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miércoles, 6 de mayo de 2015

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS



Quién demonios es este hombre, se preguntarán ahora mismo millones de individuos aferrados al engaño del día a día, ese que nos exige velocidad de transmisión y de olvido. Algunos buscarán en Wikipedia o en las páginas de cine, otros lo reconocerán de viejas películas en blanco y negro, muchos venerarán su figura hoy para devolverlo muy pronto a un silencio nada esquivo. Un 6 de mayo de hace cien... ¿acaso importa?
Es un mago del siglo XX, un prestidigitador convencido que supo introducirse en nuestras mentes. Un maestro del fraude. Un maestro. Que descubrió nuestros miedos y reconquistó el lenguaje con el que se tejen las historias y los sueños.
Invadir el mundo a través de las palabras, hacer un flashback perfecto a partir de una bola de nieve, de una mesa que crece y aleja, tejer el plano secuencia más hermoso del mundo a pesar de Charlton Heston, jugar con los espejos, mostrarnos las cartas antes de cambiarlas, atravesar con estilo las alcantarillas de Viena, volver a Shakespeare y al Quijote y doblar campanas y desvelar al fin el truco de la vida, de todas las vidas... Cuando todo consiste en perseguir esa felicidad perdida alguna vez. Todo eso, nada más que eso. Un 6 de mayo de hace cien...
Quién demonios eres,
hombre de mil caras.
Quién demonios eres, Orson Welles.
Un recuerdo venidero.
La disolución de un sueño.
El último gran mago.
Un reflejo...
Un espejo...
Un trineo...
Rosebud...
Rosebud...

jueves, 23 de abril de 2015

LA BIBLIOTECA DE BABEL, DE JORGE LUIS BORGES


El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

BORGES, Jorge Luis, El jardín de los senderos que se bifurcan (1941)
Ficciones (1944)

viernes, 9 de enero de 2015

PÉNDULO (CUANDO LOS ACONTECIMIENTOS EXPLICAN EL POEMA)



No soy proclive a explicar las raíces de lo que escribo, prefiero que el lector/oyente haga su propia composición de lugar a partir de aquello que se encuentra. Sin embargo, en esta ocasión, después de los sucesos que París, de ese mar de sangre que ha intentado apagar la voz de los lápices de Charlie Hebdo, no puedo sustraerme a la necesidad de volver a dejaros aquí este poema para que lo leáis desde esa perspectiva que denuncia a los que quieren acabar con nuestra libertad de expresión, a los asesinos, sí, a los fanáticos de todo tipo, pero también a los sistemas aparentemente democráticos que utilizan sus propios métodos silenciadores. Así es, los intolerantes nunca soportarán las críticas, la sátira, el humor. Ahí os lo dejo.

PÉNDULO

Cualquier noche os descorazonaremos la acrobacia.
Su hélice nos aturde y mesmeriza.
No conocemos el péndulo.
El pozo se enfrenta al último nido sin clámides.
Hay un intruso entre las cuentas de vidrio.
Hay una torre de profundidad que vacila en las cosquillas,
una pluma que se tambalea.
Hay un trasbordador abandonado al musgo,
un ejército de hormigas que desencadena el abordaje
desde obsoletos carritos comerciales.
Hay madrugadas en las que rezuman
los rapsodas prosternados en la isla,
henchidos de celofanes,
instigados desde un catalejo de lejanías.
Si no hubiérais contenido vuestro cuerpo…
Hay quien sabrá expulsaros de la tierra
porque llega la incógnita media hora del delfín.
Estáis en la arista del sueño.
Practicabais un deporte errabundo.
Giraréis en el aire sin espejos.
Cualquier noche os birlaremos las mañanas.


