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miércoles, 23 de noviembre de 2016

MEDIUM (RELOAD)



¿Hay alguna razón para que todo lo que ha sido dado indultar en esta vida permanezca deliberadamente quebrantado, para que no lleguen a extinguirse jamás los signos idólatras de nuestra impotencia? Vendrá un día en que la muerte nos sepulte bajo columnas de espanto ante las constantes muestras de equilibrio.

¡Tormenta! ¡Semilla! ¡Belleza Vacía! ¡Supremo Amor Desconcertante! La extraña lentitud de dioses ebrios, siempre ausentes; palabra, voz; la furia que resuena aquí: ¡qué amarga y venerable cobardía!

La doble profusión de abscesos místicos y el entusiasta sacrificio colectivo son glorificados con vehemencia por los justos para el restablecimiento inaplazable del primer motor inmóvil.

¡Oh gran pope! ¡Odre intercesor tambaleante! ¡Condúcenos por esta solitaria vía de costumbres!

Otro arcángel nos impide exorcizar lo que olvidamos amarrado a los instantes, conspira en los letreros, escudriña las arterias ateridas, trasiega como un golpe de viento en los cenáculos inmundos tras dejarnos fascinados.

Buscar algún sentido, desde avenidas enfermas; bajo agujas vigentes, por el bálsamo de las transgresiones y el sexo abismales; en las horas venideras, en su repetición prodigiosa.

Luis Morales, Realidad,  LVR[ediciones

miércoles, 7 de septiembre de 2016

EN EL AIRE


Porque vengo con el juego
de volar sin ser de nadie,
porque vengo.
Y aunque tenga tantas cosas
que decir ni yo me nombro.
Vistas de silencio,
estertores dentro de rompientes,
gritos incoloros
y deseos flotantes
murmurándome.
Qué es la libertad
sino los pies en el aire,
vueltos a la lengua
inaudible,
los mismos pasos libres,
qué es la libertad, decidme:
¿es un sueño o una imagen?,
¿una ausencia horizonte o una voz?

miércoles, 29 de junio de 2016

MUJER CON ALCUZA, DE DÁMASO ALONSO



MUJER CON ALCUZA

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro, por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos
/del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y remejía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan
/extrañas flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso
/que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
/el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
/innumerables margaritas, blancas cual su alegría
/infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo
/de amar a Dios y esa voluntad de minutos
/en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
sólo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio
/cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas
/bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados
/a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que
/en los túneles les pellizcan las nalgas,
... aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con un ansia turbia, de bajar ella también,
/de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos
/inacabables.

... No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iba cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos
/a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla
/un instante en las sombras,
algún chillido como un limón agrio que pone
/amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Sólo la velocidad,
sólo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
sólo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola, y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

... Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como
/el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con
/delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o
/un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo
/de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada
/fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan
/los pájaros?

ALONSO, D., Hijos de la Ira, 1944



martes, 7 de junio de 2016

BUEYES


Hilo de voz comediante sin virtud otra forma de decirte impuro trazo la lengua de barro partida en dos en uno en tres son siempre infinitos los pedazos reconstruyéndose en el relato, un retrato enzarzado en el ser en la letra la batalla la tierra el destino el intolerable amor.

No hay quien les muerda la boca que engendran de nuevo fronteras de surco en lo blanco, no hay quien les muerda silencio la boca.

Pablo Diácono se estira recalcitrante, marea la perdiz al tomar aire, retoma su lección, escribe al margen y carraspea entonces, mientras aguija a sus discípulos con un verso río de negra metáfora:

se pareba boves alba pratalia araba & alba versorio teneba & negro semen seminaba


