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lunes, 24 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO V (EXTRAÑO ENCUENTRO)


De pronto sentí que daban las diez en el reloj de pared. Al otro lado de la ventana seguía lloviendo con fuerza.
Encontrándome aún en ese estado entre la vigilia y el sueño que se experimenta a menudo al despertar creí escuchar el chirrido de los goznes de la puerta al abrirse. Pensé que se trataba de la señora Dickson, pero no, pasaron los segundos y aún los minutos, y nadie parecía haber entrado en aquella habitación. Me acerqué a la puerta y la entorné ligeramente. El pasillo, envuelto en penumbras más inquietantes que la propia oscuridad, aparecía vacío y desolado. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Cerré de nuevo la puerta y volví a la comodidad del interior.
Fue entonces. Cuando me dirigía a la vieja chimenea para calentar mis ateridas manos me di cuenta de algo que hasta ese momento me había pasado desapercibido. En el suelo, justo en frente del fuego crepitante, había un gran charco de agua. Pude comprobar que el rastro líquido llegaba hasta allí desde la puerta que yo acababa de dejar. De pronto aquel charco se movió. Uno de los libros que había en un estante cercano a la chimenea salió literalmente de su sitio y empezó a levitar en el aire. No es posible calcular el grado de mi estupor ante una situación tan excepcional. Estuve a punto de volverme loco al ver que el libro se abría y cerraba, una y otra vez, dotado de vida propia. Perplejo, no me atrevía a acercarme, pero tampoco acertaba a alejarme. Como pude me escondí detrás de unos sillones. No, no hice gala de un gran valor.
Entonces el libro cruzó la sala en dirección a la mesa escritorio de Henry. Un estertor indescriptible surgió de no sé donde. Era una risa estridente, un eco infernal, inhumano, inadmisible para los oídos menos delicados. Mi cabeza daba vueltas. El libro seguía al rastro de agua, o el rastro de agua seguía al libro, que cayó de pronto, vencido por la gravedad, sobre aquella mesa. Aquella risa odiosa me resultó horriblemente familiar. Uno de los cajones de la mesa se abrió. De allí, flotando en el vacío, surgió una pequeña redoma que contenía un líquido azulado. Aquel artefacto venía hacia mí. Nadie podría imaginar el horror que experimenté entonces. Cuando estaba a menos de un metro de distancia la redoma se elevó a la altura de mi cabeza. El pequeño tapón de corcho que la cubría voló por los aires y el recipiente se inclinó derramando su contenido sobre la nada. No pude evitar que mi garganta exhalara un profundo y ahogado grito de pánico y sorpresa al ver cómo, en medio de aquella risa maldita, se materializaba ante mí el cuerpo totalmente desnudo de Henry Troyiat-Mecir.

sábado, 22 de agosto de 2009

VIENTO II


Alada sed
desciende leve,
tocada por la voz
incontenible viene,
luz,
azogue virginal
que a veces pasa,
más,
destino en un vaivén.

SIETE MARES



Nunca es demasiado el fiero espejo verde
para aquietar una voz que confiesa oleajes.
Nunca es demasiado tarde

para enarbolar la muerte en tus labios sedientos.

viernes, 21 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO IV (A LA ESPERA)


