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viernes, 26 de junio de 2020

PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE (UN RELATO DE JORGE LUIS BORGES)



En medio de cierta polémica desatada los últimos días en torno a conceptos como la intertextualidad, la originalidad, el préstamo y el plagio creo que es interesante retornar al gran Borges, a la manera en que es capaz de reírse de lo aparentemente serio, a la destreza con la que envuelve de verosimilitud un proceso lógico falaz hasta hacerlo estilísticamente y estéticamente posible. Volver a abrir la caja que hay dentro de la caja que hay dentro de la caja. Repetir su acercamiento cervantino a un tal Cervantes, homenaje y burla, broma y propuesta metaliteraria rocambolesca. Nada es casual en este "Pierre Menard, autor del Quijote", un relato publicado en la revista Sur en 1939 e incluido por Borges en sus famosas Ficciones (1944).

PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE

A Silvina Ocampo

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.

He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).

b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).

c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

d) Una monografía sobre la Characteristica universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.

f) Una monografía sobre el Ars magna generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).

g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).

h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.

i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­-Simon (Revue des langues romanes, Montpellier, octubre de 1909).

j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des langues romanes, Montpellier, diciembre de 1909).

k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La boussole des précieux.

l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).

m) La obra Les problèmes d’un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz “Ne craignez point, monsieur, la tortue”, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.

n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).

p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Este así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)

q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d’Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.

r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).

s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación¹.

Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota².

Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis  el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­— que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, solo aptos ­decía para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero… Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.

“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales— no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, este era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo —por consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Este, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI —no ensayado nunca por él— reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk…

¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso… Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación… A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”

A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Este, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.

No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el XXXVIII de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que D. Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas³. No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.

He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, solo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas…

“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?



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1. Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

2. Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

3. Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.



BORGES, J.L., Sur, 1939 / Ficciones, 1944.

viernes, 1 de mayo de 2020

YO ME ACUERDO DE LAS CIANOBACTERIAS (RELOADED)



I. EL FUEGO

—Yo me acuerdo de las cianobacterias, de su alimentación bárbara, exterminadora, en lo más profundo de los lechos…
—Te acuerdas…
—Lechos abismales, negrura líquida en la que se disuelven los últimos glóbulos de oxígeno.
—Te acuerdas atómica…
—De los peces varados en meandros como arterias, ojos blandos sorprendidos, expulsando el hálito en cada boqueada…
—Fronterizos…
—Convulsión de atunes en la humedad de las barcazas, extraído el gancho…
—Fronterizos, una mano que no comprenden los asfixia…
—Indiferente azada que rotura la tierra, qué sencillo desmontar los laberintos fabricados por las hormigas…
—Llevar al acabamiento con un único gesto de repugnancia cualquier majestuosa catedral mortífera suspendida en el aire desde el vientre arácnido…
—Puntual, indiferente…
—Inocente…
—Provocado…
—A veces los rayos se desencadenan sobre los bosques…
—Hay troncos humeantes que en cualquier caso desconocen la razón originaria del final…
—A veces los rayos…
—Pero a veces…
—Los rayos…
—Pequeño guardabosques, las hogueras que no fueron inocentes…
—Tropiezos de la…
—Asfixia…
—Era primero que la incandescencia del cuerpo…
—La ascendencia del virus...
—La rigidez del reflejo...
—Una mano que no comprenden los asfixia…
—Dejémoslo, háblame de…
—Libros…
—¿Libros…?
—Libros en el patio del palacio imperial, una pira de libros cuyos autores guardan turno en la orilla de un estanque poblado de cocodrilos, mientras el constructor de murallas…
—Anarquistas quemando cruces y relicarios…
—Una pira de libros en Opernplatz…
—Otra vieja anécdota…
—10 de mayo de 1933, la palabra de Brecht hecha cenizas…
—La palabra de Dios hecha cenizas…
—Y la de Marx…
—Eso es historia…
—Una fila de intelectuales en Kampuchea…
—Una bandera danesa…
—Pies disidentes en el cemento que sobrevuela Mar del Plata…
—Por San Juan esos fuegos verás…
—Palabras pulverizadas, otra vez aire, nada más…
—Ya está bien…
—Tienes miedo. Déjame…
—Déjate tú de tanto escrutinio…
—Se salvó el Tirant lo Blanc…
—De dónde sacaste todo eso…
—De los libros…
—Libros, qué libros, los libros no existen…
—Ya no existen...
—Objetos del pasado…
—No nos queda pasado…
—Vivimos en el futuro…
—Ni siquiera eso… sólo el escrupuloso presente…
—Sí…
—Un triste mundo de plástico…
—Somos una generación en tránsito. Recordamos, sólo eso…
—Por lo menos eso…
—Atenta, la conversación se está volviendo inapropiada…
—Lo sé. Me acuerdo del muro que hay entre nosotros…
—Cállate, por favor. Podrían oírnos…
—Pues que nos oigan… tú también lo sabes…
—Haz como si lo hubiera olvidado…
—Eres un cobarde…
—Mira, estoy cansado, queda el resto de la noche y sí, tengo miedo. Así que apaga la luz…
—Luz, baño epiléptico de electrones…
—Por favor…
—Hay estrellas apagadas que todavía brillan en el cielo, esclavas de la imperfección del tiempo…
—Tú filosófica…
—Tú silencioso guardabosques…
—Venga, durmamos…

