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viernes, 12 de mayo de 2017

MAROSCURO



En los ojos era un maroscuro
de aguas tristes
e insospechadas calmas.


—¡maroscuro hambriento,
coraje hacia las islas
que aquí esperan!
El fantasma de la tarde,
cuando cae,
extiende el aire que fecunda
todas las entrañas,
toma lo que brota con sus infinitas lenguas,
y amenaza siempre,
un vendaval furioso
para ti depara,
quiere ensordecer tus voces,
arrastrarlas donde nadie,
nadie más las pueda oír.
¡Rápido, maroscuro hambriento,
coraje hacia las islas
que aquí esperan!—


maroscuro en los ojos náufrago de la muerte,
último hijo del amor-que-ya-no-era.


MORALES, L., El vértice inconstante

jueves, 20 de abril de 2017

AUTOR PERDIDO EN BUSCA DE SUS PERSONAJES


Ya me hubiera gustado a mí, tan cervantino, tan metalingüístico y retorcido como soy, haber asistido hace ya casi un siglo a la primera representación de Sei personaggi in cerca d'autore en el Teatro Valle de Roma. 9 de mayo de 1921. Me imagino con la boca abierta y sorprendido mientras el público enviaba al infierno o al manicomio al pobre autor incomprendido.
¡Ay, cómo cuesta lo difícil de entender! Cómo cuesta en general (¿verdad?) abrir los sentidos y la razón de nuestros contemporáneos. La desintegración del espacio. La ruptura de las paredes. El atrapamiento del espectador. La visualización de la trampa, del mecanismo que oculta cualquier trama. Incluso hoy en día se suelen utilizar técnicas parecidas cuando se quiere 'asombrar' al público.
Al final el bueno de Luigi Pirandello tuvo que explicar con un prefacio su drama, sus intenciones dinámicas y temáticas. Y eso le llevó al éxito. 
Primera de las obras de la trilogía del Teatro dentro del Teatro, Seis personajes en busca de autor tiene momentos sublimes y acotaciones de lo más aclaratorio. Como muestra este botón, casi al inicio, sobre la presentación de los personajes:

Quien vaya a intentar una puesta en escena de esta comedia debe valerse de todos los medios disponibles para lograr un efecto gracias al cual estos SEIS PERSONAJES no se confundan nunca con los ACTORES de la compañía. La disposición de unos y otros, indicada en las anotaciones,cuando ya se encuentren en el escenario, será sin duda útil; tanto como una intensidad luminosa variada de reflectores especiales. Pero el medio más eficaz e idóneo que se sugiere será el uso de máscaras especiales para los PERSONAJES: máscaras especialmente elaboradas con una materia que el sudor no ablande, así que no serán ligeras para los actores que deberán llevarlas; se confeccionarán de tal modo que dejen libres los ojos,la nariz y la boca. Se interpreta de esta manera el sentido más profundo de la comedia. Los PERSONAJES no deberán, por lo tanto, aparecer como fantasmas, sino como realidades creadas, elaboraciones inalterables de la fantasía: y por lo tanto más reales y consistentes que la voluble naturalidad de los ACTORES. Las máscaras ayudarán a dar la impresión de la figura construida artísticamente y fijada de manera inalterable en la expresión del propio sentimiento fundamental, que es el remordimiento en el PADRE, la venganza en la HIJASTRA, el desdén en el HIJO, el dolor en la MADRE, con lágrimas de cera, fijas en lo más lívido de las ojeras y las mejillas, como se puede ver en las imágenes esculpidas y pintadas de las Mater dolorosa de las iglesias.
PIRANDELLO, L., Seis personajes en busca de autor, 1921.