La señora Dickson me condujo a regañadientes hasta el tercer piso. La humedad era insoportable, el ambiente gélido. Al llegar al rellano señaló con una mano enguantada en lana hacia el fondo del pasillo.
-Allí es –su boca exhalaba un denso vapor blanquecino-, sígame.
Sacó de su bolsillo una pequeña y herrumbrosa llave. Los goznes crujieron al abrirse la puerta. Entramos en una habitación amplia, decorada a la antigua. El papel de las paredes aparecía desteñido en algunos puntos, sí, era imposible ocultar esta humedad. Con todo, aquel cuarto tenía un aspecto acogedor. En el muro del norte un fuego vivo ardía en la chimenea creando un ambiente casi mágico, envolvente.
Enseguida la señora Dickson subió la cena. Antes de cerrar la puerta tras de sí me dijo que ya tenía preparada una pequeña estancia, contigua al lugar en el que me encontraba, donde podría dormir.
-No es esa mi intención, señora Dickson –repuse un tanto desconcertado.
-Yo sólo cumplo instrucciones –respondió con aire hostil la vieja señora un segundo antes de esfumarse.
Un gran reloj de pared situado junto a la ventana me sorprendió dando las siete en punto cuando yo despachaba aquella frugal pero sabrosa cena. Me levanté de la mesa. Había comenzado a llover intensamente. Aquel invierno estaba siendo especialmente duro.
Me serví una copa de brandy y tomé asiento en uno de los mullidos sillones que había en la estancia, al amor de la lumbre. Encendí un cigarrillo mientras observaba las estanterías repletas de libros que recubrían una buena parte de una de las paredes. La habitación parecía limpia, no daba la sensación de haber estado desocupada durante mucho tiempo. Pensé que la señora Dickson habría adecentado su aspecto con motivo de mi visita.
En aquella soledad en que me encontraba, en aquel ambiente cálido y confortable no podía yo dejar de estar en cierto modo incómodo. Quizá tal sensación venía propiciada por la extraña petición de Henry, espoleada por su larga ausencia y constreñida por aquel ruego encarecido de silencio que mi amigo me exigía. No era capaz de intuir lo que poco después iba a suceder, y desde luego aseguro que de haberlo siquiera imaginado, no habría permanecido ni un minuto más en aquel lugar.
Comenzaba a adormilarme, así que decidí levantarme e inspeccionar la biblioteca en busca de alguna novela que amenizara la espera. Conocía el amor que Henry profesaba hacia la lectura, pero nunca pensé que su biblioteca fuera tan abundante. Mientras nadaba en aquel mar de títulos me dí cuenta de que Henry no sólo era aficionado a los saberes tradicionales, a la Filosofía y a la Medicina, a la Historia y la Literatura. Platón, Averroes, Hesíodo, Milton, Buffon y Goethe compartían espacio con otros muchos autores para mí desconocidos. Encontré toda una sección dedicada a libros prohibidos y estudios sobre civilizaciones perdidas. Henry había sido seducido por la magia y la mística, los estados transcendentales de la mente, no cabía ninguna duda. Por aquellos tiempos comenzaba a proliferar un tipo de búsqueda esotérica del conocimiento a cuya secreta popularidad contribuyeron sus numerosos adeptos. Reflexionando sobre ello tuve que admitir como algo probable que Henry fuera uno de ellos, pues su espíritu siempre estuvo abierto a cualquiera de las dimensiones del hombre. No era como yo, un escéptico. Todo servía, todo le intrigaba, todo lo aprendía.
Este descubrimiento despertó mi alerta. Algo me decía que lo sucedido hasta el momento pudiera acaso estar relacionado con aquella pasión oculta, con aquellas lecturas de locos. Tomé sin embargo un volumen de Jacques el Fatalista, esperando que la lectura ligera despejara mis inquietudes. Recostado de nuevo en el sillón, creo que me quedé dormido.

martes, 18 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO III (LA CARTA)


Tal era mi estado la mañana de enero en la que recibí, de manos de mi fiel sirviente Collins, aquella maldita carta que nunca debí haber abierto. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que había sido remitida por el mismísimo Henry Troyiat-Mecir.
-¿Se encuentra bien, señor? –señaló mi buen Collins al observar el estremecimiento que sufrió mi cuerpo ante semejante novedad.
-Sí, sí, no se preocupe –le contesté tratando de recomponer el rostro-, no me ocurre nada. Puede retirarse, por favor.
-Bien, señor.
Collins depositó la bandeja del desayuno en una mesa cercana a la cama y se marchó cerrando reverencialmente las puertas del dormitorio al salir. Dejé pasar unos segundos eternos y después tomé la carta y la abrí febrilmente. Se trataba apenas de unas líneas, esbozadas con una caligrafía que reconocí al instante.

Querido amigo –comenzaba-, regreso de un largo viaje pleno de experiencias que, estoy seguro, no le serán indiferentes. Mi mayor y más ferviente deseo no es otro que poder contárselo todo en el más breve espacio de tiempo. Por ello le ruego encarecidamente que acepte una humilde invitación y acceda a cenar esta misma noche en mis dependencias de Hitfield Road. La señora Dickson, portera del edificio, está al corriente de todo, ella le indicará el camino hasta mis habitaciones.
Sé que la proposición le parecerá un tanto extraña, teniendo en cuenta mi prolongado silencio. No ha de preocuparse, todo tendrá su explicación, mas en su debido momento.
Una cosa más. Quisiera pedirle que no cuente nada de esto a los demás. Sólo en usted confío.
Espero que acepte mi más respetuoso afecto y que sepa excusarme por este mi imperdonable comportamiento.

Suyo, H.T.M.