MORALES, LUIS, Surco en lo blanco


viernes, 22 de abril de 2016

TUS GIGANTES DE VIENTO


Imaginaos a un tipo reconcentrado y tullido, ya entrado en años, recorriendo las calles de Madrid con andares no muy ligeros, cavilando sobre la fortuna esquiva o los sinsabores de su oficio, serio como pocos, enemigo de risas ventoleras, poeta sin fama y autor de comedias sin pecunio, antiguo soldado que arrastra heridas lejos de los mentideros, eterno fracasado, expulsado del Parnaso. 
Una gallina oscura cloqueando entre los galpones, cartapacio bajo el único brazo útil, camino de la casa de Juan de la Cuesta, a poner el huevo. Con aquel tocho algo más largo que novela de ejemplo, su personaje redondo ideado en una celda de Sevilla y la vida confesada por delante y por detrás. Sólo los niños y los locos dicen las verdades. Pero hay que vivir y haberse derretido el seso, perderse en las lecturas y en las desventuras propias para descubrir esas verdades, encontrándose a uno, a una misma. Como bien pone en boca de su Alonso Quijano, o Quijada, o Quesada, "yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos...", cavila Cervantes en las fauces de la imaginación, haciéndose el cuerdo cuando es necesario.
Cervantes nos dejó hace 400 años pero el pensamiento contemporáneo que recorre su obra sigue con nosotros. Original en tiempos de la auctoritas. Parodiando libros de caballerías en tiempos de la imitatio. Metaliterato a más no poder, puntilloso y fino, demoledor en la ironía, para quien aspirase a entender. Adelantado, claro, visionario, humanista incomprendido hasta de sí mismo, seguro, en un lugar y una época de la que no quiso acordarse nadie entonces. 
¡Ay, los emblemas y los símbolos, los himnos y ejemplos de tal o cual nacionalidad! De poco le sirvieron entonces las alharacas a destiempo de ahora y las placas en los lugares en que estuvo casi de prestado, de poco los premios Cervantes, las casas de Cervantes, los museos de Cervantes, las fundaciones de Cervantes, las calles de Cervantes, los ciervos de Cervantes... pero es lo habitual en estos casos. Como escuché decir una vez, creo que ayer, a Francisco Rico, el mejor homenaje a Cervantes es leerlo, leer sus obras, sus libros. Leer...
Pero la ficción es como es gracias a Cervantes. La ficción, y también la realidad. ¿Cuántos héroes anónimos han seguido los pasos de sus personajes de papel? Perseguir nuestros propios sueños es muy cervantino. Y no cejar en el empeño hasta el final. Como tantos y tantas. 
¿Qué tal me queda la gola? Con la barba da el pego, ¿verdad? Yo estoy poseído por Cervantes, pero no de ahora, no no, esto no es el postureo de un día y luego si te he visto no me acuerdo. Cervantes me ha hecho como soy, así de claro. Es una cuestión personal y azarosa, lo sé, pero seguro que no he sido el único en sentirlo así. Así, pues, ha sido y es mi vida con Cervantes. 
Imaginaos a un niño reconcentrado y perplejo recorriendo las calles de su barrio con andares no muy ligeros, cavilando sobre la fortuna esquiva o los sinsabores de su timidez enfermiza, serio como pocos, enemigo de risas ventoleras, empollón de fama y blanco de collejas, pardillo esmirriado que arrastra sus fantasías lejos de los mentideros, futbolista fracasado, con el balón debajo del brazo. 
Un pollo pera que sin motivo aparente ni influencia de ningún tipo comienza un día a devorar todo lo que puede en las bibliotecas, cosas veredes, amigo Sancho. Primero una edición para niños, claro, de la gran obra, pero luego, muy pronto, arrancando del olvido del que posiblemente jamás habría salido, el texto original en la estantería de sus padres, pobre chaval. Quijote en la mesa, Quijote en la cama, Quijote a la luz de la linterna, Quijote a ratos, sentado en la taza del váter, como un tal García Márquez. Ahí se plantan las raíces de todo. Leyendo sin entender del todo pero intuyendo lo que habrá que descubrir, con el placer de lo no impuesto. Ese es el secreto aplicable para la iniciación a la lectura.
Pero luego habrá más. Después de estos pinos y otros de instituto, seguid los pasos de un ave rapaz cuellilarga que decide estudiar literatura por Cervantes en la Universidad Autónoma de Madrid, hasta allí que va cada mañana para rodearse de buena gente y toparse, entre otros muchos, con los autores de la gran edición del Quijote del momento, y aun de las obras completas del interesado, Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, a la sazón sus profesores de literatura medieval y/o renacentista siglodeorista, los mejores y más caóticos profesores por antonomasia y metonimia que supe haber tenido jamás, que, como buenos licenciados Vidriera, bien pudieran haber sido personajes de una historia cervantina. El azar de estar en aquel lugar y aquel tiempo. Recordarlo me abruma porque admiro. Y luego un viaje a Italia para encontrar las huellas del juego metaliterario en Pirandello, en Galdós, en los ingleses... y en llegando al hogar proyectar esa huella sobre Latinoamérica a través de García Márquez y Carlos Fuentes. Sueños locos de estudioso que no cuajaron porque la vida me llevó por otros lados de los que no me arrepiento: un continuo lanzarse sobre los molinos. Luego la literatura, las palabras propias... hay que estar loco para probarlo hoy en día. Teniendo todas las de perder, a veces se consigue, con esfuerzo y tesón, ser poeta sin Parnaso. No está mal para los tiempos que corren.
Ahora los niños empiezan con el cómic. A mi hijo le gusta el personaje, o mejor, el contraste entre el caballero loco y el escudero botarate. Se entretiene. Ha tenido que describir al Caballero de la Triste Figura en un ejercicio para el colegio. Sólo los locos y los niños dicen las verdades. Ayer quise llevármelo a mi corral y cual gallo que despunta le enseñé la edición de Quijote con la que solía trabajar, resobada de tanto uso, contamos hasta 1080 páginas llenas de citas y esquinas dobladas y me emocioné mientras él pasaba a otra cosa. Ahí tiene todos los libros del mundo para que haga con ellos lo que quiera, para que vuele junto a los gigantes de viento, pensé... si quiere. Luego devolví el libro a su lugar en la estantería, como urraca que acrecienta su tesoro. Cervantes ocupa en ella, entre dimes y diretes, ediciones, revisiones y comentos, casi un metro. Allí puedes encontrar hasta un facsímil del La Galatea que me regaló mi propia Dulcinea del Toboso. Entonces recordé una promesa incumplida: releer alguna de las obras de Cervantes al menos una vez al año, y que una de ellas sea el Quijote cada dos... Esta vez lo haré, continué, me apetece darle al Persiles. Pero comenzaron los preparativos del baño de los niños, y luego la cena, y aquel documental sobre un tal Miguel de Cervantes en La Sexta y al fin ese quedarse dormido en el sofá como buen mochuelo en su olivo. 
Pero de hoy no pasa. Escuché decir una vez, creo que ayer mismo, a Francisco Rico, que el mejor homenaje a Cervantes es leerlo, leer sus obras, sus libros. Leer...

