Pages

Mostrando entradas con la etiqueta ESA BIBLIOTECA DESTARTALADA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ESA BIBLIOTECA DESTARTALADA. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de febrero de 2016

EL NOMBRE DE LA ROSA, DE UMBERTO ECO



STAT ROSA PRISTINA NOMINE, 
NOMINA NUDA TENEMUS

De la rosa solo nos queda el nombre... Las cosas dejan de existir y solamente quedan las palabras. Una de esas cáscaras de plátano que el recientemente fallecido Umberto Eco fue dejando a lo largo de su primera y más exitosa novela para hacer tropezar a los exégetas y estudiosos de toda ralea. Algo que le gustaba hacer también, por ejemplo, a Gabriel García Márquez. La novela cerrando un círculo. La intertextualidad. El final que parece explicar el principio. 
Como el que ve la portada de Lumen y no puede dejar de ignorar el laberinto. La rosa es un símbolo de múltiples significados desde la Antigüedad en adelante... un objeto lógico propicio para impulsar la trampa y el macguffin que mantenga entretenidos a los sabios y los lectores ávidos por descifrar códigos secretos. De hecho es posible que en este afán decodificador resida el gran éxito de El nombre de la rosa (1980), una novela aparentemente difícil, que mezcla la historia con la filosofía y la intriga detectivesca. La oscuridad de la Edad Media. La luz de los libros. La represión intelectual y el escrutinio por parte de la religión, la efervescencia de las creencias. La transmisión de la cultura. La lucha entre el relativismo de las cosas y la conciencia de la culpa. Una de las grandes precursoras, sin duda, de lo que vino después, con Dan Brown y compañía. Códigos. 
Todos se obsesionaron por descifrar este libro, los personajes ocultos, los textos escondidos. Todos quisieron atravesar el espejo, el laberinto de la biblioteca borgiana en la que encontrar los libros prohibidos. El segundo libro de la poética de Aristóteles es un Aleph que muchos trataron encontrar, aunque la clave ya estaba formulada: la risa salva. El nombre de la risa. 
El obstáculo puesto por el autor fue increíblemente superado por una gran mayoría de lectores. Como en Divinas Palabras de Valle-Inclán, los numerosos pasajes en latín de El nombre de la rosa, la salvaron del ostracismo. Legiones de lectores pedían traducciones, pero como el mismo Eco se encargó de repetir una y otra vez, "cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa".


A Umberto Eco le pasaba como a Radiohead, a los que no dejan de pedirles Creep en los conciertos veinte años después del éxito masivo que obtuvo la dichosa canción. Al semiólogo, al crítico, al investigador consagrado, al autor de ensayos como La estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975), Lector in Fabula (1979) Kant y el ornitorrinco (1997) o La historia de la belleza (2005) le persiguieron ejércitos de lectores ávidos de saber más sobre El nombre de la rosa. Nunca más pudo librarse de aquellos demonios. Harto ya de tanta pregunta, Eco escribió Apostillas a 'El nombre de la rosa', un texto aclaratorio sobre los orígenes de su afamada novela que sin embargo no desvelaba los puntos fundamentales de su trama. Como debe ser. Cada lector que busque dentro de sí mismo sus propias conclusiones. 


Como podéis ver, este no pretende ser un análisis exhaustivo del libro, sino más bien poner por escrito de algún modo la curiosa forma en que, en distintas ocasiones, entré en contacto con el mismo. Mi experiencia de lector, algo que, creo, al final es lo más importante.
Baste decir, por ejemplo, que mi primer trabajo de maquetación propiamente dicha fue precisamente una portada de libro a elección propia. Fue en clase de literatura, en 4º de EGB (otra cosa de la que ya solo queda el nombre). Acaba de ver la película de Jean-Jacques Annaud (1986). Sí, para mí Adso de Melk siempre tendrá la cara de bisoño de Christian Slater y Guillermo de Baskerville se podría apellidar Connery. La portada, cuidadosamente diseñada a mano, mostraba a fray Guillermo en primer plano, apesadumbrado, la capucha calada, cargado de libros, mientras al fondo el fuego devoraba la torre de la abadía... todo muy bonito y bien pintado. En la parte inferior escribí con letras de molde el título de la novela y el nombre de su autor:

EL NOMBRE DE LA ROSA
HUMBERTO ECO

El detalle de la H muda y sobrante fue señalado con delicadeza por el profesor, que sin embargo no lo tuvo en cuenta a la hora de las calificaciones. Por lo tanto la historia de mi primera maquetación es también la historia de mi primera errata tipográfica. Mal empezamos. Hace unos años volví a ver aquella reliquia, algo arrugada y rota en uno de sus extremos, en casa de mis padres, en el baúl donde guardaban mis recuerdos. No sé si seguirán allí (los recuerdos, el baúl, la portada) después de la última reforma.



Mucho tiempo después El nombre de la rosa vino a mis manos gracias a una oferta de RBA Editores para regalarme un verano lleno de descubrimientos y lectura activa. A mí, que acababa de dejar atrás un 3º de BUP de letras puras en el que había traducido todo lo traducible en latín y conocido de parte de un gran profesor los fundamentos de la filosofía, ambos conocimientos muy útiles para la vida moderna.  A mí, como podéis comprender, todavía no demasiado iniciado en los misterios de la juventud, con una perspectiva vacacional que se reducía a todo un mes de agosto en el sur, donde las siestas se prolongaban a dos horas y media. Que te llegue en esas circunstancias un texto así no tiene precio. Nunca más podría haberse dado una situación así. 
Lo que para otros fue una gran barrera para mí fue un reto. Mientras los demás roncaban pronto me puse a traducir con ayuda de mi diccionario latino-español/español-latino Vox todos los pasajes escritos en latín en el libro a medida que iban apareciendo durante mi lectura. Anotaba sin saber nada de anotación los números al pie de cada texto y luego los devolvía traducidos en las hojas de guarda del ejemplar. Aquellas fueron mis primeras glosas. Fue un mes fantástico en el que tal vez se despertó mi vocación filológica. Y luego, claro está, esa sensación de haber descifrado lo que otros se habían perdido. Sí, yo también había pisado la cáscara de plátano, tenía los dedos manchados de tanto pasar páginas, pero para bien.
No sé dónde tengo el libro anotado. Posiblemente descanse también en el baúl de mis recuerdos, pero si aparece me comprometo a mostrároslo como prueba de la veracidad de estos hechos.

En fin, que para mí El nombre de la rosa es un puntal fundamental en mi trato posterior con la literatura en todos sus ámbitos (como lector, como editor de textos, como maquetador, como aficionado a los libros, incluso como escritor...) y que una vez más tiene que venir la muerte a recordarme las cosas que me hacen vivir como soy y ser lo que ahora vivo. Salve Umberto. Gracias por salvarme de la boca del león.



