intenso, políticamente denso, políticamente parlamiento, político imputado, preso político, juicio político politizado, sentencia política, conciencia política, cada cual con su receta política para salvar un país, una polémica ley política sobre los sueldos de los políticos, un papel político, poetílico, paleolítico, policlínico... Ser de política, estar en política, entrar en política, salir de la política. Porque todo esto tiene que ver con la política, hay que tener voluntad política y aspiraciones políticas para ser fiel o infiel a la política monetaria, tener en privado actitudes políticas, convenir una política de vivienda, convivir con la crítica de la razón política, con la radio fórmula política, con la televisión plural e independientemente política y su sección de política, su obsesión política marcada por los sueños políticos propios de toda una clase política, con el clientelismo político, y el sobrino del político, el hijo del político, y el alter ego del político, y la terna, el turno, la alternancia, el trueque político de la transición política tiene su coste político, a la mierda los políticos, dónde está la libertad política, qué falta de cultura política, qué hara-kiri político, qué locura tan política ha sido llevar a cabo semejantes políticas, políticas de austeridad, de realidad, de vanidad política, qué tremenda elocuencia qué dominio de la dialéctica política, menudo sofisma político, tremenda in-definición política, qué recorte político por chicuelinas a la politizada pregunta del periodista deportivo, digo político, qué violencia verbal política, qué manipulación político-educativa, qué discurso teórico político, qué intensidad política, cómo me marea la marea política, cuántos factores, cuántos actores políticos, cuánto hombre, cuánta mujer, cuánto animal político suelto en mitad de la efervescencia de la política, buscando su ubicación, su puesto político en el mapa político, en el panorama político, su yo político, su posicionamiento político, su política impostura, su postura, su imposición, su política solución, su deuda, su rebaño, su ideario político, su plegaria política, su condición... suposiciones políticas, supositorios que calmen tanta in-defensión al margen de la política mentira, debajo de la tormenta política, condicionados por la incertidumbre política, causa y consecuencia de la crisis de la política, del tsunami político, de la explosión de la nueva política. No me hables de política. De la nueva ficción política, de la nueva política ficción...

viernes, 17 de noviembre de 2017

BALADA DE LAS COSAS SIN IMPORTANCIA, DE FRANÇOIS VILLON

François Villon, poeta aventurero y mordaz, describió como pocos las debilidades y contradicciones del ser humano de su tiempo (siglo XV), y el francés lo hizo con esa retranca tan de superviviente, dándole la vuelta al los tópicos medievales, riéndose de todo y de todos, incluso de sí mismo.

Esta Balada de las cosas sin importancia (Ballade des menus propos) es, sin duda, una buena muestra de ello. Aquí la tenéis, en el original francés y traducida al castellano, ilustrada por Los Provervios Flamencos (1559), obra que otro genio, Pieter Brueghel el Viejo, dejaría plasmada más o menos un siglo después.

BALLADE DES MENUS PROPOS

Je connois bien mouches en lait,
Je connois à la robe l'homme,
Je connois le beau temps du laid,
Je connois au pommier la pomme,
Je connois l'arbre à voir la gomme,
Je connois quand tout est de mêmes,
Je connois qui besogne ou chomme,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Je connois pourpoint au collet,
Je connois le moine à la gonne,
Je connois le maître au valet,
Je connois au voile la nonne,
Je connois quand pipeur jargonne,
Je connois fous nourris de crèmes,
Je connois le vin à la tonne,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Je connois cheval et mulet,
Je connois leur charge et leur somme,
Je connois Biatris et Belet,
Je connois jet qui nombre et somme,
Je connois vision et somme,
Je connois la faute des Boemes,
Je connois le pouvoir de Rome,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Prince, je connois tout en somme,
Je connois coulourés et blêmes,
Je connois mort qui tout consomme,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.


VILLON, F.


BALADA DE LAS COSAS SIN IMPORTANCIA

Conozco bien a las moscas en la leche,
conozco por el vestido al hombre,
conozco el buen tiempo y el malo,
conozco la manzana en el manzano,
conozco por su resina al árbol,
conozco cuándo todo es lo mismo,
conozco quién trabaja o quién descansa,
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco el jubón por el cuello,
conozco al monje por el hábito,
conozco al señor por el vasallo,
conozco por el velo a la monja,
conozco cuándo un pícaro habla en su jerga,
conozco atiborrado de nata al loco,
conozco por el tonel el vino;
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco al caballo y a la mula,
conozco su carga y su fardo;
conozco a la Beatriz y a la Isabela;
conozco la ficha que se cuenta y suma;
conozco la visión y el sueño;
conozco el pecado de los bohemios;
conozco el poder de Roma;
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Príncipe, en suma, lo conozco todo;
conozco a los que tienen buen color y a los pálidos;
conozco a la Muerte que todo lo consume,
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

VILLON, F.


lunes, 2 de octubre de 2017

AMPLÍSIMA



Leve totalidad, frágil.
Tañer el universo amante
donde desconocidos dedos
una vez de libertad las horas
colmaron imaginarios y la sed
—esa sed— hacía silvestre el brotar, la palabra.

Es extraño o íntimo o ínfimo
el amargor, deja vértices de memoria
donde mares clamaban de mi boca
sed agonizante.

Antes.

Soledad amplísima
de tantas-otras-nuestras-vidas,
pudieras desmentirme
y jamás manos bastarían,
demasiado es el mundo
que apenas alcanzo,
demasiados cuerpos derritiendo el Nombre,
demasiadas mentiras consentidas,
algo que resta del insano aliento,
relojes, cavidades, fe.

La lengua, la tierra, la madre que no es.
La ruina, la sal, la sangre...
la luz que se resiste.

