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miércoles, 23 de abril de 2014

PASIÓN POR LOS LIBROS


En un día como hoy no está de más recordar lo que significan los libros para muchos de nosotros, esa condición de objeto mágico que a veces tienen, más allá de todos los mercantilismos y todos los denuestos. Podría referirme aquí a todo lo que han sufrido los libros a lo largo de la Historia, las expurgaciones, los escrutinios, el fuego, la prohibición, o a lo incierto de su futuro en esta sociedad que evoluciona hacia lo multimedia y el consumo rápido. Pero es verdad que un libro seguirá siendo un libro en el soporte que sea. Es un superviviente de naufragios que espera a ser recatado de las estanterías de cada biblioteca, de cada librería. Todo depende de nosotros, de nuestra pasión. 
En ese sentido vuelvo a invocar aquí un texto que publiqué hace unos años bajo el título de La pasión de Bastián Baltasar Bux. En el mismo recordaba el pasaje inicial de La Historia interminable (Die unendliche Geschichte, 1979), la inolvidable novela de Michael Ende. En el mismo su protagonista Bastián Baltasar Bux, el niño lector a través de cuya lectura leemos esta historia, piensa en apoderarse del libro. Una bella definición de lo que supone para muchos, y repito, a cualquier edad, la literatura. Aquí os lo dejo de nuevo:

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa... o de la botella. Algunos pierden cuanto tienen para ganar en un juego de azar, o lo sacrifican todo a una idea fija que jamás podrá realizarse. Unos cuantos creen que sólo serán felices en algún lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida. Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen: hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay.

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

ENDE, Michael, La Historia Interminable, a.


sábado, 19 de abril de 2014

MUCHOS AÑOS DESPUÉS, GARCÍA MÁRQUEZ


Borges nos advertía en una de sus más célebres Ficciones sobre la extrema infelicidad del escritor del siglo XX. En efecto, en su Pierre Menard, autor del Quijote, concluía que "componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible". Materializada tal proeza en el relato, lo que Borges no podía suponer es que algo así habría de confirmarse en la descreída realidad contemporánea. O sí, quién sabe. El hecho es que la literatura en lengua castellana volvería a alcanzar sus más altas cotas algunos años después, desde la ya famosa periferia. En 1967 el colombiano Gabriel García Márquez publicaba ese Quijote del siglo XX, Cien años de soledad.
Con el poder de la palabra, con la convicción del que engendra un texto irrepetible, con toda su realidad y maravilla, García Márquez se inmiscuyó en la vida de sus lectores como pocos lo han hecho, a través de aquella novela total y de otras que vinieron después. Y a muchos nos dejó perplejos.
Ahora se ha ido. También él. Anoche un amigo encendió una vela en su ventana en memoria de García Márquez, y simplemente me lo comentó por todo lo que habíamos compartido hace años a raíz de la lectura de Cien años de soledad. Lector anónimo y sin pretensiones de grandeza, como muchos otros, acababa de protagonizar uno de los homenajes más hermosos que se le pueden rendir a un escritor. Muchos sintieron, sentimos sinceramente su pérdida. Esas velas que han languidecido anónimas. Lo demás sobra. 

Sin embargo quiero contar aquí, muchos años después, algo sobre mi relación con Cien años de soledad. Imaginad al joven y timorato investigador descubriendo la novela, imaginad al aspirante a juntaletras, tan europeo y español, tan cervantino cerbatana. A lo largo de aquellos cien años de soledad se me vino encima América entera con toda su rotundidad renovadora. Imagen después del íntimo destierro, voz que se desliza en desenlace sin censura, como el develamiento esclarecedor de su propia esencia se irguieron los gigantes de una tierra extraña, hermana más allá del océano. La transfiguración del hombre que huía del silencio fue así más la raíz adulta que el cambio, más la confirmación que el trasplante de un grito renegado. América resultó idéntica a sí misma. Lo que se desplazó fue la mirada de aquel que llegaba desde la libertad verbal, Quijote otra vez sobre texto nuevo, reconociéndose a pesar de los tiempos.
Nada más tentador para el joven y timorato investigador que buscar El Dorado originario en las páginas de aquella obra cumbre, el indicio de algo que presuntamente estaba ahí, oculto en los campos sembrados de palabras, la relación casi mágica con un hecho, con una frase de otra obra cumbre, cuyo descubrimiento revelara de algún modo no sólo la objetividad de una influencia sino al mismo tiempo su propia destreza como investigador para dar con ella y destapar el cofre del tesoro, desentrañarlo, descodificarlo en el acto de lectura que más puede acercar al lector hacia la naturaleza íntima de lo escrito. Aunque tal vez no fuera así. Imaginad, pronto García Márquez me dio una lección, reflexionando con humor sobre la labor de los críticos en El olor de la guayaba, esa célebre entrevista urdida por Plinio Apuleyo Mendoza:

