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viernes, 13 de febrero de 2026

LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA, DE PÍO BAROJA

 


A menudo los caminos que llevan al lector hacia un determinado texto son complicados de explicar. La forma en que, no hace demasiado tiempo, entré en contacto con Las inquietudes de Shanti Andía, la primera de las novelas de la tetralogía "El mar" de Pío Baroja, no tiene desperdicio. Aquella mañana de domingo me dirigía a la panadería habitual para cumplir con la sacrosanta tarea de llevarme un pan debajo del brazo cuando con el rabillo del ojo me fijé en el contenedor de reciclaje. Me llamó la atención una triple columna de libros de Austral que alguien había dejado sobre la acera justo a los pies de la estructura. No pude evitar acercarme. Sin duda restos de una biblioteca particular, los libros se encontraban en perfecto estado. Un tesoro decimonónico y noventayochista que incluía obras de Émile Zola, Valle-Inclán, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y el propio Pío Baroja. Miré al cielo plomizo del otoño. La perspectiva de una cercana lluvia terminó por vencer cualquier escrúpulo, así que poco después llegué a casa portando una barra de pan y hasta nueve libros que iban a servir para saciar otro tipo de hambre, en un acto de salvamento que me proporcionó la conveniente reprimenda relacionada con el hecho de recoger cosas del suelo y el placer de una nueva reserva de lecturas, que precisamente iba a empezar con la novela marinera del escritor donostiarra. 

De Pío Baroja (1872-1956) había leído en el ámbito del colegio algunas de las obras "madrileñas" de "La lucha por la vida", como La Busca (1904), y también, más adelante, El árbol de la ciencia (1911), quintaesencia del espíritu pesimista y cosmopolita de la Generación del 98. El resto de libros de Baroja no dejaba de ser una ristra de nombres más o menos interesantes sepultada en el día a día de un futuro filólogo y aprendiz de escritor. Como pasa con tantos otros. Pero, como he dicho al principio, mucho tiempo después, unas serie de extrañas circunstancias me condujo finalmente a abrir una puerta nueva e inesperada.

Las inquietudes de Shanti Andía (1911) es una auténtica novela de aventuras disfrazada de libro de memorias. Ya anciano, el veterano ex capitán de barco Shanti Andía disfruta de su retiro en Lúzaro, su localidad vasca natal. Su modestia le impide verse como un "hombre ilustre" local. Sin embargo, una petición del nuevo periódico luzarense le saca de su ensimismamiento y lo hace decidirse a narrar su historia. El periódico acabará cerrando, pero el mal ya está hecho. Shanti Andía contará a lo largo de 7 libros y un epílogo los episodios más importantes de una vida marcada por la pasión por el mar. Con todos los ingredientes: una infancia iniciática ligada a su familia marinera, a las mujeres de la casa y a sus amigos, con los que recorre aquel espacio vasco imaginado, casi ancestral, aquel Lúzaro protagonista de adoquines humedecidos por la lluvia constante, puerto reducido y montaña a la espalda que se vuelve acantilado, roce de playa y rocas que se adentran en el mar; una etapa de formación en Cádiz y San Fernando; una primera relación amorosa imposible; la experiencia que se gana en los viajes alrededor del mundo y una vuelta a casa marcada por la despedida familiar y la búsqueda de su tío Juan de Aguirre, piloto aventurero en un barco negrero y supuesto pirata al que se había dado por muerto mucho tiempo antes. Tras la sorpresa de tenerlo más cerca de lo que nunca hubiera creído, la nueva pérdida y la conquista del amor verdadero. Y también el desentrañamiento definitivo de esa vida de incertidumbre legendaria que completa el rompecabezas desde distintas perspectivas.

Podría decirse que Shanti Andía ha perseguido siempre ese sueño náutico representado por la figura de su tío, que esta haya sido su guía de viaje, su bitácora. Aunque en realidad su propia existencia, adecuada a los tiempos modernos que le ha tocado vivir, haya sido mucho más convencional y apática. 

Pero qué historia vasca de piratas, fragatas y bergantines, mares del Sur, tesoros escondidos, persecuciones y hundimientos, peleas a cuchillo, jerga marinera y tabernas infectas. Baroja se ayuda de una desbordante imaginación, sí, pero también de sus propios recuerdos. No en vano era descendiente por parte de madre de una familia de capitanes de barco, los Goñi, que hicieron durante mucho tiempo la ruta de navegación entre Cádiz y Filipinas, justo como nuestro protagonista. ¿Es Shanti Andía el alter ego de Baroja? Podría ser. Algunos critican la novela por eso, aunque no entiendo exactamente en qué medida este hecho podría disminuir la calidad de la misma. 


Me ha sorprendido la forma en que se narra la aventura de Juan de Aguirre, en modo de testimonios perseguidos, rumores escuchados aquí y allí por Shanti en boca de los marineros, o leídos por último en un manuscrito encontrado... He disfrutado como el niño que en su día se zambulló en las páginas de Moby Dick, de La Isla del Tesoro. Y a la vez adivino ese pesimismo que impregna como el salitre todas las acciones de Shanti. Baroja sigue reflexionando sobre el tiempo perdido. Sobre un tiempo que fue mejor.

Ante todo La inquietudes de Shanti Andía es una novela de los sentidos. Baroja maneja con maestría los elementos para hacerte sentir la lluvia sobre los hombros, el viento en los acantilados o la agitación de las velas. Casi puede percibirse el olor que emerge de la bodega de El Dragón, el tacto de las cuerdas, el crujido de la madera, la noche cayendo sobre Frayburu, el sonido ensordecedor de las olas en el interior de la cueva, la luz cegadora del Golfo de Cádiz, el calor hediondo de la calma chicha en el Índico, la pólvora de los cañones, la niebla que cala los huesos en los pontones del páramo inglés, la explosión brutal de la tormenta en el océano... 