II. FOSFORESCENCIAS

Te parecerá despertar sobresaltada en mitad de la noche. Un rumor sordo, como la primera vez, se habrá extendido al otro lado de la ventana, inundándolo todo con su incontinencia de cascada, sacudiéndote en el duermevela. Pensarás acaso en todo lo que habías intuido, en todo lo que no debería estar sucediendo, todavía no, en este momento preciso, entonces. Notarás un sudor frío en los hombros, la rojura de los humores extendiéndose sin freno hacia la frente. Levantarás la sábana que te cubre para respirar, inquieta. Buscando a tientas el interruptor te girarás hacia tu marido, extenderás una mano temblorosa hacia su espalda, sentirás el hielo cristal. No se habrá dado cuenta, los hombres duermen tan despreocupados que… no encontrarás el maldito botón. Si pudieras despertar a tu marido, si pudieras despertarlo. Pero estarás casi segura de que sería mejor no intentarlo siquiera, no, él lo considerará con toda probabilidad una chiquillada, bobadas de una mujer que habrá vuelto de la pesadilla.
Recostada de nuevo, querrás reconciliarte con el sueño, no pensar en nada, en nadie. Aunque será imposible sustraerse al clamor que se habrá ido desplazando desde el exterior hasta tu mente. La tormenta golpeará el vidrio con insistencia. Como la primera vez, en un efecto de llamada. Como tener paralizado el sentido pero no el cuerpo, así será. Ajeno a tu voluntad, uno de los pies rozará desconsiderado el piso y se hará seguir por el otro, arrastrándote fuera de la cama. Mirarás aterrorizada sin poder atravesar las tinieblas que te estarán alejando expertas del lado en que yace tu marido y querrás gritarle a él, despierta guardabosques, despierta, entonces sí, sin llegar a conseguirlo. Movida por una extraña fuerza te desplazarás hasta la ventana, palparás la hoja bien pulimentada, pegarás el rostro a la superficie plana para mirar hacia fuera, para contemplar la oscuridad de la noche desde la todavía más profunda negrura del cuarto hermético, porque ese será el efecto, ya lo habrás comprendido, sin ningún tipo de duda sabrás que mirando a través de la dura transparencia podrás al fin ver, contemplar, en la adaptación pausada de las pupilas, en la lágrima que aún recuerda, el minúsculo fosforescer de las partículas de lluvia. Como la primera vez.

III. METAMORFOSIS

Que lloviese durante diez días seguidos fue recibido en aquellos tiempos de sequía con un deleite fuera de lo común. La gente estaba que se subía por las paredes, alborotaba, caminaba bajo la espesa cortina de agua con la impudicia del que recibe un regalo anhelado desde siempre. Muchos prescindieron de los paraguas. Algunos otros fomentaron la costumbre de dejar por un instante sus parapetos y permitir que aquel líquido terso resbalara sobre los rostros, escapara zigzagueante hacia las comisuras de los labios.

Para la hija del bibliotecario todo aquello resultaba de lo más curioso. En aquellos días su padre la sorprendía a menudo mientras observaba la lluvia desde de la ventana, extasiada por aquella maravilla, o al sacar las manitas por entre los barrotes del balcón para sentir la mojadura palpitante sobre la piel.

—A tu madre le hubiera gustado verte así de alegre— le decía entonces su padre abrazándola con una fuerza emocionada, algo que una niña de seis años como ella no acertaba todavía a comprender, pero que de todos modos le gustaba. Después el padre le explicaba el ciclo del agua, y ella se convertía en una gota de agua que caía desde las blandas nubes para unirse con sus amigas en un río largo largo que corriendo corriendo viajaba por el mundo y fluía hasta el mar, algo así como un charco inmenso, desde donde luego se iba volando de nuevo al cielo para viajar, qué blandura tan bonita, sentada en su rincón algodonoso de nube. Aquel cuento le parecía tan divertido que insistía todas las noches a su padre para que se lo repitiera de nuevo, una y otra vez, hasta quedarse dormida.

