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miércoles, 27 de enero de 2016

GEOGRAFÍAS LITERARIAS: BERLIN ALEXANDERPLATZ


Los que hayan estado alguna vez en Berlín (en sus viajes, en el cine, en los libros) conocerán la ubicación de la imagen situada inmediatamente por encima de estas palabras: la plaza de Alejandro (Alexanderplatz) con sus torre de televisión, sus edificios modernos y su amplitud fastuosa expuesta al frío de las tardes de invierno es, desde hace mucho tiempo, junto a la Puerta de Brandeburgo uno de los iconos de la ciudad.
Desde luego, un centro neurálgico limpio e impresionante, lleno de historia, apetecible para pasear, como cualquier rincón de cualquier gran ciudad europea. Claro que no siempre fue así.
En esta sección sobre geografías literarias quería fijarme desde lejos en esta misma plaza, en plena ebullición tras el final de la Primera Guerra Mundial. Alexanderplatz crecía, toda la ciudad de Berlín crecía asombrosamente en el periodo de entreguerras, Alexanderplatz era un símbolo, un punto de encuentro, un hervidero de obreros, miserables y supervivientes en plena efervescencia que no ocultaba el rigor y las penalidades de la mayoría de sus vecinos.
El médico Alfred Döblin, buen conocedor de la zona y de sus gentes, nos muestra este panorama en una novela que lleva el nombre de la plaza, Berlin Alexanderplatz (1929), en la que relata las desventuras de Franz Biberkopt en un viaje hacia un futuro incierto a través de los bajos fondos de la ciudad.
Un viaje contado con técnica cubista, algunos hablan de patchwork, otros de collage experimental, y que, a pesar de sus obvias dificultades (todas las grandes novelas son difíciles hasta que el lector se doblega y disfruta), se convirtió en todo un éxito editorial.
Bueno, pues además de recomendaros la lectura completa de Berlin Alexanderplatz os dejo un fragmento con el que arranca su capítulo cuarto, en el que se describe con claridad y peculiar estilo ese proceso de modernización imparable y descontrolado que, como tantos otros lugares, sufrió la propia plaza:


Un puñado de hombres alrededor de la Alex

En la Alexanderplatz están levantando el pavimento para el metro. Hay que andar sobre tablas. Los tranvías cruzan la plaza y suben por la Alexanderstrasse, atravesando la Münzstrasse, hasta la Rosenthaler Tor. Hay calles a izquierda y derecha. En las calles, una casa junto a otra. Las casas están llenas de gente desde el sótano al desván. En la parte de abajo, tiendas.

Tabernas, restaurantes, fruterías y verdulerías, ultramarinos y comestibles, empresas de transporte, pintura y decoración, sastrería de señoras, fábrica de harinas, garaje, seguros contra incendios: las ventajas de la pequeña bomba del motor son su construcción sencilla, fácil manejo, peso reducido, pequeño tamaño... Compatriotas, nunca ha sido engañado un pueblo de forma más vergonzosa, nunca ha sido engañada una nación más vergonzosa e injustamente que el pueblo alemán. ¿Recordáis aún cuando Scheidemann, el 9 de noviembre de 1918, nos prometió desde las ventanas del Reichstag paz, libertad y pan? ¿Cómo se ha cumplido esa promesa?... Alcantarillado, limpieza de ventanas, el sueño es la mejor medicina, cama paradisíaca de Steiner... Librería, la biblioteca del hombre moderno, nuestras obras completas de los más eminentes escritores y pensadores constituyen la biblioteca del hombre moderno. Los grandes representantes de la vida intelectual europea... La Ley de protección del inquilinato es papel mojado76. Los alquileres suben continuamente. La clase media industrial se encuentra en la calle y se ve ahogada, los alguaciles hacen su agosto. Exigirnos créditos públicos de hasta 15.000 marcos para la pequeña empresa y la prohibición inmediata de toda clase de embargos contra los pequeños industriales... Toda mujer tiene el deseo y el deber de afrontar bien preparada esa hora difícil. Todos los pensamientos y sentimientos de la futura madre se centran en el que ha de nacer. Por ello, la elección de una bebida adecuada resulta de especial importancia para la futura madre. La verdadera cerveza de malta acaramelada Engelhardt le ofrece, como casi ninguna otra, buen sabor, valor nutritivo, digestibilidad y efecto refrescante... Protege a tu hijo y a tu familia concertando un seguro de vida con la sociedad suiza de seguros de vida Rentenanstalt, de Zúrich... ¡Su corazón salta! Su corazón salta de alegría si tiene su hogar amueblado con los famosos muebles Hüffner. Todo lo que usted había soñado como casa confortable se ve superado por esa realidad insospechada. Aunque pasen los años, su aspecto seguirá siendo agradable, y su durabilidad y buen resultado serán una continua fuente de alegría...