El mar, sin duda, es uno de los grandes protagonistas de esta historia. El capítulo II del primer libro tiene por título EL MAR ANTIGUO y arroja, desde mi punto de vista, alguna de las claves principales de la novela. Dejo aquí una muestra de lo que dice Shanti de ese mar, y de los tiempos presentes, en unos términos, ya veréis, que se parecen sorprendentemente a los que podríamos utilizar hoy en día. Culminemos así esta aventura que, también a mí, me sacó de la apatía una mañana de domingo junto a un contenedor de papel: 

"Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.

¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido.

Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable.

En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.

Entonces, en la mayoría de los buques se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros. Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes y círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y navegaban a la antigua.

La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.

Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo.

A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.

Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales.

—Te preguntarán cuánto has hecho—decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura—, no cómo lo has hecho.

Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores audaces o vendedores de chinos.

Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.

Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia... una maquinaria en eterna transformación.

Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un especialista injerto en un burócrata.

Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. "Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas", me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; "llevamos la fuerza en nuestra carbonera", puede decir el capitán de hoy.

El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.

Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.

Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su inmovilidad.

El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones fuertes, sino los más ligeros matices.

Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo que no es rápido está condenado a morir.

Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para ése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable".


BAROJA, P.
Las inquietudes de Shanti Andía,
LIBRO PRIMERO, Capítulo II.


PD: Os dejo aquí el enlace al ebook Las inquietudes de Shanti Andía del Proyecto Gutenberg, por si queréis leerlo en ese formato.

miércoles, 27 de enero de 2016

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: BERLIN ALEXANDERPLATZ


Los que hayan estado alguna vez en Berlín (en sus viajes, en el cine, en los libros) conocerán la ubicación de la imagen situada inmediatamente por encima de estas palabras: la plaza de Alejandro (Alexanderplatz) con sus torre de televisión, sus edificios modernos y su amplitud fastuosa expuesta al frío de las tardes de invierno es, desde hace mucho tiempo, junto a la Puerta de Brandeburgo uno de los iconos de la ciudad.
Desde luego, un centro neurálgico limpio e impresionante, lleno de historia, apetecible para pasear, como cualquier rincón de cualquier gran ciudad europea. Claro que no siempre fue así.
En esta sección sobre geografías literarias quería fijarme desde lejos en esta misma plaza, en plena ebullición tras el final de la Primera Guerra Mundial. Alexanderplatz crecía, toda la ciudad de Berlín crecía asombrosamente en el periodo de entreguerras, Alexanderplatz era un símbolo, un punto de encuentro, un hervidero de obreros, miserables y supervivientes en plena efervescencia que no ocultaba el rigor y las penalidades de la mayoría de sus vecinos.
El médico Alfred Döblin, buen conocedor de la zona y de sus gentes, nos muestra este panorama en una novela que lleva el nombre de la plaza, Berlin Alexanderplatz (1929), en la que relata las desventuras de Franz Biberkopt en un viaje hacia un futuro incierto a través de los bajos fondos de la ciudad.
Un viaje contado con técnica cubista, algunos hablan de patchwork, otros de collage experimental, y que, a pesar de sus obvias dificultades (todas las grandes novelas son difíciles hasta que el lector se doblega y disfruta), se convirtió en todo un éxito editorial.
Bueno, pues además de recomendaros la lectura completa de Berlin Alexanderplatz os dejo un fragmento con el que arranca su capítulo cuarto, en el que se describe con claridad y peculiar estilo ese proceso de modernización imparable y descontrolado que, como tantos otros lugares, sufrió la propia plaza:


Un puñado de hombres alrededor de la Alex

En la Alexanderplatz están levantando el pavimento para el metro. Hay que andar sobre tablas. Los tranvías cruzan la plaza y suben por la Alexanderstrasse, atravesando la Münzstrasse, hasta la Rosenthaler Tor. Hay calles a izquierda y derecha. En las calles, una casa junto a otra. Las casas están llenas de gente desde el sótano al desván. En la parte de abajo, tiendas.

Tabernas, restaurantes, fruterías y verdulerías, ultramarinos y comestibles, empresas de transporte, pintura y decoración, sastrería de señoras, fábrica de harinas, garaje, seguros contra incendios: las ventajas de la pequeña bomba del motor son su construcción sencilla, fácil manejo, peso reducido, pequeño tamaño... Compatriotas, nunca ha sido engañado un pueblo de forma más vergonzosa, nunca ha sido engañada una nación más vergonzosa e injustamente que el pueblo alemán. ¿Recordáis aún cuando Scheidemann, el 9 de noviembre de 1918, nos prometió desde las ventanas del Reichstag paz, libertad y pan? ¿Cómo se ha cumplido esa promesa?... Alcantarillado, limpieza de ventanas, el sueño es la mejor medicina, cama paradisíaca de Steiner... Librería, la biblioteca del hombre moderno, nuestras obras completas de los más eminentes escritores y pensadores constituyen la biblioteca del hombre moderno. Los grandes representantes de la vida intelectual europea... La Ley de protección del inquilinato es papel mojado76. Los alquileres suben continuamente. La clase media industrial se encuentra en la calle y se ve ahogada, los alguaciles hacen su agosto. Exigirnos créditos públicos de hasta 15.000 marcos para la pequeña empresa y la prohibición inmediata de toda clase de embargos contra los pequeños industriales... Toda mujer tiene el deseo y el deber de afrontar bien preparada esa hora difícil. Todos los pensamientos y sentimientos de la futura madre se centran en el que ha de nacer. Por ello, la elección de una bebida adecuada resulta de especial importancia para la futura madre. La verdadera cerveza de malta acaramelada Engelhardt le ofrece, como casi ninguna otra, buen sabor, valor nutritivo, digestibilidad y efecto refrescante... Protege a tu hijo y a tu familia concertando un seguro de vida con la sociedad suiza de seguros de vida Rentenanstalt, de Zúrich... ¡Su corazón salta! Su corazón salta de alegría si tiene su hogar amueblado con los famosos muebles Hüffner. Todo lo que usted había soñado como casa confortable se ve superado por esa realidad insospechada. Aunque pasen los años, su aspecto seguirá siendo agradable, y su durabilidad y buen resultado serán una continua fuente de alegría...