Una tarde quiso comprobar si aquellas gotas solitarias podían juntarse de verdad como pasaba con el agua del grifo, así que tomó su vaso favorito de la cocina y lo dejó en la terraza del balcón. Cuando volvió a por él supo que era cierto. Las gotas amigas se querían tanto que se habían unido todas en el vaso muy apiñadas, así que se quedó tan contenta que se las llevó a su habitación.

Cuando el bibliotecario apagó la luz del cuarto aquella noche se sorprendió al comprobar el extraño fulgor verdoso que se desprendía del vaso. Se asomó inquieto a la ventana y descubrió que en mitad de la noche las gotas de lluvia brillaban como pavesas iridiscentes que caían a plomo en vez de elevarse, disolviéndose con estrépito en luminosos charcos que se disgregaban sobre los adoquines empapados de la calzada. Se fue intranquilo a la cama pero no tuvo demasiado tiempo para preocuparse. A la mañana siguiente había dejado de llover y el sol volvía a deslumbrar en el cielo, así que pronto se olvidó de todo.

La vida parecía recobrar su normalidad después de aquella temporada de lluvias. Las gentes retomaron su aspecto taciturno y despistado. La hija del bibliotecario volvió a aburrirse como una ostra, si es que las ostras se aburren. Estaba harta de hojear aquel ejemplar de Alicia para niños que su padre le trajo la mañana en que cesó la lluvia y odiaba aquellos dibujos, que en el fondo le daban miedo. Sólo le gustaba el episodio en el que Alicia se hacía tan grande tan grande tan grande que ocupaba todo el espacio de la casa. Le divertía aquella llorona, haciéndose luego tan pequeña tan pequeña tan pequeña que tenía que nadar en un mar creado por sus propias lágrimas. Qué cuento tan raro, pensaba. Pero al fin y al cabo la mente de los niños es tan ávida que pronto se interesó por cualquier otra cosa y se olvidó de la otra Alicia, y también del vaso.

Por eso no comprendió la noche en que su padre, con un gesto de repugnancia, se llevó el recipiente a la cocina. Ella sólo vio, junto al cerco que había quedado en la mesilla, un gusanito verde que le saludaba sonriente. Le resultó tan simpático que decidió esconderlo en una cajita de cartón y dejarlo encima del cuento. Al despertar por la mañana no encontró ni la cajita ni el libro. En su lugar sólo vio una oruga de medio metro que también le saludaba sonriente. Ella gritó y su padre llegó a tiempo para arrojar la oruga por la ventana. Lo que desde allí vieron les horrorizó. Cumplida la metamorfosis, las aceras estaban cubiertas por aquel extraño ejercito reptante que se arrastraba sin pausa. Las orugas gigantes lo ocupaban todo. Algunas, empujadas por su voracidad, comenzaron a subirse por las paredes, amenazando a los vecinos asomados a los balcones. El bibliotecario cogió en brazos a su hija y salió a la calle lo más rápido que pudo. No sabía que hacer, así que intentó sobreponerse a la sensación que suponía caminar sobre aquel suelo escurridizo y se dirigió lo más rápido que pudo hacia la biblioteca.

—¡Mis libros! ¡Oh, mis libros!

Esto fue lo único que el bibliotecario acertó a decir cuando, al llegar a la parte de las estanterías las encontró asediadas por aquellos asquerosos bichos, que se atiborraban de buena gana con las obras completas del Proust. Extrañas y repugnantes criaturas que engullían sin piedad. Una forma de destrucción de la palabra que le pareció una farsa monumental. Enloquecido, arrancó de las fauces de uno de aquellos monstruos lo que quedaba de Por el camino de Swann, tomó de la sala de limpieza una botella de alcohol, arrancó algunas páginas y las utilizó como mecha de un improvisado cóctel incendiario que arrojó, sin percatarse del peligro al que estaba exponiéndose, sobre el multitudinario banquete literario. De alguna manera aquellas criaturas no eran inmunes al fuego, porque en poco tiempo la sala se vio envuelta en llamas, aullidos de terror y olor a chamusquina. El bibliotecario sacó de allí a su hija como pudo, la dejó en los brazos de un funcionario que pasaba por allí despavorido y volvió a entrar en aquel infierno con el propósito de recuperar alguno de sus más preciados tesoros. Ella no volvió a verlo nunca más.

