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martes, 24 de septiembre de 2019

LA IMAGEN DEL VERANO (SIETE)


Hacía tanto tiempo que no publicaba mi imagen del verano que casi lo había olvidado. Sin embargo todo se ha puesto de acuerdo esta mañana para devolverme a las antiguas rutinas. El comienzo del otoño, un poco de tiempo libre, un móvil que no duda en avisarme de que ya tiene el vientre lleno, un rato perdido entre memes y GIFs animados, el dedo empeñado en borrar y borrar y borrar, y de pronto ahí están, sí, descubro que ahí están todavía las imágenes del viejo agosto. Y entonces vuelvo a viajar de nuevo durante un par de minutos. Con los míos. Hacia ese norte de frontera imaginaria otra vez, ese destino que cada año me gusta más.

Revisando las fotografías me doy cuenta de que ha sido un verano muy animal. Escarabajos voladores en el cabo Matxitxako, patos y roedores en la orilla del río Baztán, en la brumosa Elizondo, arañas y mariposas espectaculares en Zugarramurdi, lagartijas al sol, perros bañándose en los arroyos, vacas rumiando por los prados, ovejas echándose la siesta, burros dando rienda suelta a sus placeres, escarabajos dorados y garrapatas americanas bajo los helechos que pueblan el entorno de la cascada del Xorroxin... y, al otro lado de la frontera, gatos huidizos en Ainhoa, nubes de crisopas al caer la tarde de Lescar, carpas en Pau, salamandras nocturnas atraídas por la luz de las farolas o camufladas en los muros de Carcassonne, y estorninos anidando al pie de las murallas, y gatos rollizos merodeando entre las terrazas de los restaurantes, y también castores nadando en el Aude, el río que divide (o une) la bastida y la antigua ciudadela de cuento reconstruida por el arquitecto Viollet-le-Duc, sí, el mismo que construyó las gárgolas de Notre-Dame de París... y más mariposas en la cátara Lastours, y gaviotas planeadoras esperando su botín al caer la tarde en la playa de Narbona. Animales, animales por doquier, de todo tipo y pelaje, animales fantásticos totalmente reales, que es lo que toca cuando la naturaleza explota en verde y agua y norte, de un mar a otro, en los Pirineos.

Por eso no he tenido muchas dudas en cuanto a la foto elegida. Una foto animal. Imaginaos un rebaño de quince o veinte pequeños pottoka (caballitos) sueltos en mitad del campo, moviéndose con total libertad, pastando en el abundante yerbazal o atravesando la estrecha carretera que lleva a las inmediaciones del Infernuko Errota (Molino del Infierno) para beber agua en alguna charca cercana. Imaginaos a este bello ejemplar, una yegua blanca de largas crines, hondo vientre y músculos templados detenida en la mitad de la calzada, pensativa, no se sabe si esperando lo que viene o preparándose para continuar su camino por aquella lengua de asfalto creada por el hombre... La realidad es que su potrillo estuvo un buen rato persiguiéndome y ella no dudó en marcar su territorio. Ya más tranquila, tomó la carretera, se dejó fotografiar de esta guisa y luego se perdió en el horizonte prolongando el punto de fuga con un trote ligero. Aquí os la dejo.

lunes, 16 de septiembre de 2019

LLUVIA



Hazme pálido regazo donde espera el mundo,
tenue servidumbre restañada nunca a tiempo,
para morderte certero verbo solo hazme,
voz que fosforesce incolora de albor, lágrima leve.

Olvidado por los hombres goza el ciego amante,
tacto sin cesura satisface los sentidos,
su oleaje duradero al mar que confunde sombras,
hilo de sal en un labio que mi piel descabala.

Blando líquido perfecto luego se desliza,
augur que la noche subyugase al abrazo
ante la nada, enreda el pétreo abismo
que sin nombre yace en la palma de la mano.

Hazme pálido regazo, verbo solo hazme.

