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viernes, 28 de agosto de 2009

DESDE LO OSCURO - EPÍLOGO


He salvado mis manos milagrosamente, después de innumerables intervenciones quirúrgicas. También es un milagro haber salvado la vida después de caer desde un tercer piso. Pero tal vez hubiera sido mejor morir.
Nadie sabe exactamente lo que sucedió en el estudio de Henry Troyiat-Mecir aquella noche. Los vecinos declararon a la policía que yo debí quedarme dormido cuando comenzó el fuego, y que mi salto a la desesperada se produjo en mi afán por huir de las llamas. Decían no entender cómo pudo atascarse de ese modo aquella puerta. Sé que mintieron, que escucharon mucho más de lo que dicen, pero no entiendo la razón que les movió a actuar así.
Por lo demás, nunca supieron que Henry Troyiat-Mecir había estado allí. Cuando recuperé el control de mi cuerpo tras pasar varios meses en coma pude enterarme a través de la señora Dickson de que nada se había sabido del inquilino del estudio. Elegí callar antes de ser tomado por loco.
La vida continúa. Jenkins y Neville abandonaron definitivamente Londres cuando comprobaron que mi recuperación era segura. Rowland y Fowler decidieron viajar por Europa en busca de la inspiración. En lo que se refiere al bueno de Cunningham, permanecerá impasible ante cualquier terremoto siempre que las tabernas se mantengan abiertas.
En cuanto a mí… me he convertido en un hombre taciturno, solitario, que apenas sale a la calle. He cambiado, soy distinto. Algunos comentan a escondidas que aquel accidente me trastornó, creen que me he vuelto un tanto extravagante. Tal vez tengan razón, tal vez la tengan, porque desde hace años paso las noches junto al fuego, haga frío o calor, sea invierno o verano. Temo a la noche, y las únicas cosas de esta mi miserable existencia que aún me confortan son el fuego y el brandy, que siempre mantengo vivos.
Todavía, en las noches más cerradas y lluviosas, me estremezco bajo las sábanas que el fuego del hogar ilumina cuando escucho el crujir de una puerta bamboleada por el viento, todavía…
…porque nadie encontró resto alguno de aquella figura contorsionada que devoraban las llamas, porque nadie puede asegurarme que Henry Troyiat-Mecir haya muerto, porque nadie, nadie puede saber si unos ojos sin rostro pueden observarle desde lo oscuro.

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