Resultará fácil comprender el estado de turbación que experimenté después de leer aquellas enigmáticas palabras. No salía de mi asombro. A pesar de las dudas y objeciones que se agolpaban sin orden ni concierto en mi cabeza, tomé la decisión de aceptar la extraña propuesta de Henry y acercarme a su casa. Así es la incontenible curiosidad del espíritu humano.
Pasé la tarde en el club, y he de decir que resultó complicado evadirse de las propuestas de aquellos que allí encontré.
-Pero cómo –vociferó en alguna ocasión el bueno de Cunningham-. ¿Tampoco esta noche brindaremos con un buen par de cervezas? John, John… ¿Detrás de qué faldas andas?
También tuve que eludir las preguntas de Jenkins y Neville, preocupados por el aspecto decaído y disperso que ostenté durante toda la tarde. A ninguno dije nada sobre la carta recibida aquella mañana, ni tampoco sobre mis proyectos nocturnos. Me ausenté sobre las cinco y media, fingiendo un intenso dolor de cabeza. No puedo precisar el tiempo que estuve vagando por las calles de Londres antes de encontrarme frente al edificio del West End en el que se hallaba la morada de Henry.

domingo, 16 de agosto de 2009

PURA CÉLULA


El miedo
desenreda
tu difícil paz,
como un labio de papel
que ardiera
vibrando en el desorden,
y a los márgenes,
cegada,
la pupila incandescente
expira.
Si no me traes el resto
esperaré,
donde siempre
se ensimisma
todo
lo que crece.

sábado, 15 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO II (LA TERTULIA LANGUIDECE)


Por eso nos extrañó tanto que de pronto Henry Troyiat-Mecir dejara de acudir a nuestras reuniones. Tal vez se había cansado, estaba harto de tanta futilidad, de tanto juego de niños. Durante las lecciones permanecía silencioso y distante, y ya no discutía sobre los fosfatos con el profesor Griffin. Tenía un aspecto desaliñado, parecía no haberse afeitado desde hace días y los surcos bajo los ojos eran un claro indicio de largas noches de vigilia. Con respecto a mí, su actitud fue, cuanto menos, esquiva. En la multitud de ocasiones en que intenté acercarme a él recibí un trato frío y desapegado, impropio de un hombre al que consideraba mi amigo.
Poco después se esfumó sin explicación alguna. Parecía haberse desvanecido de la faz de la tierra, o, cuanto menos, de la gran urbe londinense. Ya no acudía a las clases, y tampoco respondía a los telegramas que le enviábamos al número 23 de Hitfield Road, una de esas callejas del West End cuyas paredes se inclinan tortuosas en la parte baja del río, donde había alquilado un pequeño estudio.
El extraño caso de su desaparición fue denunciado por algunos de nosotros, pero aunque desde Scotland Yard se nos aseguró la búsqueda inmediata de Henry, no podía ocultarse que aquellos días habían sido bastante difíciles para la policía. El hallazgo de tres prostitutas asesinadas brutalmente en las dos últimas semanas en White Chapel tenía la culpa de ello. Resultará evidente que todo el personal disponible estuviera en estos momentos ocupado en otra búsqueda.
Todas estas noticias llenaron de inquietud los espíritus –y he de incluir entre ellos el mío- de los que seguían acudiendo a las convocatorias semanales en torno al fuego de mi hogar. Así como la persona de Henry nos había honrado y asombrado con su presencia, era ahora su ausencia inexplicable lo que presidía, de algún modo, nuestras conversaciones. Pocos pensaban entonces que no volverían a ver a Henry. Cunningham solía farfullar que aquel francés había hecho muy bien largándose de allí.
-Faltaría más –comentaba limpiándose con el dorso de la mano la espuma de cerveza que manchaba su roja barba-, qué puede interesarle de un puñado de inútiles como nosotros.
Pero para todos, incluido el bueno de Cunningham, aquella desaparición había sido un duro trago. Todo seguía girando alrededor de Henry, como si nuestras almas abrazaran, sumidas en la inconsciencia, la necesidad de encontrarle, imaginando, creando turbias historias que pudieran guiarnos hasta él. En poco tiempo comenzó a flotar sobre nosotros una sensación de decadencia, como si la falta de Henry transformara nuestros sábados en una especie de rito absurdo, en la ruina de un pasado reciente y esplendoroso que ahora se desmoronaba poco a poco, ajada por el implacable viento de la inercia. Sí, lo echábamos de menos, lo añorábamos sin querer admitirlo. Sin su brillo, sin su carisma, nuestras voces, incluso nuestras propias relaciones, languidecían, como si antes de Henry no existiera nada, como si después de Henry tampoco debiera existir. Así fue como, después de cuatro años de reuniones en mi casa, tan sólo interrumpidas en los meses de ausencia estival, me vi obligado a clausurar este hábito social que tantas veladas agradables me había deparado.
Todo lo sucedido contribuyó a agriar mi carácter y, en cierto modo, a descuidar mis estudios. Comía poco y dormía peor. Nada me reconfortaba, es cierto. De alguna manera culpaba a Henry por la evolución de unos acontecimientos que me habían llevado a la patética situación actual. Quizás, en aquel arrebato de tácitos reproches reptaba indeliberado cierto sentimiento de envidia hacia Henry que nunca había sabido reconocer. Aquella aceptación por parte de los demás, aquellas miradas anhelantes de unas mujeres que jamás se habían dignado a saludarme, aquella expresión inconfundible de su rostro, tan segura, tan envolvente, habían dejado en un corazón tiznado por el amargo sabor de la soledad –y fue entonces cuando pude comprenderlo- las semillas del rencor.