MORALES, L.

jueves, 25 de julio de 2019

LA MUERTE DEL REPLICANTE



Uno de esos iconos surgidos del cine en el último tramo del siglo XX es sin duda este primer plano de Roy Batty, el replicante Nexus 6, en el que baja la cabeza empapada por la persistente lluvia. Es hora de morir, cierra el replicante el speech tan recordado mientras la vida se diluye. Un personaje tremendo, este disidente que trata de escapar a su destino en el Blade Runner (1982) que dirigió Ridley Scott partiendo de Do Androids Dream of Electric Sheep? / ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la novela de Philip K. Dick. Tremendo, este androide casi humano.

Recuerdo haberme visto capturado por la estética noir de la película durante mucho tiempo: la ciudad distópica, un sueño en color de Fritz Lang, la lluvia oscura, las luces, el humo, una tecnología barroca, si se quiere, y esa atmósfera cyberpunk preapocalíptica que se desprende en cada una de las proyecciones arquitectónicas o se hunde en el fango melancólico como la muchedumbre que camina entre los puestos callejeros atestados. Para los que amamos este tipo de cine la estética de Blade Runner no ha envejecido en un visionado contemporáneo, desde luego. E incluso muchos nos atreveríamos a asegurar que la película de Ridley Scott ha marcado el camino para todo lo que ha ido viniendo después. Pero detrás de toda esa cortina de belleza y fealdad subyace una gran historia.

Asistíamos entonces a la ascensión como actor de Harrison Ford, curtido en la piel de Rick Deckard, el agente perseguidor. Y sin duda nos habíamos dejado llevar por la empatía (nunca mejor dicho) hacia su papel protagonista. Centrados sobre Deckard de una manera del todo lícita se hizo posible y casi necesario que viéramos Blade Runner como una película convencional de ciencia-ficción en la que el bien y el mal se enfrentaban una vez más. Me recuerdo a mí mismo así, deseando que Deckard cumpliera su misión, que Rachael (Sean Young) no fuera una replicante, que el mismo Deckard tampoco lo fuera, y que aquellos que habían sido concebidos en el papel de antagonista, los malos de la película, acabaran derrotados...

Sin embargo todo cambió cuando desplazamos el punto de vista y nos pusimos en el lado de los que huyen. Así es. En Blade Runner los replicantes son desarrollos biomecánicos de la Tyrell Corporation que apenas pueden distinguirse de los humanos. Solo los diferencia la falta de empatía, detectable a través del test Voight-Kampff. Pero incluso esta prueba empieza a quedarse obsoleta. Los nuevos modelos son casi perfectos, reciben distintas implantaciones de recuerdos, y están muy cerca de "sentir". Su problema está en su caducidad. La esperanza de vida de los replicantes es de cuatro años. La huida de algunos de ellos está propiciada por la percepción de ese final que se aproxima. En realidad no huyen, sino que corren hacia su creador para buscar un método de supervivencia o una explicación. Y en el camino dejan víctimas. Rompen la baraja. Matan al padre. Como haría cualquiera en una situación límite. Al querer sobrevivir demuestran de una manera fehaciente su lado "humano" y convierten por contraste a los perseguidores en unos meros instrumentos de limpieza que el sistema necesita para mantenerse en pie. Los replicantes son así una metáfora de nosotros mismos, de nuestro instinto de supervivencia en un mundo cada vez más deshumanizado y hostil, de nuestro sueño de libertad en definitiva.

Año 2019. La muerte de Rutger Hauer ha vuelto a revivir esa otra muerte de cine, la de Roy Batty, el replicante Nexus 6 que fagocitó la propia imagen del actor para siempre. Hasta tal punto puede arrastrarte el mito. No sé si Hauer renegó alguna vez del personaje que le dio todo a cambio de su rostro, de su piel. Lo cierto es que fue esencial para construir un replicante inquietante, contradictorio y profundo, que en el último momento se demuestra paradójicamente mucho más complejo y vivo que, por ejemplo, el agente Deckard. Dicen que las últimas palabras de Roy Batty son fruto de una improvisación inspiradísima de Rutger Hauer. Mistificación o no, me gusta creer que sí. Ahora que Rutger Hauer ha muerto se cierra el círculo. El replicante afloja los brazos y deja que la paloma escape con un torpe batir de alas. Baja la cabeza empapada por la persistente lluvia. Tal vez una lágrima. Es hora de morir.