Máscaras especialmente elaboradas... La máscara siempre es la clave. Pero claro, los seis personajes no son solamente eso. 
EL DIRECTOR. (Primero sorprendido, luego fastidiado.) ¡Déjenlo! ¡Cállense! (Luego, dirigiéndose a los PERSONAJES.) ¡Y ustedes váyanse de aquí! ¡Despejen el lugar! (Al DIRECTOR DE ESCENA.) ¡Por Dios, sáquelos de aquí!
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Acercándose, pero luego deteniéndose como si lo retuviera una rara turbación.) ¡Fuera! ¡Fuera!
EL PADRE. (Al DIRECTOR) Mire, nosotros...
EL DIRECTOR. (Gritando.) ¡Basta, tenemos que trabajar!
EL PRIMER ACTOR. No es posible que alguien se burle así...
EL PADRE. (Resuelto, adelantándose.) ¡Me sorprendo de su incredulidad! ¿Acaso no están los señores acostumbrados a ver cómo aparecen casi vivos aquí, uno frente a otro, los personajes creados por un autor? ¿O a lo mejor no tienen (señalará la concha del APUNTADOR) un guión que nos contenga?
LA HIJASTRA. (Colocándose frente al DIRECTOR, risueña, zalamera.) Puede creer, señor, que somos de verdad seis personajes interesantísimos. Lamentablemente frustrados.
EL PADRE. (Apañándola.) ¡Sí, frustrados, eso es! (Al DIRECTOR, de inmediato.) En el sentido, claro está, de que el autor que nos dio vida, después no quiso o no pudo materialmente introducirnos en el mundo del arte. Y de verdad que fue un delito, señor, porque quien ha tenido la suerte de nacer como personaje vivo, puede reírse incluso de la muerte. ¡No morirá jamás! Y para vivir eternamente ni siquiera necesita de dotes extraordinarias o realizar prodigios. ¿Quién era Sancho Panza? ¿Quién era don Abundio? Y, sin embargo, son eternos, porque —semillas vivientes—
¡tuvieron la suerte de encontrar una matriz fecunda, una fantasía que supo nutrirlos y desarrollarlos, darles vida eterna!
EL DIRECTOR. ¡Todo lo que dice está bien! Pero ¿qué quieren aquí?
EL PADRE. ¡Queremos vivir, señor!
EL DIRECTOR. (Irónico.) ¿Por toda la eternidad?
EL PADRE. No, señor. Por lo menos un momento, a través de ustedes.
UN ACTOR. ¡Qué ocurrencia!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Quieren vivir en nosotros!
EL ACTOR JOVEN. (Señalando a la HIJASTRA) Por mí no hay problema, si a mí me toca ella.
EL PADRE. Fíjense, fíjense: todavía hay que hacer la comedia; (al DIRECTOR) pero si usted quiere y sus actores están dispuestos, la organizamos rápidamente entre nosotros.
EL DIRECTOR. (Molesto.) ¿Pero qué quiere organizar? ¡Aquí no se hace nada de eso! ¡Aquí se interpretan dramas y comedias!
EL PADRE. ¡Por eso mismo! ¡Hemos venido con usted justamente por eso!
EL DIRECTOR. ¿Y dónde está el guión?
EL PADRE. Está en nosotros mismos, señor. (Los ACTORES reirán.) El drama está en nosotros, somos nosotros, y estamos impacientes por representarlo, así como dentro nos urge la pasión.
PIRANDELLO, L., Seis personajes en busca de autor, 1921.

Ya me hubiera gustado a mí, tan cervantino, tan metalingüístico y retorcido como soy, encontrarme alguna vez con unos personajes así.

miércoles, 8 de marzo de 2017

MITOLÓGICA DE ALMENDROS



En honor a las hijas de la memoria
te respiro mitológica de almendros,
paseando las orillas
de su mar primavera.

Manuscritos
desplegados
sobre arena,
nácar púrpura verbena
los senderos que se vierten
bueyes detenidos no regresan,
apostados en altares
a tu aire esteatopígico.

Y celebras junto a ellos
libación por tus edades
mientras surcos recolectas
sin virtud, pues sospechas
que muy pronto zarpará
tu pedazo de página,
y que yo te pondré
más morena la perplejidad.

MORALES, L.
Surco en lo blanco

viernes, 20 de enero de 2017

EL ARCA INTERRUMPIDA


Recuerdo este poema en el día en el que cambia parte del mundo (el resto ya ha cambiado hace tiempo). ¿Qué nos deparará el futuro que ya es presente? La verdad es que no lo sé. Eso sí... desconfiemos de los héroes.