jueves, 14 de abril de 2016

EL MITO DE LA CAVERNA


—Ahora, continué, imagínate nuestra naturaleza, por lo que se refiere a la ciencia, y a la ignorancia, mediante la siguiente escena. Imagina unos hombres en una habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les inmovilizan las piernas y el cuello, de tal manera que no pueden ni cambiar de sitio ni volver la cabeza, y no ven más que lo que está delante de ellos. La luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un camino elevado, a lo largo del cual debes imaginar un pequeño muro semejante a las barreras que los ilusionistas levantan entre ellos y los espectadores y por encima de las cuales muestran sus prodigios.
—Ya lo veo, dijo.
—Piensa ahora que a lo largo de este muro unos hombres llevan objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales de madera o de piedra, v de mil formas distintas, de manera que aparecen por encima del muro. Y naturalmente entre los hombres que pasan, unos hablan y otros no dicen nada.
—Es esta una extraña escena y unos extraños prisioneros, dijo.
—Se parecen a nosotros, respondí. Y ante todo, ¿crees que en esta situación verán otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado que unas sombras proyectadas por la luz del fuego sobre el fondo de la caverna que está frente a ellos?
—No, puesto que se ven forzados a mantener toda su vida la cabeza inmóvil.
—¿Y no ocurre lo mismo con los objetos que pasan por detrás de ellos?
—Sin duda.
—Y si estos hombres pudiesen conversar entre sí, ¿no crees que creerían nombrar a las cosas en sí nombrando las sombras que ven pasar?
—Necesariamente.
—Y si hubiese un eco que devolviese los sonidos desde el fondo de la prisión, cada vez que hablase uno de los que pasan, ¿no creerían que oyen hablar a la sombra misma que pasa ante sus ojos?
—Sí, por Zeus, exclamó.
—En resumen, ¿estos prisioneros no atribuirán realidad más que a estas sombras?
—Es inevitable.
—Supongamos ahora que se les libre de sus cadenas y se les cure de su error; mira lo que resultaría naturalmente de la nueva situación en que vamos a colocarlos. Liberamos a uno de estos prisioneros. Le obligamos a levantarse, a volver la cabeza, a andar y a mirar hacia el lado de la luz: no podrá hacer nada de esto sin sufrir, y el deslumbramiento le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras antes veía. Te pregunto qué podrá responder si alguien le dice que hasta entonces sólo había contemplado sombras vanas, pero que ahora, más cerca de la realidad y vuelto hacia objetos más reales, ve con más perfección; y si por último, mostrándole cada objeto a medida que pasa, se le obligase a fuerza de preguntas a decir qué es, ¿no crees que se encontrará en un apuro, y que le parecerá más verdadero lo que veía antes que lo que ahora le muestran?
—Sin duda, dijo.
—Y si se le obliga a mirar la misma luz, ¿no se le dañarían los ojos? ¿No apartará su mirada de ella para dirigirla a esas sombras que mira sin esfuerzo? ¿No creerá que estas sombras son realmente más visibles que los objetos que le enseñan?
—Seguramente.
—Y si ahora lo arrancamos de su caverna a viva fuerza y lo llevamos por el sendero áspero y escarpado hasta la claridad del sol, ¿esta violencia no provocará sus quejas y su cólera? Y cuando esté ya a pleno sol, deslumbrado por su resplandor, ¿podrá ver alguno de los objetos que llamamos verdaderos?
—No podrá, al menos los primeros instantes.
—Sus ojos deberán acostumbrarse poco a poco a esta región superior. Lo que más fácilmente verá al principio serán las sombras, después las imágenes de los hombres y de los demás objetos reflejadas en las aguas, y por último los objetos mismos. De ahí dirigirá sus miradas al cielo, y soportará más fácilmente la vista del cielo durante la noche, cuando contemple la luna y las estrellas, que durante el día el sol y su resplandor.
—Así lo creo.
—Y creo que al fin podrá no sólo ver al sol reflejado en las aguas o en cualquier otra parte, sino contemplarlo a él mismo en su verdadero asiento.