Döblin, Alfred, Berlin Alexanderplatz, 1929, Cap. IV

Archivo 09: Berlin Alexanderplatz, allí donde se cruzan las vías y los caminos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: LOS ESPEJOS DEL CALLEJÓN DEL GATO


No por conocidos dejan de sorprender estos espejos deformantes. Aunque sean una mera reproducción en plástico brillante o nos parezcan, al pasar por delante, mucho más pequeños de lo que esperábamos. Al pasear por este tabernario callejón del Gato (o más bien de Juan Álvarez Gato, ilustre poeta madrileño cancioneril que fue mayordomo de la católica Isabel) resulta imposible sustraerse al impulso que guía la mirada en busca del reflejo que nos devuelve nuestra imagen menos profunda, quizá más real: convexo sanchopancesco, cóncavo quijoteril. Ingenio físico que no debería ir más allá de un truco de feria, y eso es lo que sucede a menudo con los viandantes, divertidos, vocingleros, extasiados ante su propio rostro enmendado, contentos luego al reanudar su camino hacia Sol o a Santa Ana.
Pero ahí, en la idea del espejo enfrentado al camino empieza ese todo literario tan importante que marcó el siglo XIX y buena parte del XX, el realismo, definido con precisión por Stendhal. "La novela es un espejo que ponemos en el camino", señala, insiste el bueno de Henry Beyle en una de esas frases lapidarias que casi son lugares comunes.
Ramón María del Valle-Inclán, mucho más moderno y mucho menos decimonónico, debía cavilar a menudo sobre el asunto con el secreto afán de removerlo. En la raíz del problema, otra vez el espejo, y una conclusión aparentemente parecida a la de Stendhal pero mucho más brillante, en boca de un tal Cervantes (otro ilustre habitante y manco de la Villa y Corte madrileña) que al definir la comedia decía que esta "nos pone un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana".
El manco que se paseaba por el callejón del Gato desarboló la tragedia. Aunque todo maquinaba ya en su cabeza, aquellos reflejos aberrados debieron de apuntalar, casi seguro, el nuevo concepto artístico de Valle-Inclán, el hoy tan cacareado esperpento. Los espejos deformantes reflejan la realidad de forma ridícula. Los hechos más grandilocuentes pierden el regusto trágico y moral en mitad de la extravagancia. Y por ello mismo el mensaje resulta más efectivo. Valle-Inclán comentó en una de sus entrevistas que "... estoy iniciando un género nuevo, al que llamo género estrafalario. Ustedes saben que en las tragedias antiguas, los personajes marchaban al destino trágico, valiéndose del gesto trágico. Yo en mi nuevo género también conduzco a los personajes al destino trágico, pero me valgo para ello del gesto ridículo. En la vida existen muchos seres que llevan la tragedia dentro de sí y que son incapaces de una actitud levantada, resultando por el contrario grotescos en todos sus actos". Eso es el esperpento, representado metafóricamente por la mejor imagen posible: los espejos deformantes del callejón del Gato.
Hoy en día, mucho tiempo después de toda esta morralla literaria, los dueños del bar Las Bravas, local que mantiene la tradición especular del transitado callejón, nos brindan la posibilidad de rememorar esos paseos de escritores. Tal vez, ante el rotundo olor de sus patentadas patatas bravas, Max Estrella hubiera dudado un momento antes de irse esperpénticamente de este mundo. Así nos vuelve reflejada su figura, junto a la de su lazarillo don Latino de Hispalis, en ese libro deslumbrante y casi irrepresentable obra teatral conocida en el mundo entero como Luces de Bohemia (Esperpento):

MAX: ¿Debe estar amaneciendo?
DON LATINO: Así es.
MAX: ¡Y que frío!
DON LATINO: Vamos a dar unos pasos.
MAX: Ayúdame, que no puedo levantarme. ¡Estoy aterido!
DON LATINO: ¡Mira que haber empeñado la capa!
MAX: Préstame tu carrik, Latino.
DON LATINO: ¡Max, eres fantástico!
MAX: Ayúdame a ponerme en pie.
DON LATINO: ¡Arriba, carcunda!
MAX: ¡No me tengo!
DON LATINO: ¡Qué tuno eres!
MAX: ¡Idiota!
DON LATINO: ¡La verdad es que tienes una fisonomía algo rara!
MAX: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!
DON LATINO: Una tragedia, Max.
MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.
DON LATINO: ¡Pues algo será!
MAX: El Esperpento.
DON LATINO: No tuerzas la boca, Max.
MAX: ¡Me estoy helando!
DON LATINO: Levántate. Vamos a caminar.
MAX: No puedo.
DON LATINO: Deja esa farsa. Vamos a caminar.
MAX: Échame el aliento. ¿Adónde te has ído, Latino?
DON LATINO: Estoy a tu lado.
MAX: Como te has convertido en buey, no podía reconocerte. Échame el aliento, ilustre buey del pesebre belenita. ¡Muge, Latino! Tú eres el cabestro, y si muges vendrá el Buey Apis. Lo torearemos.
DON LATINO: Me estás asustando. Debías dejar esa broma.
MAX: Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
DON LATINO: ¡Estás completamente curda!
MAX: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.
DON LATINO: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea.
DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.
MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta, Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?
MAX: En el fondo del vaso.
DON LATINO: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX: Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.
DON LATINO: Nos mudaremos al callejón del Gato.


