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jueves, 23 de abril de 2026

EL LECTOR COMO PROTAGONISTA DE UNO DE LOS MEJORES COMIENZOS DE LIBROS QUE RECUERDO


En un nuevo día del libro como el de hoy no puede haber mejor homenaje que acordarse de alguna de esos libros que me han ido marcando a lo largo del tiempo. No será el mejor comienzo de novela de la Historia de la Literatura, hay muchos competidores para llevarse ese título, pero creo que sin duda es uno de los que mejor sintetiza el hecho diferencial de la lectura. El inicio de Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino declara abiertamente esa extraña relación entre escritor y lector sobrevenida más allá de los clichés de ida y vuelta. Y adelanta las infinitas novelas que puede haber dentro de una novela. Tantas como los y las que las leen. Nada más que decir. Que lo diga Calvino desde el principio... 

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!». Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!». Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!». O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.

Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de lado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura de yoga. Con el libro invertido, claro.

La verdad, no se logra encontrar la postura ideal para leer. Antaño se leía de pie, ante un atril. Se estaba acostumbrado a permanecer en pie. Se descansaba así cuando se estaba cansado de montar a caballo. A caballo a nadie se le ocurría nunca leer; y sin embargo ahora la idea de leer en el arzón, el libro colocado sobre las crines del caballo, acaso colgado de las orejas del caballo mediante una guarnición especial, te parece atractiva. Con los pies en los estribos se debería de estar muy cómodo para leer; tener los pies en alto es la primera condición para disfrutar de la lectura.

Bueno, ¿a qué esperas? Extiende las piernas, alarga también los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre las orejas del sillón, sobre la mesita de té, sobre el escritorio, sobre el piano, sobre el globo terráqueo. Quítate los zapatos, primero. Si quieres tener los pies en alto; si no, vuelve a ponértelos. Y ahora no te quedes ahí con los zapatos en una mano y el libro en la otra.

Regula la luz de modo que no te fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz de modo que la página no quede en sombra, un adensarse de letras negras sobre un fondo gris, uniformes como un tropel de ratones; pero ten cuidado de que no le caiga encima una luz demasiado fuerte que se refleje sobre la cruda blancura del papel royendo las sombras de los caracteres como en un mediodía del sur. Trata de prever ahora todo lo que pueda evitarte interrumpir la lectura. Los cigarrillos al alcance de la mano, si fumas, el cenicero. ¿Qué falta aún? ¿Tienes que hacer pis? Bueno, tú sabrás.

No es que esperes nada particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Hay muchos, más jóvenes que tú o menos jóvenes, que viven a la espera de experiencias extraordinarias; en los libros, las personas, los viajes, los acontecimientos, en lo que el mañana te reserva. Tú no. Tú sabes que lo mejor que cabe esperar es evitar lo peor. Ésta es la conclusión a la que has llegado, tanto en la vida personal como en las cuestiones generales y hasta en las mundiales. ¿Y con los libros? Eso, precisamente porque lo has excluido en cualquier otro terreno, crees que es justo concederte aún este placer juvenil de la expectativa en un sector bien circunscrito como el de los libros, donde te puede ir mal o bien, pero el riesgo de la desilusión no es grave.

Conque has visto en un periódico que había salido Si una noche de invierno un viajero, nuevo libro de Italo Calvino, que no publicaba hacía varios años. Has pasado por la librería y has comprado el volumen. Has hecho bien.

Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte acoquinar, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir de Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aun De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son. Con rápido movimiento saltas sobre ellos y caes entre las falanges de los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros, de los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad de Precio, de los Libros Ídem De Ídem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído, Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú. Eludiendo estos asaltos, llegas bajo las torres del fortín, donde ofrecen resistencia.

los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer, 

los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos, 

los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento, 

los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso, 

los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano, 

los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería, 

los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable. 