—(…) Pero puede ocurrir también que los críticos, al contrario de los novelistas, no encuentran en los libros lo que pueden sino lo que quieren.  
Siempre hablas con mucha ironía de los críticos. ¿Por qué te disgustan tanto?
Porque en general, con una investidura de pontífices, y sin darse cuenta de que una novela como Cien años de soledad carece por completo de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que sólo ellos pueden descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías.
Con todo, la labor del aspirante a crítico persistía, no pudo evitar el establecimiento de unos hilos invisibles que unían Cien años de soledad con otras obras y autores, sin tener en cuenta al propio García Márquez cuando confirmaba que su propósito al escribir esta novela era simplemente “darle una salida literaria, integral, a todas las experiencias que de algún modo me hubieran afectado durante la infancia”, quizá porque quiso creer que un autor nunca desvela del todo sus secretos y en consonancia con su fuerza creadora sigue tejiendo un velo de misterio sobre su criatura incluso cuando esta sale a la luz, deja de pertenecerle por completo y comienza a ser compartida por cada uno de sus lectores que, dependientes del contexto socio-ambiental en el que viven, aportan en sus lecturas un sinfín de múltiples y acaso nuevas interpretaciones del texto. Delirios de los que surgieron una tesina y el propósito incompleto de una tesis, pero también una forma distinta de afrontar los procesos de escritura, de lectura si se quiere, hacia una libertad formal total, exenta de viejos miedos y genuflexiones.
El camino de Cien años de soledad está jalonado por personajes locos y emprendedores, por muchachas que comen tierra y mujeres cuya belleza lleva a los hombres hacia la muerte, a los que fui encontrando en mitad del espacio mítico en el que se enmarca la novela mientras descubría que la rueda del tiempo gira en el sentido contrario al que creemos habitualmente. Nunca fue más difícil discernir los límites de realidad y ficción ni definir si la realidad es o no una convención ficticia. Acabé confundido en el juego de espejos y prismas, penetrando en el interior de las cajas chinas para descubrir que los personajes se leen a sí mismos y que tal vez García Márquez, como un día Cervantes, nos estaba envolviendo a nosotros, los lectores, dentro de su propia creación, haciéndonos partícipes junto con sus personajes del desciframiento último, incluyéndonos acaso en el interior de sus novelas, al igual que Velázquez cuando sitúa a los reyes reflejados en un espejo, atrapando irremediablemente al espectador de Las meninas.
García Márquez, como Pierre Menard, reescribió el Quijote desde el siglo XX, pero el Quijote verdadero sólo pudo escribirlo Cervantes. En cualquier caso la reescritura, sea parricidio o no, no perjudica la calidad demostrada de Cien años de soledad, sino que la revaloriza como ejemplo de reorganización de materiales y como obra de creación, a la vez que justifica la idea de modernidad trascendida de la novela cervantina. Tal vez por ello, la rueda del tiempo gira distinta y los instantes magníficos, perdidos en las páginas la novela, parecen repetirse, en la máquina de la memoria más eficaz, donde experiencia vital y lecturas se funden, aquella que radica en su en nuestro cerebro.
Ahora se ha ido. También él. Anoche un amigo encendió una vela...
Muchos años después, frente a una tortilla de patatas recién hecha, el soñador Luis Morales recordó la primera vez que un tal Gabo le mostró el hielo, y el camino, y el espejo. Muchos años después, cerró los ojos y volvió a Macondo.