—Indudablemente.
—Después de esto, poniéndose a pensar, llegará a la conclusión de que el sol produce las estaciones y los años, lo gobierna todo en el mundo visible y es en cierto modo la causa de lo que ellos veían en la caverna.
—Es evidente que llegará a esta conclusión siguiendo estos pasos.
—Y al acordarse entonces de su primera habitación y de sus conocimientos allí y de sus compañeros de cautiverio, ¿no se sentirá feliz por su cambio y no compadecerá a los otros?
—Ciertamente.
—Y si en su vida anterior hubiese habido honores, alabanzas, recompensas públicas establecidas entre ellos para aquel que observase mejor las sombras a su paso, que recordase mejor en qué orden acostumbran a precederse, a seguirse o a aparecer juntas y que por ello fuese el más hábil en pronosticar su aparición, ¿crees que el hombre de que hablamos sentiría nostalgia de estas distinciones, y envidiaría a los más señalados por sus honores o autoridad entre sus compañeros de cautiverio? ¿.No crees más bien que será como el héroe de Homero y preferirá mil veces no ser más «que un mozo de labranza al servicio de un pobre campesino» y sufrir todos los males posibles antes que volver a su primera ilusión y vivir como vivía?
—No dudo que estaría dispuesto a sufrirlo todo antes que vivir como anteriormente.
—Imagina ahora que este hombre vuelva a la caverna y se siente en su antiguo lugar. ¿No se le quedarían los ojos como cegados por este paso súbito a la obscuridad?
—Sí, no hay duda.
—Y si, mientras su vista aún está confusa, antes de que sus ojos se hayan acomodado de nuevo a la obscuridad, tuviese que dar su opinión sobre estas sombras y discutir sobre ellas con sus compañeros que no han abandonado el cautiverio, ¿no les daría que reír? ¿No dirán que por haber subido al exterior ha perdido la vista, y no vale la pena intentar la ascensión?
Y si alguien intentase desatarlos y llevarlos allí, ¿no lo matarían, si pudiesen cogerlo y matarlo?
—Es muy probable.
—Ésta es precisamente, mi querido Glaucón, la imagen de nuestra condición. La caverna subterránea es el mundo visible. El fuego que la ilumina, es la luz del sol. Este prisionero que sube a la región superior y contempla sus maravillas, es el alma que se eleva al mundo inteligible. Esto es lo que yo pienso, ya que quieres conocerlo; sólo Dios sabe si es verdad. En todo caso, yo creo que en los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que percibimos con dificultad, pero que no podemos contemplar sin concluir que ella es la causa de todo lo bello y bueno que existe. Que en el mundo visible es ella la que produce la luz y el astro de la que procede. Que en el mundo inteligible es ella también la que produce la verdad y la inteligencia. Y por último que es necesario mantener los ojos fijos en esta idea para conducirse con sabiduría, tanto en la vida privada como en la pública. Yo también lo veo de esta manera, dijo, hasta el punto de que puedo seguirte. [. . .]
—Por tanto, si todo esto es verdadero, dije yo, hemos de llegar a la conclusión de que la ciencia no se aprende del modo que algunos pretenden. Afirman que pueden hacerla entrar en el alma en donde no está, casi lo mismo que si diesen la vista a unos ojos ciegos.
—Así dicen, en efecto, dijo Glaucón.
—Ahora bien, lo que hemos dicho supone al contrario que toda alma posee la facultad de aprender, un órgano de la ciencia; y que, como unos ojos que no pudiesen volverse hacia la luz si no girase también el cuerpo entero, el órgano de la inteligencia debe volverse con el alma entera desde la visión de lo que nace hasta la contemplación de lo que es y lo que hay más luminoso en el ser; y a esto hemos llamado el bien, ¿no es así?
—Sí.
—Todo el arte, continué, consiste pues en buscar la manera más fácil y eficaz con que el alma pueda realizar la conversión que debe hacer. No se trata de darle la facultad de ver, ya la tiene. Pero su órgano no está dirigido en la buena dirección, no mira hacia donde debiera: esto es lo que se debe corregir.
—Así parece, dijo Glaucón.