Hete aquí que te ha sido posible reducir el número ilimitado de fuerzas en presencia a un conjunto muy grande, sí, pero en cualquier caso calculable con un número finito, aunque este relativo alivio se vea acechado por las emboscadas de los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora de Releerlos y de los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras.

Te liberas con rápidos zigzags y penetras de un salto en la ciudadela de las Novedades Cuyo Autor O Tema Te Atrae. También en el interior de esta fortaleza puedes practicar brechas entre las escuadras de los defensores dividiéndolas en Novedades De Autores O Temas No Nuevos (para ti o en absoluto) y Novedades De Autores O Temas Completamente Desconocidos (al menos para ti) y definir la atracción que sobre ti ejercen basándote en tus deseos y necesidades de nuevo y de no nuevo (de lo nuevo que buscas en lo no nuevo y de lo no nuevo que buscas en lo nuevo). 

Todo esto para decir que, recorridos rápidamente con la mirada los títulos de los volúmenes expuestos en la librería, has encaminado tus pasos hacia una pila de Si una noche de invierno un viajero con la tinta aún fresca, has agarrado un ejemplar y lo has llevado a la caja para que se estableciera tu derecho de propiedad sobre él.

Has echado aún un vistazo extraviado a los libros de alrededor (o mejor dicho, eran los libros los que te miraban con el aire extraviado de los perros que desde las jaulas de la perrera municipal ven a un ex compañero alejarse tras la correa del amo venido a rescatarlo) y has salido.

Es un placer especial el que te proporciona el libro recién publicado, no es sólo un libro lo que llevas contigo sino su novedad, que podría ser también sólo la del objeto salido ahora mismo de la fábrica, la belleza de la juventud con que también los libros se adornan, que dura hasta que la portada empieza a amarillear, un velo de smog a depositarse sobre el canto, el lomo a descoserse por las esquinas, en el rápido otoño de las bibliotecas. No, tú esperas siempre tropezar con una novedad auténtica, que habiendo sido novedad una vez continúe siéndolo para siempre. Al haber leído el libro recién salido, te apropiarás de esa novedad desde el primer instante, sin tener después que perseguirla, acosarla. ¿Será ésta la vez de veras? Nunca se sabe. Veamos cómo empieza.

Quizá ya en la librería has empezado a hojear el libro. ¿O no has podido, porque estaba envuelto en su capullo de celofán? Ahora estás en el autobús, de pie, entre la gente, colgado por un brazo de una anilla, y empiezas a abrir el paquete con la mano libre, con gestos un poco de mono, un mono que quiere pelar un plátano y al mismo tiempo mantenerse aferrado a la rama. Mira que le estás dando codazos a los vecinos; pide perdón, por lo menos.

O quizá el librero no ha empaquetado el volumen; te lo ha dado en una bolsa. Eso simplifica las cosas. Estás al volante de tu coche, parado en un semáforo, sacas el libro de la bolsa, desgarras la envoltura transparente, te pones a leer las primeras líneas. Te llueve una tempestad de bocinazos; hay luz verde; estás obstruyendo el tráfico.

Estás en tu mesa de trabajo, tienes el libro colocado como al azar entre los papeles, en cierto momento apartas un dossier y encuentras el libro bajo los ojos, lo abres con aire distraído, apoyas los codos en la mesa, apoyas las sienes en las manos cerradas en puño, pareces concentrado en el examen de un expediente y en cambio estás explorando las primeras páginas de la novela. Poco a poco te recuestas en el respaldo, alzas el libro a la altura de la nariz, inclinas la silla en equilibrio sobre las patas posteriores, abres un cajón lateral del escritorio para poner los pies, la posición de los pies durante la lectura es de suma importancia, alargas las piernas sobre la superficie de la mesa, sobre los expedientes sin despachar.