jueves, 10 de abril de 2014

HACIA LA ESTRELLA (HIGH SPEED)


Hacia la estrella,
con esa velocidad que nos mantiene inmóviles en la noche
a pesar del vértigo,
hacia ese horizonte que no cambia en la mirada,
segado a veces por la cuchilla de los árboles cercanos,
hacia la estrella otra vez,
en ascenso alucinante,
marcha el engendro mecánico que nos fagocita
mientras deja atrás un polvo removido de esperanzas,
el hielo conquistando el parabrisas,
la sombra de la muerte que ya llega y tu sonrisa,
vuelta imprecación sobre el volante.

viernes, 4 de abril de 2014

LA NOCHE SE MUEVE: (VII: COBAYA)


-¡Oiga, usted! ¡Doctor! ¡Dígame qué me sucede, qué han hecho conmigo!
El médico agita sus pupilas turbias al mirarme. Luego pronuncia el diagnóstico:
-Su situación, querido amigo, es tan irracional como este infectado mundo en el que mueren millones de personas sin saber a ciencia cierta el porqué. A menudo se achaca casi todo al cáncer cuando en realidad ignoramos con precisión de qué dolencia se trata. Pero usted no tiene cáncer, no se preocupe. Ni tampoco hablamos de ninguna enfermedad en sentido estricto. No, no ha sido atacado por virus, ni por bacterias o cualquier otro tipo de microorganismos. Digamos que… bueno, ha sufrido un lamentable accidente. El coma le ha llevado a un profundo estado de amnesia y… ejem… estamos haciendo lo posible por avivar de algún modo sus recuerdos a la par que restablecemos la muy mermada funcionalidad de su cuerpo.
-Pero ahora que reacciono… ahora más que nunca me retienen, me sujetan a esta maldita cama… ahora que reacciono aumentan la dosis de tranquilizantes, lo sé, quieren que duerma. Dígame por qué, dígame qué es lo que me inyectan cada noche en el cuello, qué demonios están haciendo conmigo. ¡No soy una cobaya!
El médico congela en su rostro una expresión amarga.
-Amigo. Nosotros experimentamos mirando hacia el futuro. A nuestro modo, recuperamos vidas. Si usted nos importa es porque puede servirnos para ello. Alguna vez se dará cuenta de su verdadero valor. No, no es usted una cobaya, pero aunque lo fuera debería entender que si ahora respira, si ahora sigue existiendo, es gracias a nosotros. No olvide nunca lo que nos debe.
Al marcharse me sonríe y apaga la luz eléctrica. La ausencia de los fluorescentes me devuelve a otra época. El naranja de la tarde atraviesa la ventana e inunda la sala mientras se ennegrece.

Si quieres conocer el resto del relato, aquí tienes los enlaces:

La noche se mueve (I: Algo se mueve)
La noche se mueve (II: Minotauro)
La noche se mueve (III: Diagnóstico)
La noche se mueve (IV: Un nombre en un susurro)
La noche se mueve (V: Pastilla verde, roja, azul)
La noche se mueve (VI: Anestesia)

jueves, 27 de marzo de 2014

IF, DE RUDYARD KIPLING


Últimamente intento acercar por estos lugares algunos de los poemas que me marcaron.
Hoy es el turno de Rudyard Kipling (1865-1936), autor de El libro de las Tierras Vírgenes, cuya faceta como poeta desconocía hasta que un día me di de bruces con este impresionante If..., escrito en 1896. Aquí lo tenéis, en inglés y castellano. Además, si queréis, al final podréis disfrutarlo en la voz de Michael Caine. 

IF

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you,
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated, don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise:

If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same;
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build ’em up with worn-out tools:

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: ‘Hold on!’

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that’s in it,
And—which is more—you’ll be a Man, my son!