martes, 16 de abril de 2019

NOTRE-DAME DE PARÍS Y EL ESTUPOR


La cubierta de Notre-Dame de París arde y de repente nuestros devenires cotidianos se ven interrumpidos por inesperados mensajes de Whatsapp. La cubierta de Notre-Dame arde. Las redes arden. Los móviles arden. Una aguja de madera y plomo de noventa metros de altura y quinientas toneladas de peso se deshace como si fuera de papel, desde distintos ángulos, una y otra vez ante nuestras miradas incrédulas. Vídeos que tiemblan en vertical, fotografías de amplio dramatismo acentuado con la caída de la noche, alta y baja resolución, curiosidad entristecida al otro lado del río. Vivir en directo el acontecimiento como si estuviéramos allí mismo, testigos apostados detrás de las pantallas. Los turistas se agolpan dispositivo en ristre para inmortalizar la calamidad del edificio. Algunos se llevan las manos a la cabeza. En los rostros de muchos se adivina una verdadera tristeza. También aquí.
En esta vertiginosa sucesión de momentos que nos habita, el estupor, como la felicidad, apenas dura un instante. Una reacción ante lo que no esperas. El símbolo que cae. El coloso en llamas. Acto seguido, casi sin solución de continuidad, el torrente de los datos se desparrama por todas partes. Fuego viral con millones de visualizaciones, baile en las cifras, especulación de las causas, reacciones políticas, fakes, memes, referencias literarias encontradas... los nervios retorcidos de Nuestra Señora, el infierno desatado en las alturas, los milagros de Nuestra Señora, la obviedad del tejado calcinado, el sueño de la restauración...
El estupor es, por tanto, el único momento en el que estamos solos frente al hecho desnudo. Tal vez el más puro. En el estupor caben nuestras propias experiencias en relación al símbolo universal destruido. Todo lo que sabemos, nuestros pasos en la galería, los selfies junto a las gárgolas, lo que una vez nos contaron en el colegio, lo que dibujamos, los planos que estudiamos, y los ojos de Esmeralda, o Quasimodo oteando la plaza desde las torres, una ciudad como París, y tantas lecturas y vivencias, las nuestras. Una reflexión sobre la manera de mirar las cosas. Todo lo que se quema en el mismo incendio, en un acto purificador. Un instante de vacío (y de miedo al vacío) que pronto volverá a rellenarse.
En cualquier caso, desde el horror casi siempre cabe la esperanza del ave Fénix. La cubierta de Notre-Dame de París arde como en su día se desplomaron las Torres Gemelas, como la Fenice o el Palau de la Música. Como ciudades enteras devastadas en las distintas guerras. Que luego se levantaron. En unos años las oleadas de turistas distraídos volverán a recorrer las naves de la catedral gótica más famosa del mundo. Sin duda una de las cosas que nos define es nuestra capacidad para la reconstrucción. Y más tratándose de símbolos.
Al otro lado de la vorágine informativa mi hija juega al ahorcado. Me pide que adivine la palabra que ha pensado. La sonrío, empiezo con la letra "L" y cierro el texto para volver a lo cotidiano.

jueves, 11 de octubre de 2018

ESTA NOCHE EN SAMARKANDA


Además de ser aquel fantástico guionista que trabajó en distintas ocasiones con Luis Buñuel o que adaptó para el cine grandes historias como El tambor de hojalata de Günter Grass o La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Jean-Claude Carrière se dedicó también a recopilar numerosos relatos, leyendas y cuentos tradicionales de distintas culturas y épocas. Con todo el material recogido construyó El círculo de los mentirosos: cuentos filosóficos del mundo entero (1998), una antología que se ha convertido en un clásico. 
Mi contacto con el texto tuvo lugar a principios del milenio, cuando nuestro tutor de Realización Audiovisual nos lo incluyó como lectura obligatoria de su programa. Fue una grata e inesperada sorpresa encontrar esa forma de contar historias en un contexto tan aparentemente distinto al de la literatura, aunque, como muy pronto descubrí, las diferencias nunca fueron tan grandes.
En fin, que de entre todos aquellos relatos variadísimos siempre recuerdo "Esta noche en Samarkanda", una verdadera, breve y efectiva reflexión sobre el destino que ahora os dejo aquí:   

La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.

Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:

—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.

—¿Por qué?

—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.

—¿La muerte?

—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.

—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?

—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.

El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.

Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.

—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.

—Te escucho.

—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:

—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.

—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.

—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.

Recopilado en CARRIÈRE, JEAN-CLAUDE, El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, (Trad. Néstor Busquets) Barcelona, Lumen, 2008. 

viernes, 2 de marzo de 2018

TRAS LOS MONTES, EL VIAJE POR ESPAÑA DE THÉOPHILE GAUTIER


Hubo un tiempo en que vividores, poetas y artistas de la Europa del norte se empeñaron en dejarse caer hacia el sur para merodear extasiados entre las ruinas de otra época, cuando viajar seguía siendo una aventura y un signo de distinción social, un rito de aprendizaje y un último salto al vacío antes de sentar la cabeza, una revolución pautada y a la vez un riesgo indefinido. Cada cual vivía el Grand Tour a su manera: en el sol, en la Historia, en la belleza de las mujeres del sur, en el Parnaso, en la ebriedad proverbial de las tabernas...
Grecia, Roma, Italia entera, Egipto, y también España se convirtieron en objetos de peregrinación para estos jóvenes mistificadores dispuestos a recorrer el mundo con la cabeza llena de tópicos románticos y prejuicios aprehendidos en los libros. Es posible que el hecho de que todavía nos vean por ahí como toreros comedores de ajo venga de esa época de viaje y posterior crónica. 
Si os fijáis en la imagen que encabeza esta entrada podréis comprobar el aspecto que tenía el prolífico poeta, dramaturgo, y crítico francés Théophile Gautier cuando en 1840, con veintinueve tiernos años, decidió darse una vuelta de seis meses por la Península Ibérica en calidad de periodista y fotógrafo, acompañado por el coleccionista de arte Eugene Piot, en un recorrido que arranca en el Bidasoa y culmina en la costa catalana tras las huellas del Romancero, de Don Quijote, o del Lazarillo de Tormes, de Ribera, de Goya, pero también de Victor Hugo, de Merimeé o de Musset. 



La crónica del viaje está compuesta por una serie de artículos que fueron publicados en formato de libro en 1843 bajo el título de Tras los montes (Tra los montes) y reeditados en 1845 con el nombre definitivo de Voyage en Espagne. Enamorado de Granada, de la fiesta y de las mujeres españolas, Gautier compone un relato fresco y ameno, no exento de tópicos como el de la afición a los toros o el calor insoportable, pero que se lee con auténtico deleite gracias al tono acertado y mordaz que el poeta imprime ante lo que experimenta y descubre en el camino. Por ejemplo, a propósito de su estancia en Madrid, Gautier se apresura a narrar una tarde cualquiera en el paseo del Prado y describe de esta manera a las mujeres madrileñas ("En España hay rubias"), las cuales le sorprenden gratamente más allá de la mantilla, única prenda propiamente española...