IV. DESPIERTA, ALICIA...

Cuando amanezca, a medida que la luz del día vaya dejando de un lado a las sombras, a medida que aquella fosforescencia se convierta en un declinar viscoso, recordarás que no quedó ni un solo libro en todo el mundo, que no quedó ni un solo árbol intacto, que el papel se perdió para siempre. Recordarás el final de la plaga, cuando las orugas metamorfoseadas en desproporcionadas polillas desaparecieron sin sentido alguna noche, los infructuosos análisis científicos de los restos, el estado de alerta, los intentos de reconstrucción, la prevalencia de algunas semillas, las inesperadas consecuencias sociales que luego impusieron los políticos... Recordarás el hogar vacío en que creciste, todo lo que tuviste que aprender. Recordarás que lo que queda del conocimiento es virtual, restos de un naufragio salvado por la tecnología, palabras que ahora son una corriente en descarga y se transfieren de unos a otros a través de una pantalla más o menos plana. Tal vez volverás a verle a él, tan tímido y estirado, enamorándote. Intentarás no pensar demasiado en el hecho de que tu marido sea guardabosques, curioso nombre para una profesión que ahora sólo implicará el concepto de atención, de espera contenida ante la más que previsible amenaza. Intentarás olvidar que tú esposo ha tenido que vivir los dos últimos años lejos de ti, en lo alto de un puesto de vigilancia meteorológica. Mirarás, apoyada en la pared la cama de noventa en la que duermes, el monitor de plasma a través del cual habláis todas las noches, ahora apagado. Y al encontrar por fin el mando, al conectar el intercomunicador, tratarás de fingir cierta sorpresa al ver vacío el otro lado de la cama, al entender lo que significa que esta mañana nadie pueda susurrarte al oído un despierta, Alicia.

jueves, 11 de octubre de 2018

ESTA NOCHE EN SAMARKANDA


Además de ser aquel fantástico guionista que trabajó en distintas ocasiones con Luis Buñuel o que adaptó para el cine grandes historias como El tambor de hojalata de Günter Grass o La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Jean-Claude Carrière se dedicó también a recopilar numerosos relatos, leyendas y cuentos tradicionales de distintas culturas y épocas. Con todo el material recogido construyó El círculo de los mentirosos: cuentos filosóficos del mundo entero (1998), una antología que se ha convertido en un clásico. 
Mi contacto con el texto tuvo lugar a principios del milenio, cuando nuestro tutor de Realización Audiovisual nos lo incluyó como lectura obligatoria de su programa. Fue una grata e inesperada sorpresa encontrar esa forma de contar historias en un contexto tan aparentemente distinto al de la literatura, aunque, como muy pronto descubrí, las diferencias nunca fueron tan grandes.
En fin, que de entre todos aquellos relatos variadísimos siempre recuerdo "Esta noche en Samarkanda", una verdadera, breve y efectiva reflexión sobre el destino que ahora os dejo aquí:   

La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.

Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:

—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.

—¿Por qué?

—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.

—¿La muerte?

—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.

—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?

—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.

El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.

Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.

—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.

—Te escucho.

—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:

—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.

—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.

—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.

Recopilado en CARRIÈRE, JEAN-CLAUDE, El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, (Trad. Néstor Busquets) Barcelona, Lumen, 2008. 

viernes, 15 de enero de 2016

LA LLUVIA DE FUEGO, UN RELATO DE LEOPOLDO LUGONES


Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19.

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre -pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir?... Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía -estoy seguro- desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre -todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega -por primera y última vez, a buen seguro-decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...


FIN


Lugones, Leopoldo, Las fuerzas extrañas, 1906.

viernes, 9 de octubre de 2015

YO TE ACUSO, LUIS MORALES (RECRIMINACIONES DEL ESPEJO)


Yo te acuso, Luis Morales. A ti también. Cada viga desatendida en ojo propio se corresponde de manera casi milimétrica con esa inherente condición del ser humano, esa cualidad pajiza y hedionda que se atraganta en los vocablos más allá de la primera persona o, rolliza, persigue la hinchazón, la pedorreta dudosa del ingenio, la connivencia en la chanza, la verborrea postromántica irreverente y neo que en realidad es romántica y se repite genuina, genial, social, asociada, fresca, caótica, original, sincera, joven, serpiente perturbada, revolución, quimera avanguardiada, hoy repe, pseudourbanoide hoy, sin dejar de ser el clásico de siempre que de oficio lubrican, liman, delimitan, jipjopean, sonetean, reduplican y repiten los ignorantes, desarrollada hasta el tedio ahora, una y otra vez en este que, así lo espero, quizá sea nuestro último siglo de culturetas: el exhibicionismo idiota.