Platón, República, VII; 514a_517c y 518b_d.


lunes, 28 de marzo de 2016

RESISTENCIA (RELOADED)


El letárgico ocaso y la lluvia se entrometen en el tedio atroz y ansiado, un giro audaz para el retrato escueto: sólo somos ojos frente a los muros que le crecen al mundo, y ahora más que nunca sus frisos se desmoronan como ríos cerúleos mientras las lenguas desbordan los puentes y las moscas se enjambran en los palacios al son de un trueno. Hay anáforas bajo la colina hecha de escombros, vida en los cascotes de Testaccio, más allá de las adustas fronteras de varios Líbanos, comedia en las escorias benaríes o encima de los promontorios encebollados y los paraguas esqueléticos que asombran la orfandad de Jartum. ¡Oh dédalos de Belfast, oh picaportes de Westfalia! Temblor de saris que flamean incautos más allá de nuestras sendas, al llegar la noche, apenas vislumbrados por los brujos que alardean entorno a las chalupas; viejos alfabéticos que cuentan sus historias deslustradas en plazas que no dejan de crecer, y Xemaa’s, y palenques acostumbrados al tibio desenfreno hespérico de los soportales; grandes conquistas de otros mares y luciérnagas de una ciudad dividida; devociones de orín, blancas líneas consistentes y cánticos espora, de agujas glaciales; lodo en los cagaderos opacos que ocultan sus trampas bajo el plástico; pura y decisiva mezcla; trapecistas pendientes de los semáforos, tiroleses uniformados, pícaros que acometen hurtos imposibles en nombre de Hegel, jardines colgantes que alguna vez demoramos, completamente borrachos, en las trenzas babilonias; y las Áfricas innombrables de los lores y los descomunales falos del Pudong o de Manhattan, y sus serpientes metálicas y bulliciosas, sus bibliotecas vehementes y adinteladas, sus alambiques nonatos, sus desfiles civilizados, la histérica disposición de sus mujeres, de ojos grandes y voces cósmicas que percuten en la espalda (extraídas de la misma tradición descrita en los dudosos catálogos de Fournier, mucho menos seductoras que una gota de agua sobre la piel templada), o la cortedad de sus hombres-rana, de sus ángeles negros, forzados durante siglos a respirar por la boca; pudines y lentejas, mantequillas, escarolas; deliciosos néctares y alfajores, panecillos orquestales; burbujas de otredad, idolatrías que nos llevan a la mesa absoluta. Cuando hiere el fin del día hay cuerpos reventados que se olvidan. El letárgico ocaso y la lluvia rebosan sobre el tedio atroz y ansiado que prometen los cátodos, su salmodia. El sofá está dormido. Sólo el sueño se resiste.

"Resistencia" aparece publicado en Realidad (LVR[ediciones, 2013)

viernes, 26 de febrero de 2016

LAS REGLAS DE JIM JARMUSCH


Hace ya un tiempo que danzan por aquí las verdades de Jim Jarmusch, pero creo que no está de más ampliar las ideas sobre la originalidad y la creación que el director de Extraños en el Paraíso (1984), Bajo el peso de la ley (1986),  Mistery Train (1989) o Coffee and Cigarrettes (2003) hizo en su día. Ahí os dejo sus reglas...

REGLA Nº 1: 

No hay reglas. Hay tantas maneras de hacer una película como cineastas potenciales. Es una forma abierta. Como sea, yo personalmente no sería capaz de decirle a nadie qué hacer o cómo hacer algo. Para mí es como decirle a alguien cuáles deberían ser sus creencias religiosas. A la mierda. Eso va en contra de mi filosofía personal esto es más un código que una serie de reglas. Por lo tanto, olvídate de las “reglas” que estás leyendo en este momento y considéralas más bien simples notas para mí mismo. Uno debería hacer sus propias “notas” porque no hay una única forma de hacer nada. Si alguien te dice que hay una única forma, su forma, aléjate de él tan rápido como puedas, tanto física como filosóficamente.

REGLA Nº 2: 

No te dejes agarrar por esos hijos de puta. Ellos no pueden ni ayudarte ni dejar de ayudarte, pero sí pueden detenerte. La gente que financia películas, distribuye películas, promueve películas y exhibe películas no son cineastas. No están interesados en permitir que los cineastas definan y dicten la forma en que hacen sus cosas, así que los cineastas no debemos tener ningún interés en permitirles dictar la forma en que se hace una película. Carga un arma si es necesario.