Pero ¿no te parece una falta de respeto? De respeto, por supuesto, no a tu trabajo (nadie pretende juzgar tu rendimiento profesional; admitamos que tus tareas se inserten regularmente en el sistema de actividades improductivas que ocupa tanta parte de la economía nacional y mundial), sino al libro. Peor aún si perteneces en cambio –de grado o por fuerza– al número de esos para quienes trabajar significa trabajar en serio, realizar –intencionadamente o sin hacerlo aposta– algo necesario o al menos no inútil para los demás amén de para sí: entonces el libro que te has llevado contigo al lugar de trabajo como una especie de amuleto o talismán te expone a tentaciones intermitentes, unos cuantos segundos substraídos cada vez al objeto principal de tu atención, sea éste un perforador de fichas electrónicas, los hornillos de una cocina, las palancas de mando de un bulldozer, un paciente tendido con las tripas al aire en la mesa de operaciones.

En suma, es preferible que refrenes la impaciencia y esperes a abrir el libro cuando estés en casa. Ahora sí. Estás en tu habitación, tranquilo, abres el libro por la primera página, no, por la última, antes de nada quieres ver cómo es de largo. No es demasiado largo, por fortuna. Las novelas largas escritas hoy acaso sean un contrasentido: la dimensión del tiempo se ha hecho pedazos, no podemos vivir o pensar sino retazos de tiempo que se alejan cada cual a lo largo de su trayectoria y al punto desaparecen. La continuidad del tiempo podemos encontrarla sólo en las novelas de aquella época en la cual el tiempo no aparecía ya como inmóvil ni todavía como estallando, una época que duró más o menos cien años, y luego se acabó.

Le das vueltas al libro entre las manos, recorres las frases de la contraportada, de la solapa, frases genéricas, que no dicen mucho. Mejor así, no hay un discurso que pretenda superponerse indiscretamente al discurso que el libro deberá comunicar directamente, a lo que tú deberás exprimir del libro, sea poco o mucho. Cierto que también este girar en torno al libro, leerlo alrededor antes de leerlo por dentro, forma parte del placer del libro nuevo pero, como todos los placeres preliminares, tiene una duración óptima si se quiere que sirva para empujar hacia el placer más consistente de la consumación del acto, esto es, de la lectura del libro.

Conque ya estás preparado para atacar las primeras líneas de la primera página. Te dispones a reconocer el inconfundible acento del autor. No. No lo reconoces en absoluto. Aunque, pensándolo bien, ¿quién ha dicho que este autor tenga un acento inconfundible? Al contrario, se sabe que es un autor que cambia mucho de un libro a otro. Precisamente en estos cambios se reconoce que es él. Pero aquí parece que no tiene nada que ver con todo lo demás que ha escrito, al menos por lo que recuerdas. ¿Es una desilusión? Veamos. Acaso al principio te sientes un poco desorientado, como cuando se te presenta una persona a la que por el nombre identificabas con cierta cara, y tratas de hacer coincidir los rasgos que ves con los que recuerdas, y la cosa no marcha. Pero después prosigues y adviertes que el libro se deja leer de todas maneras, con independencia de lo que te esperabas del autor, es el libro en sí lo que te intriga, e incluso bien pensado prefieres que sea así, hallarte ante algo que aún no sabes bien qué es. 

CALVINO, ITALO,
Si una noche de invierno un viajero,
I.

viernes, 13 de febrero de 2026

LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA, DE PÍO BAROJA

 