Döblin, Alfred, Berlin Alexanderplatz, 1929, Cap. IV

Archivo 09: Berlin Alexanderplatz, allí donde se cruzan las vías y los caminos.

viernes, 22 de enero de 2016

UNA JORNADA PARTICULAR, DE ETTORE SCOLA

La muerte de Ettore Scola el pasado 19 de enero me ha sorprendido como la de cualquier otro referente cultural relevante del tiempo que me ha tocado vivir. Y sí, es el detonante que provoca esta nueva entrada, que quizá debiera haber existido antes, independiente, más allá del tributo a los que se van. Porque hablar de Una jornada particular (Una giornata particolare, 1977), que Scola dirigió con su habitual maestría, merece todo un espacio propio y personal. Una película que es Roma, que es Italia, y que tal vez por eso mismo es también la contradicción pura entre el sistema aceptado y la fuerza de la vida misma. Una de esas cintas que todo buen cinéfilo debería revisar. Una de mis preferidas, desde luego.

La trama de la película se desarrolla en un edificio romano que se queda prácticamente vacío cuando la mayoría de los vecinos acuden a presenciar los fastos en honor de la visita de Hitler a la capital italiana el 6 de mayo de 1938, su primer encuentro con Mussolini. Allí se encontrarán irremediablemente Antonietta (Sofia Loren), un ama de casa que esperaba haber podido acudir a los actos fascistas del día, y Gabriele (Marcello Mastroianni), un locutor de radio homosexual que oculta su disconformidad con el régimen. Dos personajes aparentemente opuestos que entablarán una interesante relación de amistad y de confesiones recíprocas, dos vidas que se cruzan en un instante de soledades compartidas para volver a separarse, después de un momento de duda, sin atreverse a salirse del camino de desilusión que la vida les ha determinado aparentemente.



Una película muy de actores, de origen teatral, en el que dos sex-symbol de la época como Sofia Loren y Marcello Mastroianni afrontan la madurez y la diferencia con unas interpretaciones emocionantes. De fondo la radio que resuena en un entorno vacío, abriendo la herida sonora de los actos megalómanos con los que el pueblo de Roma colabora. Como casi todos los pueblos que han sufrido un régimen totalitario, el romano calla por obligación, otorga por necesidad y, a veces, acaba convencido de que la realidad es otra. Incluso pasa hoy en día. Por eso Una jornada particular es también un valiente ajuste de cuentas del cine italiano con el pasado reciente de su país.

Sobria y concisa, la película ofrece sin embargo imágenes de gran fuerza y complejidad técnica. Os dejo aquí dos muestras: la primera, el inicio, la puesta en marcha de la jornada, para los amantes del plano secuencia.



En Youtube.

Y la segunda, la famosa secuencia de la terraza. ¿Quién no ha imitado alguna vez a Sofia y Marcello al doblar las sábanas? Para mí, uno de los momentos más sensuales de la historia del cine.




En Youtube.


Título: Una jornada particular (1977)
Título original: Una giornata particolare (Italia, Canadá)
Dirección: Ettore Scola
Guión: Maurizio Costanzo, Ruggero Maccari, Ettore Scola
Producción: Carlo Ponti
Fotografía: Pasqualino De Santis
Música: Armando Trovajoli
Intérpretes: Sofia Loren, Marcello Mastroianni, John Vernon, Françoise Berd, Patrizia Basso, Alessandra Mussolini, Vittorio Guerrieri...

martes, 19 de enero de 2016

INFOGRAFÍA CERVANTINA


Pronto se cumplirán los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra y todavía no he escuchado demasiadas alharacas ni golpes en el pecho de la parte de las distintas administraciones que nos promueven, coordinan y, valga la redundancia, administran. Será que andan en otros menesteres.