Publicado en Realidad, LVR[ediciones, 2013


jueves, 18 de diciembre de 2014

LAS LISTAS


A estas alturas del año empieza la profusión de listas. Que levante la mano quien sepa a qué me refiero. No, no estoy hablando de empollonas que nos espetan orgullosas la lección aprehendida, ni de sabelotodos, no, no hablo de gente avispada ni de los garabatos que improvisamos en cualquier papel para no olvidarnos de lo importante cuando nos adentramos en los deslumbrantes supermercados. Ese tipo de listas están siempre ahí y a mucha honra. Pero en los últimos días de diciembre la invasión es otra. Ni siquiera se trata de esa acumulación de tonterías ordenadas (del tipo las 10 posturas sexuales que más se llevan, los 23 vestidos más horrendos de la gala de los Goya, los 73 selfies más previsibles de Kim Kardashian o las 143 barbas más pobladas al Este del Pecos) que suelen proliferar en Internet para rellenar el espacio vacío. No, no es eso. De repente nos posee un extraño instinto recopilador y, aunque sea por un instante, volvemos la mirada a nuestras espaldas para resumir en dos pinceladas (o en diez, o en cien) lo que el año de cuerpo presente ha dado de sí: los cien personajes del año (en distintas categorías, claro, general, políticos, empresarios, deportistas, ¿artistas?, ¿científicos?...), las doce películas del año, las veinte canciones del año más escuchadas en Spotify, los diez libros más leídos en el año, las fotos más impactantes del año (casi siempre tienen que ver con las realidades más luctuosas), los cinco blogs más visitados en el año, los tres tweets más difundidos en el año, los dos cocineros más destacados del año, este año en que volvimos a vivir peligrosamente.
Listas, las oficiales, que de una manera sintomática no coinciden para nada con nuestros propios gustos. Listas, las culturales, que disfrazan el imperativo "¡Compra, regala, compra, regala, compra!" casi tanto como las tempraneras luces navideñas. Listas, las únicas que valen la pena, las que hacemos nosotros mismos sin querer vendernos nada, las que simplemente compartimos para hacer balance en voz alta de todo lo que vamos siendo, un año después. Listas de deseos, de sueños, de dolor o de tiempo.
En fin, listas para todo y para todos, listas de artificio para estructurar el caos natural del mundo, listas que se cruzan para sostener firmemente nuestros pies durante un rato. Listas que muy pronto olvidaremos, nada más volver de nuevo el rostro al frente, mientras seguimos avanzando.
Bueno, ya podéis bajar la mano. Y ahora os dejo, que hoy toca escribir la carta a los Reyes Magos.

martes, 16 de diciembre de 2014

POETAS DE LA NOCHE


Halos de voz se esparcen sobre la tierra virgen,
rasguños como pentagramas, dedos que se alargan
como cuerdas de guitarras y a veces comas,
silencios soliviantándose en las curvas.
Ella segará los acertijos plantados en la barra.
Él irá buscando algún abismo del que sacarnos.
Un océano de olores dilucida el hielo,
las lenguas jóvenes trepidando ajenjo por las esquinas,
algunos lotófagos que bloquean la salida porque no,
no hay sitio en el vagón que flota por encima del sueño.
Escuchemos: al fondo la caverna que divide los cuerpos.
Muslos de la otra, sombra compartida de la noche
mientras en lo alto siluetas de luz y mensajes suceden,
señales, arquetipos de una imagen auditiva.
El misterio y el miedo y la inquietud insolentes,
el aire puro que trae el humo de cigarros quiméricos,
fresca libertad todavía, fresca noche de odaliscas
que sujetan su volumen a este ritmo de viento.
Demasiada profundidad en el crepúsculo,
halos de voz que se esparcen sobre la tierra virgen.
Ellos no son,
ellos ya han sido.
Los que forjan cada noche de palabras el aire.
Ellos.
Los que acaso rompan en pedazos este verso.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

LA VIDA RIMA EN VALIENTE INVERSO 2014


La Vida Rima participará esta noche, en el marco del Festival Poético Editorial Valiente Inverso 2014, con un recital en el que intervendrán algunos de los poetas que han publicado en su microeditorial de poesía, LVR[ediciones. Allí estarán Patty de Frutos, Carlos de la Cruz, Arantxa Oteo, José Naveiras, Nacho Aldeguer, David Coello, que presenta con LVR[ediciones el poemario Quién es, quién llama, y un tal Luis Morales, surtiendo de versos valientes la velada. Será a partir de las 21 horas en Tapas y Fotos (c/Doctor Piga, 7, Metro Lavapiés, MADRID). Allí compartirán tablas con Talentura Libros, que nos ofrecerá los relatos de Silvia Fernández Díaz y los poemas de Ángel Muñoz.
Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando aquí.
La presente edición de Valiente Inverso, que viene desarrollándose desde el pasado día 8, ha optado este año por un entorno multiescénico, y sus actividades editoriales y poéticas están teniendo lugar en diversas localizaciones de Madrid. Os dejo el cartel y os invito a que visitéis su página para que conozcáis lo que se cuece en uno de los encuentros poéticos más importantes del año.