Además, evita a los diletantes a toda costa. Siempre hay personas por ahí que sólo quieren meterse a hacer cine para volverse ricas, para volverse famosas o para tener sexo. Generalmente saben tanto de cómo hacer cine como George W. Bush de combate cuerpo a cuerpo.

REGLA Nº 3: 

La producción está ahí para servir a la película. La película no está ahí para servir a la producción. Desafortunadamente en el mundo del cine esto se da casi universalmente al revés. La película no se hace para servir al presupuesto, al cronograma o a las hojas de vida de los involucrados. A los cineastas que no entienden esto deberían colgarlos de los tobillos y preguntarles por qué de pronto el cielo está para abajo.

REGLA Nº 4: 

El cine es un proceso de colaboración. Tienes la oportunidad de trabajar con otros cuyas mentes e ideas pueden ser más fuertes que las tuyas. Asegúrate de que se mantengan enfocados en su propia función y no en el trabajo de alguien más, o será un desastre. Pero trata a todos tus colaboradores como iguales y con respeto. Un asistente de producción que está deteniendo el tráfico para que el equipo técnico pueda rodar un plano no es menos importante que los actores en escena, el director de fotografía, el director de arte o el director. Las jerarquías son para aquellos cuyos egos están inflados o fuera de control o para la gente que está en el ejército. Aquellos con los que eliges colaborar, si escoges bien, pueden elevar la calidad y el contenido de tu película a un nivel mucho más alto de lo que cualquiera hubiera podido imaginarse por sí solo. Si no quieres trabajar con otras personas pinta un cuadro o escribe un libro (y si quieres ser un maldito dictador parece que por estos días lo único que hay que hacer es meterse a la política…).

REGLA Nº 5: 

Nada es original. Roba de cualquier sitio que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones intrascendentes, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, ríos, luces y sombras. Selecciona para robar solamente aquellas cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo haces, tu trabajo (y tu robo) será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad no existe. Y no te preocupes en ocultar tu robo celébralo si hace falta. En cualquier caso recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “De lo que se trata no es de dónde tomas las cosas, sino de a dónde las llevas”.

Palabrita de Jim Jarmusch.

Robada de aquí.

lunes, 22 de febrero de 2016

EL NOMBRE DE LA ROSA, DE UMBERTO ECO



STAT ROSA PRISTINA NOMINE, 
NOMINA NUDA TENEMUS

De la rosa solo nos queda el nombre... Las cosas dejan de existir y solamente quedan las palabras. Una de esas cáscaras de plátano que el recientemente fallecido Umberto Eco fue dejando a lo largo de su primera y más exitosa novela para hacer tropezar a los exégetas y estudiosos de toda ralea. Algo que le gustaba hacer también, por ejemplo, a Gabriel García Márquez. La novela cerrando un círculo. La intertextualidad. El final que parece explicar el principio. 
Como el que ve la portada de Lumen y no puede dejar de ignorar el laberinto. La rosa es un símbolo de múltiples significados desde la Antigüedad en adelante... un objeto lógico propicio para impulsar la trampa y el macguffin que mantenga entretenidos a los sabios y los lectores ávidos por descifrar códigos secretos. De hecho es posible que en este afán decodificador resida el gran éxito de El nombre de la rosa (1980), una novela aparentemente difícil, que mezcla la historia con la filosofía y la intriga detectivesca. La oscuridad de la Edad Media. La luz de los libros. La represión intelectual y el escrutinio por parte de la religión, la efervescencia de las creencias. La transmisión de la cultura. La lucha entre el relativismo de las cosas y la conciencia de la culpa. Una de las grandes precursoras, sin duda, de lo que vino después, con Dan Brown y compañía. Códigos. 
Todos se obsesionaron por descifrar este libro, los personajes ocultos, los textos escondidos. Todos quisieron atravesar el espejo, el laberinto de la biblioteca borgiana en la que encontrar los libros prohibidos. El segundo libro de la poética de Aristóteles es un Aleph que muchos trataron encontrar, aunque la clave ya estaba formulada: la risa salva. El nombre de la risa. 
El obstáculo puesto por el autor fue increíblemente superado por una gran mayoría de lectores. Como en Divinas Palabras de Valle-Inclán, los numerosos pasajes en latín de El nombre de la rosa, la salvaron del ostracismo. Legiones de lectores pedían traducciones, pero como el mismo Eco se encargó de repetir una y otra vez, "cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa".