Como a mí me gusta poner los puntos sobre las íes y aportar mi granito de arena, se me ha ocurrido inaugurar una sección dedicada a diseñar y mostrar infografías literarias nada exhaustivas nada más y nada menos que con la del más universal de los autores, y complementarla con lo que el susodicho dice de sí mismo en el Prólogo al lector de sus Novelas Ejemplares:

"Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria".

Cervantes, Miguel de
Novelas Ejemplares 
Prólogo al lector
1613

viernes, 15 de enero de 2016

LA LLUVIA DE FUEGO, UN RELATO DE LEOPOLDO LUGONES


Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19.

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre -pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir?... Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía -estoy seguro- desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre -todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega -por primera y última vez, a buen seguro-decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...


FIN


Lugones, Leopoldo, Las fuerzas extrañas, 1906.

martes, 5 de enero de 2016

SIN TEXTO (ESE HUIDIZO ESPACIO)


Pero todo se desploma sobre mí,
como si la realidad fuera otra cosa,
un gesto oportunamente opuesto,
no un texto sino su intrusa piel de acelga,
no un sueño sino la ilógica urdimbre de sus desencuentros,
en absoluta coincidencia;
esto no es un sinsentido,
es una tela de sentidos forjados al unísono,
fuera de la anacrónica línea de tiempos.
¡Sí! En qué forma se desbroza el linde,
cómo brota algo con vida encontrado en cada enlace,
cada desordenado cruce,
sobre la plana superficie del tablero.
El mayor placer en los que juegan: siempre encontrarse,
no importa dónde.
No hay sonido que atraviese,
ni flor pestífera,
no hay brillo huidizo manando experiencias,
no amargo pálpito de lenguas,
las palabras conceden el juego,
posibilitan el marfil del unicornio,
el ébano histrión del fauno.
Todo está.
Cayendo sobre mí,
como si la realidad fuera otra cosa,
la nada en que los objetos y los hechos
se coordinan con los objetos y los hechos,
remotos, desconocidos,
creando el adorno,
la histeria,
el accidente
y la posibilidad.


