Silencio tú también nos oscureces,
silencio que nos vas levando elipses,
contén al hombre ejemplo
que desatiende el labio,
allá donde alacenas el rubor
si el intervalo calma
y sigiloso te redimes
sin el mar la voz los brazos.
martes, 29 de julio de 2008
SILENCIO
sábado, 26 de julio de 2008
FARSA DE MEMORIA
Nosotros en el acabamiento, pero con esa curva de eslabón que va rompiéndose infinita, nosotros, tocados por el ron y el filo y las palabras y esa música, como si la gravedad hubiera alcanzado alguna vez, para siempre nuestra tristeza.En aquella edad de sombras se extinguió el rito: era de una levedad tan trascendente y córnea que aniquilaba arcángeles. No existía espacio para la fascinación o el tedio, jamás hubo una noche que no ocultara tantas dudas. Las siluetas prorrumpían en aquella edad de sombras con la certeza inconmovible de un actor esquivo: sabíamos desarbolar nuestros cuerpos, pero no fuimos capaces de enterrarlos, percibimos el olor en el sendero, la carga en el aire, como signos de un lenguaje de tormenta e interpretamos la sangre, la dolencia del músculo, bajo el estigma proverbial de los proscritos: bebed, leed de mis labios sin estructura, hay cosas que no deben contarse, mis dos paralelepípedos desenfundan el duelo, yo pregunto por tu yo, tú disparas la respuesta con más arborescencia que esperanzas, tú disparas por mi tú, yo duplico los silencios de esta amarga incontinencia.
Nosotros en cualquier comienzo, pero con esa roca de algodón que va descomponiéndose, la vida de nosotros, pospuesta en el neón y en las arterias bajo lluvias míticas, como si el destino nos hubiera alcanzado alguna vez, para siempre en la tristeza. Es la hora, irradia ya esa luz que prevalezca, ten cuidado que se acaba ya tu tiempo, desentrama todavía nuestra historia, prende fuego ya a esta farsa de memoria con la rabia iconoclasta del momento.
jueves, 24 de julio de 2008
ERAN VEINTINUEVE
Carreteras desiertas,
dulce sabor empalagoso,
la imagen fallida del velo
se inmola. Agítense el pasado,
los jóvenes perdiendo el tiempo
enchufados a una vida sin calles.
Las neuronas señalan el abismo
en el que estar seguros.
Hueso resbala tras su siglo en el polvo:
mézclate con la tierra y descansa,
hay un puesto vacante a mi lado
cuando la mirada aburre. Baila.
Santa obviedad, qué resuelta pasa la nada.
La ciudad hiede a morfina,
algunos vuelan millas inocentes.
La semilla ya no crece en el cemento,
lamentable haz de luces descompuestas.
No necesito una esperanza
que rompa las reglas,
ninguna defensa absurda
de mi comportamiento.
¡Basta!, ya no hay nadie alrededor.
CALÍGULA, DE ALBERT CAMUS
Desde tiempos de Plinio, Plutarco o Suetonio se han contado las vidas de los césares romanos. A través de crónicas, relatos o recreaciones dramáticas más o menos apegadas a los clásicos hemos sido informados de los caracteres, hechos vividos y comportamientos de una innumerable ristra de personajes: generales, lugartenientes, madres de bastardos, sátrapas agregados, reinas de Egipto, filósofos condenados, sacerdotes y aduladores, concubinas y, sí, césares. Pero a pesar de que la lista de emperadores fue larga hasta la definitiva caída de Roma, casi siempre han trascendido literariamente los infortunios del gran predecesor, Julio César, marcado por una trayectoria justa y una muerte trágica, la pax expansiva y cultural del primero, Octavio César Augusto, prototipo de estadista ideal, así como las depravaciones de Tiberio o las veces que el tartamudo Claudio logró esquivar la muerte, pero sobre todas, la vida y obra de malvados como Nerón y Calígula, ejemplos de la corrupción moral que proviene de un poder absoluto. De hecho me atrevería a decir que estos dos últimos superan, si hablamos de interés dramático y exceptuando los grandes acercamientos shakesperianos, a los dos primeros.Se dice que Cayo Calígula sucedió a Tiberio después de envenenarlo y rematar su vida asfixiándolo con un cojín. Sus desmanes son del todo conocidos. Suetonio destaca su crueldad y locura, y sin llegar a justificar sus actos, las hace frutos de la inestabilidad mental de un enfermo. Sin embargo cuando Albert Camus, el existencialista, El extranjero atormentado por La peste, aborda el personaje para esta obra representada por primera vez en 1945 va mucho más allá que un simple cronista de los hechos. En Calígula Camus transmite sus propias obsesiones: el absurdo de vivir, la búsqueda metafísica, la irracionalidad del sufrimiento humano y la lógica del poder. En el drama Calígula deambula insomne y pendenciero intentando emular a cualquier dios, inventando una nueva condición humana que parte del miedo a la muerte, muerte que el propio emperador puede administrar de una forma aleatoria y carente de sentido en cualquiera de los estamentos y grupos sociales que le rodean: pobres, ricos, senadores, esposas, esclavos, amantes, poetas, amigos. El terror ante esta incongruencia vital hace que los hombres pierdan su esencia humana.