Una de los aspectos que más me gustó de El nombre de la rosa es esa sensación de que el progreso se iba filtrando en la vida de los hombres a pesar de la aparente oscuridad total de aquel siglo XIII y la represión sin límites de nobles, monarcas y poderes religiosos con el único objetivo de mantener el control sobre las masas. A este respecto me gusta especialmente el pasaje de la novela que dejo aquí y ahora para cerrar este pequeño (o largo) homenaje. Si os fijáis en la imagen de Sean Connery lo entenderéis:

–No está escrito que los maestros vidrieros deban seguir haciendo ventanas y los orfebres relicarios, si los maestros del pasado han sabido producirlos tan bellos y destinados a durar muchos siglos. Si no, la tierra se llenaría de relicarios, en una época tan poco prolífica en santos de donde obtener reliquias –dijo bromeando Guillermo–. Y no se seguirá eternamente soldando vidrios para las ventanas. Pero he visto en varios países cosas nuevas que se hacen con vidrio, y me han sugerido la idea de un mundo futuro en que el vidrio no sólo está al servicio de los oficios divinos; sino que se use también para auxiliar las debilidades del hombre. Quiero que veas una obra de nuestra época, de la que me honro en poseer un utilísimo ejemplar.

Metió las manos en el sayo y extrajo sus lentes, que dejaron sorprendido a nuestro interlocutor.

Nicola cogió la horquilla que Guillermo le ofrecía. La observó con gran interés, y exclamó:

–¡Oculi de vitro cum capsula! ¡Me habló de ellas cierto fray Giordano que conocí en Pisa! Decía que su invención aún no databa de dos décadas. Pero ya han transcurrido otras dos desde aquella conversación.

–Creo que se inventaron mucho antes –dijo Guillermo–, pero son difíciles de fabricar, y para ello se requieren maestros vidrieros muy expertos. Exigen mucho tiempo y mucho trabajo. Hace diez años un par de estos Viteri ab oculis ad legendum se vendieron en Bolonia por seis sueldos. Hace más de una decada el gran maestro Salvirio degli Armati me regajó un par, y durante todos estos años los he conservado celosamente como si fuesen, como ya lo son, parte de mi propio cuerpo.

–Espero que uno de estos días me los dejéis examinar. No me disgustaría fabricar otros similares -dijo emocionado Nicola.

–Por supuesto –consintió Guillermo–, pero ten en cuenta que el espesor del vidrio debe cambiar según el ojo al que ha de adaptarse, y es necesario probar con muchas de estas lentes hasta escoger la que tenga el espesor adecuado al ojo del paciente.

–¡Qué maravilla! –seguía diciendo Nicola–. Sin embargo, muchos hablarían de brujería y de manipulación diabólica…

–Sin duda, puedes hablar de magia en estos casos –admitió Guillermo–. Pero hay dos clases de magia. Hay una magia que es obra del diablo y que se propone destruir al hombre mediante artificios que no es lícito mencionar. Pero hay otra magia que es obra divina, ciencia de Dios que se manifiesta a través de la ciencia del hombre, y que sirve para transformar la naturaleza, y uno de cuyos fines es el de prolongar la misma vida del hombre. Esta última magia es santa, y los sabios deberán dedicarse cada vez más a ella, no sólo para descubrir cosas nuevas, sino también para redescubrir muchos secretos de la naturaleza que el saber divino ya había revelado a los hebreos, a los griegos, a otros pueblos antiguos e, incluso hoy, a los infieles (¡no te digo cuántas cosas maravillosas de óptica y ciencia de la visión se encuentran en los libros de estos últimos!).

Primer día / Vísperas
ECO, UMBERTO, El nombre de la rosa, 1980



miércoles, 27 de enero de 2016

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: BERLIN ALEXANDERPLATZ


Los que hayan estado alguna vez en Berlín (en sus viajes, en el cine, en los libros) conocerán la ubicación de la imagen situada inmediatamente por encima de estas palabras: la plaza de Alejandro (Alexanderplatz) con sus torre de televisión, sus edificios modernos y su amplitud fastuosa expuesta al frío de las tardes de invierno es, desde hace mucho tiempo, junto a la Puerta de Brandeburgo uno de los iconos de la ciudad.
Desde luego, un centro neurálgico limpio e impresionante, lleno de historia, apetecible para pasear, como cualquier rincón de cualquier gran ciudad europea. Claro que no siempre fue así.
En esta sección sobre geografías literarias quería fijarme desde lejos en esta misma plaza, en plena ebullición tras el final de la Primera Guerra Mundial. Alexanderplatz crecía, toda la ciudad de Berlín crecía asombrosamente en el periodo de entreguerras, Alexanderplatz era un símbolo, un punto de encuentro, un hervidero de obreros, miserables y supervivientes en plena efervescencia que no ocultaba el rigor y las penalidades de la mayoría de sus vecinos.
El médico Alfred Döblin, buen conocedor de la zona y de sus gentes, nos muestra este panorama en una novela que lleva el nombre de la plaza, Berlin Alexanderplatz (1929), en la que relata las desventuras de Franz Biberkopt en un viaje hacia un futuro incierto a través de los bajos fondos de la ciudad.
Un viaje contado con técnica cubista, algunos hablan de patchwork, otros de collage experimental, y que, a pesar de sus obvias dificultades (todas las grandes novelas son difíciles hasta que el lector se doblega y disfruta), se convirtió en todo un éxito editorial.
Bueno, pues además de recomendaros la lectura completa de Berlin Alexanderplatz os dejo un fragmento con el que arranca su capítulo cuarto, en el que se describe con claridad y peculiar estilo ese proceso de modernización imparable y descontrolado que, como tantos otros lugares, sufrió la propia plaza:


Un puñado de hombres alrededor de la Alex

En la Alexanderplatz están levantando el pavimento para el metro. Hay que andar sobre tablas. Los tranvías cruzan la plaza y suben por la Alexanderstrasse, atravesando la Münzstrasse, hasta la Rosenthaler Tor. Hay calles a izquierda y derecha. En las calles, una casa junto a otra. Las casas están llenas de gente desde el sótano al desván. En la parte de abajo, tiendas.

Tabernas, restaurantes, fruterías y verdulerías, ultramarinos y comestibles, empresas de transporte, pintura y decoración, sastrería de señoras, fábrica de harinas, garaje, seguros contra incendios: las ventajas de la pequeña bomba del motor son su construcción sencilla, fácil manejo, peso reducido, pequeño tamaño... Compatriotas, nunca ha sido engañado un pueblo de forma más vergonzosa, nunca ha sido engañada una nación más vergonzosa e injustamente que el pueblo alemán. ¿Recordáis aún cuando Scheidemann, el 9 de noviembre de 1918, nos prometió desde las ventanas del Reichstag paz, libertad y pan? ¿Cómo se ha cumplido esa promesa?... Alcantarillado, limpieza de ventanas, el sueño es la mejor medicina, cama paradisíaca de Steiner... Librería, la biblioteca del hombre moderno, nuestras obras completas de los más eminentes escritores y pensadores constituyen la biblioteca del hombre moderno. Los grandes representantes de la vida intelectual europea... La Ley de protección del inquilinato es papel mojado76. Los alquileres suben continuamente. La clase media industrial se encuentra en la calle y se ve ahogada, los alguaciles hacen su agosto. Exigirnos créditos públicos de hasta 15.000 marcos para la pequeña empresa y la prohibición inmediata de toda clase de embargos contra los pequeños industriales... Toda mujer tiene el deseo y el deber de afrontar bien preparada esa hora difícil. Todos los pensamientos y sentimientos de la futura madre se centran en el que ha de nacer. Por ello, la elección de una bebida adecuada resulta de especial importancia para la futura madre. La verdadera cerveza de malta acaramelada Engelhardt le ofrece, como casi ninguna otra, buen sabor, valor nutritivo, digestibilidad y efecto refrescante... Protege a tu hijo y a tu familia concertando un seguro de vida con la sociedad suiza de seguros de vida Rentenanstalt, de Zúrich... ¡Su corazón salta! Su corazón salta de alegría si tiene su hogar amueblado con los famosos muebles Hüffner. Todo lo que usted había soñado como casa confortable se ve superado por esa realidad insospechada. Aunque pasen los años, su aspecto seguirá siendo agradable, y su durabilidad y buen resultado serán una continua fuente de alegría...