EL ARCA INTERRUMPIDA

Un héroe otea.
Hoy has visto: muchas son las horas desatendidas.
El sol somete el trayecto a las olas de la semilla,
el ojo se convierte en lágrima austera,
el ojo, con esa forma de rostro acuchillado.
Lo sientes: algo te ciñe la frente.
La oscilante voz en el límite de las plazas,
el hormigueo en el bazo,
la continua presión en la nuca,
la celeridad de la trampa,
el flujo esparcido en la corriente,
arrastran, por entre los cuerpos extraños
y la dura incógnita,
a los hombres cercados por la rabia del hambre
y del golpeo.

Ahí van los que conquistan nuestro mundo,
segando los acertijos plantados en el tiempo,
buscando algún abismo del que sacarnos;
La razón y el deber están con ellos;
Abrirán con parsimonia las puertas del arca,
nos han prometido un diluvio un sacrificio
una salvación.
Desilusiones bajo la quilla,
en las atroces noches que nos queden.

Por la memoria que tiembla en la estructura
–un océano de olores dilucida el miedo,
las lenguas jóvenes trepidan ajenjo en las esquinas-,
por las sombras compartidas en este horizonte trunco,
se atisba, revolviéndose como un loco
en la inmovilidad forzosa de la camisa,
arqueado, retorcido sin fin, un hervidero.
Una multitud aliada del dolor, frente a los paladines y los líderes,
mientras en lo alto siluetas de luz y mensajes se suceden,
señales, arquetipos de una imagen auditiva.
No lo sabéis: algo nos ciñe la frente.

Ángeles suicidas bloquean la entrada porque no,
aquí no hay sitio para un arca que flota por encima de este sueño.
El misterio y el miedo y la inquietud insolentes,
el aire puro que trae el humo de presentes quiméricos,
fresca libertad todavía, fresca lucha de palabras
que sujetan su volumen a este ritmo de viento.

Un héroe otea encerrado en su arca.
Algo rezonga. Y cobarde escapa.

LUIS MORALES
Publicado en la antología En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis (2014), de Bartleby Editores.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

MEDIUM (RELOAD)



¿Hay alguna razón para que todo lo que ha sido dado indultar en esta vida permanezca deliberadamente quebrantado, para que no lleguen a extinguirse jamás los signos idólatras de nuestra impotencia? Vendrá un día en que la muerte nos sepulte bajo columnas de espanto ante las constantes muestras de equilibrio.

¡Tormenta! ¡Semilla! ¡Belleza Vacía! ¡Supremo Amor Desconcertante! La extraña lentitud de dioses ebrios, siempre ausentes; palabra, voz; la furia que resuena aquí: ¡qué amarga y venerable cobardía!

La doble profusión de abscesos místicos y el entusiasta sacrificio colectivo son glorificados con vehemencia por los justos para el restablecimiento inaplazable del primer motor inmóvil.

¡Oh gran pope! ¡Odre intercesor tambaleante! ¡Condúcenos por esta solitaria vía de costumbres!

Otro arcángel nos impide exorcizar lo que olvidamos amarrado a los instantes, conspira en los letreros, escudriña las arterias ateridas, trasiega como un golpe de viento en los cenáculos inmundos tras dejarnos fascinados.

Buscar algún sentido, desde avenidas enfermas; bajo agujas vigentes, por el bálsamo de las transgresiones y el sexo abismales; en las horas venideras, en su repetición prodigiosa.

Luis Morales, Realidad,  LVR[ediciones

miércoles, 7 de septiembre de 2016

EN EL AIRE


Porque vengo con el juego
de volar sin ser de nadie,
porque vengo.
Y aunque tenga tantas cosas
que decir ni yo me nombro.
Vistas de silencio,
estertores dentro de rompientes,
gritos incoloros
y deseos flotantes
murmurándome.
Qué es la libertad
sino los pies en el aire,
vueltos a la lengua
inaudible,
los mismos pasos libres,
qué es la libertad, decidme:
¿es un sueño o una imagen?,
¿una ausencia horizonte o una voz?

miércoles, 29 de junio de 2016

MUJER CON ALCUZA, DE DÁMASO ALONSO



MUJER CON ALCUZA

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro, por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos
/del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y remejía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan
/extrañas flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso
/que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
/el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
/innumerables margaritas, blancas cual su alegría
/infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo
/de amar a Dios y esa voluntad de minutos
/en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
sólo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio
/cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas
/bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados
/a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que
/en los túneles les pellizcan las nalgas,
... aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con un ansia turbia, de bajar ella también,
/de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos
/inacabables.