Cómo sabes que te espero siempre,
fuego líquido en la claridad perpleja,
y si espero cuánto ríes,
a quién miras, sonriendo.

MORALES, L.

Imagen: Garden of Selves 
(En The Architect's Brother, de Robert & Shana ParkeHarrison)

viernes, 7 de julio de 2017

FEACIA, MI CAMINO ES UN RETORNO

Kirk Douglas y Silvana Mangano en Ulises (1954) de Mario Camerini

Retorno.

Sol poniente en la ciudad trunca.
Sombras nebulosas, esquinas larvadas,
aves escindidas desembarcan
sobre la tarde revuelta.

Bergamota, ardid que embauca,
labios, oleaje, piel desnuda,
centro del calor.

Hay un rasgo humeante en la horizontalidad,
un rumor de olvido más fuerte que el sueño.

Despierto, hospedo manos precisas,
acompaso la quimera con la canción del vientre,
ojos traigo, revolución de letargos sin pétalo,
rastros que despacio te desmiento
con la digna ingratitud de los idiotas.

Feacia, cuéntame tu historia.
Retorno al mar del color del vino.
En la ciudad trunca se desagua
el manso abismo del ocaso.

MORALES, L., El vértice inconstante

martes, 20 de junio de 2017

EL AULLIDO DE ALLEN GINSBERG



Beat your lips. Beat that ears. Beat on deep. Mind your beats.

"Six poets at the Six Gallery". Una noche cualquiera de 1955, que luego será conocida como la del "Renacimiento poético" de San Francisco. Ginsberg lee un texto sobre el cual está trabajando hace tiempo y que no tiene intención de publicar: Howl (Aullido). Canta sus versos, los gime, y en la parte final de su lectura camina al borde del llanto, golpeando. Esta performance causa una emotiva reacción en el público. Beat. Estallan la locura y el escándalo. Ginsberg comprende entonces que exponiendo su personalidad sobre el escenario puede conmover al público. Get my beat. Beat your mist. La idea de crear una nueva audiencia para la poesía ya no le parece tan descabellada.

Howl tiene uno de los comienzos más impactantes de la historia de la literatura universal (lo digo en serio, lo pongo al lado de Homero, de Cervantes):

"He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes..."

GINSBERG, A, Aullido (Howl, 1955)

El texto continúa, por supuesto. Aquí.
Aquella noche suena irreemplazable.

Aunque el primera grabación de Aullido es esta, de apenas unos meses después. El artista Eric Drooker ha construido sobre la misma una magnífica versión gráfica.

Poetas, aullad. Aullar sigue siendo imprescindible.




jueves, 8 de junio de 2017

GOYTISOLO EN LA GRAN PLAZA


Goytisolo, Juan, memorable y difícil : habrá quienes no quieran comprender a este incómodo picaresco transterrado, Juan, sin tierra, un tal Cide Hamete contemporáneo reivindicando a don Julián y al beduino : buscando unas señas de identidad : que el todo y la nada dependan de una simple inacción : observando periférico el ocaso de las ciudades cementerio : Europa atrás, la maqbara en la que yacen los Imperios y el capital : España Una : una forma de hablar hipodérmica y a menudo censurada de la oscuridad del dictado de la culpa de la excepción y la hipoteca del tiempo y el escombro : el asombro de un dios postpuesto ante el gran viaje : con la lengua infiltrada : fragmentada : fragmentaria : diafragmática : aljamiada : con el portento viril : el horizonte de Marrakech está en la pluma y en la lengua y en la gola : no saber a qué esperan vuestros cuerpos desnudos y excitados : para correr en libertad : para perderse en los trayectos : ¿quieres visitar la kasbah? : Juan podrá llevarte donde no llegan los turistas : de memoria : difícil : página a página : más allá del atardecer y los encantadores, al otro lado de los puestos : donde apunta la quibla : tocando el aceite con las manos : luz bergamota : permite que el cuentacuentos te acompañe a la gran plaza y de pronto alce su verga mítica o su probóscide milenaria o su serpiente ancestral y se marche entre los distintos ocasos de Occidente dejándote pendiente de una ojiva, de un hilo ambulante, Teseo : rodeado de cuerpos en Xmaá la lenguaraz Xmaá el Fna la humana Jammaá/Yammaá/Jemmaá la que cuenta tu historia desde las afueras : tan lúcida y laberíntica la vida : adiós a la sonoridad del comienzo de la noche 1001 : adiós al ojo azul del mar : al rojo callejeo : a la esquina de la que parte el camino : al mayo del 68 : a cualquier 69 : al calor ávido : al canto alminar : al grito sin nombre, pues así es la lúcida y lógica y arquitrabada muerte salvo por lo que queda (y quedará) luego en algún papel y en aire y en la sangre : olvido memorable y complejo : otra maqbara en Larache : nunca o tal vez es el fin esto de desandar : demudar : deshojar : desaprender : desprenderse de la piel y de los huesos.  

viernes, 12 de mayo de 2017

MAROSCURO



En los ojos era un maroscuro
de aguas tristes
e insospechadas calmas.


—¡maroscuro hambriento,
coraje hacia las islas
que aquí esperan!
El fantasma de la tarde,
cuando cae,
extiende el aire que fecunda
todas las entrañas,
toma lo que brota con sus infinitas lenguas,
y amenaza siempre,
un vendaval furioso
para ti depara,
quiere ensordecer tus voces,
arrastrarlas donde nadie,
nadie más las pueda oír.
¡Rápido, maroscuro hambriento,
coraje hacia las islas
que aquí esperan!—


maroscuro en los ojos náufrago de la muerte,
último hijo del amor-que-ya-no-era.


MORALES, L., El vértice inconstante