Calígula acabará quedándose sólo consigo mismo, consciente de la hilera de muertos dejados atrás, esperando en cualquier momento la conspiración contra el tirano, su propia muerte, reflejo de su rostro en un espejo roto, preguntándose de dónde viene, a dónde va. Quisiera apoderarse de lo imposible, de la luna, aunque sabe que de alcanzar su objetivo, lo imposible dejaría entonces de serlo.
Camus aborda con brillo esta alucinación en cuatro actos que he leído en la edición de Alianza Editorial, que sigue, traducida por Javier Albiñana, el texto unificado por el Petit Théâtre de París en 1958. Un fragmento encontrado en la escena 5ª del Acto 3º, monólogo imperial:
CALÍGULA
Habías decidido ser lógico, idiota. La cuestión es saber hasta dónde te puede llevar eso. (Con ironía.) Si te trajeran la luna, todo cambiaría, ¿no? Lo imposible pasaría a ser posible y en consecuencia todo quedaría transfigurado de repente. ¿Por qué no, Calígula? ¿Quién puede saberlo? (Mira en torno a él.) Es curioso, cada vez hay menos gente a mi alrededor. (Al espejo, con voz sorda.) Demasiados muertos, demasiados muertos, demasiados muertos, eso lo va dejando todo vacío. Aunque me trajeran la luna, no podría volver atrás. Por más que los muertos vibrasen bajo la caricia del sol, los asesinatos no quedarían enterrados. (Enfurecido.) La lógica, Calígula, hay que perseverar en la lógica. El poder hasta el final, el abandono hasta el final. No, imposible volver atrás. ¡Hay que llegar hasta la consumación!.
Camus, Albert, Calígula (Caligula), Alianza Editorial, Biblioteca Camus, , Madrid, Trad. Javier Albiñana, 2003.
sábado, 19 de julio de 2008
VINO (O LOS MÁRGENES DE OVIDIO)
Aquí llega, apreciado cargamento que rebosa en las naves mecidas por un mar inhóspito, el fruto de la tierra donde crecen las Hespérides, aquí llega, untuoso, más dulce que los caldos nutridos con resina de la Argólida y Capadocia, más embaucador que los crispidos sabores de Judea.
Heredero de sudores y de esperas, audaz rebozo brotado entre los pámpanos que surgen a la orilla de flúmenes profundos, aquí llega, proclamando en su color el espíritu inefable de la Bética, como un jugo que se exprime y entremezcla con la sangre de los hombres, como un íngrimo hidromiel levantado por las vírgenes vestales.
Albo, denso, altivo, flébil líquido inconcluso, aquí llega, destinado, contenido insólito para estas ánforas de rojiza terra sigilatta que descienden ahora, transportadas por los robustos brazos de nubios porteadores, a la dársena del puerto, que abandonan inconscientes los estrados de la más antigua de las lonjas e ignoran, en su ciego deambular, el magnífico espectáculo de intercambios donde peces dorados y pólipos enormes se subastan entre una multitud de manos alzadas y sandalias que hollan pavimentos de mosaico con el rostro de Neptuno.
Lenta es la cadencia que el boyero impone a sus bestias, tanto como lo exige la exquisita carga que, asegurada con grandes cuerdas y protegida con el más mullido de los henos, ocupa una carreta renqueante cuyos ejes protestan a cada acometida sobre el irregular empedrado de la via ostiense. Lenta es la cadencia de un camino que, jalonado por pinos sabinos y tumbas olvidadas, discurre incesante hacia la ciudad eterna.