Döblin, Alfred, Berlin Alexanderplatz, 1929, Cap. IV

Archivo 09: Berlin Alexanderplatz, allí donde se cruzan las vías y los caminos.

sábado, 7 de septiembre de 2013

VIAJE A ITALIA DE JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

Goethe in der Campagna, de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein
Este agosto he recorrido Italia de Norte a Sur, de cabo a rabo. Venecia, Roma, Nápoles, Sicilia... En 576 páginas y un solo libro. El Viaje a Italia (Italienische Reise) de Goethe me ha acompañado durante estas vacaciones con su actualidad y su recuerdo. Porque en esta lectura había mucho más que un simple acercamiento al relato de viajes. Lo único que tuve que hacer fue adentrarme en el temible laberinto de mi biblioteca y recuperar un libro que me llevaba esperando dieciséis años.
En efecto, ese es tiempo que ha pasado desde que comprara un ejemplar de Viaggio in Italia, editado por la Biblioteca Universale Rizzoli, en alguna librería de Roma, poco antes de finalizar mi propio Grand Tour por aquellas tierras. Sumergirme en esta traducción italiana del viaje de Goethe ha supuesto, pues, una doble satisfacción, en el que las etapas realizadas por el autor de Fausto se han ido poco a poco fundiendo con mis propias vivencias, ya atenuadas o sublimadas por el paso del tiempo, al ritmo de esa lengua hermana que una vez fue la lengua de mis sueños.
Siempre he pensado que para el viajero es preferible acudir a la literatura de viajes antes que a las habituales guías antes de conocer por primera vez un lugar desconocido. Sin embargo esta vez lo que he descubierto con gran placer es que la literatura de viajes, generalmente tediosa y aburrida para el gran público, cobra una intensidad y una cercanía insuperables cuando los lugares que describe el relato fueron previamente recorridos por el lector. Así ha sucedido conmigo otra vez. He vuelto a oler los canales de Venecia, a recorrer la Via del Corso, la bahía de Nápoles, Pompeya, el Vesubio, el Etna... con el mejor cicerone posible: mis propios recuerdos.

Itinerario seguido por Goethe en su viaje a Italia
El libro que narra este viaje es más bien una recopilación revisada de las cartas que Goethe envió a sus amigos y conocidos durante su estancia en Italia (1786-1788), fundidas en un texto único que nuestro metódico y ya maduro autor publicaría muchos años después (1816-1817) acompañadas de algunas reflexiones nuevas. Goethe viajó a Italia con 37 años, en la mitad del camino de la vida, por así decirlo, y no creo que este detalle sea casual. Se suele decir que realizó este viaje para librarse del sueño, la manía casi obsesiva de ver al menos una vez la cima del arte y la cultura clásicas. Y no fue una estancia breve la suya. Un año y medio, repartido a lo largo de toda la geografía italiana, un tiempo y un itinerario al alcance de muy pocos. La crítica suele incidir en que este viaje supuso el viraje definitivo de Goethe en cuanto a su modo de escribir o concebir el mundo, como si a partir de Italia el joven romántico se hubiera convertido en el adalid del Clasicismo. Sin embargo intuyo, después de leer el libro, que el cambio se había producido mucho antes. Por eso viajó, Goethe, porque quería ver con sus propios ojos aquel modelo ideal que llevaba un tiempo inspirando sus pasos.
Goethe entró en Italia con pasaporte falso y durante un primer momento mantuvo su identidad incógnita para preservar su libertad de movimientos. No quería que la fama de su nombre le obligase a responder a las numerosas recepciones y compromisos sociales impulsados por aquellos que quisieran agasajarlo, algo que desde luego rompería sus previsiones para el viaje. No quería, no, que le volvieran a preguntar por el Werther.
Accedió por el Norte, después de partir de Karlsbad y atravesar Baviera y el Tirol en un simple coche de caballos. Accedió a Bolzano y desde allí a Trento, bajó hacia Verona, recorrió el lago de Garda, pasó por Vicenza y Padua camino de Venecia, donde permaneció un tiempo y luego retomó el camino hacia su objetivo principal, llegar cuanto antes a Roma. Apenas se detuvo en ciudades como Ferrara, Bolonia, Florencia, Perugia o Asís. En la Ciudad Eterna pasó meses empapándose de una cultura que consideraba sublime, la clásica, por supuesto, pero también la renacentista, inspirada en los mismos ideales. Después se dirigió a Nápoles, y a sus obsesiones se añadió la de la Naturaleza. Visitó Pompeya y Herculano, se metió temerariamente en la boca humeante del Vesubio, acrecentó su colección de minerales, comenzó a desarrollar la atrabiliaria idea de encontrar la planta de la que desciende todo el mundo vegetal y fue conquistado por el paisaje y la luz y el mar.
Por el mar saltó a Sicilia, en una singladura que soportó con patetismo tumbado en su camarote, demasiado mareado para estar en cubierta. Recorrió la hermosa isla (Palermo, Segesta, Agrigento, el Etna, Catania, Taormina, Messina), verdadero granero de Italia, y comprobó los efectos devastadores de un terremoto reciente. Volvió a Nápoles, buscó Caserta y Paestum, y disfrutó de un verano ideal. 
Ya de vuelta en Roma, aprovechó esta segunda estancia para ampliar sus estudios sobre artes plásticas y figurativas, empaparse a fondo en la cultura grecolatina, realizar sus propios dibujos, grabados y esculturas, revisar algunas de sus obras (Ifigenia, Egmont...) y elucubrar sobre la belleza. También tuvo tiempo para experimentar en sus nobles carnes el Carnaval de Roma, actuar como corredor de arte y tener algún escarceo amoroso dignamente solventado.
Viaje a Italia es el recuerdo de ese itinerario increíble, y mucho más: una reflexión sobre la obra de arte como imitación de la Naturaleza, sobre la imposibilidad de acceder a la belleza a través de la razón. La conciencia de que, aunque el pueblo ignore a los escritores y a los artistas en general, son estos los que con sus imágenes, sus pinceladas o sus palabras pueden inmortalizar para siempre las costumbres, las esperanzas y las ruinas. Los primeros apuntes sobre una nueva forma de contemplar la obra de arte en un entorno cuidado (ubicación, iluminación...). El uso del dibujo como elemento plástico para guardar los recuerdos de todo un viaje (en un tiempo sin cámaras fotográficas). La aventura que significaba entonces recorrer Europa. Y la extraña sensación de haber vivido, siglos después, tantas experiencias y sensaciones parecidas.
Goethe estaba convencido de que para seguir su camino tenía que buscar la manera de acceder a la belleza a través del estudio, y que eso sólo era posible en Roma. No sé hasta qué punto consiguió su objetivo. El hecho es que su estancia en Roma fue un hito importante en su vida. Lo mismo que para la mía. A este respecto os dejo aquí un fragmento del final del libro (no soy un spoiler, todo el mundo sabe que algún día Goethe tendría que volver a casa), en el que Goethe recorre por última vez, bañado por la luz de la luna, el Foro Romano, en una noche de melancolía y unos lugares en que resuenan también mis propios pasos.

