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miércoles, 26 de mayo de 2010

TERRA NOSTRA DE CARLOS FUENTES


El escritor mexicano Carlos Fuentes acaba de presentar en España su nuevo libro, Adán en Edén (2009), y me sorprenden la vitalidad, el compromiso y la claridad de juicio con que sigue dando su visión de México, América y el mundo entero, a pesar de sus más de ochenta años en las espaldas. Aunque tal vez no debería sorprenderme tanto. Carlos Fuentes ha demostrado a lo largo del tiempo esa lucidez activista que se imbrica no sólo en sus novelas sino también en sus declaraciones y gestos. No sé hasta qué punto está considerado en España. Sí, se estudia su Muerte de Artemio Cruz (1962) y se cita siempre al hablar del consabido boom de la literatura hispanoamericana, pero, incluso a nivel universitario, pocos van más allá, cuando su obra muestra algunos de los ejemplos más brillantes de prosa en nuestra lengua y culmina un tipo experimentación formal que muchos jóvenes autores de hoy deberían conocer (y reconocer). Por nombrar algunas de estas novelas: La región más transparente (1958), Aura (1962), Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967), Cristobal Nonato (1987)...
Y sobre todas ellas, Terra nostra (1975), su gran novela "cervantina", su gran novela a secas, un texto con el que comparto la edad, un texto que admiro como lector y detesto como escritor, porque ya está escrito.
Descubrí Terra nostra mientras trataba de doctorarme en Literatura. El propósito original era estudiar la influencia de Cervantes en la literatura hispanoamericana (recepción del Quijote en América, absorción de ideas literarias, imitación, superación, etc). Pronto me topé con Carlos Fuentes y un texto clave, el ensayo Cervantes o la crítica de la lectura (1976), en el que analizaba precisamente, bajo el paradigma cervantino, ese batiburrillo multicultural y contradictorio que era España en 1492 (tradición grecorromana, judaica, cristiana, musulmana), lógicamente exportado al Nuevo Mundo por los llamados "Conquistadores". Terra nostra salió a la luz porque el mismo Carlos Fuentes admitía que la investigación y los materiales utilizados en el ensayo habían servido también para esta novela, así que, un poco por curiosidad, un poco por necesidad, me lancé a la lectura de sus más de mil páginas (algo de por sí muy cervantino) en la magnífica edición de Seix Barral (paradójicamente, en su colección Biblioteca Breve) que veis más arriba (con portada de Antonio Saura).
Además de los problemas de espalda Terra nostra me regaló su presencia renovadora y la constatación de que la gran novela del siglo XX en castellano ya estaba escrita. Siempre había creído que, después del Siglo de Oro, después de Cervantes, no podría darse otro gran hito literario, de peso universal comparable, en nuestra lengua. Sólo hay una Divina Commedia, sólo hay un Quijote, sólo hay un Shakespeare o un Goethe, y por supuesto un Joyce. Pero intuía que, de ser posible, todo se gestaría en América. Al principio tuve como referencias a Borges, a Cortázar, a García Márquez. Pero tras leer Terra nostra supe que ese hito, que esa novela, ya estaba, repito, escrita.




Para Carlos Fuentes, la novela es "quizá la aventura más extraordinaria de la libertad del hombre moderno porque implica la posibilidad de conocer a un mundo diverso, no de refugiarse en un mundo unificado y homologado como era el mundo del medioevo, sino de salir a un mundo que no entiende y que no, no se entiende, de ponernos a prueba frente al mundo, de salir de nosotros mismos, de participar en la historia y, sin embargo, de ofrecer siempre un camino fuera de la historia para ver a la historia, y no servirnos de la historia". Esta visión de la novela (En Ortega, Julio, "Carlos Fuentes: Para recuperar la tradición de La Mancha", Pittsburgh, "Revista Iberoamericana", Vol. LV, Nros.148-149, Julio-Diciembre 1989) es la visión que trasciende de una lectura del Quijote y que Carlos Fuentes aplica con maestría en Terra nostra.
Como ante el Quijote estamos, por lo tanto, ante una novela de múltiples caras. Dividida en tres partes, (El viejo mundo / El mundo nuevo / El otro mundo) Terra nostra es una ficción metahistórica repleta de guiños literarios (Quijote, pero también Celestina y Lazarillo, también Don Juan, también Cervantes) que deambula por la España de los Reyes Católicos, los oscuros días de Felipe II, el absolutismo de los Austrias, la traslación de los sistemas españoles a América y la progresiva degeneración de un imperio herido. Pero también es una reflexión sobre el hombre contemporáneo, sobre el choque y la transformación de los mitos (europeos / americanos), sobre los cambios de la segunda mitad del siglo XX y sobre el propio concepto de la ficción. Una novela metaliteraria, en definitiva, un escrutinio interno colmado de lectores / lecturas críticas. Y un encuentro sin escudos posibles ante nuestra lengua mientras se recrea y autodestruye siguiendo la pauta de la lava que desciende por la falda de un volcán. Otra vez Cervantes. El cronista. Como Cide Hamete Benengeli. Pero ahora. Esta es tan sólo una pequeña muestra, un pequeño reflejo de Felipe II, ante el espejo:



"Abrí los ojos. El Señor de la Gran Voz tenía la vara en su puño izquierdo, y se mantenía apoyado contra ella. Éste era ahora su bastón.
Bastón de luces: cada espejo brillaba, y cada brillo era una terrible escena de muerte, degüello, incendio, espantable guerra, y en todas yo era el protagonista, yo era el hombre blanco, rubio, barbado, a caballo, armado de ballesta, de espada armado, con una cruz de oro bordada al pecho, yo era ese hombre que prendía fuego a los templos, destruía los ídolos, disparaba cañones contra los guerreros de esta tierra, armados ellos sólo de lanzas y flechas, yo era el centauro que asolaba los mismos campos, las mismas llanuras, las mismas selvas de mi peregrinar desde la costa, mis cabalgatas atropellaban pueblos enteros, las ciudades eran reducidas a negra ceniza por mis antorchas iracundas, yo ordenaba el degüello de los danzantes en las fiestas de las pirámides, yo violaba a las mujeres, y herraba como ganado a los hombres, y negaba la paternidad de los hijos de puta que iba dejando en mi camino, yo cargaba a los pobres de esta tierra con pesados fardos y a latigazos les ponía en camino, yo fundía en barras de oro, las joyas, los muros y los pisos del mundo nuevo; les contagiaba la viruela y el cólera a los pobladores de estas comarcas, yo, yo, era yo quien pasaba a cuchillo a los habitantes del pueblo de la selva, esta vez no se inmolaban a sí mismos y en honor de mí, el dios que regresó, la promesa del bien: esta vez yo mismo los mataba, yo mandaba cortar las manos y los pies de los insurrectos, yo, yo, yo me hundía cargado de oro y cadáveres y llantos y tinieblas en los pantanos lodosos de una laguna que se resecaba cada vez que un cargador vencido por su peso, una mujer herrada en los labios, un niño pardio en el desierto, caían, muertos, a las aguas: la laguna era un cementerio, y yo emergía de ella, bañado en oro y sangre, a reconquistar una ciudad sin habitantes, un mausoleo de soledades..."
(NOCHE DE LOS REFLEJOS, EL MUNDO NUEVO)

FUENTES, Carlos, Terra nostra, Barcelona, Seix Barral, Colección Biblioteca Breve, Ed. 1977 (Reedicción 2008)

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