A menudo los caminos que llevan al lector hacia un determinado texto son complicados de explicar. La forma en que, no hace demasiado tiempo, entré en contacto con Las inquietudes de Shanti Andía, la primera de las novelas de la tetralogía "El mar" de Pío Baroja, no tiene desperdicio. Aquella mañana de domingo me dirigía a la panadería habitual para cumplir con la sacrosanta tarea de llevarme un pan debajo del brazo cuando con el rabillo del ojo me fijé en el contenedor de reciclaje. Me llamó la atención una triple columna de libros de Austral que alguien había dejado sobre la acera justo a los pies de la estructura. No pude evitar acercarme. Sin duda restos de una biblioteca particular, los libros se encontraban en perfecto estado. Un tesoro decimonónico y noventayochista que incluía obras de Émile Zola, Valle-Inclán, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y el propio Pío Baroja. Miré al cielo plomizo del otoño. La perspectiva de una cercana lluvia terminó por vencer cualquier escrúpulo, así que poco después llegué a casa portando una barra de pan y hasta nueve libros que iban a servir para saciar otro tipo de hambre, en un acto de salvamento que me proporcionó la conveniente reprimenda relacionada con el hecho de recoger cosas del suelo y el placer de una nueva reserva de lecturas, que precisamente iba a empezar con la novela marinera del escritor donostiarra. 

De Pío Baroja (1872-1956) había leído en el ámbito del colegio algunas de las obras "madrileñas" de "La lucha por la vida", como La Busca (1904), y también, más adelante, El árbol de la ciencia (1911), quintaesencia del espíritu pesimista y cosmopolita de la Generación del 98. El resto de libros de Baroja no dejaba de ser una ristra de nombres más o menos interesantes sepultada en el día a día de un futuro filólogo y aprendiz de escritor. Como pasa con tantos otros. Pero, como he dicho al principio, mucho tiempo después, unas serie de extrañas circunstancias me condujo finalmente a abrir una puerta nueva e inesperada.

Las inquietudes de Shanti Andía (1911) es una auténtica novela de aventuras disfrazada de libro de memorias. Ya anciano, el veterano ex capitán de barco Shanti Andía disfruta de su retiro en Lúzaro, su localidad vasca natal. Su modestia le impide verse como un "hombre ilustre" local. Sin embargo, una petición del nuevo periódico luzarense le saca de su ensimismamiento y lo hace decidirse a narrar su historia. El periódico acabará cerrando, pero el mal ya está hecho. Shanti Andía contará a lo largo de 7 libros y un epílogo los episodios más importantes de una vida marcada por la pasión por el mar. Con todos los ingredientes: una infancia iniciática ligada a su familia marinera, a las mujeres de la casa y a sus amigos, con los que recorre aquel espacio vasco imaginado, casi ancestral, aquel Lúzaro protagonista de adoquines humedecidos por la lluvia constante, puerto reducido y montaña a la espalda que se vuelve acantilado, roce de playa y rocas que se adentran en el mar; una etapa de formación en Cádiz y San Fernando; una primera relación amorosa imposible; la experiencia que se gana en los viajes alrededor del mundo y una vuelta a casa marcada por la despedida familiar y la búsqueda de su tío Juan de Aguirre, piloto aventurero en un barco negrero y supuesto pirata al que se había dado por muerto mucho tiempo antes. Tras la sorpresa de tenerlo más cerca de lo que nunca hubiera creído, la nueva pérdida y la conquista del amor verdadero. Y también el desentrañamiento definitivo de esa vida de incertidumbre legendaria que completa el rompecabezas desde distintas perspectivas.

Podría decirse que Shanti Andía ha perseguido siempre ese sueño náutico representado por la figura de su tío, que esta haya sido su guía de viaje, su bitácora. Aunque en realidad su propia existencia, adecuada a los tiempos modernos que le ha tocado vivir, haya sido mucho más convencional y apática. 

Pero qué historia vasca de piratas, fragatas y bergantines, mares del Sur, tesoros escondidos, persecuciones y hundimientos, peleas a cuchillo, jerga marinera y tabernas infectas. Baroja se ayuda de una desbordante imaginación, sí, pero también de sus propios recuerdos. No en vano era descendiente por parte de madre de una familia de capitanes de barco, los Goñi, que hicieron durante mucho tiempo la ruta de navegación entre Cádiz y Filipinas, justo como nuestro protagonista. ¿Es Shanti Andía el alter ego de Baroja? Podría ser. Algunos critican la novela por eso, aunque no entiendo exactamente en qué medida este hecho podría disminuir la calidad de la misma. 