Después de unos días transcurridos para distraerme, pero no sin dolor, una tarde di una vuelta por Roma acompañado por un pequeño grupo de amigos. Después de recorrer por última vez el Corso, ascendí el Campidoglio, que se erguía como un palacio encantado en la soledad de un desierto. La estatua de Marco Aurelio me trajo a la memoria al comendador de Don Giovanni, y me hizo comprender que estaba meditando algo extraordinario. Con todo esto descendí por la escalinata posterior. Y he aquí ante mi rostro el arco del triunfo de Septimio Severo en la tiniebla más oscura, proyectando a su vez las sombras más negras; los objetos que bien conocía me parecieron entonces, en la soledad de la Via Sacra, extraños y fantásticos. Pero cuando me acerqué a las veneradas reliquias del Coliseo y lancé la mirada a su interior a través de la cancela, no puedo esconder que me recorrió un escalofrío y me apresuré a volver sobre mis pasos. 
Las grandes masas producen siempre una impresión singular, teniendo al mismo tiempo algo de sublime y algo tangible a lo que aferrarse; en aquellos paseos nocturnos he hallado de algún modo la explicación, el resumen perfecto de todo mi tiempo en la Ciudad Eterna.
GOETHE, J.W.V., Viaje a Italia

martes, 19 de febrero de 2013

RAYUELA, CINCUENTA AÑOS


Pues sí, ayer mismo Rayuela cumplía en silencio cincuenta jóvenes años. Había germinado lentamente en la cabeza de Julio Cortázar, disponiendo sus facetas multiformes, acondicionando sus diversos estadios, alineando y desordenando sus paredes de tiza y posibilidad... mandala-cielo, ser y no estar, con esos propósitos del juego y la diferencia tan de la época. Aquel engendro olía a jazz y sabía a humo, prometía un tableteo de lluvia en el Quartier Latin y resonaba a mate, a inmigración universal. Con un argumento que podría repetirse en cualquier momento de cualquier lugar, y que por eso es único: un cruce de destinos, una comunicación de vicios, obsesiones y creatividad sólo posible a través de la mezcla de presencias, ideas y puntos de vista. Tal es la condición humana, ayer, hoy y siempre, por mucho que algunos quieran separarlo todo en compartimentos estancos, en cajones, títulos y fronteras.
Había germinado en la cabeza... a Cortázar le salían conejos de la chistera y se le adherían los pullovers al cuerpo, al mismo Cortázar al que le tomaban la casa las mancuspias que se le iban escapando, los axolotes le miraban a la cara hasta hacerle cruzar los espejos y la obsidiana de los motecas... al mismo y distinto Julio. Y allí había estado dándole a la tecla en los tiempos de la revolución cubana y construyendo un extraño modelo para armar Oliveiras y Magas y Rocamadoures y Morellis, entre otros muchos sueños de collage y de ritmo. Construyendo un no-libro o tantos libros como lectores posibles.
Pues sí, ayer mismo Rayuela cumplía en silencio cincuenta jóvenes años. Había nacido el 18 de febrero de 1963 en las calles de Buenos Aires, de la mano de la Editorial Sudamericana, buscando el cielo de un lector cómplice. Un no-libro que sus lectores convirtieron en libro, como el mismo sorprendido Cortázar confiesa:



Desde entonces una legión de jóvenes y no tan jóvenes lectores y lectoras bebió y aceptó y poseyó como suyo el lado extraño de la literatura que abrazaba Rayuela, texto aparentemente alejado del realismo pero, sin embargo, mucho más certero que las formas narrativas tradicionales a la hora de afrontar la percepción de la realidad por parte de los individuos. Una legión. A lo largo del espacio y el tiempo.
En ese inmenso mapa de lectores me podríais ver hace casi veinte años, por primera vez. Y luego hace diez, y hace cinco, y a menudo reencontrando, salteando, revolviéndome en algún capítulo concreto, en numerosas frases absueltas. Volviendo con placer al no-libro.
Rayuela es en sí un objeto sorprendente. Ya tiene cincuenta años pero a veces me parece un adolescente alocado, otras una vieja sabia atravesando los siglos, a veces es ruido y juego de niños, otras seso y náusea y tragedia, a veces es París y a veces Buenos Aires y América entera y casi siempre España y mi casa y mi cama y mi pupila dilatada, a veces Grecia y Allan Poe y Montparnasse y otras el mar el cafetín el calcetín arrugado, a veces nada y casi siempre espejo y tiempo y aleph y noema.
Felicidades, Rayuela. Ya sé que lo sabes. Te quiero. Entre otras cosas, por esto. En un momento dado tus personajes constituyen una especie de club de lectura en el que escrutinan la obra de Morelli (alter ego de tu papá Cortázar). Y esa metafísica o pataliteratura en la que Cortázar se deja analizar por sus ficciones, gran capítulo 141, es lo que ahora quiero dejar por aquí:


141

No llevaba muchas páginas darse cuenta de, que Morelli apuntaba a otra cosa. Sus alusiones a las capas profundas del Zeitgeist, los pasajes donde la ló(gi)ca acababa ahorcándose con los cordones de las zapatillas, incapaz hasta de rechazar la incongruencia erigida en ley, evidenciaban la intención espeleologica de la obra. Morelli avanzaba y retrocedía en una tan abierta violación del equilibrio y los principios que cabría llamar morales del espacio, que bien podía suceder (aunque de hecho no sucedía, pero nada podía asegurarse) que los acaecimientos que relatara sucedieran en cinco minutos capaces de enlazar la batalla de Actium con el Anschluss de Austria (las tres A tendrían posiblemente algo que ver en la elección o más probablemente la aceptación de esos momentos históricos), o que la persona que, apretaba el timbre de una casa de la calle Cochabamba al mil doscientos franqueara el umbral para salir a un patio de la casa de Menandro en Pompeya. Todo eso era más bien trivial y Buñuel, y a los del Club no se les escapaba su valor de mera incitación o de parábola abierta a otro sentido más hondo y escabroso. Gracias a esos ejercicios de volatinería, semejantísimos a los que vuelven tan vistosos los Evangelios, los Upanishads y otras materias cargadas de trinitrotolueno shamánico, Morelli se daba el gusto de seguir fingiendo una literatura que en el fuero interno minaba, contraminaba y
escarnecía. De golpe las palabras, toda una lengua, la superestructura de un estilo, una semántica, una psicología y una facticidad se precipitaban a espeluznantes harakiris. ¡Banzai! Hasta nueva orden, o sin garantía alguna: al final había siempre, un hilo tendido más allá, saliéndose del volumen, apuntando a un tal vez, a un a lo mejor, a un quién sabe, que dejaba en suspenso toda visión petrificante de la obra. Y esto que desesperaba a Perico Romero, hombre necesitado de certezas, hacía temblar de delicia a Oliveira, exaltaba la imaiginación de Etienne, de Wong y de Ronald, y obligaba a la Maga a bailar descalza con un alcaucil en cada mano.
A lo largo de discusiones manchadas de calvados y tabaco, Etienne y Oliveira se habían preguntado por qué odiaba Morelli la literatura, y por qué la odiaba desde la literatura misma en vez de repetir el Exeunt de Rimbaud o ejercitar en su temporal izquierdo la notoria eficacia de un Colt 32. Oliveira se inclinaba a creer que Morelli había sospechado la naturaleza demoníaca de toda escritura recreativa (¿y qué literatura no lo era, aunque sólo fuese como excipiente para hacer tragar una gnosis, una praxis o un ethos de los muchos que andaban por ahí o podían inventarse?). Después de sopesar los pasajes más incitantes, había terminado por volverse sensible a un tono especial que teñía la escritura de Morelli. La primera calificación posible de ese tono era el desencanto, pero por debajo se sentía que el desencanto no estaba referido a las circunstancias y acaecimientos que se narraban en el libro, sino a la manera de narrarlos que —Morelli lo había disimulado todo lo posible— revertía en definitiva sobre lo contado. La eliminación del seudo conflicto del fondo y la forma volvía a plantearse en la medida en que el viejo denunciaba, utilizándolo a su modo, el material formal; al dudar de sus herramientas, descalificaba en el mismo acto los trabajos realizados con ellas. Lo que el libro contaba no servía de nada, no era nada, porque estaba mal contado, porque simplemente estaba contado, era literatura. Una vez más se volvía a la irritación del autor contra su escritura y la escritura en general. La paradoja aparente estaba en que Morelli acumulaba episodios imaginados y enfocados en las formas más diversas, procurando asaltarlos y resolverlos con todos los recursos de un escritor dueño de su oficio. No parecía proponerse una teoría, no era nada fuerte para la reflexión intelectual, pero de todo lo que llevaba escrito se desprendía con una eficacia infinitamente más grande que la de cualquier enunciado o cualquier análisis, la corrosión profunda de un mundo denunciado como falso, el ataque por acumulación y no por destrucción, la ironía casi diabólica que podía sospecharse en el éxito de los grandes trozos de bravura, los episodios rigurosamente construidos, la aparente sensación de felicidad literaria que desde hacía años venía haciendo su fama entre los lectores de cuentos y novelas. Un mundo suntuosamente orquestado se resolvía, para los olfatos finos, en la nada; pero el misterio empezaba allí porque al mismo tiempo que se presentía el nihilismo total de la obra, una intuición más demorada podía sospechar que no era ésa la intención de Morelli, que la autodestrucción virtual en cada fragmento del libro era como la búsqueda del metal noble en plena ganga. Aquí había que detenerse, por miedo de equivocar las puertas y pasarse de listo. Las discusiones más feroces de Oliveira y Etienne se armaban a esta altura de su esperanza, porque tenían el pavor de estarse equivocando, de ser un par de perfectos cretinos empecinados en creer que no se puede levantar la torre de Babel para que al final no sirva de nada. La moral de occidente se les aparecía a esa hora como una proxeneta, insinuándoles una a una todas las ilusiones de treinta siglos inevitablemente heredados, asimilados y masticados. Era duro renunciar a creer que una flor puede ser hermosa para la nada; era amargo aceptar que se puede bailar en la oscuridad. Las alusiones de Morelli a la inversión de los signos, a un mundo visto con otras y desde otras dimensiones, como preparación inevitable a una visión más pura (y todo esto en un pasaje resplandecientemente escrito, y a la vez sospechoso de burla, de helada ironía frente al espejo) los exasperaba al tenderles la percha de una casi esperanza, de una justificación, pero negándoles a la vez la seguridad total, manteniéndolos en una ambigüedad insoportable. Si algún consuelo les quedaba era pensar que también Morelli se movía en esa misma ambigüedad, orquestando una obra cuya legítima primera audición debía ser quizá el más absoluto de los silencios. Así avanzaban por las páginas, maldiciendo y fascinados, y la Maga terminaba siempre por enroscarse como un gato en un sillón, cansada de incertidumbres, mirando cómo amanecía sobre los techos de pizarra, a través de todo ese humo que podía caber entre unos ojos y una ventana cerrada y una noche ardorosamente inútil.

CORTÁZAR, J., Rayuela, Capítulo 141
(1963)

miércoles, 26 de mayo de 2010

TERRA NOSTRA DE CARLOS FUENTES


El escritor mexicano Carlos Fuentes acaba de presentar en España su nuevo libro, Adán en Edén (2009), y me sorprenden la vitalidad, el compromiso y la claridad de juicio con que sigue dando su visión de México, América y el mundo entero, a pesar de sus más de ochenta años en las espaldas. Aunque tal vez no debería sorprenderme tanto. Carlos Fuentes ha demostrado a lo largo del tiempo esa lucidez activista que se imbrica no sólo en sus novelas sino también en sus declaraciones y gestos. No sé hasta qué punto está considerado en España. Sí, se estudia su Muerte de Artemio Cruz (1962) y se cita siempre al hablar del consabido boom de la literatura hispanoamericana, pero, incluso a nivel universitario, pocos van más allá, cuando su obra muestra algunos de los ejemplos más brillantes de prosa en nuestra lengua y culmina un tipo experimentación formal que muchos jóvenes autores de hoy deberían conocer (y reconocer). Por nombrar algunas de estas novelas: La región más transparente (1958), Aura (1962), Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967), Cristobal Nonato (1987)...
Y sobre todas ellas, Terra nostra (1975), su gran novela "cervantina", su gran novela a secas, un texto con el que comparto la edad, un texto que admiro como lector y detesto como escritor, porque ya está escrito.
Descubrí Terra nostra mientras trataba de doctorarme en Literatura. El propósito original era estudiar la influencia de Cervantes en la literatura hispanoamericana (recepción del Quijote en América, absorción de ideas literarias, imitación, superación, etc). Pronto me topé con Carlos Fuentes y un texto clave, el ensayo Cervantes o la crítica de la lectura (1976), en el que analizaba precisamente, bajo el paradigma cervantino, ese batiburrillo multicultural y contradictorio que era España en 1492 (tradición grecorromana, judaica, cristiana, musulmana), lógicamente exportado al Nuevo Mundo por los llamados "Conquistadores". Terra nostra salió a la luz porque el mismo Carlos Fuentes admitía que la investigación y los materiales utilizados en el ensayo habían servido también para esta novela, así que, un poco por curiosidad, un poco por necesidad, me lancé a la lectura de sus más de mil páginas (algo de por sí muy cervantino) en la magnífica edición de Seix Barral (paradójicamente, en su colección Biblioteca Breve) que veis más arriba (con portada de Antonio Saura).
Además de los problemas de espalda Terra nostra me regaló su presencia renovadora y la constatación de que la gran novela del siglo XX en castellano ya estaba escrita. Siempre había creído que, después del Siglo de Oro, después de Cervantes, no podría darse otro gran hito literario, de peso universal comparable, en nuestra lengua. Sólo hay una Divina Commedia, sólo hay un Quijote, sólo hay un Shakespeare o un Goethe, y por supuesto un Joyce. Pero intuía que, de ser posible, todo se gestaría en América. Al principio tuve como referencias a Borges, a Cortázar, a García Márquez. Pero tras leer Terra nostra supe que ese hito, que esa novela, ya estaba, repito, escrita.