KIPLING, R.,(‘Brother Square-Toes’—Rewards and Fairies)

SI

Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor
todos la pierden y te cubren de reproches;
Si puedes tener fe en ti mismo, cuando duden de ti
los demás hombres y ser igualmente indulgente para su duda;
Si puedes esperar, y no sentirte cansado con la espera;
Si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,
y si eres odiado, no devolver el odio; sin que te creas,
por eso, ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo;

Si puedes soñar sin que los sueños, imperiosamente te dominen;
Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único;
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y tratar
de la misma manera a esos dos impostores;
Si puedes aguantar que  la verdad por ti expuesta
sea retorcida por los pícaros,
para convertirla en lazo de los tontos,
o contemplar que las cosas a las que diste tu vida se han deshecho,
y agacharte y construirlas de nuevo,
aunque sea con gastados instrumentos.

Si eres capaz de juntar, en un solo haz, todos tus triunfos
y arriesgarlos, a cara o cruz, en una sola vuelta
Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste
Y nunca más exhalar una palabra sobre la perdida sufrida.
Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,
a que te obedezcan aun después de haber desfallecido
Y que así se mantengan, hasta que en ti no haya otra cosa
que la voluntad gritando: ¡persistid, es la orden!

Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,
o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;
Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos,
pueden causarte daño;
Si todos los hombres pueden contar contigo,
pero ninguno demasiado;
Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,
con el valor de los sesenta segundos de la distancia final;

Tuya será la tierra y cuanto ella contenga.
¡Y lo que vale más serás un hombre, hijo mío!

KIPLING, R.,(‘Brother Square-Toes’—Rewards and Fairies)

jueves, 20 de marzo de 2014

EN LEGÍTIMA DEFENSA. POETAS EN TIEMPOS DE CRISIS


Hoy, jueves 20 de marzo, será presentado en Madrid el libro colectivo En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis, una antología publicada Bartleby Editores con el apoyo de la Fundación Vallecas Todo Cultura en la que hemos participado 229 poetas, desde los premios Cervantes Antonio Gamoneda (quién, además, prologa el volumen) o José Manuel Caballero Bonald, a varios premios nacionales como Francisca Aguirre, Olvido García Valdés o Juan Carlos Mestre, pasando por una multitud de poetas amigos, hombres y mujeres corrientes y molientes. Tengo la fortuna de ser uno de ellos.
Por nada del mundo me perdería un acto al que acudirán poetas como Angelina Gatell, Ana Pérez Cañamares, Francisca Aguirre, Manuel Rico, Javier Lostalé, Fanny Rubio, Gsús Bonilla, Carlos Álvarez, Ana Pérez Cañamares, Inma Luna, Alberto García Teresa, Rosana Aquaroni, Ángel Guinda, Julieta Valero, Juana Vázquez y Juan Ramón Sanz, entre otros muchos más. Allí estará también el poeta y cantautor Ángel Petisme, quién además de leer cantará algunas de sus canciones-poema. 
El acto tendrá lugar en el Centro Cultural PILAR MIRÓ, de Vallecas-Villa (Plaza de Antonio María Segovia, s/n), a partir de las 18:30 h.
Como señalan desde la editorial, "será una velada sin precedentes: la voz de los poetas frente a los recortes de derechos sociales, de servicios públicos, de libertades y democracia que estamos sufriendo los ciudadanos, en definitiva".
No os lo perdáis. Hoy no.

PD. Podéis encontrar más detalles del libro pinchando aquí.

miércoles, 19 de marzo de 2014

UNA ENTREVISTA PARA PGP (PROYECTO GENOMA POÉTICO)