VALLE-INCLÁN, R.Mª del, Luces de Bohemia, Escena Duodécima

Archivo 08: Espejos del callejón del Gato, Madrid, esa tragedia nuestra que no es tragedia.

jueves, 7 de julio de 2011

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: LOS ABARROTADOS BALCONES DE LA CALLE ESTAFETA


He de reconocer que la fiesta de los sanfermines me provoca sensaciones contradictorias, radicalmente encontradas. Nunca he estado en Pamplona en pleno apogeo humano y bovino. Detesto el mundo del toreo (que no del toro), y en general todo lo que tenga que ver con fiestas populares, masificaciones, aglomeraciones, pirotecnias, demostraciones de fuerza bruta de la multitud sobre los animales y mareas de cuerpos sudorosos, regados por el vino o el agua o los tomates: un fervor demencial más cercano a la espiral de peregrinos que se centrifuga alrededor de la Kaaba en La Meca que a la beatitud, un momento cualquiera del Juicio Final o de alguno de los cercos de condenados que intuyó Dante en el Infierno.
Pero no puedo dejar de acudir cada 7 de julio a mi cita con la pantalla de televisión. Todavía en pijama, sin desayunar. A las ocho de la mañana se lanza el cohete al aire y comienza el encierro. Como antes. Como hace tanto tiempo. Recuerdos.
Los encierros marcaban para este niño que ya ha crecido la entrada definitiva en el tiempo del verano. Así comenzaban los días. En pijama. Sin desayunar. Frente al televisor. A las ocho de la mañana. Adhiriéndonos (mis hermanos y yo) al horario de nuestros padres. Una costumbre similar a la que luego nos esperaba en el comienzo de la tarde: el tour de Francia, en la época de Induráin, que, por cierto, es navarro (de Villaba). Así que ambos acontecimientos se filtraron en el día a día de mi propio mes de julio durante muchos, muchos años.
Hoy mantengo los sanfermines más que el tour, quizá porque tengo cosas que hacer por la tarde. A las ocho estaba en pie. En la cita de esta mañana, nada destacable, me ha sorprendido sin embargo un fantástico plano descendente que una cámara sobre grua realizaba minutos antes del encierro, mostrando los balcones repletos de gente en la famosa calle Estafeta (algo parecido a lo que podéis ver en la foto que encabeza este post). Sorprendido por ese aire de cenefa y guirnalda que lucía el espacio allí arriba, por el blanco y el rojo pamplonicas invadiendo de color la piedra amarilla, el metal, el estuco... me di cuenta de lo que cambian las ciudades y cómo las transforma y aviva la presencia humana. Más allá del espectáculo que fluye rubicundo abajo. Y por primera vez, en esa sensación, le he encontrado una justificación a la fiesta. No en la carrera, ni en los mozos que luego se entretienen vapuleando a las vaquillas en la plaza, no en el furor etílico vespertino, sino en el brillo expectante de los balcones.
En fin. Obtendréis un buen resumen de la fiesta si pincháis aquí (sitio en el que, por cierto, he encontrado las fotos). En cuanto a geografía literaria, Pamplona y los sanfermines irán siempre asociados a la figura de Ernest Hemingway.


El controvertido autor norteamericano los vivió en los años 1923 y 1924, y acabó inmortalizándolos en Fiesta (The sun also rises, 1926). Es obvio decirlo, ya, pero contribuyó de una manera definitiva a esa especie de devoción que, incluso hoy en día, experimentan cientos, miles de extranjeros que acuden a Pamplona. Una historia de amor enmarcada por este escenario espectacular diferente, desconocido más allá de nuestras fronteras hasta entonces. Y por lo tanto, una geografía literaria en toda regla.

Asociado a esa iluminación producida por los balcones de Estafeta, me viene a la mente este texto, extraído del capítulo XV de Fiesta:

... Al despertar oí el estallido del cohete que anunciaba la salida de los toros sueltos de los corrales situados al lado de la ciudad. Iban a correr por las calles hasta la plaza de toros.
Había tenido un sueño pesado y me desperté con la sensación de que lo hacía demasiado tarde. Me puse una de las chaquetas de Cohn y salí al balcón. La callejuela de debajo estaba vacía, pero todos los balcones estaban abarrotados. De repente, apareció en la calle un tropel de gente; iban todos corriendo, formando una masa compacta, en dirección ala plaza de toros. Detrás de ellos pasaron más nombres, que corrían más aprisa, y al final de todo unos cuantos rezagados: esos sí que corrían de veras. Detrás de ellos quedaba un reducido espacio vacío y luego venían los toros, galopando y agitando la cabeza arriba y abajo. Un hombre cayó, rodó hasta el borde de la acera y se quedó quieto. Los toros pasaron de largo sin reparar en él; corrían todos juntos.

Los perdimos de vista. Poco después llegó de la plaza de toros una gran gritería continuada, y al fin, la detonación de un cohete que indicaba que los toros habían pasado a través de la gente que estaba en el ruedo y habían entrado en los corrales. Volví a la habitación y me metí en la cama. Había permanecido descalzo sobre la piedra del balcón. Sabía que seguramente todos los demás del grupo habían salido y habían estado en la plaza de toros. Al meterme de nuevo en la cama, me dormí.