martes, 22 de diciembre de 2015

LA LEYENDA DEL TEMPLO


Aunque a su inicio el panorama se presentaba ciertamente oscuro, resulta que profesionalmente este año 2015 ha sido bastante bueno para mí. Después de mucho esfuerzo, claro. Sin dejar de cruzar los dedos y siempre tocando madera puedo decir a estas alturas que ahora mismo trabajo en aquello que me gusta, que es el diseño gráfico, tanto en la faceta creativa como en la de formador, y que en los dos ámbitos, en el de la creatividad y en el de la educación, me he sentido querido y reconocido tanto por compañeros y responsables como por mis queridos alumnos. Puede que no lo esté haciendo mal del todo. Es raro sentirse a gusto en un trabajo, o en dos, lo sé. Soy un privilegiado. Dentro de unos márgenes lógicos tengo la máxima libertad de decisión en lo que hago y en general eso que hago es apreciado. 
Ahora que termina el año no me olvido, sin embargo, de su comienzo oscuro, y del proyecto que marcó un punto de inflexión definitivo en mi trayectoria vital. No me olvido de la gente maravillosa de Ediciones Escalera, de Daniel y Talía, de lo bien supieron sacar lo mejor de mí, del tiempo que me ofrecieron, de la libertad creativa y creadora que me regalaron a la hora de elaborar el diseño de su último libro publicado: La leyenda del templo. Medio siglo de música en vivo en la universidad
Este libro, que pone un broche final (espero que provisional) magnífico a la actividad de la editorial, homenajea textual y visualmente al Colegio Mayor San Juan Evangelista y a su Club de Música y Jazz, también a los estudiantes que allí residieron y a los artistas que lo convirtieron en mítico. Más de doscientas páginas ilustradas y llenas de sorpresas que evolucionan a ritmo de jazz, flamenco y música popular por los rincones de la memoria de muchas generaciones. Chet Baker, Dizzy Gillespie, Camarón de la Isla, Morente, Art Blakey, Chick Corea, Diana Krall, Jorge Pardo... y muchos otros músicos que hicieron retumbar los muros del Johnny durante más de cuarenta años. La historia reflejada y evocada por los que allí estuvieron. La reivindicación del Johnny como espacio cultural imprescindible que exige de nuevo su presencia activa en el panorama madrileño. La vida diaria llena de anécdotas y realidades. Y el viaje a través de sus conciertos, de sus carteles...
Tengo que decir que disfruté profundamente maquetando el libro. Quienes me conocen saben de mi pasión por el jazz, por la cartelería, por la buena literatura. Y La leyenda del templo lo tiene todo, desde luego. Aprendí mucho durante la preparación de los materiales. Disfruté, sí, con la palabra y las imágenes. Incluso pude incluir un pequeño texto propio sobre los orígenes de mi pasión musical, muy apegado a mis recuerdos familiares y muy cercano a todo lo que se vivió en el Johnny
Y luego llegó la impresión. Porque no es lo mismo ver lo creado en el ordenador que tenerlo en la mano, abrir por cualquier página y que te sorprenda el olor de la tinta, y que todo esté como habías soñado que debería estar. Y en esta ocasión el resultado fue, desde mi punto de vista, excepcional. En ese sentido, La leyenda del templo es uno de los trabajos más redondos que me ha tocado realizar.
¿Qué más se puede pedir como diseñador? Muy poco, si eres humilde. Aún así ha habido momentos irrepetibles, testimonios de sorpresa y aprobación, comentarios en Internet... Estar casi de incógnito en la presentación de la Sala Clamores, allá por mayo y escuchar los elogios a la maquetación por parte de gente que no me conoce no tiene precio. Por ejemplo. 
Una suerte, ya os digo, haber participado en este proyecto. Después de La leyenda del templo todo me ha ido mejor, y espero que la racha dure. Muchas gracias, Ediciones Escalera, por haberme dado esta oportunidad tan potente y creativa.
Así que este es el libro que recomiendo para estas fechas. Lo podéis encontrar en las principales librerías del planeta (jeje). Os encantará, desde luego.

Os dejo los datos y el enlace a su distribuidora.

Editorial: EDICIONES ESCALERA
Autor: VV.AA.
Ilustrador: Luis Morales
Título: LA LEYENDA DEL TEMPLO
Materias: MÚSICA
Nº de páginas: 208
Medidas: 200 x 260 mm
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-940573-5-9
EAN: 9788494057359
Precio: 25.00 €
Precio con IVA: 26.00 €

viernes, 9 de octubre de 2015

YO TE ACUSO, LUIS MORALES (RECRIMINACIONES DEL ESPEJO)


Yo te acuso, Luis Morales. A ti también. Cada viga desatendida en ojo propio se corresponde de manera casi milimétrica con esa inherente condición del ser humano, esa cualidad pajiza y hedionda que se atraganta en los vocablos más allá de la primera persona o, rolliza, persigue la hinchazón, la pedorreta dudosa del ingenio, la connivencia en la chanza, la verborrea postromántica irreverente y neo que en realidad es romántica y se repite genuina, genial, social, asociada, fresca, caótica, original, sincera, joven, serpiente perturbada, revolución, quimera avanguardiada, hoy repe, pseudourbanoide hoy, sin dejar de ser el clásico de siempre que de oficio lubrican, liman, delimitan, jipjopean, sonetean, reduplican y repiten los ignorantes, desarrollada hasta el tedio ahora, una y otra vez en este que, así lo espero, quizá sea nuestro último siglo de culturetas: el exhibicionismo idiota.

¿Delirio intelectual? ¿Acaso tienes algo que decir? Cada caso de alardeo forma parte de la historia desesperada y trágica de la humanidad, una exquisita entelequia que se adueña de las formas mientras pende en vilo, sujeta a un cambio en la trayectoria del viento, como fracción de circunstancias microscópicas que fluctúan alrededor de la existencia sin que nos demos cuenta, sin quererlo, sin ni siquiera suponerlo, fortalecidos, envilecidos por las adicciones, los mitos o deseos que nos mantienen en el sueño permanente de estar vivos. Ay, qué bonito es ser joven ruidoso, temerario, magnífico, despeinado e inmisericorde, qué bonita la contundencia del descaro, tu tendencia presumida y retro en los zapatos, la osadía del que no quiere saber, la llanura de tu nueva pantalla, la blanda hipocresía buen rollito del que finge escuchar pero no calla, de nuevo alcoholizado. Y qué absurda la idea de llegar a viejo paseador de callejones sin otro objetivo que el de dilatar en silencio el paso del tiempo abominable, de releer un libro, cualquier libro y sentir, a veces, aprensión por las guadañas. Pero no. Es mejor jactarse de la muerte y el presente, de la violencia que nos anestesia, hiperrealistas, otro nido para la evasión más hacedera.

