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lunes, 21 de septiembre de 2009

AUTOLETRATO DEL POETA QUE OBSERVA A SU ODIOSO DOBLE USURPANDO SU LUGAR FRENTE AL ATRIL


Fotografía de José Naveiras


Cada caso de violencia forma parte de la historia, incluso, sobre todo desde el anonimato y el olvido. Puede que ninguno tenga una respuesta clara, que la mayoría se acueste cada noche convencida de su saludable bienestar, sin la más mínima idea de lo que sucede fuera de la burbuja, del círculo proyectado sobre dimensiones variables. El que vive en conserva nunca protesta, salvo cuando le quitan lo suyo para repartirlo entre todos los demás. Nadie es distinto. Tampoco tú.
Qué crees alcanzar de este modo, encaramado al atril una vez más, aparentando una humildad que ya no tienes, dime qué pretendes, por qué intentas ocultar tu timidez tras lo que escribes. Pálido, pobre histrión, supones ahora mismo que nada se le escapa a tu público, el sudor de las manos, la leve agitación marinera de estos folios que surcas, sorprendido, el vibrato heterogéneo del lector que se desgaja, ajeno a la voz que le pertenece. Oh tú, que tanto aliteras, si supieras cuánta lástima promueves. Desde el cándido ardid de la palabra resultas transparente, la complicación formal a la que sometes todo, sujeto de ambición, te pone en evidencia.
Pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento delante del monitor, quién te arrebató el teclado aprovechando cualquiera de tus múltiples abordajes del cuarto de baño, qué clase de misterio se coló en los circuitos durante el proceso siempre incómodo de la impresión. Pero en realidad, sobre el asunto que nos concierne, sólo cabe la opción que desestimas: a este texto corresponde un único redactor. O no, quizás así lo piensas.
Por eso yo te acuso, Luis Morales, de perpetrar una y otra vez mis argumentos, de la doblez artificial, de la exhibición del artificio, te acuso aquí, delante de tu público, de maniatar a tantos personajes en situaciones de dudosa verosimilitud, creyendo conseguir con ello el reconocimiento que se reserva a lo extravagante. Te incrimino, corolario de todo lo culpable, por ese lenguaje elitista y abarrocado, por el abuso vanidoso y sacrosanto de todos los diccionarios juntos, por el escapismo que te aleja de tu entorno y traslada mis historias a escenarios con nombres exóticos, como si ese viejo truco te hiciera más interesante y cosmopolita, como si lo que ocurre en New York o Singapur, en esa mañana que transcurre catedralicia y sempiterna a las puertas de una Roma de medioevo o más allá del éter de los milenios próximos, cerca de Alfa Centauro, no pudiera suceder aquí y ahora, aquí, y ahora. Te señalo con el dedo delator, vulgar alquimista, mero redactor alejado de la esencia, porque buscas la piedra filosofal a través de caminos demasiado concurridos. Eres otro espejo, otro llamarse Ninguno, un nuevo manuscrito encontrado, un protagonista levantado en rebelión, el enésimo sueño dentro del sueño. Desconsiderado en el plagio, as del disimulo y el parafraseo, actúas como si jamás hubieran existido aquellos a los que les debes todo, como si esa estantería que compartes en el salón de casa, ordenada al ritmo obsesivo del alfabeto, sostuviera tan sólo pieles marchitas, carcasas de serpiente envolviendo el vacío…
Yo te hiero, en fin, amigo mío, yo te culpo sin perdón posible, porque a pesar de todo sigues empeñado en interpretar que eres tú mismo, el dueño de lo revelado, el que remueve las conciencias, te traiciono porque en el fondo, bajo ese disfraz de malditismo que elaboras cada día, reside la secreta banalidad de perpetuarte, de algún modo, más allá de la muerte, de tu miedo a la muerte, de la única manera en la que crees en el más allá.
Supongo que estarás confuso. Sí, pareces desconcertado ante lo que estás leyendo, en verdad no puedes entender qué sucede, qué extraño demonio ha guiado tu mano, cómo han podido llegar hasta aquí estas comprometedoras líneas. Te preguntas quién estaba allí contigo hace dos horas, mientras parpadeabas soñoliento, mientras... No lo pienses demasiado, no vale la pena. Durante un buen rato te sentirás un poco raro, aturdido, violentado en cierto modo por los acontecimientos. Cada caso de violencia forma parte de la historia desesperada y trágica de la humanidad. Es muy simple. Nadie perdería su tiempo viniendo hasta aquí para juzgarte. Haz lo que debas. No creas en fórmulas mágicas, en ostentaciones baratas. Esta vez tampoco habrá ninguna esfinge dispuesta a proponerte un acertijo a la vuelta de la esquina, ningún iluminado capaz de descubrirte para siempre. Sólo queda perseguir eso intangible que buscas por ahí desde tu primer grito, todavía hendido en tu madre, adherido al cordón. Recuerda aquella vieja historia, la de las águilas de Zeus que sobrevolaban los cielos cercanos a lo que después sería el apolíneo santuario de Delfos, portando entre sus garras todas las obsesiones del dios de piedra, recuerda el cruce de vientos donde se encontraron, cómo vino a resbalárseles el destino en pleno estupor aéreo para incrustarse en las primeras estribaciones de la ladera, muy cerca del monte Parnaso, y cómo el dios portador de Égida, después de mucho deliberar, optó por dejarlo allí, gran Ónfalo, en el mismísimo ombligo del mundo, y establecer allí un oráculo.

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