HEMINGWAY, Ernest, Fiesta, Capítulo XV


Archivo 07: Balcones de la calle de Estafeta, Pamplona, en plenos sanfermines, o el sentido de la fiesta.

martes, 28 de junio de 2011

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: 7 ECCLES STREET, DUBLÍN

Fotografía de los semisótanos de 7 Eccles Street, Dublin

Podría elegir cualquiera de los lugares por los que Leopold Bloom transitó el 16 de junio de 1904, cualquiera de esos rincones dublineses que inmortalizó para siempre James Joyce al asociarlos, allá por 1922, al extraño deambular épico del protagonista medioburgués de su Ulysses, y podría emular a los cientos, miles, millones de seguidores de la novela que remedan, cada 16 de junio, la caminata, el Bloomsday, en Dublín, pero también (y no me preguntéis cómo), en otras ciudades del mundo. Dublín es en sí una geografía literaria. Y Leopold Bloom nuestro Virgilio particular.
Con el Ulysses aprendí (o más bien comprendí) dos cosas: que cualquier historia banal puede convertirse en grande por medio de los mecanismos literarios adecuados; y que posiblemente este día de Bloom había cambiado para siempre la forma de escribir. No siempre ocurre. Al otro lado del espejo que se resquebrajaba en cada línea del Ulysses quedaba aparcado para siempre el siglo XIX.
Podría elegir, repito, cualquier lugar, cualquier rincón. Por qué no quedarme entonces con el lugar que abre y cierra el círculo, el origen y final del viaje homérico tan evidentemente marcado por el autor para su personaje. Una dirección de Dublín: Eccles Street, número 7, dulce hogar de los Bloom.


Eccles Street en la actualidad

Lugares literarios de peregrinación. Imaginarios. Inventados. O que simplemente ya no están. Algo así sucede con 7 Eccles Street. La calle existe. El número 7 también. Pero no se trata de la misma casa pareada de tres pisos, al lado noroeste de la calle. En el año de la acción (1904) estaba vacía. Joyce ubicó allí a sus personajes, así de fácil. La puerta de entrada se conserva en el James Joyce Centre de Dublín. Para que os hagáis una idea de la casa, esto es lo que se deduce de la novela (el texto no es mío, lo he encontrado en internet): Los Bloom ocupan las dos habitaciones de la planta baja (si miramos la casa de frente, desde la calle Eccles; o primer piso si la miramos desde atrás) de la casa, más la cocina, que está en el sótano (o planta baja de la casa vista desde atrás). El cuarto de estar es la habitación de delante; La alcoba está al otro lado, y hay un jardincito trasero. Es una vivienda con agua fría y sin baño, pero con un cuarto de aseo en el descansillo y un retrete bastante mohoso en el jardín. Los dos pisos encima de los Bloom están vacíos y se alquilan; de hecho, los Bloom han puesto un cartel en la ventana de su habitación delantera que anuncia: «se alquilan pisos sin amueblar».
Una casa bastante vulgar, me diréis. Pero es que el número 7 de Eccles Street es Ítaca y por eso mismo es imprescindible. El texto que me viene a la cabeza sobre esto está en el capítulo XVII (Ítaca, en efecto). En el mismo Stephen Dedalus (Telémaco) y Leopold Bloom (Ulises) llegan a la casa de este último (Ítaca), a eso de la una de la madrugada, un poco alegres, claro. Narrado a modo de catecismo, este era uno de los capítulos preferidos de Joyce. Así nos cuenta el autor la forma en que el héroe vuelve a casa:


¿Qué acto realizó Bloom cuando llegaron a su destino?
En los escalones de la casa del cuarto de los números impares equidiferentes, el número 7 de Eccles Street, insertó la mano mecánicamente en el bolsillo trasero de los pantalones para conseguir la llave.

¿Estaba allí?
Estaba en el bolsillo correspondiente de los pantalones que había llevado durante el día precedente.


¿Por qué se irritó doblemente?
Porque se había olvidado y porque recordaba que había recordado dos veces no olvidarse.

¿Cuáles eran entonces las alternativas para la, premeditadamente (respectivamente) e inadvertidamente, pareja sin llave?
Entrar o no entrar. Llamar o no llamar.
¿La decisión de Bloom?
Una estratagema. Apoyando los pies en el antepecho, saltó por encima de la verja de la entrada al sótano, se encasquetó el sombrero, se agarró a dos puntos de la unión inferior de los barrotes y travesaños, bajó el cuerpo gradualmente a todo lo largo de sus cinco pies nueve pulgadas y media a dos pies diez pulgadas del pavimento de la entrada al sótano y dejó que el cuerpo se moviera libremente en el espacio al separarse de la verja y encogerse en preparación para el impacto de la caída.

¿Cayó?
Por el peso conocido de su cuerpo de ciento cincuenta y ocho libras en el sistema avoirdupois, según lo certificaba la máquina graduada para autopesos periódicos en el local de Francis Froedman, químico farmacéutico en Fredenck Street North, 19, en la última fiesta de la Ascensión, a saber, el día doce de mayo del año bisiesto mil novecientos cuatro de la era cristiana (era judía cinco mil seiscientos sesentaicuatro, era mahometana mil trescientos veintidós), número áureo 5, epacta 13, ciclo solar 9, letras dominicales CB, indicción romana 2, periodo juliano 6617, MCMIV.