Cada caso de violencia forma parte de la historia, incluso, sobre todo desde el anonimato y el olvido. Puede que ninguno tenga una respuesta clara, que la mayoría se acueste cada noche convencida de su saludable bienestar, sin la más mínima idea de lo que sucede fuera de la burbuja, del círculo proyectado sobre dimensiones variables. El que vive en conserva nunca protesta, salvo cuando le quitan lo suyo para repartirlo entre todos los demás. Nadie es distinto. Tampoco tú.

Qué crees alcanzar de este modo, encaramado al atril una vez más, aparentando una humildad que ya no tienes, dime qué pretendes, por qué intentas ocultar tu timidez tras lo que escribes. Pálido, pobre histrión, supones ahora mismo que nada se le escapa a tu público, el sudor de las manos, la leve agitación marinera de estos folios que surcas, sorprendido, el vibrato heterogéneo del lector que se desgaja, ajeno a la voz que le pertenece. Oh tú, que tanto aliteras, si supieras cuánta lástima promueves. Desde el cándido ardid de la palabra resultas transparente, la complicación formal a la que sometes todo, sujeto de ambición, te pone en evidencia.

Pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento delante del monitor, quién te arrebató el teclado aprovechando cualquiera de tus múltiples abordajes del cuarto de baño, qué clase de misterio se coló en los circuitos durante el proceso siempre incómodo de la impresión. Pero en realidad, sobre el asunto que nos concierne, sólo cabe la opción que desestimas: a este texto corresponde un único redactor. O no, quizás así lo piensas.

Por eso yo te acuso, Luis Morales, de perpetrar una y otra vez mis argumentos, de la doblez artificial, de la exhibición del artificio, te acuso aquí, delante de tu público, de maniatar a tantos personajes en situaciones de dudosa verosimilitud, creyendo conseguir con ello el reconocimiento que se reserva a lo extravagante. Te incrimino, corolario de todo lo culpable, por ese lenguaje elitista y abarrocado, por el abuso vanidoso y sacrosanto de todos los diccionarios juntos, por el escapismo que te aleja de tu entorno y traslada mis historias a escenarios con nombres exóticos, como si ese viejo truco te hiciera más interesante y cosmopolita, como si lo que ocurre en New York o Singapur, en esa mañana que transcurre catedralicia y sempiterna a las puertas de una Roma de medioevo o más allá del éter de los milenios próximos, cerca de Alfa Centauro, no pudiera suceder aquí y ahora, aquí, y ahora. Te señalo con el dedo delator, vulgar alquimista, mero redactor alejado de la esencia, porque buscas la piedra filosofal a través de caminos demasiado concurridos. Eres otro espejo, otro llamarse Ninguno, un nuevo manuscrito encontrado, un protagonista levantado en rebelión, el enésimo sueño dentro del sueño. Desconsiderado en el plagio, as del disimulo y el parafraseo, actúas como si jamás hubieran existido aquellos a los que les debes todo, como si esa estantería que compartes en el salón de casa, ordenada al ritmo obsesivo del alfabeto, sostuviera tan sólo pieles marchitas, carcasas de serpiente envolviendo el vacío…

Yo te hiero, en fin, amigo mío, yo te culpo sin perdón posible, porque a pesar de todo sigues empeñado en interpretar que eres tú mismo, el dueño de lo revelado, el que remueve las conciencias, te traiciono porque en el fondo, bajo ese disfraz de malditismo que elaboras cada día, reside la secreta banalidad de perpetuarte, de algún modo, más allá de la muerte, de tu miedo a la muerte, de la única manera en la que crees en el más allá.