¿Delirio intelectual? ¿Acaso tienes algo que decir? Cada caso de alardeo forma parte de la historia desesperada y trágica de la humanidad, una exquisita entelequia que se adueña de las formas mientras pende en vilo, sujeta a un cambio en la trayectoria del viento, como fracción de circunstancias microscópicas que fluctúan alrededor de la existencia sin que nos demos cuenta, sin quererlo, sin ni siquiera suponerlo, fortalecidos, envilecidos por las adicciones, los mitos o deseos que nos mantienen en el sueño permanente de estar vivos. Ay, qué bonito es ser joven ruidoso, temerario, magnífico, despeinado e inmisericorde, qué bonita la contundencia del descaro, tu tendencia presumida y retro en los zapatos, la osadía del que no quiere saber, la llanura de tu nueva pantalla, la blanda hipocresía buen rollito del que finge escuchar pero no calla, de nuevo alcoholizado. Y qué absurda la idea de llegar a viejo paseador de callejones sin otro objetivo que el de dilatar en silencio el paso del tiempo abominable, de releer un libro, cualquier libro y sentir, a veces, aprensión por las guadañas. Pero no. Es mejor jactarse de la muerte y el presente, de la violencia que nos anestesia, hiperrealistas, otro nido para la evasión más hacedera.

Cada caso de violencia forma parte de la historia, incluso, sobre todo desde el anonimato y el olvido. Puede que ninguno tenga una respuesta clara, que la mayoría se acueste cada noche convencida de su saludable bienestar, sin la más mínima idea de lo que sucede fuera de la burbuja, del círculo proyectado sobre dimensiones variables. El que vive en conserva nunca protesta, salvo cuando le quitan lo suyo para repartirlo entre todos los demás. Nadie es distinto. Tampoco tú.

Qué crees alcanzar de este modo, encaramado al atril una vez más, aparentando una humildad que ya no tienes, dime qué pretendes, por qué intentas ocultar tu timidez tras lo que escribes. Pálido, pobre histrión, supones ahora mismo que nada se le escapa a tu público, el sudor de las manos, la leve agitación marinera de estos folios que surcas, sorprendido, el vibrato heterogéneo del lector que se desgaja, ajeno a la voz que le pertenece. Oh tú, que tanto aliteras, si supieras cuánta lástima promueves. Desde el cándido ardid de la palabra resultas transparente, la complicación formal a la que sometes todo, sujeto de ambición, te pone en evidencia.

Pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento delante del monitor, quién te arrebató el teclado aprovechando cualquiera de tus múltiples abordajes del cuarto de baño, qué clase de misterio se coló en los circuitos durante el proceso siempre incómodo de la impresión. Pero en realidad, sobre el asunto que nos concierne, sólo cabe la opción que desestimas: a este texto corresponde un único redactor. O no, quizás así lo piensas.

Por eso yo te acuso, Luis Morales, de perpetrar una y otra vez mis argumentos, de la doblez artificial, de la exhibición del artificio, te acuso aquí, delante de tu público, de maniatar a tantos personajes en situaciones de dudosa verosimilitud, creyendo conseguir con ello el reconocimiento que se reserva a lo extravagante. Te incrimino, corolario de todo lo culpable, por ese lenguaje elitista y abarrocado, por el abuso vanidoso y sacrosanto de todos los diccionarios juntos, por el escapismo que te aleja de tu entorno y traslada mis historias a escenarios con nombres exóticos, como si ese viejo truco te hiciera más interesante y cosmopolita, como si lo que ocurre en New York o Singapur, en esa mañana que transcurre catedralicia y sempiterna a las puertas de una Roma de medioevo o más allá del éter de los milenios próximos, cerca de Alfa Centauro, no pudiera suceder aquí y ahora, aquí, y ahora. Te señalo con el dedo delator, vulgar alquimista, mero redactor alejado de la esencia, porque buscas la piedra filosofal a través de caminos demasiado concurridos. Eres otro espejo, otro llamarse Ninguno, un nuevo manuscrito encontrado, un protagonista levantado en rebelión, el enésimo sueño dentro del sueño. Desconsiderado en el plagio, as del disimulo y el parafraseo, actúas como si jamás hubieran existido aquellos a los que les debes todo, como si esa estantería que compartes en el salón de casa, ordenada al ritmo obsesivo del alfabeto, sostuviera tan sólo pieles marchitas, carcasas de serpiente envolviendo el vacío…

Yo te hiero, en fin, amigo mío, yo te culpo sin perdón posible, porque a pesar de todo sigues empeñado en interpretar que eres tú mismo, el dueño de lo revelado, el que remueve las conciencias, te traiciono porque en el fondo, bajo ese disfraz de malditismo que elaboras cada día, reside la secreta banalidad de perpetuarte, de algún modo, más allá de la muerte, de tu miedo a la muerte, de la única manera en la que crees en el más allá.