Para Carlos Fuentes, la novela es "quizá la aventura más extraordinaria de la libertad del hombre moderno porque implica la posibilidad de conocer a un mundo diverso, no de refugiarse en un mundo unificado y homologado como era el mundo del medioevo, sino de salir a un mundo que no entiende y que no, no se entiende, de ponernos a prueba frente al mundo, de salir de nosotros mismos, de participar en la historia y, sin embargo, de ofrecer siempre un camino fuera de la historia para ver a la historia, y no servirnos de la historia". Esta visión de la novela (En Ortega, Julio, "Carlos Fuentes: Para recuperar la tradición de La Mancha", Pittsburgh, "Revista Iberoamericana", Vol. LV, Nros.148-149, Julio-Diciembre 1989) es la visión que trasciende de una lectura del Quijote y que Carlos Fuentes aplica con maestría en Terra nostra.
Como ante el Quijote estamos, por lo tanto, ante una novela de múltiples caras. Dividida en tres partes, (El viejo mundo / El mundo nuevo / El otro mundo) Terra nostra es una ficción metahistórica repleta de guiños literarios (Quijote, pero también Celestina y Lazarillo, también Don Juan, también Cervantes) que deambula por la España de los Reyes Católicos, los oscuros días de Felipe II, el absolutismo de los Austrias, la traslación de los sistemas españoles a América y la progresiva degeneración de un imperio herido. Pero también es una reflexión sobre el hombre contemporáneo, sobre el choque y la transformación de los mitos (europeos / americanos), sobre los cambios de la segunda mitad del siglo XX y sobre el propio concepto de la ficción. Una novela metaliteraria, en definitiva, un escrutinio interno colmado de lectores / lecturas críticas. Y un encuentro sin escudos posibles ante nuestra lengua mientras se recrea y autodestruye siguiendo la pauta de la lava que desciende por la falda de un volcán. Otra vez Cervantes. El cronista. Como Cide Hamete Benengeli. Pero ahora. Esta es tan sólo una pequeña muestra, un pequeño reflejo de Felipe II, ante el espejo:



"Abrí los ojos. El Señor de la Gran Voz tenía la vara en su puño izquierdo, y se mantenía apoyado contra ella. Éste era ahora su bastón.
Bastón de luces: cada espejo brillaba, y cada brillo era una terrible escena de muerte, degüello, incendio, espantable guerra, y en todas yo era el protagonista, yo era el hombre blanco, rubio, barbado, a caballo, armado de ballesta, de espada armado, con una cruz de oro bordada al pecho, yo era ese hombre que prendía fuego a los templos, destruía los ídolos, disparaba cañones contra los guerreros de esta tierra, armados ellos sólo de lanzas y flechas, yo era el centauro que asolaba los mismos campos, las mismas llanuras, las mismas selvas de mi peregrinar desde la costa, mis cabalgatas atropellaban pueblos enteros, las ciudades eran reducidas a negra ceniza por mis antorchas iracundas, yo ordenaba el degüello de los danzantes en las fiestas de las pirámides, yo violaba a las mujeres, y herraba como ganado a los hombres, y negaba la paternidad de los hijos de puta que iba dejando en mi camino, yo cargaba a los pobres de esta tierra con pesados fardos y a latigazos les ponía en camino, yo fundía en barras de oro, las joyas, los muros y los pisos del mundo nuevo; les contagiaba la viruela y el cólera a los pobladores de estas comarcas, yo, yo, era yo quien pasaba a cuchillo a los habitantes del pueblo de la selva, esta vez no se inmolaban a sí mismos y en honor de mí, el dios que regresó, la promesa del bien: esta vez yo mismo los mataba, yo mandaba cortar las manos y los pies de los insurrectos, yo, yo, yo me hundía cargado de oro y cadáveres y llantos y tinieblas en los pantanos lodosos de una laguna que se resecaba cada vez que un cargador vencido por su peso, una mujer herrada en los labios, un niño pardio en el desierto, caían, muertos, a las aguas: la laguna era un cementerio, y yo emergía de ella, bañado en oro y sangre, a reconquistar una ciudad sin habitantes, un mausoleo de soledades..."
(NOCHE DE LOS REFLEJOS, EL MUNDO NUEVO)

FUENTES, Carlos, Terra nostra, Barcelona, Seix Barral, Colección Biblioteca Breve, Ed. 1977 (Reedicción 2008)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

CANCIONES DE INOCENCIA Y DE EXPERIENCIA DE WILLIAM BLAKE


Recibí el primer zarpazo de la poesía de William Blake (1757-1827), como en tantas otras ocasiones, a través de la música. En las soporíferas sobremesas de verano del 96 solía disfrutar a menudo de los temas que Bill Douglas había gestado para su disco Deep Peace, en el que adaptaba unos cuantos poemas clásicos de la literatura inglesa de todos los tiempos envolvíendolos con su melodía new age. Tres de ellos pertenecían a este poeta, pintor y grabador visionario que se anticipó a los grandes románticos británicos: "O Earth, O Earth, Return", "Piping Down the Valleys Wild," y el impresionante "The Voices of Children". De modo que la forma en que he leído a Blake siempre ha estado mediatizada por la música. No mucho después un profesor napolitano volvió a redescubrirlo para mí en el entorno de una clase de filología comparada, y en ese ámbito genérico me sedujo aún más. Es extraño que este poeta que fluctúa entre la pasión pseudo-mística, la jardinería y la desilusión me guste tanto. O quizás no. La contradicción impía, esa reordenación de las prioridades morales es lo que distingue a Blake de los demás y lo hace partícipe de la revolución humana y artística de su tiempo. No es otro el reflejo que despide su obra más conocida, Canciones de Inocencia y de Experiencia, reunificación de dos visiones del mundo, un libro que he poseído y regalado (siempre a amigos) una y otra vez a lo largo de los años. Esta mañana acabo de acaparar de nuevo el libro y esa es la razón por la que hablo de ello ahora. Sin más.
Blake, precursor de Byron o Keats, se anticipó en el rechazo a lo neoclásico y si algo puede definirlo es su defensa de la imaginación frente a la razón. Consideraba que las formas ideales debían construirse no a partir de la observación de la naturaleza sino de las visiones interiores.
Sus poemas más voluntariosos, fragantes, directos y elocuentes aparecieron en Canciones de inocencia, texto publicado en un año que es todo un símbolo, 1789. Pero pronto Blake perdió la fe en el ser humano. En 1794 publicó Canciones de experiencia, una obra del mismo estilo lírico, una vuelta de tuerca sobre muchos de los temas y lemas de su libro anterior. Lo normal ahora es publicar ambas series como un texto conjunto debido a las analogías formales que presentan las mismas. Pero en realidad inocencia y experiencia siempre han sido distintas, inocencia y experiencia se complementan como "los dos estados opuestos del alma humana". La inocencia de la niñez (cúanto me recuerda a las ideas de Leopardi) frente al camino pertubador hacia la nada de la vida adulta. La corrupción necesaria, la transgresión del conocimiento. La verdadera inocencia que resulta imposible sin la experiencia, transformada por la fuerza creativa de la imaginación humana.