jueves, 13 de noviembre de 2014

ESPECIAL LA VIDA RIMA EN POéTIKAS


¿Cuánto tiempo ha pasado desde que arrancó La Vida Rima? Ya casi no me acuerdo del momento en el que aquel grupo de jóvenes y no tan jóvenes creadores multidisciplinares se decidieron a buscar la felicidad a través del arte. Sí, el tiempo que pasa. Exposiciones, performances, recitales, publicaciones y encuentros se han ido sucediendo en el seno de esta Asociación Cultural sin ánimo de lucro. Poetas, músicos, narradores, fotógrafos, actores, diseñadores gráficos y audiovisuales han tenido y siguen teniendo cabida y voz en La Vida Rima. Este mismo propósito de dar a conocer nuevas voces nutre el origen de LVR[ediciones, la microeditorial creada por la Asociación, bajo cuyo sello han ido publicando textos unos cuantos poetas entre los que me encuentro.
Gsús Bonilla, antiguo miembro de La Vida Rima, pensó en nosotros para celebrar un recital dentro de POéTIKAS, el ciclo de poesía contemporánea que coordina. Este Especial La Vida Rima se materializará el viernes 14 de noviembre de 2014, a las 20 horas, en la librería La Esquina del Zorro (Calle Arroyo del Olivar, 34, Metros Nueva Numancia y Portazgo, Vallecas, MADRID).
En el mismo participaremos algunos de los autores de LVR[ediciones: Eva Gallud, Patty de Frutos, José Naveiras, Arantxa Oteo y un tal Luis Morales.
Para los que quieran profundizar, aquí os dejo un dossier sobre la presentación del viernes. Además podréis encontrar toda la información en la página de POéTIKAS. Os esperamos.

viernes, 31 de octubre de 2014

LA LEYENDA DE JACK-O'-LANTERN


Los irlandeses se llevaron a América la costumbre de hacer linternas, talladas a partir de nabos, que iluminasen el camino de vuelta a los muertos queridos durante la víspera de Todos los Santos y protegieran a los vivos de los malos espíritus. Pronto sustituyeron los nabos por calabazas ante las inmensas facilidades para el vaciado que ofrecían las famosas cucurbitáceas. El origen de esta tradición y de toda la parafernalia de Halloween está en la leyenda de Jack-o'-lantern, que os dejo aquí para que paséis una buena noche de miedo anglosajón. 

