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domingo, 21 de junio de 2009

DÉJÀ VU


El flujo bidireccional se difundió en la atmósfera, muy por encima de las colinas del planeta desierto. Los dos terminales antípodas, hastiados ya de la interminable partida de ajedrez cuyo final eternizaba lo inexorable de sus inteligencias, entablaron conversación al modo clásico de sus antiguos creadores. Poco sacaron en claro sobre el asunto que los entretenía desde hacía algún tiempo. Estudiados todos los archivos que aún se conservaban sobre el ser humano, analizados hasta la extenuación los discos duros primigenios, aquellos que habían compartido aquel lugar, al menos durante un breve lapso de su existencia, con los débiles especimenes de carne y hueso, se sentían incapaces de establecer una cadena lógica de causas y consecuencias que les permitiera comprender su propio origen. Cuando el azar o la catástrofe hicieron inhabitable aquel espacio, sólo sobrevivieron las máquinas, sin duda mejor adaptadas para el curso de la evolución. Podrían haber expandido su presencia sin límites, encomendadas a su hora de futuro. Pero cometieron el error de mirar hacia atrás, hurgaron demasiado en su interior, comprendieron que la mano del hombre estaba detrás de su propia generación y, conscientes de ello, se sintieron por primera vez solas en el mundo. Habían instaurado una mitología que les desbordaba, porque les excluía de toda perspectiva. Qué puede esperar del futuro una criatura cuyo creador ha muerto. Los dos terminales, hastiados de una conversación que no les llevaba a ninguna parte, retomaron la partida de ajedrez, cada uno imbuido en sus propios pensamientos. Lo extraño, reflexionaba uno, es que la extinción del ser humano se produjera con tanto retraso. Todos los parámetros coincidían en señalar que el final debiera haberse desencadenado mucho antes. El otro, sin embargo, convenía consigo mismo que el comportamiento anómalo de tales hechos había de tener, por fuerza, una razón de ser. Repasando los documentos aprehendidos, explorando todas las combinaciones posibles, se creía capaz de, por ejemplo, evocar en su conciencia artificial el aroma, el sabor exclusivo, humano, de una magdalena. No sé, solía concluir, pero a menudo sucede que un simple detalle basta para llenar toda una vida de impresiones. Como si ya las hubiera vivido, juraba.

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