El Prado ofrece un golpe de vista animadísimo, y como paseo es, desde luego, uno de los más bellos del mundo, principalmente por la afluencia de gente que por él circula todas las tardes de siete y media a diez. El sitio, sin embargo, es muy vulgar a pesar de los esfuerzos de Carlos III por embellecerlo. En el Prado se ven pocas mujeres con sombrero; sólo van con mantilla. Y yo creía que la mantilla española era una ficción en las novelas de Creval de Charlemagne, pero ahora veo que son verdad; suelen ser de encaje blanco o negro, más frecuente negro y se adhieren a la parte posterior de la cabeza sobre la peineta; el tocado lo complementan unas flores a los lados de la frente, adorno que resulta encantador. Con una mantilla, una mujer que no resulte bonita tiene que ser más fea que las virtudes teologales. La mantilla es la única prenda de la mujer verdaderamente española. Lo demás sigue la moda francesa. El traje tradicional es el más adecuado para el carácter y costumbres de las españolas. Ahora tiene una pretensión de parisianismo que el abanico corrige en gran parte. Todavía no he visto una mujer sin abanico en este país; las he visto que llevaban zapatos de raso sin medias, pero no sin abanico; el abanico las acompaña a todas partes, incluso a las iglesias, donde se ven mujeres sentadas o arrodilladas, viejas o jóvenes, que rezan y se abanican con fervor santiguándose de vez en cuando, según uso español: rápido y preciso, digno de soldados prusianos y mucho más complicado que el nuestro. En Francia se desconoce por completo el arte del abanico.

Las españolas lo realizan a maravilla. Entre sus manos juega, se abre y se cierra con tal viveza y velocidad que no lo haría mejor un prestidigitador. Hay magníficas colecciones de abanicos. Recuerdo una que constaba de más de cien de diferentes clases; los había de todos los países y de todos los tiempos; de marfil, de nácar, de sándalo, de lentejuelas, con acuarelas de la época de Luis XIV y de Luis XV, de papel de arroz, del Japón y de la China. Algunos cuajados de rubíes, de diamantes y de piedras preciosas mostraban, además, buen gusto en su lujo y justificaban esta manía del abanico, que es encantadora para una mujer bonita. Los abanicos, al abrirse y cerrarse, producen una especie de rumor, que constantemente repetido compone una nota flotante en todo el Paseo, que para el oído francés constituye un ruido original. Cuando una mujer se encuentra a algún conocido le hace una seña con el abanico al mismo tiempo que le dice la palabra abur

Ahora es preciso que digamos algo de las bellezas españolas. Lo que nosotros consideramos en Francia como el tipo español no existe en España, o por lo menos, yo no lo he visto. Al hablar de mantilla y mujer nos imaginamos un rostro largo y pálido de grandes ojos negros, con curvas y finas cejas de terciopelo, nariz un poco arqueada y labios rojos como una granada; todo ello con un tono cálido y dorado, semejante al que alude aquel romance: Elle est jaune comme une orange.

Este tipo es más bien árabe que español. Las madrileñas son encantadoras, en toda la amplitud de la palabra; de cada cuatro, tres son bonitas; pero no responden a la imagen que nosotros podemos formar. Son pequeñas, lindas y bien formadas; frágiles de cintura, pie diminuto y hermoso pecho; pero la piel es demasiado blanca; los rasgos, por delicados, se acentúan poco; los labios, en forma de corazón, dan al conjunto una similitud con los retratos característicos de la época Regencia. Muchas tienen el pelo castaño claro y no es difícil, al dar un par de vueltas por el Prado, encontrar siete u ocho clases de rubias, de todos los matices, desde el rubio grisáceo al rojo fuerte, el rojo de la barba de Carlos V. En España hay rubias; sería erróneo no creerlo así. También abundan los ojos azules; pero gustan menos que los negros.

Nos costó cierto trabajo acostumbrarnos a ver mujeres escotadas como para ir a un baile, con los brazos desnudos, zapatos de raso, el abanico y las flores. Y más, verlas así en un sitio público, paseándose sin dar el brazo a ningún hombre; aquí esto no es costumbre, a no tratarse de un pariente cercano o del marido. Se contentan solamente con ir a su lado, al menos durante el día, pues de noche parece que la etiqueta es menos rigurosa, particularmente con los extranjeros que no pueden conocerla muy bien...