Además Blake ilustró sus Canciones de Inocencia y de Experiencia con dibujos propios, siguiendo una técnica por la cual escribía el texto y después realizaba los dibujos de cada poema sobre una plancha de cobre, usando algún líquido insensible al ácido, por lo cual quedaban en relieve cuando se aplicaba. Entonces, le daba una capa de tinta de color, lo estampaba, y retocaba los dibujos a mano con acuarela. Esta que os dejo aquí pertenece al poema "The Human Abstract", mi preferido, que procedo luego a transcribir y traducir:



THE HUMAN ABSTRACT

Pity would be no more
If we did not make somebody poor
And Mercy no more could be
If all were as happy as we.

And mutual fear brings Peace
Till the selfish loves increase
Then Cruelty knits a snare
And spreads his baits with care.

He sits down with holy fears,
And waters the ground with tears;
Then Humility takes its root
Underneath his foot.

Soon spreads the dismal shade
Of Mystery over his head,
And the caterpillar and fly
Feed on the Mystery.

And it bears the fruit of Deceit,
Ruddy and sweet to eat,
And the raven his nest has made
In its thickest shade.

The Gods of the earth and sea
Sought through nature to find this tree,
But their search was all in vain:
There grows one in the human Brain.

LA ESENCIA HUMANA

No existiría la Piedad
si no hiciéramos pobre a alguien;
y no haría falta la Misericordia
si todos fuesen tan dichosos como nosotros.

Y el miedo recíproco trae paz,
hasta que el amor egoísta se incrementa:
entonces la Crueldad arma su trampa
y esparce sus cebos con cautela.

Se instala con santos temores,
y riega con lágrimas la tierra;
entonces debajo de sus pies
echa raíces la Humildad.

Rápido extiende sobre su cabeza
sombras lúgubres de Misterio;
y la Oruga y la Mosca
se nutren de tal Misterio.

Luego crece el fruto del Engaño,
rubicundo y dulce al paladar;
y el Cuervo su nido instala
en el ramaje más tupido.

Los Dioses de la tierra y el mar
escrutaron la Naturaleza para hallar tal Árbol;
pero la búsqueda fue toda en vano:
crece uno en cada Cerebro Humano.

BLAKE, William, Canciones de Inocencia y de Experiencia, Madrid, Cátedra, 2009.

Para conocer más de la obra de William Blake sólo hay que pinchar aquí.

lunes, 3 de agosto de 2009

POESÍAS COMPLETAS DE JOHN KEATS

Retrato de John Keats, de William Hilton

Algunos piensan que John Keats (1795-1821) era un niño bien. Aquellos ingleses libres y cultos de costumbres disipadas y excelentes modales que ocupaban largos periodos de su juventud en un Grand Tour a través de las exóticas explanadas de Europa (y a veces más allá) no eran precisamente unos desarrapados. Pero si se ahonda en la biografía de este poeta impecablemente atormentado es posible comprender el error de tal creencia. Huérfano desde una corta edad, su infancia y educación estuvieron a cargo de su abuela. Primero se empapó de los clásicos grecolatinos. Poco después a su abuela se le ocurrió la brillante idea de que el niño fuera cirujano. Es evidente que algo había fallado en el cálculo, porque a John Keats le dio por graduarse en Farmacia y dedicarse, cómo no, al enrevesado y tortuoso mundo de la literatura. Esa decisión tuvo dos consecuencias directas para el joven John: la primera, que podía olvidarse para siempre de un sueldo de médico; la segunda, que muy pronto, a través del poeta y editor Leigh Hunt, entraría en contacto con uno de los círculos poéticos más selectos de la historia contemporánea, al lado de gente tan poco común como Percy Bysshe Shelley o Lord Byron. Su amistad con estos hombres se constituye, desde luego, como la causa y razón principal por la que algunos siguen pensando que John Keats era un niño bien. Su obra poética fue bastante incomprendida en su momento, aunque esto es algo que suele ocurrir a menudo con los buenos poetas. Textos que ahora son considerados grandes clásicos apenas tuvieron repercusión en su tiempo. Así ocurrió, por ejemplo, con sus primeros Poemas (1817), o con el épico Endymion (1818).
Lo que interesa de Keats es, sin embargo, su propia poética: el hecho poético en sí fue uno de las preocupaciones habituales del poeta, como demuestra en numerosas cartas. Y su visión de la poesía, una vez más al contrario de la habitual creencia, rompía con las ideas románticas que están expandiendo muchos de sus colegas.
Para Keats, por ejemplo, no es poesía lo que ha sido creado para recobrar lo que está ausente. El lamento, la elegía, no son poesía. Keats preferirá las odas, el canto, la musicalidad propia de las palabras más allá del sentido adherido a las mismas. Si la poesía es deseo de lo que una vez fue, lamento de lo que ahora se es, acaba convirtiéndose en un instrumento moralizador, educativo, reflexivo, cuadriculado. Pero Keats, como confesó en una carta del 3 de febrero de 1818, odiaba "la poesía que tiene un diseño palpable".
En esta línea, John Keats se diferenciaría de los demás románticos ingleses (y por eso es al que más admiro de todos ellos) porque destronaba el poder del Yo en la poesía. Keats escapó de la tiranía del Yo (tan romántica, tan contemporánea también) buscando un otro lado del ser donde no el Yo, sino el Otro fuera el soberano.
En 1819 Keats escribió sus poemas más conocidos: "Oda a Psyche", "Oda a una urna griega" y "Oda a un ruiseñor", piezas clásicas de la literatura inglesa y universal, que aparecieron en el tercero y mejor de sus libros, Lamia, Isabella, la víspera de santa Inés y otros poemas (1820).
Poco después su salud empeoró debido a una tuberculosis y esta es la razón por la que Keats habría viajado a Italia. En Roma encontró la muerte y una tumba en el Cementerio Inglés, junto a la Pirámide Cestia.
Su obra ha sido publicada de mil maneras diferentes. Mi edición preferida, la que siempre tengo a mano, es una edición bilingüe de su Poesía Completa, publicada en dos tomos por Ediciones 29, con traducción de Arturo Sánchez, encontrada hace mucho tiempo en la Feria del Libro Antiguo de Madrid.
Sin embargo, y sin que sirva de precedente, dejaré aquí el texto en inglés de "Ode on a Grecian Urn" y lo complementaré con la traducción que en su momento hizo otro grande, Julio Cortázar.