LA LEYENDA DE JACK-O'-LANTERN

Cuenta la leyenda que existía un hombre llamado Jack el Tacaño, un granjero tan perezoso como astuto y que no hacía ascos a unas buenas pintas de cerveza.
Una noche en la taberna donde Jack solía ir a beber y a jugar a las cartas hasta altas horas de la noche, éste se encontraba totalmente ebrio y, con la valentía que da el alcohol, gritaba desafiante a todo aquel que quisiera escucharlo:
 No hay nadie más listo que yo, ni capaz de superarme en inteligencia y astucia.
Ninguno de los presentes hacía caso de las fanfarronadas de Jack, molesto y furioso, Jack no iba a permitir que le ignorasen, así que volvió a gritar lleno de soberbia:
 Reto al mismo Diablo a que me demuestre si es más inteligente que yo.
La actividad de toda la taberna se paralizó, no se oían risas, ni bromas, en realidad no se oía nada, los aldeanos apenas se permitían respirar. Jack había retado abiertamente al Diablo. Todos los presentes miraban a Jack con terror, poco a poco, el bullicio empezó a crecer aunque el ambiente era lúgubre, sin alegría. Sólo había susurros ahogados y miradas furtivas.
Jack se enfureció aún más, de un salto se puso de pie tirando la silla que había estado usando y, con un puñetazo furioso, apartó la mesa de su camino desparramando todo por el suelo, y, mirando con desprecio a sus vecinos, salió del local.
Frente a la taberna, Jack vio a un siniestro caballero vestido completamente de negro y con un sombrero de ala ancha que cubría su rostro, pero los ojos del desconocido relucían con un brillo maligno en la oscuridad y le miraban fijamente.
El miedo se apoderó de Jack, aquel tipo era aterrador, pero él no se dejaba amilanar fácilmente y, con ademán bravucón, se dirigió al extraño y se encaró con él.
 ¿Qué es lo que quieres?  le preguntó con altivez.
El desconocido no le contestó, pero el brillo de sus ojos era más intenso y frio.
Jack se encogió de hombros, y con un gesto despectivo, se dió media vuelta y se dirigió a su casa. Al principio, Jack iba tan confiado y ufano como siempre pero la sensación de estar siendo seguido por alguien se iba acentuando con cada paso que daba. Empezó a mirar inquieto hacia atrás, pero no conseguía ver nada aunque la sensación era ya abrumadora, de vez en cuando creía ver la sombra del enmascarado acercándose cada vez más.
Jack aceleró el paso, tenía la impresión de oír los pasos de su perseguidor cada vez más cercanos, y el terror se iba apoderando de él, nunca el camino hasta su hogar le había parecido tan largo. Corrió. Cuando por fin llegó a casa Jack estaba completamente aterrorizado, rápidamente echó el cerrojo de la puerta y corrió a comprobar, una a una, todas las ventanas.
Cada vez que comprobaba una ventana podía ver al desconocido parado frente a la casa, esperando. Esperándole.
Después Jack esperó a ver que pasaba. La tensión y el miedo iban creciendo en él, pero no pasó nada. Cada pocos minutos se asomaba por la ventana, y cada vez el desconocido seguía allí, parado, esperando. Jack estaba desesperado, y, recogiendo el valor que le quedaba, se atrevió a salir y a volverse a enfrentar al desconocido.
 ¿Quién eres y qué quieres de mi?  le espetó Jack asustado.
El extraño le miraba fijamente, con aquellos ojos espeluznantes, y Jack creyó ver como la boca de aquel individuo se había torcido en una cruel sonrisa.
 Soy el Diablo, y estoy aquí puesto que me has retado, a mis oidos han llegado que te consideras más listo que yo.  Su voz sonaba siniestra y profunda.
Aunque muerto de miedo, Jack sonrió al extraño y lo cogió del brazo invitándole a volver juntos a la taberna a tomar sus últimas copas. El Diablo aceptó. Durante horas ambos estuvieron hablando, bebiendo y jugando animadamente, en una extraña competición de ingenios, la velada transcurría como una fiesta entre dos amigos. Durante todo este tiempo Jack no paraba de pensar en como salir de ésta aunque no encontraba la forma.
Inexorablemente, ya muy cerca de la madrugada, el Diablo le dijo a Jack que iba a llevárselo al Infierno donde purgaría sus pecados y pagaría por su soberbia. Jack sabía que había llegado su hora, aún así no se amilanó e invitó al Diablo a una última ronda. El Diablo, que lo había estado pasando tan bien hasta el momento, no vio motivos para negarse.
Al llegar el momento de pagar, Jack afirmó haberse quedado sin dinero, lo que provocó numerosas bromas y burlas entre ellos, momento que aprovechó Jack para volver a retar al Diablo:
 ¡Vamos compañero! demuéstrame tus poderes, a ver de qué eres capaz. ¿Por qué no te conviertes en algo pequeño, en una moneda, por ejemplo?
El Diablo, bastante ebrio y picado en su orgullo, usó toda su parafernalia y se transformó en una moneda. Momento en el que, astutamente, Jack aprovechó para coger la moneda y guardársela rápidamente en el bolsillo, donde previamente había guardado un crucifijo de plata.
El Diablo, atrapado junto a la cruz, no podía hacer nada para liberarse, por lo que, no le quedó más remedio que hacer un trato con Jack. Jack le liberaba y, a cambio, el Diablo no podía presentarse ante él en un año.
Así que, un año después, el Diablo se presentó puntual a su cita. Este año no habría borracheras, ni bromas, ni risas, en esta ocasión no iba a permitir que Jack le volviera a burlar.
En esta ocasión, Jack pidió un deseo antes de morir. Como bien es sabido, los últimos deseos de los que iban a morir debían de ser concedidos, por lo que el Diablo volvió a concedérselo, aunque en esta ocasión puso algunas condiciones. No iba a permitir que, utilizando algún truco, Jack volviera a retrasar su entrada al Infierno.
 Quiero una última cena. No quiero nada exótico, llevo todo el año cuidando de ese manzano, y una de ellas, esa que se ve en la copa del árbol, acaba de madurar y pensaba comérmela mañana. Desearía disfrutar de ella antes de mi muerte. Mi deseo es que me la bajes para que pueda comérmela y luego puedes llevarme contigo.
Al Diablo le pareció un deseo razonable. Sólo una manzana. Por lo que sin pensárselo más aceptó. Ágilmente subió al árbol y se puso a buscar la manzana que Jack había señalado.
Pero Jack había vuelto a engañarle, justo cuando el Diablo había subido al árbol, Jack grabó en el tronco una cruz para que este no pudiera escapar.
El Diablo estaba furioso y humillado, ¡aquel granjero se había atrevido a engañarle dos veces! Aún así, no le quedó más remedio que volver a hacer un trato con Jack.
Esta vez Jack pidió que el Diablo no pudiera presentarse ante él en diez años.
Pero el destino quiso que Jack perdiera la vida mucho antes del tiempo establecido. Tal como era, soberbio, altivo, vicioso y tramposo era completamente imposible que cruzara las puertas del Cielo y, por lo tanto, debía ir al Infierno.
Pero había un problema, el pacto seguía vigente y, por consiguiente, era imposible que Jack se encontrara con el Diablo antes de que se cumplieran los diez años. Por lo que tampoco podía entrar en el Infierno. Jack se quedaba en tierra de nadie, entre el Cielo y el Infierno, sólo y a oscuras. Jack suplicó ayuda.
El Diablo burlón, había estado esperando todo este tiempo su venganza, y esta era su oportunidad. Le negó la entrada al Infierno transcurrido el tiempo pactado, pero como burla, le lanzó una brasa que no dejaría de arder con el fuego del infierno para iluminar su camino.
Jack vació un nabo y colocó la brasa en su interior a modo de farolillo. Comenzó a vagar eternamente, sin pertenecer a ningún lado, en busca de un lugar donde encontrar el descanso final.
Desde entonces, Jack-o'-lantern, como se le empezó a llamar, ha sido visto en numerosas ocasiones durante la noche de Halloween, acompañando a aquellos que se atreven a salir esa noche, y ofreciendo a sus acompañantes un truco o un trato.