... No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iba cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos
/a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla
/un instante en las sombras,
algún chillido como un limón agrio que pone
/amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Sólo la velocidad,
sólo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
sólo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola, y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

... Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como
/el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con
/delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o
/un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo
/de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada
/fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan
/los pájaros?

ALONSO, D., Hijos de la Ira, 1944



martes, 7 de junio de 2016

BUEYES


Hilo de voz comediante sin virtud otra forma de decirte impuro trazo la lengua de barro partida en dos en uno en tres son siempre infinitos los pedazos reconstruyéndose en el relato, un retrato enzarzado en el ser en la letra la batalla la tierra el destino el intolerable amor.

No hay quien les muerda la boca que engendran de nuevo fronteras de surco en lo blanco, no hay quien les muerda silencio la boca.

Pablo Diácono se estira recalcitrante, marea la perdiz al tomar aire, retoma su lección, escribe al margen y carraspea entonces, mientras aguija a sus discípulos con un verso río de negra metáfora:

se pareba boves alba pratalia araba & alba versorio teneba & negro semen seminaba


MORALES, LUIS, Surco en lo blanco


viernes, 22 de abril de 2016

TUS GIGANTES DE VIENTO


Imaginaos a un tipo reconcentrado y tullido, ya entrado en años, recorriendo las calles de Madrid con andares no muy ligeros, cavilando sobre la fortuna esquiva o los sinsabores de su oficio, serio como pocos, enemigo de risas ventoleras, poeta sin fama y autor de comedias sin pecunio, antiguo soldado que arrastra heridas lejos de los mentideros, eterno fracasado, expulsado del Parnaso. 
Una gallina oscura cloqueando entre los galpones, cartapacio bajo el único brazo útil, camino de la casa de Juan de la Cuesta, a poner el huevo. Con aquel tocho algo más largo que novela de ejemplo, su personaje redondo ideado en una celda de Sevilla y la vida confesada por delante y por detrás. Sólo los niños y los locos dicen las verdades. Pero hay que vivir y haberse derretido el seso, perderse en las lecturas y en las desventuras propias para descubrir esas verdades, encontrándose a uno, a una misma. Como bien pone en boca de su Alonso Quijano, o Quijada, o Quesada, "yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos...", cavila Cervantes en las fauces de la imaginación, haciéndose el cuerdo cuando es necesario.
Cervantes nos dejó hace 400 años pero el pensamiento contemporáneo que recorre su obra sigue con nosotros. Original en tiempos de la auctoritas. Parodiando libros de caballerías en tiempos de la imitatio. Metaliterato a más no poder, puntilloso y fino, demoledor en la ironía, para quien aspirase a entender. Adelantado, claro, visionario, humanista incomprendido hasta de sí mismo, seguro, en un lugar y una época de la que no quiso acordarse nadie entonces. 
¡Ay, los emblemas y los símbolos, los himnos y ejemplos de tal o cual nacionalidad! De poco le sirvieron entonces las alharacas a destiempo de ahora y las placas en los lugares en que estuvo casi de prestado, de poco los premios Cervantes, las casas de Cervantes, los museos de Cervantes, las fundaciones de Cervantes, las calles de Cervantes, los ciervos de Cervantes... pero es lo habitual en estos casos. Como escuché decir una vez, creo que ayer, a Francisco Rico, el mejor homenaje a Cervantes es leerlo, leer sus obras, sus libros. Leer...
Pero la ficción es como es gracias a Cervantes. La ficción, y también la realidad. ¿Cuántos héroes anónimos han seguido los pasos de sus personajes de papel? Perseguir nuestros propios sueños es muy cervantino. Y no cejar en el empeño hasta el final. Como tantos y tantas. 