Recientemente los responsables del fascinante Proyecto Genoma Poético me propusieron responder a una serie de preguntas a partir de un formulario común que están utilizando para dibujar el panorama poético actual, ese genoma del que en cierto modo insignificante y apasionado formo parte. El resultado es una entrevista que acaban de publicar en su página, y que podéis leer al completo pinchando aquí. Como muestra, las primeras seis preguntas y sus respuestas:
nombre: Luis Morales.
definición: Admirador de los hombres orquesta.
término: Voz.
cuándo: Ayer mismo, tal vez mañana. El tiempo no existe.
profesión: Diseñador gráfico y escritor, siempre detrás de una imagen.
poemario: Realidad, mi primer poemario en solitario, publicado en 2013 por LVR[ediciones.
Gracias a PGP por cederme un espacio. Vale la pena entender cómo se define este proyecto:
Laboratorio experimental de cocreación poética.
PGP es un proyecto de ingeniería genopoética. Un cajón de sastre donde aminoácidos, cadenas polipeptídicas, proteínas, enzimas, sustratos, células, cromosomas, ribosomas, moléculas, ADN, y ARN dan vida a este experimento asociativo.
Si queréis saber más entrad aquí. Vale la pena.

martes, 11 de marzo de 2014

DIRDAM, LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS (UNA DÉCADA DESPUÉS)