Supongo que estarás confuso. Sí, pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento, mientras... No lo pienses demasiado, no vale la pena. Durante un buen rato te sentirás un poco raro, aturdido, violentado en cierto modo por los acontecimientos. Cada caso de violencia forma parte de la historia desesperada y trágica de la humanidad. Es muy simple. Nadie perdería su tiempo viniendo hasta aquí para juzgarte. Haz lo que debas. No creas en fórmulas mágicas, en ostentaciones baratas. Esta vez tampoco habrá ninguna esfinge dispuesta a proponerte un acertijo a la vuelta de la esquina, ningún iluminado capaz de descubrirte para siempre. Sólo queda perseguir eso intangible que buscas por ahí desde tu primer grito, todavía hendido en tu madre, adherido al cordón. Recuerda aquella vieja historia, la de las águilas de Zeus que sobrevolaban los cielos cercanos a lo que después sería el apolíneo santuario de Delfos, portando entre sus garras todas las obsesiones del dios de piedra, recuerda el cruce de vientos donde se encontraron, cómo vino a resbalárseles el destino en pleno estupor aéreo para incrustarse en las primeras estribaciones de la ladera, muy cerca del monte Parnaso, y cómo el dios portador de Égida, después de mucho deliberar, optó por dejarlo allí, gran Ónfalo, en el mismísimo ombligo del mundo, y establecer allí un oráculo.

Fotografía de José Naveiras

viernes, 31 de octubre de 2014

LA LEYENDA DE JACK-O'-LANTERN


Los irlandeses se llevaron a América la costumbre de hacer linternas, talladas a partir de nabos, que iluminasen el camino de vuelta a los muertos queridos durante la víspera de Todos los Santos y protegieran a los vivos de los malos espíritus. Pronto sustituyeron los nabos por calabazas ante las inmensas facilidades para el vaciado que ofrecían las famosas cucurbitáceas. El origen de esta tradición y de toda la parafernalia de Halloween está en la leyenda de Jack-o'-lantern, que os dejo aquí para que paséis una buena noche de miedo anglosajón. 