¿Qué tal me queda la gola? Con la barba da el pego, ¿verdad? Yo estoy poseído por Cervantes, pero no de ahora, no no, esto no es el postureo de un día y luego si te he visto no me acuerdo. Cervantes me ha hecho como soy, así de claro. Es una cuestión personal y azarosa, lo sé, pero seguro que no he sido el único en sentirlo así. Así, pues, ha sido y es mi vida con Cervantes. 
Imaginaos a un niño reconcentrado y perplejo recorriendo las calles de su barrio con andares no muy ligeros, cavilando sobre la fortuna esquiva o los sinsabores de su timidez enfermiza, serio como pocos, enemigo de risas ventoleras, empollón de fama y blanco de collejas, pardillo esmirriado que arrastra sus fantasías lejos de los mentideros, futbolista fracasado, con el balón debajo del brazo. 
Un pollo pera que sin motivo aparente ni influencia de ningún tipo comienza un día a devorar todo lo que puede en las bibliotecas, cosas veredes, amigo Sancho. Primero una edición para niños, claro, de la gran obra, pero luego, muy pronto, arrancando del olvido del que posiblemente jamás habría salido, el texto original en la estantería de sus padres, pobre chaval. Quijote en la mesa, Quijote en la cama, Quijote a la luz de la linterna, Quijote a ratos, sentado en la taza del váter, como un tal García Márquez. Ahí se plantan las raíces de todo. Leyendo sin entender del todo pero intuyendo lo que habrá que descubrir, con el placer de lo no impuesto. Ese es el secreto aplicable para la iniciación a la lectura.
Pero luego habrá más. Después de estos pinos y otros de instituto, seguid los pasos de un ave rapaz cuellilarga que decide estudiar literatura por Cervantes en la Universidad Autónoma de Madrid, hasta allí que va cada mañana para rodearse de buena gente y toparse, entre otros muchos, con los autores de la gran edición del Quijote del momento, y aun de las obras completas del interesado, Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, a la sazón sus profesores de literatura medieval y/o renacentista siglodeorista, los mejores y más caóticos profesores por antonomasia y metonimia que supe haber tenido jamás, que, como buenos licenciados Vidriera, bien pudieran haber sido personajes de una historia cervantina. El azar de estar en aquel lugar y aquel tiempo. Recordarlo me abruma porque admiro. Y luego un viaje a Italia para encontrar las huellas del juego metaliterario en Pirandello, en Galdós, en los ingleses... y en llegando al hogar proyectar esa huella sobre Latinoamérica a través de García Márquez y Carlos Fuentes. Sueños locos de estudioso que no cuajaron porque la vida me llevó por otros lados de los que no me arrepiento: un continuo lanzarse sobre los molinos. Luego la literatura, las palabras propias... hay que estar loco para probarlo hoy en día. Teniendo todas las de perder, a veces se consigue, con esfuerzo y tesón, ser poeta sin Parnaso. No está mal para los tiempos que corren.
Ahora los niños empiezan con el cómic. A mi hijo le gusta el personaje, o mejor, el contraste entre el caballero loco y el escudero botarate. Se entretiene. Ha tenido que describir al Caballero de la Triste Figura en un ejercicio para el colegio. Sólo los locos y los niños dicen las verdades. Ayer quise llevármelo a mi corral y cual gallo que despunta le enseñé la edición de Quijote con la que solía trabajar, resobada de tanto uso, contamos hasta 1080 páginas llenas de citas y esquinas dobladas y me emocioné mientras él pasaba a otra cosa. Ahí tiene todos los libros del mundo para que haga con ellos lo que quiera, para que vuele junto a los gigantes de viento, pensé... si quiere. Luego devolví el libro a su lugar en la estantería, como urraca que acrecienta su tesoro. Cervantes ocupa en ella, entre dimes y diretes, ediciones, revisiones y comentos, casi un metro. Allí puedes encontrar hasta un facsímil del La Galatea que me regaló mi propia Dulcinea del Toboso. Entonces recordé una promesa incumplida: releer alguna de las obras de Cervantes al menos una vez al año, y que una de ellas sea el Quijote cada dos... Esta vez lo haré, continué, me apetece darle al Persiles. Pero comenzaron los preparativos del baño de los niños, y luego la cena, y aquel documental sobre un tal Miguel de Cervantes en La Sexta y al fin ese quedarse dormido en el sofá como buen mochuelo en su olivo. 
Pero de hoy no pasa. Escuché decir una vez, creo que ayer mismo, a Francisco Rico, que el mejor homenaje a Cervantes es leerlo, leer sus obras, sus libros. Leer...