¿Se levantó indemne de la conmoción?
Recobrando nuevo equilibrio estable se levantó indemne aunque conmocionado por el impacto, levantó el picaporte de la puerta del sótano mediante el empleo de fuerza en la pestaña de libre movimiento y mediante palanca de la primera clase aplicada en su fulcro, ganó acceso retardado a la cocina a través del fregadero subyacente, inflamó una cerilla lucifer por frotación, liberó gas de carbón abriendo la válvula, encendió una llama alta que, al regularla, redujo a candescencia quiescente y encendió finalmente una vela portátil.



JOYCE, James, Ulises, Capítulo XVII (Ítaca)


Archivo 06: 7 Eccles Street, Dublín, final de viaje a la irlandesa.


viernes, 1 de abril de 2011

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: LA IGLESIA DE SAN SEBASTIÁN EN MADRID


Imagen antigua de la Iglesia de San Sebastián, vista desde la plaza del Ángel (Madrid)

A menudo no hace falta irse demasiado lejos para encontrar un rincón apacible, un locus amoenus, una geografía literaria. La populosa y bullanguera villa de Madrid también ha sido plasmada sobre el papel (desde todos los ángulos posibles) por numerosos escritores, y hay más de un ejemplo que describe con fortuna no sólo sus viejos adoquines sino también las costumbres de los que en la Corte han vivido y ocupado su lugar y su momento (es decir, muchos perros, algunos gatos y más de un pequeñoburgués).
La verdad es que como habitante de esta ciudad extraña es difícil fijarse en los detalles de las cosas y pasear por las calles igual que lo haría un turista guía en mano, enfocando cada espacio, exprimiendo cada frase. Y más tratándose de iglesias. Porque esta vez atravieso una Madrid de cópulas (digo de cúpulas) y torres izadas hacia el cielo y conventos que ya no existen mientras que lo cotidiano se impregna del chascarrillo y el aluvión y la verbena, del quiero y no puedo y del olor a fritanga, de algo decimonónico en sí, eternamente reproducido en el hoy, a cualquier hora del día. Como si el tiempo no existiera más en algunos callejones del centro, como si el reloj de la fachada se hubiera detenido.
Hablar de Madrid y de letras es hablar de todos los que alguna vez han buscado la suerte o el mecenazgo en la Corte, de Quevedo a Cervantes, de Calderón a Lope, de don Jacinto Benavente a Lorca, de Juan Ramón Jiménez a cualquiera de los poetas, dramaturgos y/o novelistas que se expresan y entremezclan cada noche en esta Magerit del siglo XXI: siempre una lista interminable. Pero hablar de Madrid y de letras es sobre todo hablar de Benito Pérez Galdós (1843-1920), aquel muchacho que vino de Las Palmas de Gran Canaria y se quedó para siempre. No es este el lugar para recordar su obra ingente, pero este hombre al que algunos apodaban "el Garbancero" (tal vez por reflejar demasiado bien los usos y costumbres de su tiempo) debería estar mucho más arriba en el supuesto Parnaso. Claro que como en este país el chovinismo está mal visto, tenemos la alegre ocurrencia de meterlo en el saco de lo decimonónico entendido como tedioso y aburrido, largo, clásico, no digerible, cuando en realidad una lectura más atenta de su obra nos revelaría una pluma modernísima, liberal, netamente europea y tal vez por eso, poco española. Al menos algunos conocieron su cara teñida de verde en los últimos billetes de mil pesetas.
Aunque no se casaba con la Iglesia Galdós describió a la perfección esa Madrid de cópulas (digo de cúpulas), clases altas en decadencia y clases medias (medio) perdidas que iba creciendo (e intentando cambiar) a marchas forzadas. Como ejemplo (y geografía literaria madrileña preferida) este botón magistral con el que don Benito abre su novela Misericordia (1897). La descripción, nacida en el ocaso del siglo XIX, bien podría aplicarse a nuestros días.

Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián... mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio bifronte, con su torre barbiana, el cupulín de la capilla de la Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante,majo, por decirlo de una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo mamarracho.
Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado culto por una parte y otra, porque tenemos un contadorinfalible: los pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que van a donde lavan. Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten a los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable ocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, y forzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso de las Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad irresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de la postulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de comer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volver con nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si no hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o Adoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatiente a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observémosle en su rudo luchar por la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino pulgas y otras feroces alimañas.

PÉREZ GALDÓS, Benito, Misericordia (1897), Capítulo I


Archivo 05: Iglesia de San Sebastián, la de las dos caras.


miércoles, 9 de marzo de 2011

GRACIAS


GRACIAS. A VECES UNA PALABRA LO DICE TODO.
Y NO HACE FALTA QUE LEAMOS ENTRELÍNEAS.