GAULTIER, THÉOPHILE,
Tras los montes, Viaje a España, Cap. VIII. 

viernes, 2 de febrero de 2018

EL HAMBRE ESTÁ EN EL PAN DE CADA DÍA


El hambre sabe al pan de cada día,
la mano que gobierna está cautiva,
el sueño se diluye en la alegría,
la luz nace en el ojo del que mira,
la voz baila en el labio de la huida,
la luna reflejada en la caricia,
la rosa se marchita en la mejilla,
el surco que has llenado con tu tinta,
el cielo que atardece las mentiras,
la vida está muriéndose de risa,
la sombra se desliza en la sombrilla,
la duda está en la noche concedida,
la carga que soporta quien camina,
la tierra que se rompe en la caída,
la llama que me abraza posesiva,
el viento que no fluye ni se hincha,
el mar que me atraviesa,
el mar que me atraviesa,
el mar que me atraviesa la escotilla,
el tiempo que en su vuelo me aniquila,
el niño que olvidó la pesadilla,
la esfera que dibuja tu sonrisa,
la madre que no pudo con la herida,
la sangre que destruye la cuchilla,
la ola va arrastrando las cenizas,
la arruga de la piel desguarnecida,
el cuerpo que responde a la injusticia,
el hambre, el hambre, el hambre,
el hambre está en el pan,
el hambre está en el pan de cada día.

Morales, L.

viernes, 15 de diciembre de 2017

NO ME HABLES DE POLÍTICA


Todo es política. Nada es política. Política ficción, imaginación política, políticamente correcta desilusión de la diatriba política, una decisión política, otra decepción política, alguna canción política entre tanta tertulia política, mi hermana política, la casta política, el debate, el desgaste político y el chanchullo político, doy un respingo político, se me corrompe la actualidad política, se me enlonga el pinzamiento de la pinza política, se me va la pinza, sí, se me cae de la nariz y aquí huele a política, no tengo olfato para la política, lo mío es in-competencia política, in-comparecencia política, in-consistencia política de la política sin consecuencias, intercesión de la política de la cesión, ascenso político, vértigo político, cálculo político, pacto político, reparto político, comisión política, res pública política, la cosa política, agenda política para un año políticamente intenso, políticamente denso, políticamente parlamiento, político imputado, preso político, juicio político politizado, sentencia política, conciencia política, cada cual con su receta política para salvar un país, una polémica ley política sobre los sueldos de los políticos, un papel político, poetílico, paleolítico, policlínico... Ser de política, estar en política, entrar en política, salir de la política. Porque todo esto tiene que ver con la política, hay que tener voluntad política y aspiraciones políticas para ser fiel o infiel a la política monetaria, tener en privado actitudes políticas, convenir una política de vivienda, convivir con la crítica de la razón política, con la radio fórmula política, con la televisión plural e independientemente política y su sección de política, su obsesión política marcada por los sueños políticos propios de toda una clase política, con el clientelismo político, y el sobrino del político, el hijo del político, y el alter ego del político, y la terna, el turno, la alternancia, el trueque político de la transición política tiene su coste político, a la mierda los políticos, dónde está la libertad política, qué falta de cultura política, qué hara-kiri político, qué locura tan política ha sido llevar a cabo semejantes políticas, políticas de austeridad, de realidad, de vanidad política, qué tremenda elocuencia qué dominio de la dialéctica política, menudo sofisma político, tremenda in-definición política, qué recorte político por chicuelinas a la politizada pregunta del periodista deportivo, digo político, qué violencia verbal política, qué manipulación político-educativa, qué discurso teórico político, qué intensidad política, cómo me marea la marea política, cuántos factores, cuántos actores políticos, cuánto hombre, cuánta mujer, cuánto animal político suelto en mitad de la efervescencia de la política, buscando su ubicación, su puesto político en el mapa político, en el panorama político, su yo político, su posicionamiento político, su política impostura, su postura, su imposición, su política solución, su deuda, su rebaño, su ideario político, su plegaria política, su condición... suposiciones políticas, supositorios que calmen tanta in-defensión al margen de la política mentira, debajo de la tormenta política, condicionados por la incertidumbre política, causa y consecuencia de la crisis de la política, del tsunami político, de la explosión de la nueva política. No me hables de política. De la nueva ficción política, de la nueva política ficción...

viernes, 17 de noviembre de 2017

BALADA DE LAS COSAS SIN IMPORTANCIA, DE FRANÇOIS VILLON

François Villon, poeta aventurero y mordaz, describió como pocos las debilidades y contradicciones del ser humano de su tiempo (siglo XV), y el francés lo hizo con esa retranca tan de superviviente, dándole la vuelta al los tópicos medievales, riéndose de todo y de todos, incluso de sí mismo.