Diez años después.
Diez años después quiero relataros una historia de amor y de prodigios, un cuento que no tiene protagonista ni escenario, una idea sin actores, con una voz que se escucha firme y temblorosa sobre la luz de una vela, rodeada de la oscuridad acompañada, de vuestro silencio repleto de amigos, porque quiero que todos vuestros ojos sean anónimos, que vuestros oídos se entremezclen, que exista sólo un latido concentrado en esta expresión mínima que con vosotros comparto, que vosotros compartís indivisiblemente conmigo.
Diez años después quiero relataros una historia de amor y de prodigios, y no tengo ningún pudor en recurrir, para ello, a las palabras de otros, porque sin duda me siento más que nunca al otro lado de mí mismo, fuera de esta piel, de mi nombre, de mi presencia sensible, aliado en un flujo de savia incontinente que se desparrama a nuestro alrededor, envejecido mil veces en la memoria, renacido siempre por la magia del tiempo, hastiado, patético, fenomenal, enamorado, conocedor de un vínculo inmortal entre todos nosotros, de un hilo palpitante que me dice lo que soy y a dónde voy.
Por eso os digo que quiero recoger las rosas, que los molinos son gigantes, que siempre estoy en la mitad del camino de nuestra vida, que soy un juguete del destino, un insecto de lo más normal, una perla en el fantástico teatro del mundo, que soy el que soy, porque pienso, que hay infinitas formas de ser, que hay sombras infinitas, que la lluvia es una batalla de violines, que toda breve vigilia de ebriedad es santa, que hay moradas que ocupan mi castillo interior, que tal vez, como decíamos ayer, haya música en las estrellas, que vuelvo hacia Ítaca atravesando un mar del color del vino o deambulo por las calles detrás de hombres-anuncio, atravieso el planeta, naufrago en una isla, soporto un falso fusilamiento mientras recuerdo la primera vez que ví el hielo, me recupero en un sanatorio de montaña y vivo sin vivir en mi y muero porque no muero, o muero en una playa de Venecia, en una cripta de Verona, en una trinchera de Verdún, en un barranco de Granada, en una ducha de Oswiecim, en una cárcel oscura, en Comala, en Macondo, en un río de tinieblas, en una embarcación que bordea la costa amalfitana, en una habitación de Marienbad, en una calle sin salida, en una cima nepalí, en una barraca infecta, en un sueño, en una esquina, en un instante, en un tren… enamorado.
Porque en la ciudad en la que vivo ocurren el amor y los prodigios. Hace diez años. Rostros anónimos como el mío, como los vuestros, nos brindaron su amor, su belleza, se metamorfosearon en una lluvia de flores que aún continúa, en un campo de porvenir segado por la infinitud de una llamada, en mares de confeti que anegaron las conciencias, en estrellas que estallaron recomponiendo el universo. Todos ellos propiciaron la cadena de milagros. Los políticos fueron al fin, por un instante, enmudecidos, los periódicos deportivos no hablaron de deporte, los económicos no lo hicieron de economía, los cines, las tiendas, las cafeterías cerraron sus puertas, las sirenas nos invadieron con su canto, la gente corriente se abalanzó sobre ellos, quiso cuidarlos, quiso rescatarlos, quiso darse en su lugar, vertió su sangre, se sorprendió a sí misma en su gran capacidad para entregar, sin pedir nada a cambio, todo su esfuerzo, su afán, su decisión, su habilidad, su valentía.
Fue un auténtico flechazo. Hombres, mujeres y niños que jamás se habían visto se acariciaron, se besaron, se amaron. Hombres, mujeres y niños que se encontraban por vez primera averiguaron que hay algo más fuerte que el miedo, la convicción de que nadie los haría callar. Hombres, mujeres y niños que no volverían a verse nunca comprendieron para siempre lo fácil que resulta seguir viviendo, el extraño misterio asimilado, la percepción exacta del valor de las cosas.
Luego llegaron los símbolos. Las televisiones cumpliendo su función de interés público, la omisión de la publicidad, la oleada de aplausos ciudadanos invadiendo las calles paralizadas al mediodía, la estridencia de los cláxones que por primera vez no aturdía, la estridencia de las esquelas que por primera vez no aturdía, la estridencia de los listados, que por primera vez no aturdía. Y la lluvia, la lluvia que no mojaba, que no impidió a dos millones de paraguas caminar unidos más allá de su condición social, de su raza, de su religión, de su origen, arrancadas para siempre sus raíces de la tierra, bajo un mismo grito: ¿Quién ha sido?
Yo estuve allí y de repente todo tuvo sentido, porque supe que no existen los nombres ni las banderas, que fluyo en savia incontinente que se desparrama a nuestro alrededor, envejecido mil veces en la memoria, renacido siempre por la magia del tiempo, hastiado, patético, fenomenal, enamorado, conocedor de un vínculo inmortal entre todos nosotros, de un hilo palpitante que me dice lo que soy y a dónde voy.
Porque nazco, sueño y me enamoro en Bali, en Mombasa, en San Sebastián, en Tokio y Buenos Aires, en Bilbao, en Oklahoma, en Ryad y Tel-Aviv, en Londres, en Vigo, en Bhopal, en Génova, en Vitoria, en Córcega y Moscú, en Logroño, en Chiapas, en Ermua, en Soweto, en La Habana, en Nueva York, en Malmoe, en Irún, en Tiblisi, en Málaga, en Nasiriya, en Beasain, en Londonderry, en Palermo, en Argel, en Sevilla, en Gaza, en Bogotá, en Kabul, en Pristina, en Barakaldo, en Varsovia, en Munich, en Hiroshima y Nagasaki, en Rentería, en Santiago de Chile, en Casablanca, en Zaragoza, en Omagh, en Jerusalén, en Ondarroa, en Sarajevo, en El Cairo, en Leiza, en Bagdad, en Lasarte, en Kachemira, en Pamplona, en Managua, en Zumaia, en Kampala, en Torrevieja, en Pnom-Penh, en Estambul, en Huesca, en Puerto Príncipe, en Washington, en Vic, en Cali, en Oslo, en Beirut, en Valencia, en Bakuba, en Durango, en París, en Timisoara, en Hernani, en Caracas, en Belfast, en Burgos, en Malabo, en Cisjordania, en Barcelona, en Chicago, en Dubrovnik, en Santander, en Lockerbie, en La Paz, en Bombay, en Mogadiscio, en Manila, en Toulon, en Benidorm, en Lima, en Timor, en Teherán, en Cartagena, en Londres, en Jartum, en Diwaniya, en Amberes… en Madrid.
El jueves, a las 7:39 de la mañana, mi hermana estaba en un tren que esperaba su salida en la estación de Atocha. Creyó que otro tren había chocado con el suyo, percibió el pánico en las puertas que no se abrían, sintió un extraño olor, descubrió la columna de humo, la confusión, los gritos, las primeras caras ensangrentadas. Luego corrió, corrió por las vías, siguió la carrera de los desconocidos, y lo hizo sin pararse a pensar que nunca había pisado aquella tierra extraña. ¿Pero, sabéis qué es lo peor de todo? Nadie en la familia conocía que ella había cogido ese tren.
Porque quiero que algo cambie os relato esta historia de amor y prodigios, porque quiero la memoria, os cuento diez años después este cuento reflejado en los espejos, porque estoy vivo reivindico la verdad, la generosidad de los anónimos-estrella, les abro las puertas, les miro a los ojos, los veo dormidos, llegarán tarde al trabajo, han perdido su tren.