viernes, 8 de octubre de 2010

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: 221B BAKER STREET


A veces lo ficticio sobrepasa sus fronteras y constituye una suerte de extraña realidad, en la que la invención, lo imaginado y la tinta literaria cobran vida. Por evocación. Nunca por equivocación. A veces lo ficticio deja de serlo (momentáneamente) para revestirse con muros de piedra y materiales nuevos. Aunque sólo sea una realidad de escaparate. Sería imposible saber cuanto turismo ha generado la cultura, cuantas peregrinaciones tras las antiguas reliquias de la intelectualidad. Pasa con la música. Media Europa está sembrada de casas en las que vivió Mozart. Y pasa, por supuesto, con la literatura: aquí vivió fulano, en esta cafetería merendó zutano mientras escribía el primer capítulo de su gran novela, tras estos muros fue encarcelado tal o cual poeta, bajo estos palmos de tierra y epitafios yace algún dios de la prosa.
Las peregrinaciones (empezando por las mías) suelen llevarte a lugares reales transcritos en novelas, en cuentos y poemas. Pero también a esos lugares imaginados y luego construidos por gerentes turísticos con alma de prestidigitador. La admiración literaria y el yo estuve allí funcionan como un binomio perfecto. El balcón al que se asomaba Julieta en Verona, la venta de Dulcinea y algún que otro molino de viento cobraron existencia mucho después de aparecer en las novelas, lo que no nos quita a muchos el afán por visitarlos.
En Londres el lugar imaginario convertido en realidad que ocupa el puesto de honor es, sin duda alguna, el 221B de Baker Street. La célebre residencia del detective Sherlock Holmes y su compañero de aventuras el doctor Watson no fue más que una invención de Conan Doyle, pero la admiración por su obra hizo el resto. Hoy existe una bonita casa en Baker Street, cerca de Regent´s Park, rubricada con el famoso número. Por supuesto que allí se encuentra la sede del The Sherlock Holmes Museum, con bonitas reproducciones para admirar y souvenirs para llevar. La cosa no deja de ser un poco kitch, pero... a veces tiene su encanto dejarse envolver por nuestras propias ensoñaciones, aunque sean un préstamo literario, sentirnos como en casa, como Holmes y Watson al instalarse por primera vez entre aquellas cuatro paredes:

Nos vimos al día siguiente, según lo acordado, para inspeccionar las habitaciones del 221B de Baker Street a que se había hecho alusión durante nuestro encuentro. Consistían en dos confortables dormitorios y una única sala de estar, alegre y ventilada, con dos amplios ventanales por los que entraba la luz. Tan conveniente en todos los aspectos nos pareció el apartamento y tan moderado su precio, una vez dividido entre los dos, que el trato se cerró de inmediato y, sin más dilaciones, tomamos posesión de la vivienda. Esa misma tarde procedí a mudar mis pertenencias del hotel a la casa, y a la otra mañana Sherlock Holmes hizo lo propio con las suyas, presentándose con un equipaje compuesto de maletas y múltiples cajas. Durante uno o dos días nos entregamos a la tarea de desembalar las cosas y colocarlas lo mejor posible. Salvado semejante trámite, fue ya cuestión de hacerse al paisaje circundante e ir echando raíces nuevas.

CONAN DOYLE, Arthur, Estudio en escarlata (1887), Capítulo II

Y aunque el bueno del doctor Watson no podía intuirlo entonces, en efecto, ambos personajes echaron unas largas y profundas raíces.

Archivo 04: 221B de Baker Street, hogar de detectives.

jueves, 8 de julio de 2010

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: THE GLOBE THEATRE DE LONDRES

The Globe Theatre in the days of Shakespeare, George Pycroft, Del.

Sí, ya sé que The Globe Theatre no forma parte de una geografía literaria en el sentido más estricto, pero es indudable que esta elipse apoyada en el Bankside de Londres ha albergado los estrenos públicos de algunas de las mejores obras de Shakespeare (y por ende de la historia de la literatura universal), un hecho objetivo que la convierte sin ninguna duda en un lugar de lo más singular. Algo parecido a lo que ocurre con el teatro de Dionisio en la Acrópolis de Atenas, donde estrenaron Sófocles, Esquilo, Eurípides o Aristófanes.

En efecto, The Globe Theatre, construido en 1599 a las orillas del Támesis, en lo que entonces eran las afueras de Londres, era un teatro propio de su época, sin tejado, como nuestros corrales de comedias, lo que impedía las representaciones en invierno o en tiempo de lluvias. Y como en Londres no llueve... El graderío poseía una característica disposición circular que flanqueaba el espacio escénico, un rectángulo que sobresalía invadiendo el centro de la construcción. En la parte posterior, al modo de los teatros chinos, una fachada de dos pisos con puertas y balconadas, habilitadas para su uso escénico durante la representación. Y trampillas, y poleas, alta tecnología del momento, toda una serie de artilugios y tramoyas ex machina para la espectacularización de los montajes que hoy nos pueden parecer obsoletas, pero es que estamos hablando del siglo XVII.

Vista del escenario desde el graderío superior.

En cuanto a Shakespeare, The Globe acogió a la compañía teatral Lord Chamberlain’s Men, a la que pertenecía nuestro dramaturgo. En este lugar se estrenaron obras como:
Julio César (21 Sep 1599)
Troilo y Crésida (1601/1602)
Macbeth (20 Apr 1611)
Cuento de Invierno (15 May 1611)
Enrique VIII (29 June 1613)
Así como, probablemente, Hamlet, Otelo, Romeo y Julieta... ¿Estamos o no ante una verdadera geografía literaria?

Actores durante una representación de Romeo y Julieta.

The Globe Theatre quedó arrasado por un incendio en 1613. Reconstruido al año siguiente, permaneció en pie hasta 1644, cuando fue demolido por el puritanismo preponderante en la época. En 1997 el teatro fue de nuevo levantado siguiendo los esquemas originales, siempre junto al Támesis, a unos doscientos metros de su ubicación primigenia. Algunos dirán que eso no vale, que cuando hablamos ahora de The Globe lo hacemos de una copia romántica o de un parque temático entorno a la figura del dramaturgo. Es posible, pero el hecho es que está ahí, muy cerca del corazón bullicioso de Londres. Es visitable todo el año y además ha recuperado la constumbre original de programar representaciones en los meses de verano. Y os aseguro que me creo más a Julieta esperando a Romeo desde la balaustrada del Globo que en cualquier balcón de una Verona que jamás Shakespeare pisó. Aunque eso es otra historia, muy relacionada con la capacidad evocativa de la literatura y, por tanto, susceptible de ser analizada en algún que otro post de estas geografías literarias.

Más info en Shakespeare's Globe.

