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lunes, 29 de junio de 2009

MÁSCARA - CAPÍTULO I (ATHÈNAI)


Discutíamos en el ágora, hijo de Euforión, sobre las virtudes y defectos de tu prosodia. Que nada te sorprenda, pues para nosotros, que vivimos el tiempo oscuro anterior a Clístenes, más leve se forja el camino acompañado de la conversación amena. La cristalina Klepsydra no sacia nuestra sed como los anapestos con los que tu mano dignifica la voz urgente del corifeo. Al caer la tarde a los pies del Perìpatos, esta misma Atenas sublimada se eclipsa ante el desfile de los héroes. Esperaremos con respeto, desgranados sobre las gradas que se deslizan sobre la ladera palpitante, el comienzo del drama. Que salgan a escena los ancianos ataviados de púrpura, que el macho cabrío sea sacrificado en el altar de Dionisos, dios de la alteridad y la transformación, y así podamos vislumbrarte, oh eleusino, escrutar en la distancia los ademanes del vate exquisito al reclinarte, oculto el rostro en señal de ofrenda, reconocido en la caterva de competidores tan sólo por el vuelo cimbreante de las manos. Y sin embargo los sentimientos contrarios nos enervan: deseo fervoroso del ceremonial, impaciencia, necesidad de la eufonía de las voces y extraño presentimiento de una pérdida. Ahora que observamos tus pasos hacia la tribuna y suena el címbalo que anuncia la representación, ignoramos si la tragedia que cierra esta tetralogía magnífica, merecedora sin duda del triunfo en el más afamado de los certámenes, ha de ser la última con que el pueblo de Atenas pueda deleitarse aquí, en torno a una orquesta inigualable. Tú que has luchado a nuestro lado frente al enemigo persa, que has cantado la hazaña de los hoplitas en las Termópilas y ahora abandonas esta tierra por la verde Sicilia donde los viñedos colmados de uva madura prosperan al sol y el mar cautivado por el rugido del Etna se detiene, presa del asombro, junto a las murallas que ciñen la ciudad de Siracusa, no desveles el secreto de los misterios, adorador de Deméter, no busques a su hija en la boca del volcán, permanece con nosotros, escucha los ruegos silenciosos, desprendidos en el aire como estelas incoloras ardientes, y que no te turbe nuestra delación porque estamos dispuestos a escucharte con la circunstancia serena de los que creen en la inmortalidad. Desconfía en tu marcha inquebrantable de las tiranías opulentas de occidente. El Ática entera te ha adoptado. Respira, oh poeta, nuestra tristeza. A qué lugar tendrá que huir Orestes, a quién suplicarán las hijas de Dánao. Comienza el drama. Ante el auditorio se despliega el coro de Oceánides. Entre las rocas escitas el cojo Hefestos arrastra los coturnos y encadena al temerario Prometeo. A través de la máscara resuena, penetrante, la voz del Poder.

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