Esta Balada de las cosas sin importancia (Ballade des menus propos) es, sin duda, una buena muestra de ello. Aquí la tenéis, en el original francés y traducida al castellano, ilustrada por Los Provervios Flamencos (1559), obra que otro genio, Pieter Brueghel el Viejo, dejaría plasmada más o menos un siglo después.

BALLADE DES MENUS PROPOS

Je connois bien mouches en lait,
Je connois à la robe l'homme,
Je connois le beau temps du laid,
Je connois au pommier la pomme,
Je connois l'arbre à voir la gomme,
Je connois quand tout est de mêmes,
Je connois qui besogne ou chomme,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Je connois pourpoint au collet,
Je connois le moine à la gonne,
Je connois le maître au valet,
Je connois au voile la nonne,
Je connois quand pipeur jargonne,
Je connois fous nourris de crèmes,
Je connois le vin à la tonne,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Je connois cheval et mulet,
Je connois leur charge et leur somme,
Je connois Biatris et Belet,
Je connois jet qui nombre et somme,
Je connois vision et somme,
Je connois la faute des Boemes,
Je connois le pouvoir de Rome,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.

Prince, je connois tout en somme,
Je connois coulourés et blêmes,
Je connois mort qui tout consomme,
Je connois tout, fors que moi-mêmes.


VILLON, F.


BALADA DE LAS COSAS SIN IMPORTANCIA

Conozco bien a las moscas en la leche,
conozco por el vestido al hombre,
conozco el buen tiempo y el malo,
conozco la manzana en el manzano,
conozco por su resina al árbol,
conozco cuándo todo es lo mismo,
conozco quién trabaja o quién descansa,
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco el jubón por el cuello,
conozco al monje por el hábito,
conozco al señor por el vasallo,
conozco por el velo a la monja,
conozco cuándo un pícaro habla en su jerga,
conozco atiborrado de nata al loco,
conozco por el tonel el vino;
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco al caballo y a la mula,
conozco su carga y su fardo;
conozco a la Beatriz y a la Isabela;
conozco la ficha que se cuenta y suma;
conozco la visión y el sueño;
conozco el pecado de los bohemios;
conozco el poder de Roma;
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

Príncipe, en suma, lo conozco todo;
conozco a los que tienen buen color y a los pálidos;
conozco a la Muerte que todo lo consume,
lo conozco todo, excepto a mí mismo.

VILLON, F.


lunes, 2 de octubre de 2017

AMPLÍSIMA



Leve totalidad, frágil.
Tañer el universo amante
donde desconocidos dedos
una vez de libertad las horas
colmaron imaginarios y la sed
—esa sed— hacía silvestre el brotar, la palabra.

Es extraño o íntimo o ínfimo
el amargor, deja vértices de memoria
donde mares clamaban de mi boca
sed agonizante.

Antes.

Soledad amplísima
de tantas-otras-nuestras-vidas,
pudieras desmentirme
y jamás manos bastarían,
demasiado es el mundo
que apenas alcanzo,
demasiados cuerpos derritiendo el Nombre,
demasiadas mentiras consentidas,
algo que resta del insano aliento,
relojes, cavidades, fe.

La lengua, la tierra, la madre que no es.
La ruina, la sal, la sangre...
la luz que se resiste.

Cómo sabes que te espero siempre,
fuego líquido en la claridad perpleja,
y si espero cuánto ríes,
a quién miras, sonriendo.

MORALES, L.

Imagen: Garden of Selves 
(En The Architect's Brother, de Robert & Shana ParkeHarrison)