ARCHIVO 03: The Globe Theatre de Londres... Let your indulgence set me free.

miércoles, 2 de junio de 2010

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: GÁRGOLAS EN LA GALERIE DES CHIMIÈRES (NOTRE-DAME DE PARIS)

Grupo de gárgolas obra del arquitecto y restaurador Eugène Emmanuel Viollet le Duc oteando el horizonte de París desde la Galerie des Chimières de la catedral (Notre-Dame) de París.

Un sueño alguna vez cumplido: ascender a través de la intermitable escalera que lleva a la Galerie des Chimières, ese estrecho corredor al aire por encima del rosetón que flanquean las dos torres de Notre-Dame de París, apoyarse en la balaustrada sintiéndose por un momento en vilo, a la merced del viento, y entonces otear a lo lejos, contemplar ese paisaje urbano, el Sena rompiendo en dos la imagen como buena cicatriz cruzada de puentes, y en algún lugar del panorama una torre inconfundible y metálica, mucho más joven que estas piedras; o desviar la mirada hacia el atrio, émulos de Quasimodo, para comprobar la relatividad de los espacios y, una vez más, nuestro proverbial aspecto de hormigas.
Por el Quasimodo jorobado y heróico que inmortalizó Victor Hugo (1802-1885) subimos y subiremos muchos hasta aquí, para comprobar una y otra vez, a vista de gárgola, que Esmeralda ha escapado de la horca y ahora se fotografía junto a los transeúntes que recorren la gran explanada. Es innegable que lo que hizo aquel jovenzuelo de veintiocho años al publicar en 1831 esa gran novela dividida en once entregas titulada Notre-Dame de Paris fue catapultar el edificio (ya de por sí importante) hasta esa suerte de mito romántico que es hoy. Mito trágico que nada tiene que ver con la adaptación de Disney. Mito gótico-literario, además del original arquitectónico. Consiguió dar vida a estos muros, humanizarlos de algún modo. Tal es el poder de la literatura. A veces.
La fotografía que encabeza este texto os puede dar una ligera idea (a los pocos que aún no hayáis estado allí) de lo que os cuento. El grabado de más abajo fue realizado por Alfred Barbou para la primera edición del texto de Victor Hugo. Como curiosidad, ni las gárgolas de la fotografía ni las del grabado estaban ahí en 1831, cuando Victor Hugo escribió Notre-Dame de Paris. Son una ficción, una reconstrucción del pasado. En efecto, no fue hasta 1844 cuando comenzó la restauración de la catedral de París, devastada por el paso del tiempo, las revoluciones y otros acontecimientos. Eugène Emmanuel Viollet le Duc, arquitecto encargado de la misma, completó la balaustrada de la Galerie des Chimières con las gárgolas decimonónicas que hoy conocemos, mucho más grandes que las originales y desaparecidas de origen medieval. ¿Se basó en aquellas o en el texto de Victor Hugo? En realidad no importa demasiado. Están bien ahí donde están, presidiendo esta geografía literaria.

ARCHIVO 02: Galerie des Chimières, Notre-Dame de Paris, con los codos apoyados, la mirada hacia adelante...


Ilustración de la edición original de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, realizada por Alfred Barbou (1831).

martes, 27 de abril de 2010

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: SNAEFELLSJÖKULL


Snæfellsjökull. Fotografía de Greg Kruk

A propósito del lío que la naturaleza ha montado estos días, la tierra reventando en Islandia y esa nube de cenizas cubriendo el cielo, un anuncio de apocalípsis para el tráfico aéreo y todas las citas de los dirigentes del mundo aplazadas por un volcán caprichoso de nombre impronuciable, el volcán islandés, decían en los medios sin atreverse a decir Eyjafjallajökull, como si no hubiera más volcanes en esa isla que lo es por antonomasia: isla, volcán. A proposito de este lío, sí...
me vino a la mente (como a tantos otros que habrán sido niños y le hayan dado a los libros) el nombre de otro volcán islandés cuyas laderas siempre quise ascender, un nombre que al principio me pareció mítico, inventado, como tantas otras cosas que nos contaba entonces el bueno de Verne: Snæfellsjökull, el volcán Sneffels, a ciento veinte kilómetros de Reikjavik, en alguna de cuyas simas el profesor Lindenbrock, acompañado por su sobrino Axel y Hans, su silencioso guía islandés, comenzó su Viaje al centro de la Tierra (1864).
Mucho tiempo después descubrí que, al igual que el Stromboli, volcán e isla Eólia, cercanos a Sicilia, lugar por el que nuestros viajeros regresan a la superficie, el Snæfellsjökull existía de verdad y no sólo en la ficción de una novela de aventuras. Y sentí unas ganas enormes de ir ascender, pero esta vez en realidad, esas laderas, y encontrar yo mismo el acceso al centro de la Tierra aunque la ciencia me diga otra cosa. Es la fuerza que tienen algunas ficciones: te hacen desear lo imposible, y, a veces, te impulsan a seguir un camino. Lo del Sneffels es algo que tengo pendiente. De Stromboli estuve más cerca, a un par de islas de distancia, pero todo se andará cuando vuelva a Sicilia. He viajado a otros lugares siguiendo ese empujón literario: la Dublín de Joyce, la Amsterdam (una de las Amsterdam) de Ana Frank... o la Burgos del Cid, la vetusta Oviedo de "Clarín", la propia Madrid de Galdós, de Valle-Inclán, de Baroja... y después de tanto tiempo y espacio me doy cuenta de que estoy hecho (como muchos de vosotros) de geografías literarias.
Hoy comienzo su taxonómica certificación: ARCHIVO 01: Snæfellsjökull, ese volcán islandés... inolvidable.