Me ha sorprendido la forma en que se narra la aventura de Juan de Aguirre, en modo de testimonios perseguidos, rumores escuchados aquí y allí por Shanti en boca de los marineros, o leídos por último en un manuscrito encontrado... He disfrutado como el niño que en su día se zambulló en las páginas de Moby Dick, de La Isla del Tesoro. Y a la vez adivino ese pesimismo que impregna como el salitre todas las acciones de Shanti. Baroja sigue reflexionando sobre el tiempo perdido. Sobre un tiempo que fue mejor.

Ante todo La inquietudes de Shanti Andía es una novela de los sentidos. Baroja maneja con maestría los elementos para hacerte sentir la lluvia sobre los hombros, el viento en los acantilados o la agitación de las velas. Casi puede percibirse el olor que emerge de la bodega de El Dragón, el tacto de las cuerdas, el crujido de la madera, la noche cayendo sobre Frayburu, el sonido ensordecedor de las olas en el interior de la cueva, la luz cegadora del Golfo de Cádiz, el calor hediondo de la calma chicha en el Índico, la pólvora de los cañones, la niebla que cala los huesos en los pontones del páramo inglés, la explosión brutal de la tormenta en el océano... 

El mar, sin duda, es uno de los grandes protagonistas de esta historia. El capítulo II del primer libro tiene por título EL MAR ANTIGUO y arroja, desde mi punto de vista, alguna de las claves principales de la novela. Dejo aquí una muestra de lo que dice Shanti de ese mar, y de los tiempos presentes, en unos términos, ya veréis, que se parecen sorprendentemente a los que podríamos utilizar hoy en día. Culminemos así esta aventura que, también a mí, me sacó de la apatía una mañana de domingo junto a un contenedor de papel: 

"Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.

¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido.

Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable.

En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.

Entonces, en la mayoría de los buques se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros. Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes y círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y navegaban a la antigua.

La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.

Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo.

A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.

Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales.

—Te preguntarán cuánto has hecho—decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura—, no cómo lo has hecho.

Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores audaces o vendedores de chinos.

Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.

Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia... una maquinaria en eterna transformación.

Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un especialista injerto en un burócrata.

Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. "Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas", me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; "llevamos la fuerza en nuestra carbonera", puede decir el capitán de hoy.

El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.

Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.

Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su inmovilidad.

El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones fuertes, sino los más ligeros matices.

Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo que no es rápido está condenado a morir.

Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para ése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable".


BAROJA, P.
Las inquietudes de Shanti Andía,
LIBRO PRIMERO, Capítulo II.


PD: Os dejo aquí el enlace al ebook Las inquietudes de Shanti Andía del Proyecto Gutenberg, por si queréis leerlo en ese formato.

martes, 20 de enero de 2026

ALL FLOWERS IN TIME BEND TOWARDS THE SUN


¿Cómo puede golpearme de repente una canción que nunca debería haber sido escuchada? ¿Qué mágica y extraña combinación de elementos se conjura y condensa en emoción? All Flowers In Time Bend Towards The Sun, forjada en la íntima conexión que experimentaron Elizabeth Frazer (Cocteau Twins) y Jeff Buckley durante su relación (1994/95), es una canción de amor incompleta, imperfecta, imprescindible, un vuelo de guitarra acústica apresado por las voces que se cruzan y se separan cómplices. La intensidad acabó separándolos y no mucho tiempo después la muerte sorprendió a Buckley en las corrientes del río Misisipi. Alguien traicionó a Elizabeth publicando esa canción que nunca debería haber sido escuchada, cierto. Acaso pudiera juzgarse como un hecho reprobable. Pero qué maravilla nos hubiéramos perdido sin la traición, sin la tragedia, sin los que se aman en un instante imperfecto e irrepetible.