Dirdam sàm atsug em yoh.
Ogah ol, rìer areiuq on euqnua, yoh.
Azitocran son adan odnauc, yoh.
Oviv yotse euq oñeus euqrop, yoh.
Lamron se odot euq oñeus euqrop, yoh.

jueves, 6 de marzo de 2014

SENESCO, SED AMO (VACÍO DEJADO POR LEOPOLDO MARÍA PANERO)


Recuerdo, allá por los primeros noventa, cuando en la clase de literatura española del instituto nos dieron unas fotocopias improvisadas con poemas de autores contemporáneos, versos y vidas que no entraban todavía en un libro de texto que acababa prácticamente en la poesía social de la posguerra. Creo que era en COU. Seguramente a la mayoría les pasaron desapercibidas estas voces, como el resto de las voces prefijadas en el conspicuo libro oficial. Si embargo para algunos aquella ladina iniciativa de la profesora fue todo un acierto. Lo supuestamente nuevo era increíble. 
Pero ahora el tiempo, ahora la muerte se está llevando a varios de esos autores inspiradores, Félix Grande, ahora Leopoldo María Panero, y alguno más que he traspapelado. Ahora la muerte avisando, los ciervos de mis venas que envejecen, el vacío que va quedando. Sé que tengo esas fotocopias por alguna parte. Lo sé porque las metí en alguna de las cajas de mi última mudanza, entre otras muchas huellas bachilleres. Puede que sea la hora de buscarlas, en algún rincón del trastero, en el altillo, bajo alguna montaña de papeles, antes de que se revuelva otra vez el olvido.
Leopoldo María Panero una vez dijo

SENESCO, SED AMO

Amor mío, los árboles son falos que recuerdan al cielo lo que fui,
y todos los hombres son monumentos de mi ruina.
De qué sirve llorar, en este crepúsculo en que el amor empieza
si estás tú frente a mí, como lo que un dia
fuiste: presagio de mi mismo, no de mi destrucción, última rosa
para levantar la tumba,
para ponerla en pie como árbol
que contará de nuevo los cielos
mi vida, mi historia que el ocaso vuelve perdida, como embalaje en manos de extraños
como excremento que a tus pies coloco o
abrumador relato fantástico: que yo era un perro
vagando donde no había vida,
lamiendo dia a dia la lápida que me sugiere
y ahora seré si quieres, fuego fatuo
que alumbre por las noches tu lectura, y ruido
de fantasmas para alejar el silencio, y canción en la sombra, y mano
que no supo de otra, y hombre
buscándote en el laberinto, y allí gritando cerca del monstruo tu nombre, e imaginando tus ojos.


PANERO, L. Mª., Last River Together (1980)