martes, 28 de octubre de 2014

PÁJAROS NEGROS SOBRE LA VALLA DEL CAMPO DE GOLF


Poco queda por decir sobre esta fotografía que José Palazón (@PRODEINORG) tomó junto a la valla de Melilla, salvo que se trata de la asquerosa metáfora perfecta de nuestro tiempo. 
Cuando salió a la luz muchos pensamos que se trataba de un montaje de mal gusto. Nos estamos acostumbrando demasiado a manipular la realidad con Photoshop, retranca y mala uva con el objetivo pueril de arrancar una sonrisa o unos cuantos "me gusta" en las redes sociales, en vez de utilizar toda nuestra creatividad en cambiar las cosas de verdad. Y hay montajes excepcionales, lo digo desde el punto de vista de un diseñador gráfico. Pero esa es otra historia, y, como luego se demostró, la realidad supera ampliamente cualquier ficción.
La indignación creció al saber que no se trataba de ningún montaje. Los hombres ahorcajados sobre la valla contemplando ese trozo de paraíso artificial pegado a la frontera mientras las fuerzas del orden tratan de hacerlos bajar.
Es una foto de Pulitzer. Como el buitre que acecha al niño desvalido. Como tantas otras imágenes redondas y desesperanzadas. Una foto que es a la vez denotativa, ya que muestra una situación concreta y objetiva, y connotativa, porque al mismo tiempo es capaz de trascenderla. Una foto-metáfora, ya lo he dicho, que expresa como pocas nuestro Zeitgeist. Dos mundos en un palmo de terreno. Suele suceder con las fotos fronterizas, contrastes a ambos lados de cualquier muro, Berlín, Palestina, México-Estados Unidos, las dos Coreas, Melilla... 
Las autoridades melillenses dicen que esta imagen es demagógica, pero no hay duda de que ese campo de golf existe allí y ahora, junto a la valla.
Nada que decir sobre los que ajenos a lo que pasa a su espalda siguen golpeando la pelotita. Si lo pensamos bien, todos nosotros estamos al mismo lado de la alambrada, seguimos con nuestras vidas y nuestros propios problemas sin ser conscientes de la forma de la jaula. Aunque en el fondo la metáfora va mucho más allá del habitual mensaje de África versus Europa, más allá de las altas puertas del Paraíso. ¿Acaso no estamos muchos de nosotros, aquí y ahora, subidos como pájaros negros sobre nuestra propia valla? 

