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viernes, 13 de febrero de 2026

LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA, DE PÍO BAROJA

 


A menudo los caminos que llevan al lector hacia un determinado texto son complicados de explicar. La forma en que, no hace demasiado tiempo, entré en contacto con Las inquietudes de Shanti Andía, la primera de las novelas de la tetralogía "El mar" de Pío Baroja, no tiene desperdicio. Aquella mañana de domingo me dirigía a la panadería habitual para cumplir con la sacrosanta tarea de llevarme un pan debajo del brazo cuando con el rabillo del ojo me fijé en el contenedor de reciclaje. Me llamó la atención una triple columna de libros de Austral que alguien había dejado sobre la acera justo a los pies de la estructura. No pude evitar acercarme. Sin duda restos de una biblioteca particular, los libros se encontraban en perfecto estado. Un tesoro decimonónico y noventayochista que incluía obras de Émile Zola, Valle-Inclán, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y el propio Pío Baroja. Miré al cielo plomizo del otoño. La perspectiva de una cercana lluvia terminó por vencer cualquier escrúpulo, así que poco después llegué a casa portando una barra de pan y hasta nueve libros que iban a servir para saciar otro tipo de hambre, en un acto de salvamento que me proporcionó la conveniente reprimenda relacionada con el hecho de recoger cosas del suelo y el placer de una nueva reserva de lecturas, que precisamente iba a empezar con la novela marinera del escritor donostiarra. 

De Pío Baroja (1872-1956) había leído en el ámbito del colegio algunas de las obras "madrileñas" de "La lucha por la vida", como La Busca (1904), y también, más adelante, El árbol de la ciencia (1911), quintaesencia del espíritu pesimista y cosmopolita de la Generación del 98. El resto de libros de Baroja no dejaba de ser una ristra de nombres más o menos interesantes sepultada en el día a día de un futuro filólogo y aprendiz de escritor. Como pasa con tantos otros. Pero, como he dicho al principio, mucho tiempo después, unas serie de extrañas circunstancias me condujo finalmente a abrir una puerta nueva e inesperada.

Las inquietudes de Shanti Andía (1911) es una auténtica novela de aventuras disfrazada de libro de memorias. Ya anciano, el veterano ex capitán de barco Shanti Andía disfruta de su retiro en Lúzaro, su localidad vasca natal. Su modestia le impide verse como un "hombre ilustre" local. Sin embargo, una petición del nuevo periódico luzarense le saca de su ensimismamiento y lo hace decidirse a narrar su historia. El periódico acabará cerrando, pero el mal ya está hecho. Shanti Andía contará a lo largo de 7 libros y un epílogo los episodios más importantes de una vida marcada por la pasión por el mar. Con todos los ingredientes: una infancia iniciática ligada a su familia marinera, a las mujeres de la casa y a sus amigos, con los que recorre aquel espacio vasco imaginado, casi ancestral, aquel Lúzaro protagonista de adoquines humedecidos por la lluvia constante, puerto reducido y montaña a la espalda que se vuelve acantilado, roce de playa y rocas que se adentran en el mar; una etapa de formación en Cádiz y San Fernando; una primera relación amorosa imposible; la experiencia que se gana en los viajes alrededor del mundo y una vuelta a casa marcada por la despedida familiar y la búsqueda de su tío Juan de Aguirre, piloto aventurero en un barco negrero y supuesto pirata al que se había dado por muerto mucho tiempo antes. Tras la sorpresa de tenerlo más cerca de lo que nunca hubiera creído, la nueva pérdida y la conquista del amor verdadero. Y también el desentrañamiento definitivo de esa vida de incertidumbre legendaria que completa el rompecabezas desde distintas perspectivas.

Podría decirse que Shanti Andía ha perseguido siempre ese sueño náutico representado por la figura de su tío, que esta haya sido su guía de viaje, su bitácora. Aunque en realidad su propia existencia, adecuada a los tiempos modernos que le ha tocado vivir, haya sido mucho más convencional y apática. 

Pero qué historia vasca de piratas, fragatas y bergantines, mares del Sur, tesoros escondidos, persecuciones y hundimientos, peleas a cuchillo, jerga marinera y tabernas infectas. Baroja se ayuda de una desbordante imaginación, sí, pero también de sus propios recuerdos. No en vano era descendiente por parte de madre de una familia de capitanes de barco, los Goñi, que hicieron durante mucho tiempo la ruta de navegación entre Cádiz y Filipinas, justo como nuestro protagonista. ¿Es Shanti Andía el alter ego de Baroja? Podría ser. Algunos critican la novela por eso, aunque no entiendo exactamente en qué medida este hecho podría disminuir la calidad de la misma. 


Me ha sorprendido la forma en que se narra la aventura de Juan de Aguirre, en modo de testimonios perseguidos, rumores escuchados aquí y allí por Shanti en boca de los marineros, o leídos por último en un manuscrito encontrado... He disfrutado como el niño que en su día se zambulló en las páginas de Moby Dick, de La Isla del Tesoro. Y a la vez adivino ese pesimismo que impregna como el salitre todas las acciones de Shanti. Baroja sigue reflexionando sobre el tiempo perdido. Sobre un tiempo que fue mejor.

Ante todo La inquietudes de Shanti Andía es una novela de los sentidos. Baroja maneja con maestría los elementos para hacerte sentir la lluvia sobre los hombros, el viento en los acantilados o la agitación de las velas. Casi puede percibirse el olor que emerge de la bodega de El Dragón, el tacto de las cuerdas, el crujido de la madera, la noche cayendo sobre Frayburu, el sonido ensordecedor de las olas en el interior de la cueva, la luz cegadora del Golfo de Cádiz, el calor hediondo de la calma chicha en el Índico, la pólvora de los cañones, la niebla que cala los huesos en los pontones del páramo inglés, la explosión brutal de la tormenta en el océano... 

El mar, sin duda, es uno de los grandes protagonistas de esta historia. El capítulo II del primer libro tiene por título EL MAR ANTIGUO y arroja, desde mi punto de vista, alguna de las claves principales de la novela. Dejo aquí una muestra de lo que dice Shanti de ese mar, y de los tiempos presentes, en unos términos, ya veréis, que se parecen sorprendentemente a los que podríamos utilizar hoy en día. Culminemos así esta aventura que, también a mí, me sacó de la apatía una mañana de domingo junto a un contenedor de papel: 

"Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.

¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido.

Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable.

En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.

Entonces, en la mayoría de los buques se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros. Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes y círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y navegaban a la antigua.

La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.

Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo.

A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.

Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales.

—Te preguntarán cuánto has hecho—decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura—, no cómo lo has hecho.

Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores audaces o vendedores de chinos.

Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.

Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia... una maquinaria en eterna transformación.

Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un especialista injerto en un burócrata.

Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. "Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas", me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; "llevamos la fuerza en nuestra carbonera", puede decir el capitán de hoy.

El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.

Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.

Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su inmovilidad.

El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones fuertes, sino los más ligeros matices.

Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo que no es rápido está condenado a morir.

Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para ése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable".


BAROJA, P.
Las inquietudes de Shanti Andía,
LIBRO PRIMERO, Capítulo II.


PD: Os dejo aquí el enlace al ebook Las inquietudes de Shanti Andía del Proyecto Gutenberg, por si queréis leerlo en ese formato.

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