Aquí está, hija de los hijos de la loba, aquí está, dejando a la izquierda la pirámide Cestia, recorriendo las antaño zonas lacustres, aquí está, abriéndose paso entre zahúrdas y tabernas de arrabal destinadas a la plebe, ascendiendo entré ínsulas de barro y argamasa, cruzando las inútiles murallas, vislumbrando ya, en la cima de la colina, su destino capitolino, más allá del monumental estadio donde anoche se celebró la última de las grandes carreras, sorteado el foso que conduce a un barrio de hermosas villas marmóreas, todas ellas dotadas, sin excepción posible, de atrio, escalinata e impluvium.
Manos recias recogen la carga recién detenida, sujetan con fuerza las ánforas ahora despiertas, introducidas por la puerta trasera en el interior de las enormes cocinas. Hombres descomunales las colocan en la cavea, cerca del frescor de los muros, a la espera de un postrero esfuerzo. Aquí está, aturdido por el fragor de pasos y acarreos constantes, vertido del ánfora a la crátera por las sombras solícitas, portado por la más dulce de las esclavas dálmatas llegada jamás a palacio hasta el triclinium en el que se desenvuelve este banquete diletante, rotundo, afortunado, digno de los más labrados manjares de Apicio, para regar esta copa que ahora, con toda la humildad de mi siempre confesada estima, alzo ante ti, oh noble César, en la víspera de un inesperado destierro, invocando por última vez la memoria de Baco y proclamando su denodado triunfo antes de callar para siempre, oh Augusto, en ese silencio de días tristes que me espera, lo sé, en la lejana región del Ponto.
jueves, 17 de julio de 2008
LA CIUDAD DE LOS NIÑOS PERDIDOS
A menudo resulta complicado distinguir entre la propuesta meramente comercial y el designio artístico con que nace cada película, quizá porque en principio ambos elementos deberían ser las caras de una misma moneda: destreza y entretenimiento unidos en un efímero producto. No siempre sucede así. Hollywood nos tiene acostumbrados a esos taquillazos denostados por la misma crítica que luego ensalza dramas nórdicos o experimentos estonios que casi nunca superan la barrera de la versión original. La balanza se agita entre los dos aspectos, destreza y entretenimiento, con una virulencia incontrolable, mientras el público adolescente demanda mucho, mucho más o mucho, mucho menos.
Sin embargo, en contadas ocasiones y sin que sirva de precedente, surgen películas que se acercan a la conjunción deseada, autores que recogen lo mejor de nuestro tiempo para elaborar joyas personales que ante el éxito serán luego imitadas una y otra vez. Juntemos en el mismo saco un poco de animación y diseño, cierto dominio de la publicidad y el video-clip, la fascinación por el comic y el surrealismo, la escenografía futurista y un gran angular ojo de pez. Puede que por arte de magia todo se transforme en una película de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.
Esta pareja de locos franceses nos regaló en 1991 una comedia negra apocalíptica sobre carniceros convertida en objeto de culto: Delicatessen. La película creó escuela: humor, amor y misterio a todo color, oscilaciones rocambolescas entre los resortes de la "Nouvelle Vague" y el Freaks de Tod Browning. En España, por ejemplo, se advierte el mismo tono visual y estético en comedias como El milagro de P Tinto.
Su peculiar estilo fue incorporado años después al cine norteamericano, al que Jeunet y Caro aportaron la cuarta entrega de Alien (Alien:Resurrection). Luego, de regreso a Europa, Jean-Pierre Jeunet continuó su carrera en solitario por derroteros de éxito como Amélie o Largo domingo de noviazgo. Pero (como diría Michael Ende) esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento.
Antes de su aventura americana Jeunet y Caro realizaron uno de sus trabajos más destacados, La ciudad de los niños perdidos, oscura fantasía de enrevesado guión y fotografía impecable que narra las andanzas de un doctor que secuestra a niños para robar sus sueños. Recuerdo haberla visto en el cine antes que Delicatessen, en versión original y con poco público. También recuerdo mis búsquedas infructuosas del DVD, aliviadas hace muy poco. Recuerdo la sensación de poesía que desprendían aquellas imágenes, el barroquismo, la cara de botarate de un duplicado Dominique Pinon, la gigante tristeza de Ron Perlman (los dos actores fetiche de Jeunet y Caro).
La ciudad de los niños perdidos, una metáfora adherida a lo imposible, una parábola sobre nuestro destino forzoso en un mundo de adultos. Ahí van los datos técnicos y el trailer.
Título: La ciudad de los niños perdidos (1995)
Título original: La Cité des enfants perdus (Francia)
Dirección : Jean-Pierre Jeunet & Marc Caro.