ODE ON A GRECIAN URN

I.

THOU still unravish’d bride of quietness,
Thou foster-child of silence and slow time,
Sylvan historian, who canst thus express
A flowery tale more sweetly than our rhyme:
What leaf-fring’d legend haunts about thy shape
Of deities or mortals, or of both,
In Tempe or the dales of Arcady?
What men or gods are these? What maidens loth?
What mad pursuit? What struggle to escape?
What pipes and timbrels? What wild ecstasy?

II.

Heard melodies are sweet, but those unheard
Are sweeter; therefore, ye soft pipes, play on;
Not to the sensual ear, but, more endear’d,
Pipe to the spirit ditties of no tone:
Fair youth, beneath the trees, thou canst not leave
Thy song, nor ever can those trees be bare;
Bold Lover, never, never canst thou kiss,
Though winning near the goal - yet, do not grieve;
She cannot fade, though thou hast not thy bliss,
For ever wilt thou love, and she be fair!

III.

Ah, happy, happy boughs! that cannot shed
Your leaves, nor ever bid the Spring adieu;
And, happy melodist, unwearied,
For ever piping songs for ever new;
More happy love! more happy, happy love!
For ever warm and still to be enjoy’d,
For ever panting, and for ever young;
All breathing human passion far above,
That leaves a heart high-sorrowful and cloy’d,
A burning forehead, and a parching tongue.

IV.

Who are these coming to the sacrifice?
To what green altar, O mysterious priest,
Lead’st thou that heifer lowing at the skies,
And all her silken flanks with garlands drest?
What little town by river or sea shore,
Or mountain-built with peaceful citadel,
Is emptied of this folk, this pious morn?
And, little town, thy streets for evermore
Will silent be; and not a soul to tell
Why thou art desolate, can e’er return.

V.

O Attic shape! Fair attitude! with brede
Of marble men and maidens overwrought,
With forest branches and the trodden weed;
Thou, silent form, dost tease us out of thought
As doth eternity: Cold Pastoral!
When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say’st,
«Beauty is truth, truth beauty,»- that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.


December 30, 1816.

Poems (published 1820)


ODA A UNA URNA GRIEGA (Traducción de Julio Cortázar)

I.

Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te rondade dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?


II.

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas, no para los sentidos, sino más exquisitas, tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

III.

¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.


IV.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su clama ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.


V.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»... Nada más
se sabe en esta tierra y no más hace falta.


Una web imprescindible para saber más de Keats: http://www.john-keats.com/

Keats, John, Poesía Completa (Edición Bilingüe), Ediciones Del Río, Ediciones 29, Barcelona, 1976, 2 Vol.



miércoles, 8 de julio de 2009

YONQUI DE WILLIAM S. BURROUGHS


Como suele ocurrir en este tipo de literatura, el autor se las vió y se las deseó para poder publicar Yonqui, confesiones de un adicto irredimible. Sintomáticamente, Yonqui se convirtió en uno de los libros de referencia del siglo XX para la literatura estadounidense y anglosajona en general. También en uno de los más controvertidos y proscritos. Si su amigo Allen Ginsberg no se hubiera empeñado en buscarle una editorial este libro podría haber dormido tranquilamente en un cajón mucho, mucho tiempo. Pero la valentía del editor Carl Solomon hizo posible la publicación del texto en 1953, que el autor firmó bajo el seudónimo de William Lee.
Hacer algo así hoy en día no tendría demasiado mérito, pero hablamos de los Estados Unidos en los años 50 del pasado siglo. Que un escritor hable abiertamente de su adicción a la heroína y otras drogas o de su homosexualidad protegida por una relación convencional de conveniencia no debía estar muy bien visto en aquellos tiempos. Pero es que además lo que de alguna manera S. Burroughs está mostrando en Yonqui, esa especie de diario seudo(auto)biográfico, es la enorme corrupción y podredumbre que emana de la sociedad del momento. Nada se salva, ni la ciudad ni el campo, ni la policía ni el sistema penitenciario, ni el FBI ni la CIA, ni la psicología ni la farmacia, ni Nueva York ni Nueva Orleans, ni Mission ni México. No se salvan las instituciones pero tampoco los individuos, ni siquiera el propio e irredimible drogadicto confeso.
S. Burroughs cuenta sus experimentos, devaneos y fracasos sin aspavientos, con un estilo naturalista y desapegado, pleno de humor negro. En definitiva lo que trata de transmitir es que la droga (para el adicto) no es un estimulante ni una forma de escape, sino una manera de vivir.
Os dejo un fragmento interesante del libro. En ese momento se encuentra en Mission, una ciudad situada en el valle del fronterizo Río Grande. La descripción antropológica que hace del lugar en que se encuentra no tiene desperdicio y, además, podría aplicarse a otros lugares del mundo y otros momentos históricos:


"Mucha gente ganó dinero rápidamente y con facilidad durante los años de la guerra y la inmediata posguerra. Cualquier negocio era bueno, del mismo modo que cuando la Bolsa está en alza todos los valores son buenos. La gente creía tener vista de lince para los negocios, cuando lo único que tenía era la suerte de que la coyuntura les resultara favorable. Ahora el valle pasa por un mal momento, y sólo los peces gordos pueden sobrevivir. En el valle las leyes económicas son tan impersonales como las fórmulas algebraicas que enseñan en el bachillerato, ya que no hay ningún elemento humano que pueda modificarlas. Los muy ricos son cada vez más ricos, y el resto va camino de la bancarrota. Los grandes negociantes no son astutos, ni despiadados, ni emprendedores. No necesitan decir o pensar nada. Todo lo que tienen que hacer es quedarse sentados y esperar que el dinero les llueva a espuertas. Tienes que ponerte al nivel de los grandes negociantes o abandonar la partida y aceptar cualquier trabajo que te quieran dar. La clase media se ha de apretar cada vez más el cinturón, y sólo uno entre mil de los que han nacido en su seno levantará cabeza. Los grandes negociantes son la banca, y los pequeños agricultores son los jugadores que tratan de hacerla saltar. El jugador se arruina si sigue jugando, y el agricultor debe jugar o exponerse a ser llevado a los tribunales por no pagar los vencimientos de los préstamos. Los grandes negociantes son dueños de todos los bancos del valle, y cuando un agricultor no puede pagar, los bancos se quedan con sus bienes. Muy pronto, los grandes negociantes poseerán todo el valle"*.

*Traducción de Martín Lendínez y Francesc Roca.

S. Burroughs, William, Yonqui (Junky), Ed. Anagrama, Barcelona, 2004.