jueves, 14 de abril de 2016

EL MITO DE LA CAVERNA


—Ahora, continué, imagínate nuestra naturaleza, por lo que se refiere a la ciencia, y a la ignorancia, mediante la siguiente escena. Imagina unos hombres en una habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les inmovilizan las piernas y el cuello, de tal manera que no pueden ni cambiar de sitio ni volver la cabeza, y no ven más que lo que está delante de ellos. La luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un camino elevado, a lo largo del cual debes imaginar un pequeño muro semejante a las barreras que los ilusionistas levantan entre ellos y los espectadores y por encima de las cuales muestran sus prodigios.
—Ya lo veo, dijo.
—Piensa ahora que a lo largo de este muro unos hombres llevan objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales de madera o de piedra, v de mil formas distintas, de manera que aparecen por encima del muro. Y naturalmente entre los hombres que pasan, unos hablan y otros no dicen nada.
—Es esta una extraña escena y unos extraños prisioneros, dijo.
—Se parecen a nosotros, respondí. Y ante todo, ¿crees que en esta situación verán otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado que unas sombras proyectadas por la luz del fuego sobre el fondo de la caverna que está frente a ellos?
—No, puesto que se ven forzados a mantener toda su vida la cabeza inmóvil.
—¿Y no ocurre lo mismo con los objetos que pasan por detrás de ellos?
—Sin duda.
—Y si estos hombres pudiesen conversar entre sí, ¿no crees que creerían nombrar a las cosas en sí nombrando las sombras que ven pasar?
—Necesariamente.
—Y si hubiese un eco que devolviese los sonidos desde el fondo de la prisión, cada vez que hablase uno de los que pasan, ¿no creerían que oyen hablar a la sombra misma que pasa ante sus ojos?
—Sí, por Zeus, exclamó.
—En resumen, ¿estos prisioneros no atribuirán realidad más que a estas sombras?
—Es inevitable.
—Supongamos ahora que se les libre de sus cadenas y se les cure de su error; mira lo que resultaría naturalmente de la nueva situación en que vamos a colocarlos. Liberamos a uno de estos prisioneros. Le obligamos a levantarse, a volver la cabeza, a andar y a mirar hacia el lado de la luz: no podrá hacer nada de esto sin sufrir, y el deslumbramiento le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras antes veía. Te pregunto qué podrá responder si alguien le dice que hasta entonces sólo había contemplado sombras vanas, pero que ahora, más cerca de la realidad y vuelto hacia objetos más reales, ve con más perfección; y si por último, mostrándole cada objeto a medida que pasa, se le obligase a fuerza de preguntas a decir qué es, ¿no crees que se encontrará en un apuro, y que le parecerá más verdadero lo que veía antes que lo que ahora le muestran?
—Sin duda, dijo.
—Y si se le obliga a mirar la misma luz, ¿no se le dañarían los ojos? ¿No apartará su mirada de ella para dirigirla a esas sombras que mira sin esfuerzo? ¿No creerá que estas sombras son realmente más visibles que los objetos que le enseñan?
—Seguramente.
—Y si ahora lo arrancamos de su caverna a viva fuerza y lo llevamos por el sendero áspero y escarpado hasta la claridad del sol, ¿esta violencia no provocará sus quejas y su cólera? Y cuando esté ya a pleno sol, deslumbrado por su resplandor, ¿podrá ver alguno de los objetos que llamamos verdaderos?
—No podrá, al menos los primeros instantes.
—Sus ojos deberán acostumbrarse poco a poco a esta región superior. Lo que más fácilmente verá al principio serán las sombras, después las imágenes de los hombres y de los demás objetos reflejadas en las aguas, y por último los objetos mismos. De ahí dirigirá sus miradas al cielo, y soportará más fácilmente la vista del cielo durante la noche, cuando contemple la luna y las estrellas, que durante el día el sol y su resplandor.
—Así lo creo.
—Y creo que al fin podrá no sólo ver al sol reflejado en las aguas o en cualquier otra parte, sino contemplarlo a él mismo en su verdadero asiento.
—Indudablemente.