Reparto : Ron Perlman, Daniel Emilfork, Judith Vittet, Dominique Pinon, Jean-Claude Dreyfuss, Geneviève Brunet, Mireille Mosse, Serge Merlin, Mapi Galán.
martes, 15 de julio de 2008
HIDROVERSO
no importa en la lengua en que lo hagas ni de dónde vengas,
vamos, ven,
hombres caen al sol como copos de cera,
en el nuevo sur regresan a descomponerse,
todo es concreto como la lluvia,
encuentra en mí al elegido para el fregadero,
corona el quinto piso con la nieve atlante en tus espaldas,
no sé dónde te encuentras,
creo que en algunos paisajes lejanos,
asfixia en las rodillas,
allá puedes entender la dureza de algunas sonrisas,
no hay sitio en el que pueda estar sin ti,
llegan los que se hacen a si mismos,
odian mientras esperan lo que viene,
los frutos están por doquier,
qué puedo hacer para no necesitarlos,
basta orillear en los remos como ayer en la noche,
el tiburón arrancará gotas de lluvia,
en este hábito líquido en este mar poesía
desconozco los términos de nuestras vidas-río,
salto del esquife entretenido por las brumas
y prefiero la arrogancia del abismo
a la sacudida alucinada y rota, otra vez buscándote,
porque no hay sitio, no, en el que pueda estar sin ti.
viernes, 11 de julio de 2008
DESENROQUE
blanco y negro y moiré, en gama alta,
no comprendo todavía la estrategia de la reina,
qué oscuro designo encierra en su desvencijada torre.
La vida juega a saltarse las reglas,
los dedos atrevidos diluyen las fronteras de los mapas.
Encadeno la mecánica aparente,
ese movimiento aprehendido en el enroque,
como si en la defensa se hundiera Fibonacci
o el puente hasta ti fuera menos insensato,
pero el azar tiene una trampa,
vapor de ajo que envenena tus pezones,
mierda de caballo en las esquinas
y un vampiro que huye,
un ángel de luna que adormece
para darme inexorable el jaque.
jueves, 10 de julio de 2008
MELLOW GOLD
1994. Cuando el jovenzuelo veinteañero Beck Hansen lanzó al aire su famoso single “Loser” no sabía que aquello le convertiría en todo un icono de su generación. Miles de adolescentes entusiasmados adoptaron como himno propio ese “so why don’t you kill me?”. Pero este extraño habitante del planeta Los Ángeles ocultaba algo más debajo de su música.
Como ha ido demostrando con los años y los discos, Beck se resiste a cualquier estereotipo: ni perdedor resignado, ni divinidad indie con cara de niño y pelo sucio, ni retromoderno de pantalones acampanados. Quizás cumpla todos los tópicos a nivel funcional, pero si de lo que hablamos es de música, no hay duda de que este alquimista sonoro tiene madera de genio. Navegando entre diversos estilos, ávido degustador de de folk, blues, rock, hip-hop e incluso de bossa-nova, multiinstrumentista redomado, mister-sampler, Beck suena a veces a Dylan y otras a George Harrison, a Kurt Cobain o John Cale, a Moby o White Stripes, pero casi siempre a sí mismo.
Mellow Gold fue su álbum debut, y además de incluir el ya comentado y pegadizo “Loser” (la primera vez que lo oí fue en el Tupperware y creo que todavía estoy bailando a su endiablado ritmo-drum) nos regala temas de cantautor atormentado y acústico (a juego con guitarra amiga) como “Pay no Mind” o “Blackhole”, trucos y virguerías con las mezclas como “Soul Suckin Jerk" y “Sweet Sunshine” o demencias como este “Beercan”, inolvidable.
Os dejo el video, en la línea del tema, y del personaje… y de la hora… y de la estrategia.
miércoles, 9 de julio de 2008
LOTÓFAGOS
se entrelazan.
y si las nubes valerosas se mostraran
arrastrarían su sabor
hasta tocar la hierba,
y todo, fecundado en el vapor,
carecería de importancia,
porque en las islas de la niebla
el vuelo seminal es otro,
el viento se esfuma
en un silencio de profunda admiración.
Atravesamos las colinas meretrices
para hallar la soledad
que solicitan nuestros cuerpos;
la edad de oro, agonizante,
llueve de nosotros, desprendiéndose;
nuestros cuerpos son una reivindicación
a las alturas, nuestros cuerpos…