LA LEYENDA DE JACK-O'-LANTERN

Cuenta la leyenda que existía un hombre llamado Jack el Tacaño, un granjero tan perezoso como astuto y que no hacía ascos a unas buenas pintas de cerveza.
Una noche en la taberna donde Jack solía ir a beber y a jugar a las cartas hasta altas horas de la noche, éste se encontraba totalmente ebrio y, con la valentía que da el alcohol, gritaba desafiante a todo aquel que quisiera escucharlo:
 No hay nadie más listo que yo, ni capaz de superarme en inteligencia y astucia.
Ninguno de los presentes hacía caso de las fanfarronadas de Jack, molesto y furioso, Jack no iba a permitir que le ignorasen, así que volvió a gritar lleno de soberbia:
 Reto al mismo Diablo a que me demuestre si es más inteligente que yo.
La actividad de toda la taberna se paralizó, no se oían risas, ni bromas, en realidad no se oía nada, los aldeanos apenas se permitían respirar. Jack había retado abiertamente al Diablo. Todos los presentes miraban a Jack con terror, poco a poco, el bullicio empezó a crecer aunque el ambiente era lúgubre, sin alegría. Sólo había susurros ahogados y miradas furtivas.
Jack se enfureció aún más, de un salto se puso de pie tirando la silla que había estado usando y, con un puñetazo furioso, apartó la mesa de su camino desparramando todo por el suelo, y, mirando con desprecio a sus vecinos, salió del local.
Frente a la taberna, Jack vio a un siniestro caballero vestido completamente de negro y con un sombrero de ala ancha que cubría su rostro, pero los ojos del desconocido relucían con un brillo maligno en la oscuridad y le miraban fijamente.
El miedo se apoderó de Jack, aquel tipo era aterrador, pero él no se dejaba amilanar fácilmente y, con ademán bravucón, se dirigió al extraño y se encaró con él.
 ¿Qué es lo que quieres?  le preguntó con altivez.
El desconocido no le contestó, pero el brillo de sus ojos era más intenso y frio.
Jack se encogió de hombros, y con un gesto despectivo, se dió media vuelta y se dirigió a su casa. Al principio, Jack iba tan confiado y ufano como siempre pero la sensación de estar siendo seguido por alguien se iba acentuando con cada paso que daba. Empezó a mirar inquieto hacia atrás, pero no conseguía ver nada aunque la sensación era ya abrumadora, de vez en cuando creía ver la sombra del enmascarado acercándose cada vez más.
Jack aceleró el paso, tenía la impresión de oír los pasos de su perseguidor cada vez más cercanos, y el terror se iba apoderando de él, nunca el camino hasta su hogar le había parecido tan largo. Corrió. Cuando por fin llegó a casa Jack estaba completamente aterrorizado, rápidamente echó el cerrojo de la puerta y corrió a comprobar, una a una, todas las ventanas.
Cada vez que comprobaba una ventana podía ver al desconocido parado frente a la casa, esperando. Esperándole.
Después Jack esperó a ver que pasaba. La tensión y el miedo iban creciendo en él, pero no pasó nada. Cada pocos minutos se asomaba por la ventana, y cada vez el desconocido seguía allí, parado, esperando. Jack estaba desesperado, y, recogiendo el valor que le quedaba, se atrevió a salir y a volverse a enfrentar al desconocido.
 ¿Quién eres y qué quieres de mi?  le espetó Jack asustado.
El extraño le miraba fijamente, con aquellos ojos espeluznantes, y Jack creyó ver como la boca de aquel individuo se había torcido en una cruel sonrisa.
 Soy el Diablo, y estoy aquí puesto que me has retado, a mis oidos han llegado que te consideras más listo que yo.  Su voz sonaba siniestra y profunda.
Aunque muerto de miedo, Jack sonrió al extraño y lo cogió del brazo invitándole a volver juntos a la taberna a tomar sus últimas copas. El Diablo aceptó. Durante horas ambos estuvieron hablando, bebiendo y jugando animadamente, en una extraña competición de ingenios, la velada transcurría como una fiesta entre dos amigos. Durante todo este tiempo Jack no paraba de pensar en como salir de ésta aunque no encontraba la forma.
Inexorablemente, ya muy cerca de la madrugada, el Diablo le dijo a Jack que iba a llevárselo al Infierno donde purgaría sus pecados y pagaría por su soberbia. Jack sabía que había llegado su hora, aún así no se amilanó e invitó al Diablo a una última ronda. El Diablo, que lo había estado pasando tan bien hasta el momento, no vio motivos para negarse.
Al llegar el momento de pagar, Jack afirmó haberse quedado sin dinero, lo que provocó numerosas bromas y burlas entre ellos, momento que aprovechó Jack para volver a retar al Diablo:
 ¡Vamos compañero! demuéstrame tus poderes, a ver de qué eres capaz. ¿Por qué no te conviertes en algo pequeño, en una moneda, por ejemplo?
El Diablo, bastante ebrio y picado en su orgullo, usó toda su parafernalia y se transformó en una moneda. Momento en el que, astutamente, Jack aprovechó para coger la moneda y guardársela rápidamente en el bolsillo, donde previamente había guardado un crucifijo de plata.
El Diablo, atrapado junto a la cruz, no podía hacer nada para liberarse, por lo que, no le quedó más remedio que hacer un trato con Jack. Jack le liberaba y, a cambio, el Diablo no podía presentarse ante él en un año.
Así que, un año después, el Diablo se presentó puntual a su cita. Este año no habría borracheras, ni bromas, ni risas, en esta ocasión no iba a permitir que Jack le volviera a burlar.
En esta ocasión, Jack pidió un deseo antes de morir. Como bien es sabido, los últimos deseos de los que iban a morir debían de ser concedidos, por lo que el Diablo volvió a concedérselo, aunque en esta ocasión puso algunas condiciones. No iba a permitir que, utilizando algún truco, Jack volviera a retrasar su entrada al Infierno.
 Quiero una última cena. No quiero nada exótico, llevo todo el año cuidando de ese manzano, y una de ellas, esa que se ve en la copa del árbol, acaba de madurar y pensaba comérmela mañana. Desearía disfrutar de ella antes de mi muerte. Mi deseo es que me la bajes para que pueda comérmela y luego puedes llevarme contigo.
Al Diablo le pareció un deseo razonable. Sólo una manzana. Por lo que sin pensárselo más aceptó. Ágilmente subió al árbol y se puso a buscar la manzana que Jack había señalado.
Pero Jack había vuelto a engañarle, justo cuando el Diablo había subido al árbol, Jack grabó en el tronco una cruz para que este no pudiera escapar.
El Diablo estaba furioso y humillado, ¡aquel granjero se había atrevido a engañarle dos veces! Aún así, no le quedó más remedio que volver a hacer un trato con Jack.
Esta vez Jack pidió que el Diablo no pudiera presentarse ante él en diez años.
Pero el destino quiso que Jack perdiera la vida mucho antes del tiempo establecido. Tal como era, soberbio, altivo, vicioso y tramposo era completamente imposible que cruzara las puertas del Cielo y, por lo tanto, debía ir al Infierno.
Pero había un problema, el pacto seguía vigente y, por consiguiente, era imposible que Jack se encontrara con el Diablo antes de que se cumplieran los diez años. Por lo que tampoco podía entrar en el Infierno. Jack se quedaba en tierra de nadie, entre el Cielo y el Infierno, sólo y a oscuras. Jack suplicó ayuda.
El Diablo burlón, había estado esperando todo este tiempo su venganza, y esta era su oportunidad. Le negó la entrada al Infierno transcurrido el tiempo pactado, pero como burla, le lanzó una brasa que no dejaría de arder con el fuego del infierno para iluminar su camino.
Jack vació un nabo y colocó la brasa en su interior a modo de farolillo. Comenzó a vagar eternamente, sin pertenecer a ningún lado, en busca de un lugar donde encontrar el descanso final.
Desde entonces, Jack-o'-lantern, como se le empezó a llamar, ha sido visto en numerosas ocasiones durante la noche de Halloween, acompañando a aquellos que se atreven a salir esa noche, y ofreciendo a sus acompañantes un truco o un trato.