miércoles, 5 de marzo de 2014

CONCURSANTES


Existe una raza especial de individuos certeros, simpáticos, altamente preparados, dispuestos a exhibir sus capacidades físicas, emocionales y/o intelectuales y hacerlo, naturalmente, por dinero. Esa raza existe, sí, inscrita en todas las clases sociales, camuflada de normalidad entre los demás. Es posible que hayas tenido a tu lado sin saberlo a un miembro de tan distinguido club, un amigo, una compañera de trabajo, tu vecina, tu hermano, tu profesor de charleston, oculta su verdadera identidad en el anodino día a día. Es posible que hayas tenido a tu lado sin saberlo a un concursante de televisión, que lo comprendas demasiado tarde, una sobremesa en que sesteas al ritmo de Saber y Ganar o una noche viendo El Hormiguero.
La parrilla de nuestra televisión está plagada de concursos desde primera hora la mañana a la madrugada del día siguiente. No es este el lugar para hablar de los distintos formatos, casi infinitos, sino del objeto común a todos ellos, el concursante. 
Tal y como está el panorama económico y laboral, no es extraño que esa raza de que hablaba al principio se haya profesionalizado. Porque hay auténticos profesionales de esto, que han pasado por todos los programas posibles ganándolo todo, mientras que la gran mayoría de la población nunca han sido siquiera seleccionada para una primera criba a pesar de haber enviado cartas, e-mails, votos interactivos y papeletas desde el año 82. Las mismas caras se repiten, impersonales o no, de vez en cuando, y sólo los teleadictos son capaces de darse cuenta. Y que conste que no me molesta, es más, durante un tiempo sopesé la idea de hacerme concursante profesional, de participar en todo concurso viviente para financiar mi propios proyectos, como hizo en una época Santiago Segura. Tal es el pensamiento de un hombre cuando está en paro, abrir el espectro de posibilidades de supervivencia. Al final tuve que desechar la idea por falta de tiempo y continuidad.
Mi experiencia con los concursos no ha sido del todo mala. Siempre quise concursar en Saber y Ganar, pero cuando ya me había decidido a enviarles mi solicitud en una hermosísima carta de admiración, se sacaron de la manga la prueba de La Calculadora Humana, y si hay algo que odio en esta vida es el cálculo mental. Mucho tiempo después, y seguro que nadie se acordará, participé en el Lingo de Ramoncín con mi gran amigo Dani Herrera, y ganamos, nos llevamos un hermoso bote que repartimos con placer y arrobamiento. Claro que no era el bote de Pasapalabra o de Quién quiere ser millonario. No recuerdo cómo, pero poco después me presenté a este último concurso y un día me llamaron por teléfono. Después de un test de diez preguntas me comunicaron que había pasado la prueba y me convocaron a una segunda prueba presencial en los estudios de Telecinco. Y ahí es donde me di cuenta de la profesionalización del concursante. En el fondo la gente afrontaba aquella entrevista personal como una entrevista de trabajo: ducha, afeitado, ropa planchada, buena presencia... Por supuesto que acudí a la cita sin cumplir alguna de estas cuestiones previas básicas. La prueba consistía en un test escrito más una charla con uno de los miembros del equipo de producción del programa que también hacía algunas preguntas. Preguntas, preguntas y más preguntas, a este paso me iba a plantar antes de empezar el concurso. En realidad me plantaron ellos. Al final de la entrevista me hicieron una foto polaroid que adjuntaron a mi ficha y me desearon buena suerte. Si era seleccionado pasaría a ser oficialmente concursante, ya me avisarían de la fecha de grabación. Todavía estoy esperando el comodín de la llamada. Sí, me plantaron a las puertas. Las razones posibles son tres: acerté pocas preguntas, acerté muchas preguntas o mi presencia física y comportamiento no eran los adecuados para un espectáculo televisivo. Nunca lo sabré, aunque tampoco me importa.
Tal y como siguen las cosas, sí que he tenido la tentación de enviar por fin esa carta a Saber y Ganar, pero aún no lo tengo decidido. La verdad es que el panorama de los concursos televisivos ha cambiado un poco. Para ser concursante hay que ser un profesional de la plancha, entre otras muchas cosas. Lo resumo en una sola frase:

Mira quién sobrevive enfundado en unas mallas ochenteras a un baile de salón ejecutado sobre un pavimento con el 25% de desnivel mientras hace la digestión de la comida preparada por su hijo gafapastas y marisabidillo de 10 años, justo antes de monologuear, responder, acertar, cantar, buscarle novia al niño, comerse el rosco, girar la ruleta de la fortuna y reírse con las ocurrencias de Jordi Hurtado, someterse a un terrible cambio de imagen, dejar que le reformen la casa y el restaurante vietnamita fracasado por sorpresa, forzar la voz y el esqueleto al ritmo de un, dos, tres coaches, y esperar, sonriendo siempre, a que un cocinero y un imitador, un humorista y un tertuliano deportivo juzguen su talento, sabiendo que de ellos y solamente de ellos depende la inminente entrada en Gran Hermano.