A Umberto Eco le pasaba como a Radiohead, a los que no dejan de pedirles Creep en los conciertos veinte años después del éxito masivo que obtuvo la dichosa canción. Al semiólogo, al crítico, al investigador consagrado, al autor de ensayos como La estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975), Lector in Fabula (1979) Kant y el ornitorrinco (1997) o La historia de la belleza (2005) le persiguieron ejércitos de lectores ávidos de saber más sobre El nombre de la rosa. Nunca más pudo librarse de aquellos demonios. Harto ya de tanta pregunta, Eco escribió Apostillas a 'El nombre de la rosa', un texto aclaratorio sobre los orígenes de su afamada novela que sin embargo no desvelaba los puntos fundamentales de su trama. Como debe ser. Cada lector que busque dentro de sí mismo sus propias conclusiones. 


Como podéis ver, este no pretende ser un análisis exhaustivo del libro, sino más bien poner por escrito de algún modo la curiosa forma en que, en distintas ocasiones, entré en contacto con el mismo. Mi experiencia de lector, algo que, creo, al final es lo más importante.
Baste decir, por ejemplo, que mi primer trabajo de maquetación propiamente dicha fue precisamente una portada de libro a elección propia. Fue en clase de literatura, en 4º de EGB (otra cosa de la que ya solo queda el nombre). Acaba de ver la película de Jean-Jacques Annaud (1986). Sí, para mí Adso de Melk siempre tendrá la cara de bisoño de Christian Slater y Guillermo de Baskerville se podría apellidar Connery. La portada, cuidadosamente diseñada a mano, mostraba a fray Guillermo en primer plano, apesadumbrado, la capucha calada, cargado de libros, mientras al fondo el fuego devoraba la torre de la abadía... todo muy bonito y bien pintado. En la parte inferior escribí con letras de molde el título de la novela y el nombre de su autor:

EL NOMBRE DE LA ROSA
HUMBERTO ECO

El detalle de la H muda y sobrante fue señalado con delicadeza por el profesor, que sin embargo no lo tuvo en cuenta a la hora de las calificaciones. Por lo tanto la historia de mi primera maquetación es también la historia de mi primera errata tipográfica. Mal empezamos. Hace unos años volví a ver aquella reliquia, algo arrugada y rota en uno de sus extremos, en casa de mis padres, en el baúl donde guardaban mis recuerdos. No sé si seguirán allí (los recuerdos, el baúl, la portada) después de la última reforma.



Mucho tiempo después El nombre de la rosa vino a mis manos gracias a una oferta de RBA Editores para regalarme un verano lleno de descubrimientos y lectura activa. A mí, que acababa de dejar atrás un 3º de BUP de letras puras en el que había traducido todo lo traducible en latín y conocido de parte de un gran profesor los fundamentos de la filosofía, ambos conocimientos muy útiles para la vida moderna.  A mí, como podéis comprender, todavía no demasiado iniciado en los misterios de la juventud, con una perspectiva vacacional que se reducía a todo un mes de agosto en el sur, donde las siestas se prolongaban a dos horas y media. Que te llegue en esas circunstancias un texto así no tiene precio. Nunca más podría haberse dado una situación así. 
Lo que para otros fue una gran barrera para mí fue un reto. Mientras los demás roncaban pronto me puse a traducir con ayuda de mi diccionario latino-español/español-latino Vox todos los pasajes escritos en latín en el libro a medida que iban apareciendo durante mi lectura. Anotaba sin saber nada de anotación los números al pie de cada texto y luego los devolvía traducidos en las hojas de guarda del ejemplar. Aquellas fueron mis primeras glosas. Fue un mes fantástico en el que tal vez se despertó mi vocación filológica. Y luego, claro está, esa sensación de haber descifrado lo que otros se habían perdido. Sí, yo también había pisado la cáscara de plátano, tenía los dedos manchados de tanto pasar páginas, pero para bien.
No sé dónde tengo el libro anotado. Posiblemente descanse también en el baúl de mis recuerdos, pero si aparece me comprometo a mostrároslo como prueba de la veracidad de estos hechos.

En fin, que para mí El nombre de la rosa es un puntal fundamental en mi trato posterior con la literatura en todos sus ámbitos (como lector, como editor de textos, como maquetador, como aficionado a los libros, incluso como escritor...) y que una vez más tiene que venir la muerte a recordarme las cosas que me hacen vivir como soy y ser lo que ahora vivo. Salve Umberto. Gracias por salvarme de la boca del león.