—Después de esto, poniéndose a pensar, llegará a la conclusión de que el sol produce las estaciones y los años, lo gobierna todo en el mundo visible y es en cierto modo la causa de lo que ellos veían en la caverna.
—Es evidente que llegará a esta conclusión siguiendo estos pasos.
—Y al acordarse entonces de su primera habitación y de sus conocimientos allí y de sus compañeros de cautiverio, ¿no se sentirá feliz por su cambio y no compadecerá a los otros?
—Ciertamente.
—Y si en su vida anterior hubiese habido honores, alabanzas, recompensas públicas establecidas entre ellos para aquel que observase mejor las sombras a su paso, que recordase mejor en qué orden acostumbran a precederse, a seguirse o a aparecer juntas y que por ello fuese el más hábil en pronosticar su aparición, ¿crees que el hombre de que hablamos sentiría nostalgia de estas distinciones, y envidiaría a los más señalados por sus honores o autoridad entre sus compañeros de cautiverio? ¿.No crees más bien que será como el héroe de Homero y preferirá mil veces no ser más «que un mozo de labranza al servicio de un pobre campesino» y sufrir todos los males posibles antes que volver a su primera ilusión y vivir como vivía?
—No dudo que estaría dispuesto a sufrirlo todo antes que vivir como anteriormente.
—Imagina ahora que este hombre vuelva a la caverna y se siente en su antiguo lugar. ¿No se le quedarían los ojos como cegados por este paso súbito a la obscuridad?
—Sí, no hay duda.
—Y si, mientras su vista aún está confusa, antes de que sus ojos se hayan acomodado de nuevo a la obscuridad, tuviese que dar su opinión sobre estas sombras y discutir sobre ellas con sus compañeros que no han abandonado el cautiverio, ¿no les daría que reír? ¿No dirán que por haber subido al exterior ha perdido la vista, y no vale la pena intentar la ascensión?
Y si alguien intentase desatarlos y llevarlos allí, ¿no lo matarían, si pudiesen cogerlo y matarlo?
—Es muy probable.
—Ésta es precisamente, mi querido Glaucón, la imagen de nuestra condición. La caverna subterránea es el mundo visible. El fuego que la ilumina, es la luz del sol. Este prisionero que sube a la región superior y contempla sus maravillas, es el alma que se eleva al mundo inteligible. Esto es lo que yo pienso, ya que quieres conocerlo; sólo Dios sabe si es verdad. En todo caso, yo creo que en los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que percibimos con dificultad, pero que no podemos contemplar sin concluir que ella es la causa de todo lo bello y bueno que existe. Que en el mundo visible es ella la que produce la luz y el astro de la que procede. Que en el mundo inteligible es ella también la que produce la verdad y la inteligencia. Y por último que es necesario mantener los ojos fijos en esta idea para conducirse con sabiduría, tanto en la vida privada como en la pública. Yo también lo veo de esta manera, dijo, hasta el punto de que puedo seguirte. [. . .]
—Por tanto, si todo esto es verdadero, dije yo, hemos de llegar a la conclusión de que la ciencia no se aprende del modo que algunos pretenden. Afirman que pueden hacerla entrar en el alma en donde no está, casi lo mismo que si diesen la vista a unos ojos ciegos.
—Así dicen, en efecto, dijo Glaucón.
—Ahora bien, lo que hemos dicho supone al contrario que toda alma posee la facultad de aprender, un órgano de la ciencia; y que, como unos ojos que no pudiesen volverse hacia la luz si no girase también el cuerpo entero, el órgano de la inteligencia debe volverse con el alma entera desde la visión de lo que nace hasta la contemplación de lo que es y lo que hay más luminoso en el ser; y a esto hemos llamado el bien, ¿no es así?
—Sí.
—Todo el arte, continué, consiste pues en buscar la manera más fácil y eficaz con que el alma pueda realizar la conversión que debe hacer. No se trata de darle la facultad de ver, ya la tiene. Pero su órgano no está dirigido en la buena dirección, no mira hacia donde debiera: esto es lo que se debe corregir.
—Así parece, dijo Glaucón.


Platón, República, VII; 514a_517c y 518b_d.