A menudo los caminos que llevan al lector hacia un determinado texto son complicados de explicar. La forma en que, no hace demasiado tiempo, entré en contacto con Las inquietudes de Shanti Andía, la primera de las novelas de la tetralogía "El mar" de Pío Baroja, no tiene desperdicio. Aquella mañana de domingo me dirigía a la panadería habitual para cumplir con la sacrosanta tarea de llevarme un pan debajo del brazo cuando con el rabillo del ojo me fijé en el contenedor de reciclaje. Me llamó la atención una triple columna de libros de Austral que alguien había dejado sobre la acera justo a los pies de la estructura. No pude evitar acercarme. Sin duda restos de una biblioteca particular, los libros se encontraban en perfecto estado. Un tesoro decimonónico y noventayochista que incluía obras de Émile Zola, Valle-Inclán, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y el propio Pío Baroja. Miré al cielo plomizo del otoño. La perspectiva de una cercana lluvia terminó por vencer cualquier escrúpulo, así que poco después llegué a casa portando una barra de pan y hasta nueve libros que iban a servir para saciar otro tipo de hambre, en un acto de salvamento que me proporcionó la conveniente reprimenda relacionada con el hecho de recoger cosas del suelo y el placer de una nueva reserva de lecturas, que precisamente iba a empezar con la novela marinera del escritor donostiarra.
De Pío Baroja (1872-1956) había leído en el ámbito del colegio algunas de las obras "madrileñas" de "La lucha por la vida", como La Busca (1904), y también, más adelante, El árbol de la ciencia (1911), quintaesencia del espíritu pesimista y cosmopolita de la Generación del 98. El resto de libros de Baroja no dejaba de ser una ristra de nombres más o menos interesantes sepultada en el día a día de un futuro filólogo y aprendiz de escritor. Como pasa con tantos otros. Pero, como he dicho al principio, mucho tiempo después, unas serie de extrañas circunstancias me condujo finalmente a abrir una puerta nueva e inesperada.
Las inquietudes de Shanti Andía (1911) es una auténtica novela de aventuras disfrazada de libro de memorias. Ya anciano, el veterano ex capitán de barco Shanti Andía disfruta de su retiro en Lúzaro, su localidad vasca natal. Su modestia le impide verse como un "hombre ilustre" local. Sin embargo, una petición del nuevo periódico luzarense le saca de su ensimismamiento y lo hace decidirse a narrar su historia. El periódico acabará cerrando, pero el mal ya está hecho. Shanti Andía contará a lo largo de 7 libros y un epílogo los episodios más importantes de una vida marcada por la pasión por el mar. Con todos los ingredientes: una infancia iniciática ligada a su familia marinera, a las mujeres de la casa y a sus amigos, con los que recorre aquel espacio vasco imaginado, casi ancestral, aquel Lúzaro protagonista de adoquines humedecidos por la lluvia constante, puerto reducido y montaña a la espalda que se vuelve acantilado, roce de playa y rocas que se adentran en el mar; una etapa de formación en Cádiz y San Fernando; una primera relación amorosa imposible; la experiencia que se gana en los viajes alrededor del mundo y una vuelta a casa marcada por la despedida familiar y la búsqueda de su tío Juan de Aguirre, piloto aventurero en un barco negrero y supuesto pirata al que se había dado por muerto mucho tiempo antes. Tras la sorpresa de tenerlo más cerca de lo que nunca hubiera creído, la nueva pérdida y la conquista del amor verdadero. Y también el desentrañamiento definitivo de esa vida de incertidumbre legendaria que completa el rompecabezas desde distintas perspectivas.
Podría decirse que Shanti Andía ha perseguido siempre ese sueño náutico representado por la figura de su tío, que esta haya sido su guía de viaje, su bitácora. Aunque en realidad su propia existencia, adecuada a los tiempos modernos que le ha tocado vivir, haya sido mucho más convencional y apática.
Pero qué historia vasca de piratas, fragatas y bergantines, mares del Sur, tesoros escondidos, persecuciones y hundimientos, peleas a cuchillo, jerga marinera y tabernas infectas. Baroja se ayuda de una desbordante imaginación, sí, pero también de sus propios recuerdos. No en vano era descendiente por parte de madre de una familia de capitanes de barco, los Goñi, que hicieron durante mucho tiempo la ruta de navegación entre Cádiz y Filipinas, justo como nuestro protagonista. ¿Es Shanti Andía el alter ego de Baroja? Podría ser. Algunos critican la novela por eso, aunque no entiendo exactamente en qué medida este hecho podría disminuir la calidad de la misma.
Me ha sorprendido la forma en que se narra la aventura de Juan de Aguirre, en modo de testimonios perseguidos, rumores escuchados aquí y allí por Shanti en boca de los marineros, o leídos por último en un manuscrito encontrado... He disfrutado como el niño que en su día se zambulló en las páginas de Moby Dick, de La Isla del Tesoro. Y a la vez adivino ese pesimismo que impregna como el salitre todas las acciones de Shanti. Baroja sigue reflexionando sobre el tiempo perdido. Sobre un tiempo que fue mejor.
Ante todo La inquietudes de Shanti Andía es una novela de los sentidos. Baroja maneja con maestría los elementos para hacerte sentir la lluvia sobre los hombros, el viento en los acantilados o la agitación de las velas. Casi puede percibirse el olor que emerge de la bodega de El Dragón, el tacto de las cuerdas, el crujido de la madera, la noche cayendo sobre Frayburu, el sonido ensordecedor de las olas en el interior de la cueva, la luz cegadora del Golfo de Cádiz, el calor hediondo de la calma chicha en el Índico, la pólvora de los cañones, la niebla que cala los huesos en los pontones del páramo inglés, la explosión brutal de la tormenta en el océano...
El mar, sin duda, es uno de los grandes protagonistas de esta historia. El capítulo II del primer libro tiene por título EL MAR ANTIGUO y arroja, desde mi punto de vista, alguna de las claves principales de la novela. Dejo aquí una muestra de lo que dice Shanti de ese mar, y de los tiempos presentes, en unos términos, ya veréis, que se parecen sorprendentemente a los que podríamos utilizar hoy en día. Culminemos así esta aventura que, también a mí, me sacó de la apatía una mañana de domingo junto a un contenedor de papel:



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