Una de los aspectos que más me gustó de El nombre de la rosa es esa sensación de que el progreso se iba filtrando en la vida de los hombres a pesar de la aparente oscuridad total de aquel siglo XIII y la represión sin límites de nobles, monarcas y poderes religiosos con el único objetivo de mantener el control sobre las masas. A este respecto me gusta especialmente el pasaje de la novela que dejo aquí y ahora para cerrar este pequeño (o largo) homenaje. Si os fijáis en la imagen de Sean Connery lo entenderéis:

–No está escrito que los maestros vidrieros deban seguir haciendo ventanas y los orfebres relicarios, si los maestros del pasado han sabido producirlos tan bellos y destinados a durar muchos siglos. Si no, la tierra se llenaría de relicarios, en una época tan poco prolífica en santos de donde obtener reliquias –dijo bromeando Guillermo–. Y no se seguirá eternamente soldando vidrios para las ventanas. Pero he visto en varios países cosas nuevas que se hacen con vidrio, y me han sugerido la idea de un mundo futuro en que el vidrio no sólo está al servicio de los oficios divinos; sino que se use también para auxiliar las debilidades del hombre. Quiero que veas una obra de nuestra época, de la que me honro en poseer un utilísimo ejemplar.

Metió las manos en el sayo y extrajo sus lentes, que dejaron sorprendido a nuestro interlocutor.

Nicola cogió la horquilla que Guillermo le ofrecía. La observó con gran interés, y exclamó:

–¡Oculi de vitro cum capsula! ¡Me habló de ellas cierto fray Giordano que conocí en Pisa! Decía que su invención aún no databa de dos décadas. Pero ya han transcurrido otras dos desde aquella conversación.

–Creo que se inventaron mucho antes –dijo Guillermo–, pero son difíciles de fabricar, y para ello se requieren maestros vidrieros muy expertos. Exigen mucho tiempo y mucho trabajo. Hace diez años un par de estos Viteri ab oculis ad legendum se vendieron en Bolonia por seis sueldos. Hace más de una decada el gran maestro Salvirio degli Armati me regajó un par, y durante todos estos años los he conservado celosamente como si fuesen, como ya lo son, parte de mi propio cuerpo.

–Espero que uno de estos días me los dejéis examinar. No me disgustaría fabricar otros similares -dijo emocionado Nicola.

–Por supuesto –consintió Guillermo–, pero ten en cuenta que el espesor del vidrio debe cambiar según el ojo al que ha de adaptarse, y es necesario probar con muchas de estas lentes hasta escoger la que tenga el espesor adecuado al ojo del paciente.

–¡Qué maravilla! –seguía diciendo Nicola–. Sin embargo, muchos hablarían de brujería y de manipulación diabólica…

–Sin duda, puedes hablar de magia en estos casos –admitió Guillermo–. Pero hay dos clases de magia. Hay una magia que es obra del diablo y que se propone destruir al hombre mediante artificios que no es lícito mencionar. Pero hay otra magia que es obra divina, ciencia de Dios que se manifiesta a través de la ciencia del hombre, y que sirve para transformar la naturaleza, y uno de cuyos fines es el de prolongar la misma vida del hombre. Esta última magia es santa, y los sabios deberán dedicarse cada vez más a ella, no sólo para descubrir cosas nuevas, sino también para redescubrir muchos secretos de la naturaleza que el saber divino ya había revelado a los hebreos, a los griegos, a otros pueblos antiguos e, incluso hoy, a los infieles (¡no te digo cuántas cosas maravillosas de óptica y ciencia de la visión se encuentran en los libros de estos últimos!).

Primer día / Vísperas
ECO, UMBERTO, El nombre de la rosa, 1980



lunes, 15 de febrero de 2016

EL AGUA Y MANUEL ALTOLAGUIRRE

Tal vez el poeta menos conocido de la famosa generación del 27, el malagueño Manuel Altolaguirre, el editor en la sombra, tiene, sin embargo, una frescura y una modernidad en algunos de sus versos que lo ponen, desde mi incoherente punto de vista, a la cabeza del grupo. La obra que más me ha impactado es, desde luego, su Poema del agua (1927), un juego de imágenes, un intenso viaje de 208 versos desde el nacimiento hasta la muerte, del manantial al mar, que publicó en el homenaje a Góngora de la revista "Litoral".

Os dejo aquí el fragmento IX, la noche en la desembocadura...

POEMA DEL AGUA

IX

Negros perfiles. ¿Sobre qué cinturas
esos esbeltos brillos envainados?
Peces dormidos bajo las espadas.
El agua oculta por extraños grises.
Deshilando de luna con sus velas
aires dorados, lisos, desprendidos,
impiden soledad barcas nocturnas.
... Y las desnudas nubes, agrupadas,
pisando arenas las que no tendidas,
al panorama entregan blancos bosques
si quedan bajas, en lugar remoto;
no las que solas, decorando el cielo,
sobre ciudades abrirán sus manos,
estas, en fuga, ya ocultando estrellas
o de anchos toldos para el sol sirviendo,
pronto se pierden tras los horizontes.
Música donde bailes marineros.
En florero de mar mojan sus tallos
inmóviles amantes confundidos.
Quietud del agua herida por reflejos.

Altolaguirre, M., Poema del agua (1927)