martes, 21 de octubre de 2014

EN LA CIUDAD BLANCA, DE ALAIN TANNER


Ocurrió hace mucho tiempo. Un acontecimiento colectivo inusual que sin embargo, por aquello que he ido descubriendo, no pasó del todo desapercibido. Coincidían entonces el insomnio de muchos, las habitaciones en penumbra, los televisores adquiriendo algún sentido aquella madrugada. Alguien programó con sentido la cinta en La 2. Yo tampoco conocía la obra de Alain Tanner, y aún no asociaba a Bruno Ganz con el ángel de Cielo sobre Berlín. Pero un carguero se había adentrado en el Tajo de nuestros corazones para dejarnos durante 108 minutos En la Ciudad Blanca (Dans la Ville Blanche, 1983). Lisboa.


Lisboa. El Sur. La luz. Lisboa en los ojos de un suizo. De un jefe de máquinas que abandona su barco como Paul. Suizo. De un director como Tanner. Cuatro líneas de guión y la maestría interpretativa de los actores para contarnos algo del tiempo detenido. De Lisboa, de la forma de caminar en la ciudad blanca. A través de imágenes más que de palabras, a través de todas las lenguas, como en todos los lugares que sirven de encrucijada. 
Apenas unas líneas de guión: harto de la "fábrica flotante de gente loca" en la que viaja, Paul desembarca en Lisboa, donde decide alojarse y escapar del ruido y la normalidad. Comienza a cartearse con su mujer, a la que expresa su angustia vital. Vaga por la ciudad y encuentra a una mujer y las filma a través de su cámara Super-8. Las imágenes acaban sustituyendo a las cartas. 
Sí, el tiempo se ha detenido para Paul. Ahí entra en juego Julio Cortázar.


Julio Cortázar. Le habían llamado axolotl. Pero es en una carta de su mujer cuando Paul descubre lo que eso significa. "Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. (...) Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl". Este fragmento del famoso relato se convierte en la clave sobre la que bascula la película. Es entonces cuando descubres lo que eso significa. Paul se ha quedado en Lisboa, atrapado su reflejo en el espejo. Paul ha acabado al otro lado, claro, como el que mira la quietud primordial del axolotl. El mundo es diferente. Los relojes van al revés. Todo empieza a adquirir otro sentido. La misma estructura difusa se adivina en el hombre que se filma a sí mismo, cine dentro del cine, hasta que dejamos de saber cuál es la persona y cuál su imagen. El gran acierto de Tanner es esa confesión atravesada en la aparente libertad de movimientos, de este viaje interior a ninguna parte. 
Joyas de un cine distinto que cambian vidas y visiones del mundo. Lisboa. Dans la Ville Blanche. Ocurrió hace mucho tiempo. Ahora mismo está ocurriendo.

Título: En la Ciudad Blanca (1983)
Título original: Dans la Ville Blanche (Suiza/Portugal/Reino Unido)
Dirección: Alain Tanner
Guión: Alain Tanner
Producción: Paulo Branco, Alain Tanner, António Vaz da Silva
Fotografía: Acácio de Almeida
Música: Jean-Luc Barbier
Intérpretes: Bruno Ganz, Teresa Madruga, Julia Vonderlinn, José Carvalho...



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