sábado, 19 de julio de 2014

LA NOCHE SE MUEVE: (VIII: CYBORG)


La noche se mueve. Estoy despierto en la oscuridad total. Sólo la onda verde, oscilante, permite intuir una presencia. La noche se mueve. Sé que llega la hora. La puerta se abre y una silueta sigilosa entra en la habitación. La jeringuilla brilla tenuemente al acercarse a mí. Pero no quiero, ya no quiero más, me niego a entregarme, me sublevo como nunca, concentro el fulgor de la rabia en el último esfuerzo y sin saber cómo arranco de cuajo las ataduras. La figura se detiene desconcertada un instante. No tiene tiempo de gritar porque descargo los dos puños sobre ella derribándola. Eufórico, me incorporo con lentitud, desprendiéndome de los cables entre tinieblas. Abro la ventana. Las nubes inundan el cielo. La noche se mueve, la oscuridad me acompaña. En los pasillos cunde la alarma. Cuando los celadores irrumpen salto al vacío con determinación desde el tercer piso y perplejo me levanto del suelo sin sufrir el menor daño. Palpo mi cuerpo en la tiniebla. Entonces comprendo que no siento, no hay tacto, mis manos tocan sin encontrar algo más que el helado acero de la nada, como si tuviera atrofiado el sistema nervioso. Huyo, huyo en la noche que se mueve sin saber hacia dónde me dirijo. Salto la valla furibundo y me pierdo en un bosque espeso, huyo arrastrado por la mente silenciosa, invulnerable. Tal vez me esté volviendo loco. No quiero encerrarme en el mutismo de los pensamientos, no. Sigo huyendo y grito, grito, para sentirme al menos vivo.
La noche se mueve, y es mi sustento tu recuerdo. Campo abierto. A lo lejos las luces de una ciudad. Hacia allí marcho, devorando los kilómetros frenético, buscando tu recuerdo. Acantilado a tu cuerpo exhalo permeabilidad, labro el labio para encontrarte más allá de la membrana dormida, donde no me escuchas. Llego a una casa en las afueras, su abandono confirma mis sospechas. Calla la mano que siempre ha intentado escribirte, renuncia mi mente ajena a las palabras. Derribo la puerta con violencia, me abalanzo sobre las escaleras que sorteo, de cuatro en cuatro, extenuando la pulsión de las zancadas. Que tu piel aparte este temblor, que haga legibles los garabatos de mi lengua trazadora. En el dormitorio la penumbra, las sábanas que hunde el polvo. Tu recuerdo. Soy voluntad coartada, circunstancia, síntoma brutal de los ambientes. El género de mi voz es hermético y disparatado, atrapa la gran trampa, se parece a la locura. Busco el interruptor. La lámpara chasquea y se ilumina, mortecina e hiriente. El disco de Coltrane rasga y zigzaguea las horas bajo la nube mínima de una aguja. Sobre la mesilla te encuentro, asida a mis brazos para decirme quién soy desde el pasado de esa foto imposible, perdida ya en el tiempo. Dime dónde estás. Mientras te respiro con terquedad comprendo lo que me violenta de un ardor tan desesperado. La noche se mueve. Levanto la vista y me veo reflejado en el espejo. La noche se mueve. Por primera vez me observo. Acaso el despertar. Dos ojos que brillan perplejos. Nos desfigure las vidas. Único rasgo humano que se distingue. Acaso volvamos a mirarnos con la insensata lucidez de los desconocidos. En el helado acero de un engendro mecánico.


Si quieres conocer el resto del relato, aquí tienes los enlaces:

La noche se mueve (I: Algo se mueve)
La noche se mueve (II: Minotauro)
La noche se mueve (III: Diagnóstico)
La noche se mueve (IV: Un nombre en un susurro)
La noche se mueve (V: Pastilla verde, roja, azul)
La noche se mueve (VI: Anestesia)
La noche se mueve (VII: Cobaya)