Supongo que estarás confuso. Sí, pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento, mientras... No lo pienses demasiado, no vale la pena. Durante un buen rato te sentirás un poco raro, aturdido, violentado en cierto modo por los acontecimientos. Cada caso de violencia forma parte de la historia desesperada y trágica de la humanidad. Es muy simple. Nadie perdería su tiempo viniendo hasta aquí para juzgarte. Haz lo que debas. No creas en fórmulas mágicas, en ostentaciones baratas. Esta vez tampoco habrá ninguna esfinge dispuesta a proponerte un acertijo a la vuelta de la esquina, ningún iluminado capaz de descubrirte para siempre. Sólo queda perseguir eso intangible que buscas por ahí desde tu primer grito, todavía hendido en tu madre, adherido al cordón. Recuerda aquella vieja historia, la de las águilas de Zeus que sobrevolaban los cielos cercanos a lo que después sería el apolíneo santuario de Delfos, portando entre sus garras todas las obsesiones del dios de piedra, recuerda el cruce de vientos donde se encontraron, cómo vino a resbalárseles el destino en pleno estupor aéreo para incrustarse en las primeras estribaciones de la ladera, muy cerca del monte Parnaso, y cómo el dios portador de Égida, después de mucho deliberar, optó por dejarlo allí, gran Ónfalo, en el mismísimo ombligo del mundo, y establecer allí un oráculo.

Fotografía de José Naveiras

viernes, 3 de julio de 2015

PIEL-DE-PLATA EL DESCONSIDERADO (RELOADED)


Un guiño a otros tiempos, este poema sobre la belleza y el miedo al que de vez en cuando me gusta volver.

PIEL-DE-PLATA EL DESCONSIDERADO

Está aquí,
roto por siglos de pedazos,
ya no hay voces que lo nombren,
pero piel-de-plata está aquí,
bajo las grandes llanuras blancas
que el mar de levante azota:
y siempre urde en su silencio
piel-de-plata alguna red
para el incauto,
siempre alguna desconsideración
que lo retenga una vez más.
Mantén tus sentidos despiertos,
confiado extranjero,
y no alejes tus pies
demasiado del mar que hasta aquí te trajo
o la tierra misma te condenará al olvido,
recoge el agua que puedas y reemprende tu viaje,
pues cuando caiga el sol, ¡ay!,
los cuervos de la locura
tomarán su parte,
márchate,
que en la noche piel-de-plata
se parece al amor o a la muerte
y nada, nada apenas de su lengua sabemos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS



Quién demonios es este hombre, se preguntarán ahora mismo millones de individuos aferrados al engaño del día a día, ese que nos exige velocidad de transmisión y de olvido. Algunos buscarán en Wikipedia o en las páginas de cine, otros lo reconocerán de viejas películas en blanco y negro, muchos venerarán su figura hoy para devolverlo muy pronto a un silencio nada esquivo. Un 6 de mayo de hace cien... ¿acaso importa?
Es un mago del siglo XX, un prestidigitador convencido que supo introducirse en nuestras mentes. Un maestro del fraude. Un maestro. Que descubrió nuestros miedos y reconquistó el lenguaje con el que se tejen las historias y los sueños.
Invadir el mundo a través de las palabras, hacer un flashback perfecto a partir de una bola de nieve, de una mesa que crece y aleja, tejer el plano secuencia más hermoso del mundo a pesar de Charlton Heston, jugar con los espejos, mostrarnos las cartas antes de cambiarlas, atravesar con estilo las alcantarillas de Viena, volver a Shakespeare y al Quijote y doblar campanas y desvelar al fin el truco de la vida, de todas las vidas... Cuando todo consiste en perseguir esa felicidad perdida alguna vez. Todo eso, nada más que eso. Un 6 de mayo de hace cien...
Quién demonios eres,
hombre de mil caras.
Quién demonios eres, Orson Welles.
Un recuerdo venidero.
La disolución de un sueño.
El último gran mago.
Un reflejo...
Un espejo...
Un trineo...
Rosebud...
Rosebud...

jueves, 23 de abril de 2015

LA BIBLIOTECA DE BABEL, DE JORGE LUIS BORGES


El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

BORGES, Jorge Luis, El jardín de los senderos que se bifurcan (1941)
Ficciones (1944)