jueves, 13 de agosto de 2009

HE AQUÍ EL SOL


Abro por última vez el portón,
en la linde que agota
el postrero segundo de la tierra.
La luna móvil acompasa el estertor,
este ahogo el cáliz placentero.
Los pies tantean la penumbra.
Quiero que me acompañes,
hasta el fondo, porque aquí ya no habrá
luz y podrás dormir mientras te miro.
Lejos alguno ha apretado el botón.
Ayúdame a entender lo que he perdido,
brota posesor, recuerdo.
Nada trasciende de la calma
con la que el aire se hostiga,
la tela horizonte que al ojo huye.
Ahora que un abismo espesa el cuerpo,
sol sangriento deflagra en perspectiva.
Hilo multiforme que agrieta,
muere el tiempo. Arriba la mitad.
Lo que se predijo sobreviene.
Vuelan ángeles oscuros,
aquí resuena un cuerno.

miércoles, 12 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - CAPÍTULO I (DANDY)


El sorprendente valor de Henry residía en la dedicación absoluta y apasionada que siempre mostraba en todo lo tocante al ser humano. Amaba la filosofía y el arte, participaba en toda suerte de acontecimientos sociales y no recelaba en modo alguno de la buena literatura.
Henry Troyiat-Mecir había nacido en el seno de una familia aristocrática afincada en Poitiers, pero no obstante me atrevería a decir que era el menos francés de todos los franceses, carecía del orgullo y la pedantería de estos, sobre todo cuando se les trata en su terreno. Sin embargo resultó ser Henry el que se había decidido por el nuestro. Sus excelentes referencias le abrieron las puertas del King´s College de Londres, donde le conocí hace ya unos años. Ambos estudiábamos Ciencias Químicas, y si bien mi trayectoria académica era notable, puedo aseverar con una franqueza exenta de cualquier tipo de animosidad que hallé en su persona el prototipo ideal del genio.
Poseía Henry una viva e inteligente locuacidad, que si bien podía en ocasiones acabar con la paciencia de algún interlocutor despistado, nos embelesaba a nosotros, acostumbrados a la insipidez habitual de los discursos y asombrados, por lo tanto, ante esa extraordinaria mezcla de pasión y exactitud, de fantasía y respuesta que desprendían sus palabras.
Escucharle suponía para nuestras mentes la renovación de la fe en la armonía del mundo. La profunda tonalidad de su voz confería a sus intervenciones una gravedad impropia de su juventud, y ni siquiera el claro acento extranjero –que incluso favorecía aún más a su atractivo- destronaba el hálito irreprochable con el que Henry hacía inteligible a cualquiera la argumentación más caótica e incoherente.
Muchas fueron las veladas que pasamos al calor del fuego en mi residencia de Lexinton Road, y no había ocasión en la que Henry dejara de deslumbrarnos con aquella manera de narrar historias que, no sé ni cuando ni dónde, decía haber aprendido. Era demoledor. Para comprobarlo bastaría observar los rostros perplejos de Jenkins y Neville, mis antiguos compañeros de juegos en los veranos de Exeter, la noche que, recién llegados a Londres, acudieron a una de mis reuniones.
-Este francés es algo increíble- me confesó Neville ante la portezuela del coche que les llevaría a un hotel en el centro-, increíble. Pero a pesar de todo hay algo extraño en él.
-Ten cuidado, querido John –intervino Jenkins alargándome la mano desde la ventanilla-, no te fíes tanto de los desconocidos.
-No os entiendo, amigos míos –repuse un tanto desconcertado-, no veo nada en la actitud de Henry que pueda preocuparme.
-Por eso mismo, John, por eso mismo -Neville ordenó al cochero que partiera-, es demasiado jovial, demasiado perfecto… y eso no resulta normal. Hasta pronto amigo, estaremos en contacto.
Los cascos de los caballos dejaron sus ecos sobre el húmedo empedrado de la calle mientras yo regresaba a la cancela del jardín buscando aún el porqué de aquella reacción, ciertamente desacostumbrada en dos buenos muchachos de la tierra.
En otra ocasión Henry Troyiat-Mecir demostró sus amplios conocimientos sobre lirica inglesa recitando ante Jackson y Rowland, aprendices de la bohemia que había conocido en Queens, sonetos brillantes de Shakespeare y versos oscuros de Blake, Donne o Keats, con una efusión tal que a los poetastros, generalmente más preocupados por el buen escocés que rellenaba sus copas que por las disquisiciones literarias, les fue imposible sustraerse al delirio provocado por aquella voz envolvente, a esa primera vez en que, con toda seguridad, percibían el verdadero sentido de la existencia. Algún tiempo después Rowland me confesó con cierta amargura que aquella noche se había representado la muerte de su vocación artística, un mero juego de niños, una ilusión de juventud que acababa de esfumarse ante la percepción de la sencilla grandeza del francés y el reconocimiento consciente de que jamás podría llegar a su altura.
Sus excelentes dotes causaban, obvio es decirlo, una gran impresión en el sector femenino. Si bien no podía atribuírsele establecimiento alguno de relaciones con muchachas de la ciudad –y Londres es siempre un hervidero en lo que a la rumorología se refiere-, tengo pruebas fehacientes de que más de una señorita de Norfolk o Covent Garden suspiraba castamente por los ojos del extranjero, lo acechaba escondida desde su palco en el teatro o aspiraba a romper las rígidas leyes de la moral en los brazos de un caballero como aquél.
No es necesario admitir que era apreciado por la mayoría de nosotros. Incluso el tozudo de Cunningham, aquel mastodonte irlandés de cabellos rojizos y un temperamento de mil demonios, me sorprendió una noche confesando entre trago y trago de su querida black ale que por fin había encontrado a alguien al que no le apetecía romper la cabeza.
No es que fuera un líder. Tenía carisma suficiente para ello, pero no, no era ningún líder, le faltaban engreimiento, vanidad, ambición, y le sobraban sonrisas y palabras para todos. Derrochaba a manos llenas un espléndido trato con los demás, un don de gentes del que muchos carecían y un buen gusto que era a todas luces exquisito.
En aquella época de estudiantes ninguno de nosotros podía expresarse como Henry. Rodeados de un lujo embriagador y aficionados a la excentricidad verbal como vano gesto de rebeldía ante la vieja tradición de nuestros padres, la mayoría de nosotros no pasábamos de ser unos simples petimetres incapaces de hilar tres frases coherentes de un discurso razonable. La mordaza del pensamiento descubríase de inmediato en nuestras carencias como oradores. No era este el caso de Henry, cuyo potencial siempre me soliviantó hasta el extremo de convertirse en una obsesión. Él no, él hablaba, hablaba y reía, y no le preocupaban ni el entorno ni sus propios límites. Es más, creo que jamás nadie pudo llevarle al límite, y mucho menos sacarle de sus casillas.

martes, 11 de agosto de 2009

GARABATOUR CANTÁBRICO

Si ya os habéis recuperado de la bajada del Sella y habéis acabado con las reservas de sidra y agujetas, tenéis una buena ocasión de disfrutar de la buena poesía de la mano de autores que se reunirán hoy martes 11 de agosto de 2009, a eso de las 19:00 horas, en el Bar El Cantábrico (Jardines de la Reina, GIJÓN). No os lo perdáis. Poesía en el Cantábrico es un recital que aunará las voces de Víctor Sierra, Berna García, Ignacio González del Rey, Ignacio Elola y Rafa Cofiño.


Por si fuera poco Víctor Sierra aprovechará la ocasión para proseguir con su Garabatour y presentar sus poemas mañana día 12 de agosto de 2009 en Otero de Curueño (León) en un recital conjunto de música y poesía acompañado (y acompañando) las canciones de Manuel Villena. Que aprovechen los que puedan.